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Los seres humanos, primates radicales

/ por Carlos Varea González /

Los días 3, 10, 13, 17 y 20 de abril de 2024 se impartió en el Museo del Prado un ciclo de conferencias bajo el título «El ciclo vital humano en el universo artístico del Museo del Prado: una mirada biocultural». Hemos reproducido ya en EL CUADERNO una de ellas, a cargo de Santiago Alba Rico, titulada «¿Quiénes son nuestros contemporáneos?». La que sigue fue impartida por Carlos Varea, biólogo y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid.


Una fábula (hacia 1580), El Greco (1541-1614)

© Museo del Prado

La obra del Prado que hemos elegido para ilustrar este ciclo de conferencias es una de las tres versiones originales que pintó El Greco de Una fábula —una en Roma y otras dos más en Toledo—, obra también denominada Proverbio, Alegoría o Escena de género. La pintura es de pequeño formato y presenta a un mono encadenado (se intuye el brillo de la cadena en el ángulo superior izquierdo) que se asoma para mirar o avivar la llama de una ascua que sostiene en su mano izquierda un personaje, con la que parece pretender encender una vela o candela. A su lado se sitúa un hombre sonriente. El personaje central puede ser quizá una mujer joven con una toca oscura que oculta su pelo, pero también un chico, pues es idéntico al que aparece en las dos versiones del Muchacho encendiendo una candela, que pintó el Greco entre 1570 y 1575.

Las interpretaciones de esta obra son muy diversas, incluida la de considerar al mono el diablo (alguna otra obra del Prado así lo muestra), que estaría azuzando el fuego entre ambos personajes, en referencia a la expresión «atizar el fuego», en una lectura picaresca de la obra.

Pero esta obra nos permite aquí apreciar el aire familiar que compartimos los seres humanos y los restantes primates, quizás otorgado por esa expresión atenta común. Como saben ustedes, Carl von Linné (o Linneo, 1707-1778) es el padre de la taxonomía, que es la ciencia de la clasificación de los seres vivos. En la primera edición de su obra Systema naturae (de 1735), Linneo nos incluyó junto a un grupo de mamíferos (lo que designamos en biología como orden) que denominó Antropomorpha, los «antropomorfos», por cuanto se asemejaban a los seres humanos. En la décima edición de su obra, Linneo renombra a nuestro grupo como orden Primates, que significa «los primeros». También en esta décima edición, Linneo nos otorgó nuestro nombre de especie, Homo sapiens, que asoció con una expresión.

Para establecer una especie vegetal o animal, Linneo buscaba siempre un atributo exclusivo que distinguiera a un organismo de otro similar a él. ¿Qué nos hace humanos?, se planteó igualmente Linneo. En nuestro caso, Linneo nos otorgó como rasgo exclusivo la capacidad de introspección, identificándola con el requerimiento de los presocráticos griegos grabado en el templo de Apolo en Delfos, «nosce te ipsum», «conócete a ti mismo», que fue la respuesta de Apolo a la pregunta de Quilón relativa a qué era lo mejor que podíamos aprender los seres humanos, y que aparece al lado de nuestro nombre de especie esta nueva edición.

Volvamos a la obra del Greco. La mirada de quienes observamos la obra y de los propios personajes se centra en el fuego. Hay evidencias de que desde hace un millón y medio de años, en emplazamientos de África del Este y del Sur, nuestros ancestros controlaban ya el fuego. El control del fuego centra el bien conocido mito de Prometeo, que se lo robó a Zeus escondiendo unas brasas en el interior de un tallo de cañaheja. «Y es que oculto tienen los dioses el sustento de los hombres», como lo describe Hesíodo, indicando con ello que es esencial para facilitar la vida de los seres humanos.* Ciertamente, el control del fuego fue trascendental en nuestra historia evolutiva en muchos aspectos: el fuego favoreció la asimilación de los alimentos y la eliminación de los patógenos, aportó calor y luz, y protección colectiva en la sabana frente a los depredadores, fortaleciendo con ello la sociabilidad.

La presencia del fuego en esta obra nos permite enfatizar una cualidad que es exclusivamente humana entre los demás primates: somos capaces de innovar, es decir, de preservar un descubrimiento y mejorarlo. Alguna cualidad mental ausente en nuestros parientes prima, pero ya presente en nuestros ancestros, permitió el desarrollo de nuevas técnicas para prosperar en casi cualquier entorno, por hostil que fuera, impulsando nuestra primera salida de África hace más de dos millones de años, como muestran las herramientas encontradas en yacimientos de Oriente Próximo.

Esta cualidad exclusivamente humana de ser capaces de innovar se basa necesariamente en la posibilidad de transmitir los conocimientos entre sucesivas generaciones gracias a la enseñanza y al aprendizaje.


* Hesíodo: Obras y fragmentos. Teogonía. Trabajos y Días. Escudo. Fragmentos. Certamen, Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 2000, p. 65. Traducción de Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez.


