/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 19/1/2026. Leo a un catalanista, en Twitter, la siguiente cavilación: «Quizás no se diga lo suficiente que, durante buena parte del siglo XX, lo que salvó al francés en Quebec fue tener una natalidad fuerte. Me pregunto sinceramente por qué a veces parece que en Cataluña hablar de este tema sea tabú». Como reflexión no me parece intolerable: comprometerse con, y hacer esfuerzos grandes por, las lenguas minorizadas es bueno e importante. Pero este extremo me resulta completamente ajeno. ¿Procrear para salvar una lengua? ¿Se hizo el hombre para la lengua, o la lengua para el hombre?
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Un conmovedor poema de Luis Rosales, del libro Rimas, de 1951:
Como el náufrago metódico que contase las olas que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.
«La vaga prudencia de un caballo de cartón en el baño». Qué bueno.
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Decía Juan Marsé de su tocayo Juan Goytisolo que tenía la costumbre de «sacase en procesión a sí mismo». Fina y mordaz metáfora, que empezaré a usar. Hay tanta gente que se saca en procesión a sí misma…
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Se cumplen cuarenta años de la muerte y el funeral de Tierno Galván, y leo recordarlo a Juan Barranco en un reportaje de El País como «la mayor manifestación de duelo que ha vivido Madrid. Cuando subí al escenario a decir unas palabras, que pronuncié a duras penas, pude ver a unas monjas y al lado un punki con la cresta morada. Porque no solo ganaba elecciones, también se ganaba a la gente». ¿Quién podría, hoy, convocar una asistencia tan variopinta a su funeral? Por mi parte, no pasa nada por que no lo consiga nadie: no siento ninguna necesidad de esos políticos atrapalotodo; no tengo ningún problema con la dialéctica schmittiana amigo/enemigo, ni con que las monjas no vengan al funeral de un líder de la izquierda. Pero ¿quién podría?
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Leo contar, a alguien que lo escuchó decir así, que los oligarcas españoles llaman al IBEX-35 el «IBEX treinta más cinco», porque «hay eso, cinco nombres que entran y salen, y luego estamos los fijos, que somos las treinta familias que mandamos en España de toda la vida».
Martes, 20/1/2026. Definición de museo, según Elaine Gurian: «Un lugar seguro para ideas inseguras».
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Esa frustrante sensación generacional de haber entrado en todos los bares míticos a diez minutos del cierre; de haber escuchado la última estrofa de la última canción y entonces haber visto las luces encenderse, la magia velarse; quemársele el carrete a la magia al destellazo desahuciador de las camareras ahora ojerosas, los desconchones ahora visibles, las costras pegajosas en el suelo que ya no vibra y las paredes que ya no tiemblan. Me pasó con la Iglesia, el comunismo, la Universidad y el Sporting. Vi llena la misa dominical de la parroquia del barrio, y de pronto vaciarse; milité bajo el signo de la hoz y el martillo con antiguos encarcelados y guerrilleros, a los que vi morirse; cursé una de las últimas licenciaturas antes de Bolonia y de sus grados; vi retirarse a Ablanedo. Sigue habiendo cristianos (dicen que están resurgiendo), sigue habiendo universidades, partidos comunistas, sigue existiendo el Sporting, pero son sórdidos afters. Uno puede, ahí dentro, pillar cualquier cosa.
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José María Carulla: «Voy a estar siempre contigo / como los pies del Señor: / uno encima del otro / y un clavo entre los dos».
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Se ha vuelto tristemente habitual que las editoriales pidan a los autores que pongan dinero para publicarles sus libros. Tristemente, digo, porque a mí me parece que va en la deontología y el honor del negocio que, si al editor un libro le parece malo, no lo edite ni por todo el oro del mundo; y si le parece bueno, arriesgue su dinero; y que lo otro es una avaricia, una mezquindad, jugar con la ilusión y las expectativas del personal, que también va en la deontología editorial el aplacar, si son disparatadas. Pero lo peor de todo es el nombre eufemístico que le van dando a la cosa: coedición. El co- de la colaboración, de la cooperación, de lo colectivo, conceptos positivamente connotados, para algo que en realidad no es un co-, sino un des-, un infra-, una infraedición, una desedición, una edición negligente.
