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Biopoética: la obra de Pureza Canelo

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) es el ejemplo de una persona discreta entregada en cuerpo y alma a la escritura; más en concreto, a la poesía. Para ella, una creencia. Una religión incluso.

De su biografía poco puede decirse. Nació en un pequeño pueblo del norte de Extremadura lindante con la sierra de Gata, muy cerca de Coria y de la Raya portuguesa, en una familia acomodada de cuatro hermanos con un padre veterinario, Pedro Canelo, y una madre que personificaba el corazón del hogar: Leonor Gutiérrez. Estuvo interna en un colegio de Salamanca, estudió Magisterio en Madrid, fue jefa de la Oficina de Actividades Culturales de su Universidad Autónoma y después eficiente directora de la Fundación Gerardo Diego. Ya jubilada, sigue residiendo en la capital y pasa los veranos en Moraleja, su Oeste («en el oeste / de mi estirpe»). Ha ganado algunos premios (Adonáis, Ciudad de Salamanca, Ciudad de Torrevieja), ninguno de ellos «oficial». En mayo de 2016 leyó su discurso de ingreso, «Oeste en mi poesía», en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes y ha donado su archivo y su biblioteca a la Diputación de Cáceres.

De su obra, sin embargo, lo que cabe decir es mucho. Uno ha subrayado siempre, y antes que cualquier otra cosa, su singularidad. ¿Acaso se le ha incorporado a algún grupo o capilla?, ¿puede afirmarse que sea, pongamos, poeta novísima, por la generación que le corresponde a causa de su edad? Su singularidad, insisto (que se justifica plenamente en el poema «A contra moda»), y su rigor, que es tanto como señalar su virtuosa simetría. Ni se parece a otras sin pecar de adanismo (tiene maestros: JRJ, César Vallejo, Gerardo Diego, Juan Larrea, García Lorca, Luis Rosales, Carmen Conde, Claudio Rodríguez…), ni casi ninguna se le acerca en lo que a su nivel de cohesión y complejidad incumbe.

Aunque sus últimas entregas están ligadas al sello valenciano Pre-Textos, sus libros han aparecido en distintas editoriales, como Hiperión. En cuanto a florilegios, en 2020 publicó la Editora Regional de Extremadura Poemas y otros nidosy Renacimiento, dos años antes, Habitable. (Antología poética, 1971-2018), en edición de José Teruel, el mismo que se ha ocupado de esta muestra que comentamos, Hacer y deshacer. (Antología 1971-2025), que no deja de ser una suerte de ensayo general de su poesía reunida, aún por concretar, a la que hace referencia en uno de sus poemas últimos. Cabe agregar que no ve la luz en cualquier sitio, sino en la colección canónica por excelencia, Letras Hispánicas de Cátedra, y que es la primera poeta extremeña contemporánea (no distingo entre géneros) que, de manera individual, pasa a formar parte de su exigente nomenclátor.

Por el carácter de la colección en la que se publica, la introducción académica va de suyo. Es cierto que en algunos casos eso no significa que su lectura sea imprescindible. Ni recomendable siquiera. La de Teruel —acaso el máximo especialista en la obra caneliana— lo es. Aporta mucho al libro y justifica la noble consideración de editor —en el sentido más exacto de la palabra— al profesor de la Autónoma madrileña y poeta, no se olvide, un atributo que incorpora enjundia a su prólogo.

Antes de entrar en materia, precisemos la procedencia de los poemas aquí agrupados, no sin recordar que la «revisión continua» (no «corrección») a la que Canelo somete su poesía hace de cada nueva entrega un libro distinto (festín para filólogos) que, como tal, obedece a ese afán de «ordenación» que caracteriza su «poética movediza»: «Poema es orden», sentencia. Son piezas de Lugar común, Celda verde, El barco de agua, Habitable (Primera Poética), Tendido verso (Segunda Poética), Pasión inédita, No escribir, A todo lo no amado, Oeste, Retirada, Palabra Naturaleza y De Traslación. A esto hay que añadir la acertada recuperación de cuatro series: «Elementos» (revista Con Dados de Niebla, 1986), «Ventana a la muerte» (Revista de Occidente, 2018), «Aire donde estuvo una casa» (que se publicó por primera vez en la citada antología de Renacimiento y que, según propia confesión, sería la serie que ella salvaría de «una quema») y «Felicidad inversa la escritura» (revista Sibila, 2022). Además, la muestra incluye fragmentos de dos libros inéditos: Volvery Olvido(2023-2025), que conforman, para Teruel, una «autobiografía espiritual» donde tienen cabida, puntualiza uno, la reflexión y el diario. Como todo lo que toca Canelo, poesía al fin y al cabo.