Retrato de familia (1583), Adriaen Thomasz Key (1544-1589)

© Museo del Prado

Acomodamos el aprendizaje a nuestro lento crecimiento y desarrollo, a un prolongado periodo a lo largo del cual nuestro gran cerebro crece y madura aprendiendo, inicialmente en el seno de la propia familia, como esta flamenca —desconocida— que muestra este poderoso retrato realizado por Key…


Sócrates y dos alumnos (siglo XVII), Pietro della Vecchia (1603-1678)

© Museo del Prado

…pero también fuera de la familia, como recuerda esta obra de Pietro della Vecchia, que muestra a Sócrates enseñando al joven Alcibíades su imagen en un espejo, una referencia al «conócete a ti mismo» del templo de Delfos con el que Linneo identificó a nuestra especie.

Pueden apreciar que de lo que estamos hablando es de nuestro ciclo vital, de las etapas por las que transitamos durante nuestra vida, que es el tema de este ciclo.


Eternos caminantes (1915), Rafael Hidalgo de Caviedes (1864-1950)

© Museo del Prado

Es cierto que lo que nos permitió llegar a ser seres humanos fue la adopción del bipedalismo, hace en torno a seis millones de años. Pero el bipedalismo no nos hizo humanos. En esta primera sesión vamos a viajar aún más atrás, remontándonos hasta hace 50 millones de años para intentar explicar que lo que nos hace humanos es nuestro ciclo vital, que tiene características exclusivas de nuestra especie —como explicará Barry Bogin en la próxima sesión— pero que debe comprenderse como derivado de nuestra condición de ser, entre los mamíferos, primates. Sobre nuestro ciclo vital se articula nuestra naturaleza «biocultural», en concreto, el hecho de que precisamos ser atendidos durante un largo período de crecimiento para poder desarrollar la potencialidad cognitiva y emocional de nuestro gran cerebro.

En 1993 el biólogo británico John Tayler Bonner (recientemente fallecido, en 2019), escribía: «Los organismos no son solo adultos, son ciclos vitales […] La gran lección que se desprende de pensar en los organismos como ciclos vitales es que es el ciclo vital, no solo el adulto, el que evoluciona».*


* J. T. Bonner: Life cycles: reflections of an evolutionary biologist, Princeton (Estados Unidos): Princeton University Press, 1993, pp. 15 y 93.


Las cuatro partes del Mundo (1660), Jan van Kessel el Viejo (1626-1676)

© Museo del Prado

(Ver en detalle aquí)

El título de esta obra, Las cuatro partes del Mundo, hace referencia a los continentes entonces conocidos: Europa, Asia, África y América. La obra es del pintor flamenco Jan Kessel el Viejo (1626-1676), nieto de Brueghel el Viejo, de quien imitaría el estilo miniaturista. Nos encontramos a mediados del siglo XVII, una época de expansión colonial europea en ultramar y de descubrimiento de un mundo natural inimaginable hasta entonces que había que clasificar, un empeño que encontrará su máxima expresión en Linneo.

Lo que vemos aquí es la composición de 39 óleos sobre cobre, de pequeño tamaño, provenientes de las llamadas «series geográficas» pintadas por Kessel. Son los conservados de un total de cuatro paneles cada uno de ellos compuesto de 16 piezas y un cuadro central, de mayor tamaño, con la personificación del continente, que se encontraban en la Casita del Príncipe del Escorial y que fueron desmontados y robados por José Bonaparte al huir de España. Todos ellos comparten un mismo esquema compositivo: al fondo, la vista de alguna ciudad del continente en cuestión y, en primer plano, animales pintados con vivos colores y gran detalle, algunos de ellos de manera muy realista, pero muchos otros imaginarios o fantásticos (como el unicornio o la sirena), propio de una época en la que Europa empezaba a descubrir el planeta.

Tres obras están dedicadas a primates, que se asocian a África. Agradezco a Almudena Sánchez Martín, del Área de Restauración del museo, la ayuda que me ha prestado para identificar el continente y la cesión de imágenes de las obras que se muestran a continuación.

Sorprendentemente, en dos de ellas aparecen como depredadores de aves, o extremadamente humanizados, sujetando una cría en brazos.

Pero la diversidad de especies que muestran los pequeños cuadros de Kessel (insectos, aves, reptiles, anfibios, peces, moluscos, cefalópodos, mamíferos terrestres y marinos, fauna tanto salvaje como doméstica) nos permite aproximarnos a la importancia del ciclo vital.

El ciclo vital de cada especie se caracteriza por su duración potencial; por el número, extensión y características de sus etapas de desarrollo y envejecimiento; y, finalmente, por la singularidad de los patrones reproductivos y de mortalidad.  Así, el ciclo vital de una especie es el resultado de una serie de compensaciones o contrapartidas entre crecer o reproducirse, entre la cantidad o la calidad (entre comillas) de la descendencia o entre distintos sistemas corporales, todo ello con el objetivo de distribuir eficientemente la energía obtenida de los recursos nutricionales, siempre limitados. Por eso afirmamos que la mejor manera de conocer a una especie es a través de su ciclo vital.