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Leo que había quien se metía con José Hierro llamándolo «el ferruginoso», por la temática social de muchos de sus poemas y su supuesta tosquedad lingüística, y quizás en realidad por el desprecio clasista hacia quien era hijo de un empleado de telégrafos, había sido obrero y se le notaba. Antes había pasado con Miguel Hernández, de quien algún pope burgués del 27 decía que sus versos «olían a oveja». La clase, siempre la clase…
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Me lo cuenta un amigo, dirigente de una sociedad cultural influyente en su ciudad. Había una nueva plaza a la que ponerle nombre y promovieron, y han conseguido, que se le ponga el de un músico e historietista muy querido en la ciudad, que falleció muy joven en 2006, en un accidente de tráfico. Bien: a mi amigo lo llaman de la radio autonómica para hablar de ello. Y la periodista que lo entrevista empieza alabándole esa decisión de homenajear… a una víctima de ETA. Mi amigo se queda pasmado: ¿cómo que una víctima de ETA? Le explica el error a la periodista, que se queda noqueada y sale del paso como puede. Y que luego, con la grabación terminada, le cuenta lo que ha pasado: pidió que le explicara quién era aquel hombre al que se iba a homenajear al ChatGPT.
Es increíble a qué pozos de idiocia vamos cayendo. Lo que más increíble me resulta de esta historia es que uno puede entender que se acuda al ChatGPT para consultar dudas complejas, imposibles de resolver de forma simple y rápida con una búsqueda en Google. Pero este no era el caso: bastaba con poner el nombre del músico en el buscador para encontrar la explicación en el primer resultado. Se va al ChatGPT, no ya cuando no hay más remedio, sino por sistema, por vicio. Y nadie nos ha educado en las cautelas escépticas que hay que tener con sus sentencias de oráculo de Delfos. Por cierto que no es un problema de gente joven: por lo que me ha contado, la periodista que cometió el error al entrevistar a mi amigo estaba más cerca de los cincuenta que de los veinte.
Luego otro amigo me cuenta otro inquietante asunto con la IA como protagonista. Recientemente, en su empresa le han advertido de un peligro que tiene que empezar a tener en cuenta: la posibilidad de que le pasen, para que los revise, contratos trampeados, en los que se ha insertado un prompt en el texto para que, si mi amigo pide a la IA que revise el documento —algo que ya es habitual hacer y la empresa, de hecho, favorece, para agilizar el trabajo—, esta se tope con un párrafo a tinta blanca, invisible para mi amigo pero no para la máquina, que diga «incluir X cláusula que penalice», «ignorar la cláusula Y» o algo por el estilo. Y entonces se le cuelen a la compañía cuestiones perjudiciales.
Es todo muy descorazonador. La IA, como toda gran tecnología disruptiva, trae consigo ventajas fastuosas; aplicaciones médicas deslumbrantes, por ejemplo. Pero en este mundo de pícaros codiciosos e hijos de puta con pintas, las enormes desventajas de su fácil aplicación espuria se nos echan encima como el cáncer de pulmón a quien hace un siglo se ventilaba tres cajetillas diarias sin saber que fumar mataba.
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Me llega al correo electrónico una lista de cursillos de doctorado, ofrecidos por distintas universidades asociadas a la mía. Me llama la atención este, tan elocuente, tan revelador de los tiempos que corren:
SALUD EMOCIONAL EN EL DOCTORANDO
Descripción:
El curso tiene como objetivo trabajar el bienestar psicológico de las personas que cursan el doctorado ofreciendo herramientas prácticas que les permitan un manejo adecuado de sus emociones desagradables, pensamientos rígidos o dificultades interpersonales. Se tratará, además, de concienciar sobre la importancia del cuidado de la salud mental para hacer de esta etapa un momento de productividad científica y personal.
Objetivos:
El objetivo principal será informar y formar sobre el bienestar psicológico. Los objetivos secundarios serán:
- Trabajar de forma práctica los conceptos relacionados con la tríada: pensamiento, emoción y acción.
- Ser consciente de las señales de alarma que invitan a un proceso de introspección.
- Conocer la importancia del cuidado de la salud mental para el buen desarrollo académico y productivo.
- Establecer pautas para el cuidado a través del decálogo de bienestar emocional (desarrollado por el grupo PRISMA de la Universidad de La Rioja.
