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Del «han» conspiranoico al «hemos» responsable, o ganar la mañana

/ por Fran Liñeira /

A raíz del artículo «En manos de alimañas», de Juan Manuel de Prada (ABC, 15/08/2025) y enriquecido por los comentarios de Jónatham Moriche y Ion Andoni del Amo en el podcast (La Zona, 26/08/2025) y la idea de «Satanoceno».

Primer círculo: paranoia

Vámonos al infierno, que se conoce que son los otros, aunque se pudiera precisar que son las relaciones con los otros y que al infierno difícilmente podemos ir, si en él ya estamos. La gran conversación del Satanoceno, el gran debate que se encuentra en la raíz de casi todos los debates, es si la democracia y su profundización merecen la pena; y también si merece la pena salvar algo del mundo que conocíamos de la policrisis que lo aqueja. Este debate que, de tapadillo, estamos teniendo, no trata de si es posible salvar al mundo, sino de si merece la pena. El conflicto filosófico entre los males atávicos y la ternura, la tentación y la esperanza, el autoritarismo y la compasión se había dado hasta ahora en la literatura especulativa, pero como este infierno en el que habitamos es, también, un texto fantástico, ha llegado a nuestras puertas.

Así dicho, sin calentar. Nos encontramos hoy —y en todas partes del espectro político— distintas razas de autócratas, por supuesto, pero también tecnócratas, elitistas, ultranacionalistas y clasistas que propugnan actualizados sistemas de castas, que anhelan feudalismos con características digitales o que se montan ciudades gobernadas por empresas. También tenemos a ermitaños que se tapan los ojos ante la polis (y quién les puede culpar) y, visto el percal, se sumergen en nostalgias (soviéticas o preindustriales) o se escarban un hueco, con sus familias, en urbanizaciones valladas y coles privados rezando porque no les pille el tsunami que se viene encima. O intentando beneficiarse de la ruina. Esto es una descripción, no una crítica: cada uno gestiona la herencia policrítica y la fragilidad como puede; tal vez no podamos, no debamos criticar a la gente por buscar un poquito de bienestar. Pero tal vez tengamos que aspirar a más.

En esta batalla teológica contra dioses y caballeros oscuros es primordial la pregunta de si merece la pena el inmenso, ingrato trabajo que va a costar arrancarnos el gen fascista, entendido como lo entiende Umberto Eco, es decir, como una tendencia ahistórica. ¿No sería mejor dejarnos ir? ¿No sería mejor quedarnos, calentitos, en un infierno tolerable, y ya que otros se enriquezcan? Al fin y al cabo, y como dice el (clasista, inmovilista, y por desgracia cierto) tópico, la muerte pisa a todos con igual pie. Á pataqueira imos todos. No solo vivimos en un conflicto, sino que somos el campo de batalla de una lucha entre deseo y voluntad, entre responsabilidad y superficialidad, entre paranoia y democracia. Salir de la policrisis sin más amos y mayores cadenas no está asegurado. Que queramos salir de esta época con algo parecido al gobierno sobre nosotros mismos no es, en ningún modo, seguro.

El conspiracionismo, la retórica de las sectas y los impotentes, está ahora en el podio de los problemas que impiden que libertad, sabiduría y belleza se acaben imponiendo en su batalla secular contra la opresión, la ignorancia y el horror. Y el conspiracionismo se contagia peor que la sarna. Se comprenderá, entonces, que uno esté hasta los cirios y timbales de los círculos articulísticos hespañoles, que parecen empeñados en bajar a abismos cada vez más llenitos de fango y a refocilarse en ellos como cochos codiciosos. Mientras se regalan titulares a Yarvin con una mano, con la otra se publicita el dulce derecho a expresar su opinión de artistas (Pitingo, Henry Méndez) que gritan «odio a los rojos» o linduras del palo. El clima que se genera es evidente, como es evidente el daño que causa. Se va a venir un otoño que ni entre los duques del infierno, meus. Aznar—Belial—calienta motores en la FAES.

En tanto, los artículos de opinión, puntas de contacto entre las ideas y las gentes que deseamos llegar a casa y descansar, se dividen entre sicofantes enajenados y autobiografistas muy convencidos de su propia importancia. Con honrosas excepciones. En esta ocasión, neguemos la mayor al multipremiado Juan Manuel De Prada, que, hace unas semanas, escribía un articulete vamos a decir que ingenuo que acusaba a «las alimañas que nos gobiernan» de haber convertido a España en un lugar terrible. Esto lo decía a cuenta de los incendios que han asolado nuestro estado, debidos en parte a la terrible emergencia climática pero también a la falta de prevención y financiación de las comunidades autónomas responsables.

Más allá del ataque de De Prada (falto de rigor y lleno de rabia) al Gobierno, que es colorido, pero no original, me llamó poderosamente la atención el uso peculiar del han, que evoca un ellos preocupante (ellos serían, claro, nuestros amos, los gobernantes en la sombra). El han remite, casi al ritmo de un tambor conspiranoico, a un marco extendidísimo: existe una élite misteriosa que nos gobierna, nos dirige en contra de nuestra voluntad y nos daña. En este goético lodazal comunicativo en el que nos movemos, esta idea cuela y de paso oculta a los grupos de presión que realmente existen. Es el marco cognitivo que la sagaz ensayista Natalie Wynn ha llamado conspiracionismo, y que ella caracteriza con las ideas de intención (no hay accidentes ni incompetencia: tras cada calamidad se ocultan siervos del mal), dualismo (la guerra entre las fuerzas de la luz y la oscuridad, sin matices ni alegoría, es el motor de la historia) y simbolismo (todo tiene significado y, como en astrología, cualquier estímulo puede ser interpretado en relación con esta lucha entre el bien y el mal). Así, los incendios serían terribles, pero no por incompetencia o por catástrofe, sino porque a alguien le interesa por algún motivo oscuro, y mira qué símbolo han tuiteado que tiene relación con Soros porque patatas.