Estos poemas trazan un arco abarcador porque la muestra es muy amplia, lo que permite al lector tocar fondo y comprender cabalmente la evolución de esta poesía concebida desde la perplejidad.

Al frente de su libro De Traslación, leemos: «Si te pierdes conmigo en la nave de la poesía. Si no sabes a qué unirte, sobre los versos encontrarás una línea que se alterna en sucesión de espejismo del hacer y deshacer creación». En efecto, como recalca Teruel, «la creación poética para Pureza Canelo es una operación de hacer y deshacer, y más aún la segunda que la primera». De ahí la pertinencia del título elegido para esta selección (nada deja al azar esta «mujer / en escritura», persona tan meticulosa como obsesiva) que, si bien ha recaído en el editor, cuenta con la aquiescencia de la poeta, colaboradora necesaria de esta arriesgada empresa. La rebeldía («clave de bóveda», según Teruel) y lo salvaje (que ella suele asociar a su lenguaje) son nociones cercanas al «estilo indómito» (como ella lo define) de la extremeña. La libertad prima.

Pureza Canelo

De lo mucho que cabría destacar del lúcido ensayo introductorio, uno subrayaría las observaciones en torno a la trascendencia de lo rural («yo soy de pueblo») y de la naturaleza (la doméstica de los alrededores de Moraleja), la metaforización de su lírica, el uso de la elipsis (con tanta importancia para su original sintaxis como, por ejemplo, el del encabalgamiento), la importancia de la autocrítica («y con ella la revisión moral del acto de existir, de estar en el mundo»), el poema como «lugar habitable», la «triple simultaneidad existencial, moral y metalingüística» de su poesía, el rasgo revisionista de estirpe juanramoniana (y el «todo lo que no suma resta»), el concepto de la poesía como amante (y el uso del monólogo interior), el convencimiento de que «escribir es vivir», la soledad y el recogimiento (tan propicio a la contemplación)…

Después de trazar una cumplida biografía y un análisis de las líneas generales, Teruel aborda el estudio de cada uno de los libros no sin advertir lo complejo de escoger tal o cual poema, toda vez que, en esta obra, «un poema solo se completa si se configura dentro de un conjunto más extenso: unidad libro, serie, antología o poesía reunida [nunca completa, matizo]». Antología, sí, pero entendida a su modo (que es el que sigue el editor): como unidad ordenada y coherente (libro en resumidas cuentas) y no como simple acarreo de poemas sueltos.

Tampoco faltan una oportuna nota a «Esta edición» y una clarificadora bibliografía. Pero vayamos por partes. Dijimos Moraleja («El lugar donde más nací y seguiré naciendo»), el paraíso de la infancia, adonde siempre vuelve: «Todo lo tengo aquí». Y, ya allí, lo rural como santo y seña; la naturaleza como ámbito de creación donde las metáforas encuentran su verdadera razón de ser, y sin perder por ello, como pretende la sarcástica recurrencia a lo agropecuario, un ápice de modernidad: «mi boca se negó a cantar / ecos y fundas trasnochadas». Pero cabe acercarse todavía más. Al espacio, real y mental a un tiempo, que ella ha denominado Oeste. Localizado en su pueblo natal y su entorno, casi siempre en verano: la casa de hiedra ya desaparecida (y su cuarto), la finca familiar, Vega de la Paloma (y los elementos del agro y el regadío), los suyos (en especial, su madre —a quien dedica por completo Dulce nadie— y su hermano Luis, el pintor), el río Jálama, la visible sierra de Gata… Un libro con ese título y su discurso de entrada en la Real Academia de Extremadura centran la descripción (y más) de ese particular territorio que, no obstante, ha logrado hacer, para cualquier lector, habitable. Un asequible universo.

Hablamos antes de ciertos aspectos de su lenguaje que, por cierto, es el fundamento de este sólido edificio poético («una fe») que sigue en construcción (porque «la palabra ignora a la muerte»). Esa es la lucha: entre lo que se quiere (o necesita) decir y lo que se dice (o puede decirse). Contra la falacia de lo inefable, sí, pero a sabiendas de la insuficiencia del mismo lenguaje para expresar según qué sentimientos y pensamientos. Ese es el hacer y deshacer de esta «lírica extrema» y «extraña» (Canelo dixit), ensimismada, tan satisfactoria como frustrante, donde no falta ni la pasión ni el miedo.  