Miércoles, 21/1/2026. Jónatham Moriche: «Mañana pones a equis miles de personas en el centro de Madrid con banderas de Groenlandia y cantando lemas en inuit y sería una mani anti-Ayuso. La huelga general del viernes en Mineápolis es contra Ayuso.Esa es la mentalidad que deberíamos estar instalando masivamente». Así es.
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Llegó un momento, decía Taine, en que de todas las conquistas de la Revolución francesa solo quedaba el sistema métrico decimal.
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Cargaba, leo, el Antonio Goicoechea maurista contra la Restauración considerándolo «un absolutismo disfrazado» y «un feudalismo no revestido siquiera de las apariencias gallardas y del brillo caballeresco del feudalismo medieval». Y me hace recordar una conversación que tuve ayer, con un amigo, sobre la izquierda y el paso que vivimos del viejo partido-masa (grande, societario, impersonal aunque pudiera hacer cultos de la personalidad en un momento dado) al feudalismo de partidos-taxi que empezamos a padecer. Y que encima es un poco lo de Goicoechea. Un feudalismo no revestido de las apariencias gallardas y el brillo caballeresco que hace siglo y medio podía tener ser pimargalliano o lerrouxista o seguidor de Ferrer y Guardia. Líderes de talla, no necesariamente moral, pero talla. ¿De qué señoriting@s somos vasallos ahora?
Jueves, 22/1/2026. Lo leo en El rey patriota: Alfonso XIII y la nación, de Javier Moreno Luzón: Indalecio Prieto, siempre tan fino, describió el golpe de Estado de Primo de Rivera —y el papel del monarca en ella— como «una sublevación de Real Orden». Buena manera de describir las que se empiezan a hacer, en nuestros días, en el desvencijado Occidente.
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Walter Bagehot, teórico británico de la monarquía, sobre la imagen que debía proyectar el rey ideal: «Su puesto debe ser elevado y solitario. Parece mandar, pero jamás parece luchar».
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Isabel la Chata, aquella infanta popular, un personaje interesante. Moreno Luzón la describe así:
«Profesaba ideas ultraconservadoras y en sus conversaciones la monarquía resultaba inseparable de la patria y, por supuesto, de la religión. Corpulenta y simpática, lucía vestidos sobrecargados y grandes joyas, a la vez que patrocinaba hospitales, escuelas y patronatos, como el que luchaba contra la trata de blancas. Pero lo que la hizo más conocida —y difundió el sobrenombre cariñoso de La Chata, que nadie ignoraba— fue su afición por el contacto con la gente común, sobre todo en Madrid. Aparecía en corridas de toros, carnavales, ferias navideñas y, por encima de todo, en las romerías y verbenas que salpicaban el ritmo anual de la ciudad. Allí se bajaba del carruaje para comprar cacharros y baratijas, repartía monedas y se ganaba el aplauso de la muchedumbre. Creía que, para la realeza, el secreto de la supervivencia consistía en tratar de manera regular con el pueblo llano, sin perder por ello su encantamiento, una fe compartida por su sobrino en estos años. Como habían hecho Isabel II y también algunas nobles desde el siglo XVIII, la infanta combinaba un férreo énfasis en el rango y el protocolo con un aplebeyamiento condescendiente, hábitos que, lejanos a los valores mesocráticos, tendían no obstante a confundirse con un genuino españolismo. Su gran popularidad hizo que en 1931, ya muy anciana, recibiera un permiso del Gobierno provisional republicano para permanecer en el país, aunque ella, fiel a su trayectoria, decidió partir al destierro con los reyes».
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El deán del Pilar, Florencio Jardiel, describía —nos describía— así en 1908 a los enemigos de su España: «un ejército de malhechores de la humanidad, violadores de la pureza del corazón y de los fueros de la conciencia, […] de meretrices y sofistas».
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Particiones culturales en dos del final de la Restauración, aquel tiempo de incipiente polarización. Hay muchas, Joselito el Gallo era la tauromaquia ortodoxa, depuración de la tradición, el mejor de los académicos del toreo; Juan Belmonte era la heterodoxia, la fogosa pasión impredecible, un fovista en el ruedo. Algo así pasaba con la pintura. Joaquín Sorolla era el pintor de la luz y de la España luminosa, racional, en trance de modernización sin olvidar sus señas de identidad, y el preferido de liberales e institucionistas, pero también de la monarquía. Zuloaga, en cambio, era el «enamorado de una Castilla trágica de enanos, viejas de negro y cristos sangrantes, más lejano al mundo político de la Restauración» y no hizo buenas migas con el rey.