Entre los mamíferos, hay especies que crecen muy rápidamente y tienen muchas crías en cada camada, sobre las cuales las madres apenas invierten esfuerzo, muriendo, por ello, muchas; por el contrario, hay especies de crecimiento más lento, que tienen muy pocas crías a las que cuidan intensamente, garantizando su supervivencia hasta que maduran sexualmente. Son lo que llamamos estrategias vitales, muy contrastadas entre sí, pero igualmente eficaces para garantizar la supervivencia de una especie. Así, en los años que precisa una elefanta —abajo a la derecha— para ser madre por primera vez, habrán nacido cerca de 80 generaciones de cualquiera de los pequeños roedores del ángulo superior, lo que supone en torno a 1030 nuevos miembros de estos pequeños mamíferos frente a un único elefante.

Estas estrategias vitales están asociadas al tamaño corporal de cada especie. La elefanta pesa 2800 kilos; la pequeña roedora, menos de 30 gramos. Tener un gran tamaño corporal es ventajoso: supone un ahorro energético, se regula mejor la temperatura corporal y se elude más eficazmente la depredación. Pero tener un mayor tamaño corporal determina crecer más lentamente y requiere por ello mayores cuidados o ambientes muy estables, dado que el riesgo de morir antes de llegar a reproducirse aumenta con el paso del tiempo.

Esta estrecha relación entre el tamaño corporal y la duración del ciclo vital ¿es también válida para los primates? Sorprendentemente, no lo es: los primates somos «mamíferos muy inusuales» a este respecto, como indica el antropólogo estadounidense Brian T. Shea.* Lo somos dado que, siendo de tamaños pequeños o medianos (con muy pocas excepciones), crecemos muy lentamente y tenemos muy largos ciclos vitales en comparación con otros mamíferos de nuestro mismo tamaño corporal. El caso extremo de ello lo protagonizamos los seres humanos.


* B. T. Shea: «Start small and live slow: Encephalization, body size and life history strategies in Primate origins and evolution», en M. J. Ravosa y M. Dagosto (eds.): Primates origins: adaptations and evolution, Springer, 2007, p. 584. La frase completa es: «In originating at small body size and “living slowly”, the early primates were quite unusual mammals since most small species “live fast and die young”».


El Jardín de las delicias (1490-1500), El Bosco, S’Hertogenbosch (1450-1516)

© Museo del Prado

Aquí está la parte interior de una de las obras más famosos y contempladas del Prado: el Tríptico El Jardín de las delicias, pintado —pero sin firmar— por El Bosco en Bruselas en la última década del siglo XV, cuyas tres escenas se articulan en torno al Paraíso y el pecado original.

¿Ven ustedes primates?  

Los hay en la escena central, la que da nombre al tríptico, que muestra el Paraíso antes del pecado: bajo la esfera azul se aprecia un grupo de primates. Fíjense ustedes en que están antropomorfizados, al tener los brazos más mucho cortos que las piernas (como ocurre en los humanos), aun siendo como son cuadrúpedos.

No parece que los haya en la escena del Infierno.

Y en el panel de la derecha, en el que Dios presenta a Eva a Adán, con el árbol de la Ciencia y su serpiente al fondo a la derecha, ¿ven ustedes algún primate? Hay uno —imposible determinar cuál— sentado sobre un elefante blanco. Esta asociación nos va a permitir valorar la relación entre tamaño corporal y ciclo vital en los primates y en otros mamíferos.

Una hembra de una especie primate de tamaño medio (como la dibujada por El Bosco, por ejemplo, un chimpancé, que es nuestro más próximo pariente primate) pesa en torno a 120 veces menos que una hembra de la especie africana del elefante. Sin embargo, la duración de sus etapas de crecimiento, sus edades de primera maternidad y sus longevidades son equiparables.

En comparación con otros mamíferos de su mismo peso corporal adulto, una hembra primate precisará el doble de tiempo para madurar sexualmente y tener su primera cría, a la que lactará el doble de tiempo; su tasa de reproducción (el número de nacidos por año) será la mitad y, finalmente, tendrá una etapa adulta que será el doble de prolongada. Literalmente, los primates crecemos y nos reproducimos a la mitad de velocidad que otros mamíferos de nuestro mismo tamaño corporal, y vivimos el doble de años que ellos.

Somos, ciertamente, «mamíferos muy inusuales». ¿A qué se debe? Pero antes de contestar a esta pregunta necesitamos saber qué es ser primate.


El Paraíso Terrenal (hacia 1620), Jan Brueghel el Joven (1601-1678)

© Museo del Prado

¿Dónde buscaríamos intuitivamente a primates en esta obra, El Paraíso Terrenal, pintada por Jan Brueghel el Joven hacia 1620? Sin duda, encaramados a los árboles, que aquí son grandes robles.

Y ahí están: se trata de una pareja de titís (también titíes) o marmosetes comunes (Callithrix jacchus), monos de la Amazonía reconocibles por sus penachos blancos en torno a sus orejas, que pesan poco más de 250 gramos (presentes en varias obras de esta pinacoteca).

Ciertamente, los primates somos un linaje de mamíferos arbóreos que surgió hace entre 60 y 50 millones de años, entonces de muy pequeño tamaño corporal (20 o 30 gramos), como muestra el registro fósil.