Se percibe en Canelo una inclinación por decir más con menos, por lo elíptico, por omitir elementos del discurso a propósito. No por el mero hecho de oscurecerlo («Si escribo tan oscuro, tan dentro / será por esa duda / en la cuesta / del hombre que camina / y otro tobogán reaparece», escribe, y «Busco la dificultad», «La dificultad nos pertenece»), sino por darle su auténtico significado (por irracional o hermético que parezca a rachas), pues que el misterio es imprescindible en poesía. Por eso su sintaxis, ya se dijo, es tan diferente de la del resto, siempre atenta a un ritmo interior que en nada se compadece con el de la métrica tradicional, sin que por ello sus versos (muy breves o solo breves o llevados a la forma de versículos, en prosa también) pierdan su legítima condición musical. A ello contribuye el logrado uso del encabalgamiento.

Un detalle significativo: la eliminación de los artículos que preceden a algunos sustantivos que de pronto cobran, digamos, un protagonismo corpóreo: se personalizan.

«Metapoesía y autobiografía», apareja Teruel, lo que le lleva a adaptar un término feliz para designar ese continuo ir de la poesía (naturalizada como ser) a la vida, y viceversa: biopoética. Un hallazgo. Una y otra, sin solución de continuidad, dialogan en los poemas de Canelo, que trae a Pasión inédita un verso de Lope: «¿Que no escriba decís, o que no viva?». «Es de vivir de quien escribes», leemos en el mismo libro y: «Tú no vives de hacer escritura».

Todo en su poesía es —sostiene el editor— «una autobiografía destilada, hecha lenguaje, donde revelación y ocultación se dan la mano, ya que los silencios son siempre elocuentes». Todo vida centrada en su obra (ideada «sin brújula») y al revés, desde la consciencia de servir a un destino ineludible que se hizo explícito en la adolescencia. «Exégeta de mí», dice en Volver, y: «No hay creación poética sin biografía humana y el alma de las cosas en ella, en la creación». Ni sin lector, matiza. Me recuerda aquello que dijo Gil de Biedma, un poeta en sus antípodas: «Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema». Canelo concluye: «A la poesía que sirvo es vivir».

Destino el suyo, que desempeña, con paciencia y perseverancia, en soledad («solísima me acompaño», «Vivo sola. […] Repito, vivo sola», «Porque tengo / la más pura soledad»), «porque repetición de una soledad común / se parece a la soledad del campo, indefensa y alta». Una soledad pensante. Como la inolvidable del internado. Una soledad retirada y cervantina, a la postre melancólica, si atendemos a la visión de conjunto. De saudade.

«La creación poética es enigma. En ella das vueltas al planeta o ninguna, te ahogas en el empeño. Alguna vez un zarpazo al aire y crees coger lo que querías. Todo es a tientas [cuántas veces se refiere a la ceguera como metáfora, resalto]. Mis libros, no extensos, son depósito de existencia, una como tantas otras, el animal humano es siempre poca cosa. Que ya está todo dicho bajo los astros, pero hay que concitarlo desde guiños indecibles. Esa es la fatal lucha del poeta, un resquicio para “sumar” visión de mundo desde el minúsculo yo», ha escrito Pureza Canelo con la perspicacia que la caracteriza. En sus poemas hace alusión en numerosas ocasiones a esa poesía humilde. La califica de «pobre», de «frugal», de «babel menor». Afirma que «la escritura es un extraño empeño». Ya indicó Teruel que Canelo no era ajena a la contradicción. Como cualquiera. Lo digo porque en el envés de estas aseveraciones está una poeta dotada de ambición. A pesar de que «A la que escribe le pierde su ambición», «He sido ambiciosa y mala adivina», confiesa. Ella ha sabido afrontar el reto vital de escribirla. En ello sigue. No puede callar. Ni debe, celebramos sus lectores. La poesía, «que se atreve con todo lo vivido y venidero», impone aquí su dominio. Para no pocos, será un descubrimiento. Dos libros y «un cuaderno de todo» por consumar y la edición de su poesía reunida serán acaso el futuro colofón de una obra llamada a perdurar.


Hacer y deshacer
Pureza Canelo
Cátedra, 2026
544 páginas
19,90 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger, El cuarto del siroco (Premio «Meléndez Valdés» de la crítica) y Sobre el azar del mapa. Es autor de las novelas Las murallas del mundo y Alguien que no existe, del libro de artículos El lector invisible, del de crítica literaria Lecturas a poniente: poesía en Extremadura, 2005-2024, del de viajes Lejos de aquí y del de diarios Porque olvido: diario 2005-2019. También de Extremamour,  en colaboración con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer. Sus poemas figuran en las antologías Un centro fugitivo (con selección y prólogo de Jordi Doce, con quien codirige la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz), Álvaro Valverde: antología poética (1985-2015) (con ilustraciones de Esteban Navarro) y Meditaciones del lugar (con selección y prólogo de José Muñoz Millanes). En la actualidad, es crítico de poesía de El Cultural y colabora con asiduidad en otras revistas literarias. Desde 2005, edita un blog. Su web es www.alvarovalverde.es.

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