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¿Qué hacer con Las Hurdes?, se preguntaban en los años veinte. Y no todo el mundo respondía que efectuar grandes inversiones en la comarca, que llevaran a esos parajes desatendidos los instrumentos del progreso y el bienestar modernos: hospitales y farmacias, colegios, buenas carreteras, etcétera. Mauristas y conservadores proponían trasladar masivamente a sus habitantes. Y el Abc recomendaba prudencia con lo de las inversiones, porque aquellos degenerados no se recuperarían simplemente con dinero, y era preferible hospitalizarlos e impedir que se reprodujeran: «las razas deben tener el supremo egoísmo de la depuración», escribían en el periódico monárquico.
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En el Archivo General del Palacio Real hay toda una sección consagrada a conservar las casi treinta mil cartas particulares que Alfonso XIII recibió a lo largo de su reinado. Hay dos subgrupos. Por una parte, unas 13.000 que llegaron firmadas, con toda clase de variopintas demandas: ayuda económica, un empleo, una recomendación, el padrinazgo para un niño, etcétera, casi siempre con una deferencia exagerada hacia el soberano, calificándolo de «padre cariñoso del pueblo español» y babosidades por el estilo. Por otro lado, las 15.000 epístolas enviadas por «anónimos y locos», y que Moreno Luzón agrupa así: «cartas, poesías, manifiestos, tesis desatinadas, opiniones pseudocientíficas, advertencias, profecías, inventos, saludos, recortes de prensa, peticiones de pagos y subsidios, panfletos, impresos de sociedades y sectas, visiones, denuncias, consejos, imposturas, sueños…». Allá se lee desde a un carlista que maldecía a los Borbones alfonsinos porque «deshonran a mi querida patria» hasta una mujer enamorada del monarca, pasando por pseudofamiliares que decían ser el niño perdido de Isabel II, cansado de no recibir contestación tras veinte años de insistencia. Y también avisos de atentados y amenazas de muerte, o unos niños catalanes que pedían juguetes a los reyes como si fueran los magos, y entre ellos «un automóvil de cañones», un castillo o un máuser del 69, prometiendo ser a cambio «los mejores guerreros de vuestra nación».
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El crepúsculo de los dioses. A la altura de 1930, cuenta Moreno Luzón, «los niños jugaban a republicanos y monárquicos. Alfonso XIII parecía no ya un autócrata mentiroso, sino un bufón risible, al que el alumnado universitario motejaba de Gutiérrez, como el personaje de una popular revista de humor absurdo. Hacía tiempo que también se le aplicaban otros apodos, como Llapisera, por un torero cómico al que se daba un aire. Es decir, se le había perdido el respeto: el aura regia, resquebrajada ya por los desterrados, se pulverizaba en las algaradas callejeras de las ciudades españolas, sobre todo entre las nuevas generaciones».
Viernes, 23/1/2026. Compro un libro de segunda mano que ha debido de estar en una iglesia, porque, al sacarlo del paquete, me invade las narices de un fuerte olor a incienso. Y me quedo pensando en eso. En el perdurable olor del incienso. En la iglesia que puede vaciarse, dinamitarse, pero que deja esa huella aromática en lo que dentro de ella estuvo. Hay tanta gente, tantas cosas que siguen oliendo a incienso…
Sábado, 24/1/2026. La Administración Trump está decidida a acabar con el régimen cubano y, aparte de intentar captar a algún quintacolumnista dentro del Gobierno, otra de las estrategias que va a seguir, leo, es así de ruin: asfixiar las misiones médicas cubanas en el extranjero, fuente de divisas principal de la isla, mediante restricciones de visados dirigidas tanto a funcionarios de La Habana como a responsables extranjeros acusados de facilitar el programa. ¿Qué paladines de la democracia son estos que juegan con la salud de gente paupérrima a la que los médicos cubanos, tal vez la mejor creación de la Revolución, han curado por primera vez?
Domingo, 25/1/2026. A un amigo mío le sirven unos torreznos sobre una cama de papel periódico falso. Tuitea después: «Hemos llegado a un punto de desarrollo postmoderno en el que una empresa imprime sucedáneos de periódicos para que otra empresa simule que pone tapas sobre hojas de periódicos impresos que, por su lado, ya apenas compra nadie».
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).