La gata y el zorro (siglos XVI-XVII), Frans Snyders (1579-1657)

© Museo del Prado

Sin embargo, en este óleo de Snyders, La gata y el zorro, pintado a caballo entre los siglos XVI y XVII, podemos apreciar que otros mamíferos que también viven en los árboles (por ejemplo, las ardillas) no presentan los rasgos propios de los primates: la capacidad de asir con manos y pies, y el desarrollo de la visión. Los primeros primates vivían en el dosel de una selva de dimensiones planetarias, pero eran cazadores de insectos a los que acechaban y capturaban gracias a su visión y a sus manos prensiles.

Los primates tienen sus dedos gordos oponibles a los otros cuatro, lo que les permite agarrar objetos con manos y pies; además, sus dedos terminan en uñas, no en garras, y tienen una gran sensibilidad táctil (gracias a los dermatoglifos), lo que les permite manipular los objetos con finura.

Pero el sentido esencial en los primates es el de la visión. Los ojos han convergido desde el lateral de la cabeza para situarse juntos en una cara en la que el hocico ha desaparecido (fijemos en el resto de los mamíferos que aparecen en la obra de Snyders). Ello permite a los primates ver con nitidez a corta distancia (lo que llamamos visión binocular) pero también medir las distancias (visión estereoscópica), algo esencial en el medio arbóreo.


La Virgen y el Niño en un cuadro rodeado de flores y frutas (1617-1620), Pedro Pablo Rubens (1577-1640) y Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

© Museo del Prado

Pero tenemos además otra cualidad única entre los mamíferos, también asociada a la visión. Gracias a que somos primates podemos disfrutar de la belleza de las obras del Prado, t por ejemplo, de esta obra, La Virgen y el Niño en un cuadro rodeado de flores y frutas, pintada en la primera mitad del XVII por Pedro Pablo Rubens y Jan Brueghel el Viejo (el primero pintó las figuras centrales y el segundo, la guirnalda).

Pues bien, los primates (y unos pocos marsupiales) somos los únicos mamíferos que percibimos los colores.

En la parte inferior del cuadro aparece una pareja de monos sudamericanos (de nuevo, titís comunes) y un ejemplar de otra especie también amazónica (quizá algún capuchino, género Cebus). Ellos sí pueden ver el colorido de las flores, a diferencia del resto de mamíferos que también aparecen en la obra (roedores, cérvidos).

También perciben los colores los peces, las aves, los reptiles y anfibios, y los insectos, que igualmente podemos descubrir entre las flores (una libélula puede verse en la parte superior de la guirnalda, sobre una ardilla).

Llegó un momento en nuestra historia evolutiva en el que los primates dejamos de ser nocturnos y pasamos a ser diurnos, al tiempo que nos hacíamos herbívoros: dejamos de comer insectos y pasamos a recolector los néctares de las flores y los frutos de las angiospermas, que aquí vemos tan coloridos. En ese momento, por medio de un mutación que se fijó por selección natural al ser beneficiosa, recuperamos el tricromatismo, la visión de tres colores primarios, cuya combinación nos da una amplia gama cromática. La adopción del tricromatismo fue muy ventajosa para eludir la competencia alimentaria con las aves o valorar la accesibilidad de frutos y hojas (su maduración y toxicidad).

La especialización visual —sobre todo— y la capacidad táctil impulsaron muy tempranamente el aumento del tamaño del cerebro de los primates (con relación al tamaño corporal, lo que llamamos «cerebralización»), otra característica distintiva de nuestro grupo entre los mamíferos. Fue la expansión de las áreas corticales que regulan estas funciones sensoriales lo que determinó el crecimiento excepcional del cerebro de los primates a partir de 40 millones de años en adelante. Por término medio, los primates tienen cerebros 2,5 veces más grandes que lo que les correspondería por su tamaño corporal; en los humanos, es seis veces mayor.

Julian Huxley fue un prestigioso biólogo británico nacido en 1887 y fallecido en 1975. Era el hermano mayor del escritor Aldous Huxley (el autor de Un mundo feliz), nietos ambos de Thomas Henry Huxley, colega de Darwin, de quién decían que era su «bulldog» por la valiente defensa pública que hizo de la teoría de la evolución propuesta por su amigo. A Julian Huxley le debemos una consideración que nos permite comprendernos como primates:

«Las manos obtienen un patrón táctil elaborado de lo que manejan; los ojos, un patrón visual elaborado de lo que ven. La combinación de ambos patrones […] permitió a los primates adquirir una riqueza de conocimientos completamente nueva sobre los objetos, una posibilidad completamente nueva de manipularlos. […] El pensamiento conceptual en este planeta está inevitablemente asociado con un tipo particular de cuerpo y cerebro de primate».*

En suma, somos humanos porque somos primates.


* J. Huxley: Man in the modern world, Nueva York: Mentor, 1947, pp. 9 y 10.


Podemos ahora responder la pregunta que hemos dejado pendiente: ¿a qué se debe que los primates tengamos ciclos vitales tal prolongados, es decir, a qué se debe que crezcamos tan despacio y vivamos tantos años en comparación con otros mamíferos de similar tamaño? La respuesta es que necesitamos mucho tiempo para hacer crecer nuestros grandes cerebros y para aprender. El cerebro es el órgano que más cuesta hacer crecer desde el punto de vista energético, de tal manera que marca el ritmo de crecimiento de todo el organismo; también es el que más cuesta mantener.


Luis XV, niño (1714), Pierre Gobert (1662-1744)

© Museo del Prado

En esta obra aparece el futuro rey de Francia Luis XV junto a un primate amazónico. Era nieto del Rey Sol y fue denominado el Bienamado. Fue pintado por Gobert a la edad de cuatro años, en esa larga etapa que llamamos niñez. Luis XV llegó a vivir hasta los 64 años.


La infanta Isabel Clara Eugenia y Magdalena Ruiz (1585-1588), Alonso Sánchez Coello (1531-1588)

© Museo del Prado

Hasta los 67 años llegó a vivir la infanta Isabel Clara Eugenia, aquí retratada por Alonso Sánchez Coello. Era hija de Felipe II y de su tercera esposa, Isabel de Valois, y fue gobernadora de los Países Bajos, donde residió buena parte de su vida y hasta su muerte. La obra está fechada entre 1585 y 1588, cuando la infanta tenía entre 19 y 22 años, que es la edad promedio de primera maternidad en nuestra especie, si bien ella fue una madre tardía (sobre todo entre la nobleza), pues tenía 39 años cuando dio a luz a su primer hijo, Felipe (sus tres hijos morirían en la infancia).

Aparece con su mano izquierda sobre la cabeza de la criada Magdalena Ruiz, un personaje dramático, entonces ya anciana y demente, en una imagen de marcada jerarquización social.

Ambas sujetan colgantes con la imagen de Felipe II y Magdalena Ruiz sostiene además a dos monos americanos: el más oscuro, es un «tití cabeza de algodón» (Saguinus oedipus), y el más claro, un «tití león dorado» (Leontopithecus rosalia). Ambos son de la familia Callitrichidae y nos permiten de nuevo resaltar la gran longevidad de los primates pese a sus discretos tamaños corporales: aunque apenas pesan medio kilo, pueden llegar a vivir en cautividad hasta 30 años,* lo cual, junto con su inteligencia, les convertía en mascotas ideales en la época (recuerden ustedes cuántos años viven nuestros perros y gatos).

Los primates de esta familia comparten además una peculiar estrategia reproductiva. A diferencia del resto de primates (que somos de camada única, un único feto), las titís dan a luz a gemelos. La madre, para poder alimentarse (los primates no construyen nidos), dejará a sus crías al cuidado bien de un par de machos que creen ser su padre (poliandria), bien con hermanas aún sin crías propias. Es lo que denominamos «crianza cooperativa» y es excepcional entre los primates, pues en ninguna otra especie la madre recibe apoyo durante la crianza de otros miembros de su grupo, de tal manera que sus crías morirán si ella muere. Pero tampoco es nuestra estrategia reproductiva, pues solo se implican en el cuidado de las crías parientes que comparten genes o creen compartirlos, como la pareja de machos.


* 445,5 y 654,5 gramos y 26,2 y 31,6 años, respectivamente. Fuente: The Animal Ageing and Longevity Database.


Boda campestre (hacia 1612), Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

© Museo del Prado

Por el contrario, en cualquier sociedad humana los sistemas matrimoniales y de parentesco determinan que sus miembros establezcan vínculos que superan los meramente biológicos, como así ocurre también con cualquier otro aspecto de las relaciones humanas, en concreto en las relativas a la transmisión del conocimiento.

Esta obra de Jan Brueghel el Viejo, Boda campestre, expresa muy bien este hecho. Muestra un cortejo nupcial que avanza en el interior del recinto de una iglesia en un escenario rural flamenco. El cuadro muestra la estratificación social pero también que las sociedades humanas se articulan a través de grupos de edad y de género que corresponden a etapas de nuestra vida en las que el nivel de dependencia respecto a otras personas cambia con la edad (como recuerda la niña que carga con quien quizá sea hermano o su hermana, que podemos ver en el ángulo inferior izquierdo).


Banquete de bodas (1623), Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

© Museo del Prado

Esta segunda obra del mismo autor, Banquete de bodas, es posterior a la anterior y parece su continuación, pues muestra la celebración de una boda, con los novios sentados al fondo, delante de una tela roja, mientras un abigarrado grupo de invitados se divierte. Podemos ver madres con sus bebés, niños y niñas, juveniles, adolescentes, adultos jóvenes y de mediana edad, ancianos y ancianas. (En la próxima conferencia Bogin describirá estas etapas e identificará cuáles son exclusivas de nuestra especie, y en la tercera, José Luis Bartha nos hablará sobre la gestación, el parto y el posparto).

En el ángulo inferior derecho de la pintura se ha identificado a la esposa del artista, Katharina, dando el pecho a su hija Anna, junto a su hijo Ambrosio, de seis años. La edad de destete es muy diversa en las sociedades humanas y está determinada por muchos factores (ecológicos, económicos, culturales, de género…). El destete da paso a un largo período de dependencia hasta la edad que tenía Ambrosio, seis/siete años, una etapa de grandes cambios físicos y cognitivos. Pero aún le quedan por delante muchos años hasta la pubertad y la adolescencia, y, finalmente, hasta llegar a ser un adulto.

Crecemos tan lentamente porque necesitamos tiempo para aprender en sociedad mientras se desarrolla muestro cerebro. El cerebro madura tisularmente gracias a la experiencia externa, con la que se construye —física y bioquímicamente— la red de interconexiones neuronales y se densifica la mielina que recubre los axones que unen las neuronas, que hace que la transmisión de información que recibimos del medio exterior y con la respondemos ante sus estímulos sea más eficaz.

Nuestros grandes cerebros surgidos de una evolución de millones de años de nada sirven si no tenemos tiempo para crecer y aprender en un ambiente social propicio para ello.

Nos lo recuerdan las terribles historias de los niños y niñas salvajes, o ferales. Jean Marc Gaspard Itard (1774-1838) fue el tutor del niño capturado en 1800 en la región francesa de Aveyron, al que puso el nombre de Víctor, y a quien François Truffaut dedicó su película de 1969 L’enfant sauvage (El niño salvaje). Tras varias capturas y huidas, Víctor fue finalmente apresado con once o doce años, según estimó el propio Itard, pero debió de ser abandonado o sufrió aislamiento a una edad más temprana, en una etapa crítica de nuestro desarrollo inicial que, una vez superada, imposibilitó su posterior recuperación intelectual y emocional.

En los dos informes que remitió a las autoridades francesas,* Itard muestra su pesar por no haber logrado avances sustanciales en la educación formal de Víctor, ni tan siquiera haber podido enseñarle a hablar, pese a su larga experiencia con menores sordomudos, ni que tampoco llegara a establecer vínculos emocionales con las personas que le cuidaban.

La reflexión con la que Itard inicia su primer informe es muy acertada:

«Arrojado sobre este planeta sin fuerzas físicas y sin ideas innatas, incapaz de obedecer por sí mismo a las leyes constitucionales de su organización que le convocan al rango más elevado de los seres, no puede el hombre encontrar más que en el seno de la sociedad el lugar eminente que le fue asignado en la naturaleza; y sería, sin la civilización, uno de los seres más débiles y menos inteligentes de entre todos los animales. […] Deberíamos, pues, buscar en otro lugar el tipo de hombre verdaderamente salvaje: aquel que nada debe a sus pares.»


* Mémoire (1801) y Rapport sur Victor de l’Aveyron (1806), disponibles en español en la edición conjunta de Artefakte de 2012.


La lectura (siglo XVII), Anónimo

© Museo del Prado

Aprender a hablar, a leer y a escribir,


El recaudador de impuestos y su mujer (o El cambista y su mujer) (1539), Marinus van Reymerswale (1489-1546)

© Museo del Prado

a contar (hay grupos humanos actuales que no usan números),


Sofía Vela y Querol (1850), Federico de Madrazo y Kuntz (1815-1894)

© Museo del Prado

a leer una partitura y tocar un instrumento, todo ello se basa, sin duda, en nuestro gran cerebro, que se triplicó en tamaño en dos millones de años, desde la más antigua especie de nuestro género, Homo habilis, hasta la nuestra. Pero esta potencialidad cognitiva precisa de un contexto social de enseñanza y aprendizaje activos para que pueda expresarse. Es decir: la cognición humana tiene un fundamento cultural, si bien tal fundamento es el resultado de nuestra evolución biológica. Es por ello por lo que decimos que nuestra identidad como seres humanos es biocultural.


Las Ciencias Matemáticas (1753- 1759), Andrés de los Helgueros (h. 1705-?)

© Museo del Prado

Aprendemos y enseñamos a lo largo de nuestra vida, como muestra este mármol de Andrés de los Helgueros de mediados del siglo XVIII, que formó parte del proyecto decorativo para el Palacio Real de Madrid y muestra varias Ciencias, que en su representación clásica son mujeres.

(Quiero agradecer a Pere Planesas, astrónomo, el apoyo prestado en identificar el contenido de esta obra).

La mujer de la izquierda representa la Aritmética y los instrumentos que sostienen los sabios o que se ven en el suelo (escuadra, regla, esferas, compás, quizá un astrolabio…) representan a la Medida y a la Astronomía, ausentes como figuras en la obra.

Pero fijémonos en la figura femenina central, que corresponde a la Matemática. Vemos que en su mano derecha* tiene un compás con el que mide una circunferencia sobre una tablilla con números y figuras que sostiene un niño, al que está enseñando según la tradición que recoge Cesare Ripa (1555-1622) en su obra Iconología: descripción de las imágenes universales, cuya primera edición es de 1593.** Ripa indica que se inicia tan tempranamente la enseñanza de las matemáticas —como el niño del grabado— «pues viene a ser dicha ciencia como un instrumento que sirve para modelar nuestro intelecto, que en su temprana edad es cual papel en blanco o tabla rasa, conteniendo en sí misma gran cantidad de cosas que los maestros o los libros nos han de explicar y profundizar en las edades siguientes». Retengan la idea de Ripa: la ciencia modela nuestro intelecto.

Nuestros parientes primates tienen también prácticas culturales, por supuesto. Por ejemplo, algunos grupos de orangutanes de Sumatra recurren a herramientas para abrir frutos duros; pero otros grupos vecinos, que viven en el mismo hábitat, no lo hacen. Las pautas culturales primates suelen aparecer por azar y se mantienen gracias a la observación individual y la imitación, primero entre adultos y, después, entre las madres y sus crías. Y estas pautas se transmiten socialmente, por supuesto, y de generación en generación. Pero jamás un adulto se preocupará en enseñar activamente a otro adulto o una madre a sus propia cría. A este respecto, los seres humanos somos de nuevo primates excepcionales: desde muy pequeños nos interesamos en lo que otros hacen, tengan nuestra edad o sean más mayores, y esta implicación no se limita a los miembros de nuestro grupo familiar sino también a aquellos con quienes no estamos emparentados.

Aprendemos sobre todo cuando compartimos experiencias con nuestros pares o con adultos, lo que se denominamos «aprendizaje colaborativo». Y, claro está, aprendemos tan eficazmente porque se nos enseña activamente por medio del lenguaje y, reiteramos de nuevo, no solamente por miembros de nuestra familia biológica, sino por muchas otras personas ajenas, en función de los sistemas socioculturales prevalentes en cada época.

Estos procesos de aprendizaje cultural han sido extremadamente eficaces en nuestra historia evolutiva como especie pues, por una parte, permiten transmitir fielmente un conocimiento o una técnica, pero igualmente permiten innovar a través de la implicación y la cooperación entre miembros de un grupo, cualidades de nuestra especie. Es lo que denominamos cultura acumulativa, que explica la aceleración paulatina del cambio cultural y tecnológico desde hace dos millones de años, que hoy es vertiginosa.


* En la izquierda tiene una esfera armilar, con la Tierra en el centro y rodeada de las zonas y círculos en que se divide la esfera celeste. 

** Iconologia overo Descrittione dell’Imagini universali (1593), de Cesare Ripa (disponible en su edición 1645 en la BNE: http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000229620); hay traducción al español en Ediciones Akal, 2007).


Muchachos cogiendo fruta (1778), Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)

© Museo del Prado

Michael Tomasello (que es codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, en Alemania) y su equipo han demostrado que chimpancés, orangutanes y niños pequeños rinden por igual en las pruebas destinadas a evaluar el razonamiento general no lingüístico y las facultades cognitivas tradicionales (como la inteligencia espacial o la cuantitativa), pero que los humanos somos muy superiores en las habilidades sociales, como la capacidad para aprender de otros y valorar las percepciones y deseos de los demás, así como en colaborar en objetivos comunes, para lo cual nos repartimos tareas diferentes, intercambiables, como muestra esta obra de Goya, un óleo sobre cartón destinado a ser un tapiz del Palacio del Pardo.


Los pequeños naturalistas (1893), José Jiménez Aranda (1837-1903)

© Museo del Prado

Poco antes de cumplir el primer año de vida, entre los nueve y los doce meses, percibimos que las personas que nos rodean tienen intenciones, que actúan para alcanzar algún fin o por alguna motivación, y empezamos a implicamos en sus mismos intereses y tareas. Es lo que Tomasello y sus colaboradores han denominado «atención compartida», que implica al bebé, a otra persona y a un objeto o suceso que concentran su atención, como muestra la coordinación de sus miradas o el acto de señalar a fin de llamar la atención, una conducta comunicativa exclusivamente humana.

Este abanico de facultades prosociales humanas nos permite aprender de adultos y compañeros de juegos, y constituye lo que denominamos «inteligencia cultural». Muchas de las cualidades que asociamos con el esquivo concepto de inteligencia son aquellas que posibilitan el aprendizaje cultural en un grupo social amplio y estable: la paciencia y la perseverancia, la imitación y la emulación, o la curiosidad y la atención, que aparecen en este óleo de José Jiménez Aranda, en el que vemos a niños y niñas de distintas edades compartiendo su interés por un escarabajo;


Cuatro marineros y un niño (1875), Zacarías González Velázquez (1763-1834)

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y también en la atenta mirada de este niño hacia dos adultos, que observamos en este óleo de Zacarías González Velázquez, también un cartón para un tapiz del Pardo.

No hay un «gen de la inteligencia humana». Pero nuestras aptitudes prosociales deben de haberse fijado por selección natural hace cientos de miles de años y serían, por lo tanto, genéticas, como parece demostrar el hecho de que aparecen muy tempranamente en nuestros bebés, sin que pueda asociarse a cualidades inducidas por sus padres y madres, o por otras personas de su entorno.


Chicos dibujando (1890), Ignacio Pinazo Camarlench (1849-1916)

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Ignacio Pinazo pintó a sus hijos, José e Ignacio, mientras le imitan —muy divertidos— dibujando. Finalmente, ambos se convertirán a su vez en pintores. La imitación y la emulación son un primer nivel del aprendizaje humano.


La lección de memoria (1898), Ignacio Pinazo Camarlench (1849-1916)

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Han trascurrido ocho años desde el anterior cuadro hasta este otro del mismo autor, en el que vemos a su hijo Ignacio (Ignacio Pinazo Martínez, 1883-1970), el menor de los dos hermanos, ya con 15 años. Ignacio avanza por la adolescencia y su padre ha sido capaz de captar la transformación del rostro y el cuerpo, que esbozan los del hombre. Con su uniforme de estudiante, Ignacio está sentado en una silla de tijera y sostiene un libro de estudio, al que hace referencia el título del retrato. Para cuidar y enseñar a la siguiente generación, precisamos ser adultos competentes y vivir el mayor número de años posibles

Los primates no solo viven muy lentamente sino que, una vez adultos, las ventajas cognitivas derivadas de tener grandes cerebros favorecen una mayor longevidad: invertir en grandes cerebros favorece la supervivencia adulta, lo que a su vez permite cuidar y proteger a crías de lento crecimiento.


El zapatero de viejo (1870-1875), Francisco Domingo Marqués (1842-1920)

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El ciclo de la vida se sustenta en la transmisión del conocimiento y de los valores por parte de nuestros ancianos y ancianas, aquí representados —con su gran diferencia social— por un zapatero desconocido, pintado por Francisco Domingo Marqués,


María Teresa Moret (1901), Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923)

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y por María Teresa Moret, esposa de uno de los mejores amigos del pintor, Sorolla.


La nieta del marinero (1895), Luis de Bertodano (1887-1920)

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Necesitamos ser cuidados y cuidar para preservar este largo ciclo que es la vida humana, sobre todo en sus etapas más críticas, en las que somos más vulnerables: durante la gestación y el parto, tras el nacimiento y en la primera infancia, y en la ancianidad. De ambos aspectos —del papel esencial de la gente mayor y de los cuidados para preservar la vida— hablarán, respectivamente, Santiago Alba y Yayo Herrero en las dos sesiones finales de este ciclo.


Florinda (1894), José Robles y Martínez (1843-1911)

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Terminamos.

Esta niña pintada por José Robles y Martínez en 1894 se llamaba Florinda Fernández Miranda Alonso; había nacido en Proaza, en Asturias, y tenía 11 años cuando fue retratada. Percibimos cómo Florinda mira al pintor y cómo nos mira a través del tiempo. A su vez, ella sabe que es observada y que podemos descubrir cuál es su estado de ánimo, un fenómeno recursivo que es exclusivamente humano: ella imagina que quienes la vemos apreciamos el colorido de sus ojos, de las lilas que ha recogido y sujeta con sus manos, del chaleco, la falda y el pañuelo que lleva en la cabeza, y compartimos con ella la percepción de su propia gracia, de la belleza de las flores y de su atuendo.

Somos capaces de descifrar los más ligeros cambios en la expresión facial de otras personas y, por lo tanto, en su estado de ánimo. Ello se debe a una peculiaridad que es también exclusivamente humana: al tener la esclerótica blanca (despigmentada) podemos seguir la mirada de otra persona. Este rasgo humano —que nos hace tan transparentes— debió fijarse por selección natural en nuestros ancestros para favorecer la confianza y la comunicación entre los miembros del grupo.


Las meninas (1656), Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660)

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La obra que mejor expresa esta cualidad humana de observar y ser observado es sin duda una de las más famosas y visitadas de esta pinacoteca, Las meninas, pintada por Velázquez en 1656. La maestría de Velázquez anula los límites entre la obra y la realidad. Gracias al juego de las miradas de sus personajes (también a través del espejo, en el caso de Felipe IV y Mariana de Austria) logramos ser, no solo espectadores, sino también partícipes activos de la representación.

¿Qué habilidades cognitivas y sociales tuvimos que adquirir en el curso de nuestra evolución más reciente para poder desarrollar esta conciencia que es a la vez móvil y empática, pues nos permite vivir emociones a través de la literatura o de las obras de arte y captar, adivinar o compartir sus estados de ánimo, sus emociones?

Nuestro cuerpo, mirar y reconocernos, nuestras manos y lo que fabricamos con ellas, apreciar la belleza y elaborar objetos artísticos, todo ello es nuestro inapreciable legado primate, un legado que hemos elevado hasta la condición de ser seres humanos gracias a nuestro ciclo vital único.

Esperamos contar con su presencia en las siguientes sesiones de este ciclo.

Muchas gracias.


Carlos Varea es licenciado en biología por la Universidad Autónoma de Madrid (AUM) y obtuvo en 1991 su grado de Doctor en esta misma universidad. En la actualidad es profesor de la Comisión Docente de Antropología Física del Departamento de Biología de la UAM, impartiendo clases en los grados de biología y de antropología social y cultural, así como de posgrado.

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