Detallo esto porque, aunque la corajuda sociedad hespañola no está todavía ahí, vamos caminando hacia tener cada vez más gente antirracional y más orates monomaníacos en nuestras ciudades y pueblos. El odio visceral y desmedido al presi es un síntoma. Los desequilibrados parecían inofensivos cuando hablaban de cristales y energías, o de aliens, y de repente, pum, Hitler ni tan mal y una cábala satánica de judíos y masones nos controla con el cinco ge y la plandemia y Bill Gates ayuda al Perro a trampear las elecciones. Que, como mano negra, bastante regular. Te ríes, pero hay gente con carné de partidos de izquierdas a los que poco les queda para firmar sandeces similares. Y Peter Thiel, mancillador profesional de Tolkien, se ha montado un seminario sobre el Anticristo con los popes yanquis. Habrá que ser un poco ilustradas y adelantar a toda esta gente, antes de que el avance de quienes instigan estos marcos nos devore.

Dos encantadores ejemplos

Total, que De Prada participa de esta idea de que somos impotentes para resistir un orden mundial misterioso que nos condena. Y la idea está en boga; mucha gente compra. Esta retórica conspiranoica es realmente perjudicial, y se opone a lo que debería ser la base de un proyecto político en 2025: un nosotros ancho, limpio, utópico y radiante. Para el ganador del Premio Planeta, claro, Baphomet es Pedro Sánchez, pero eso es lo de menos; lo importante es el procedimiento, que se repite: un ellos misterioso, un plan, una lucha entre buenos y malos, una sociedad llena de signos arcanos que decodificar. Como los zombis de Romero, De Prada repite la idea de que los ciudadanos somos cuerpos pasivos sobre los que caen catástrofes y que soportamos cadenas que el maldito partido socialista, siervo de Satán, ata a nuestros cuellos. Nada de lo que estoy diciendo es particularmente original, pero sí está poco señalada la enorme capacidad del conspiracionismo para sacarnos responsabilidad de encima. Es atractivo. No es mi culpa, son los illuminati, qué le voy a hacer.

El conspiracionismo va a llegar. No hay partido conservador (de ámbito estatal) responsable que le ponga coto, y la competición entre PP y Vox siempre va a más. Con desastroso resultado para el partido de Fraga Iribarne, por cierto. No me extraña que algunos tengamos ganas de irnos al monte a exiliarnos, visto cómo está el percal; lástima que al huerto arcádico también hayan llegado la realidad, el fuego, la ley de suelo y las terceras viviendas. Siempre nos quedarán Animal Crossing o Stardew Valley, por lo menos, pero cualquier día Steam nos los quita: aparentemente, ya no está asegurado ni el derecho a poseer las reproducciones mecánicas del arte. Rediós.

No penséis que esto es una bobada

Segundo círculo: náufragos

No sabemos si nos apetece seguir con el experimento democrático. La policrisis nos come. Tenemos conspiracionistas, y tendremos más¿Debemos hacer como Gavin Newsom y lanzarnos a copiar la retórica trumpista? ¿Soñar con una Merkel a la española?  ¿Dejar a los malvados que roneen, con el convencimiento de que la Verdad prevalecerá sin ayuda? ¿Y cómo conecta esta retórica con el miasma autoritario al que estamos condenados a enfrentarnos?

Puede resultar ilustrativo pensar en el Romanticismo, cuando se pintaban y describían muchos naufragios: se ha hablado de la experiencia romántica como la de estar a la deriva en un mundo hostil, vivir agarrado a una tabla en un mar turbulento sin querer soltar la propia identidad. Antes ahogado que común. Antes muerta que sencilla. Esta época, y esta retórica conspiranoica del han, que lanza la culpa y la capacidad de actuar fuera del yo, tienen mucho que ver con esa imagen romántica; ahogados por la información y los estímulos, sin querer soltar nuestras identidades quebradas, preferimos dejarnos ir a Arcadias o creer en un orden maligno del mundo, porque hacernos cargo de sus crecientes complejidades es, en román paladino, una putada.

La conspiranoia, la pasividad y la desesperanza, tan fáciles de asir, son armas de los adversarios, y se contagian con facilidad. Volvemos a Tolkien (al final la vida es volver a Tolkien, a Chesterton, a Matute y a algunos más): todos quieren el anillo, es anillo es divertidísimo y te hace invisible, buf, además fijo que lo usamos para cargarnos al malo, pero los pocos verdaderamente sabios (Gandalf, Elrond) no lo quieren ni ver delante. Muchas cosas malas gustan, y la retórica conspiranoica tiene un punto de placer sombrío. También la pasividad es placentera, y así la ideología adopta hoy la forma del entretenimiento; y los asuntos centrales compiten en pie de igualdad con las diversiones y las tareas. La configuración de nuestras representaciones, nuestros marcos y mapas mentales se parece (ya que somos náufragos) a un remolino de infinitas continuaciones, en el que tanto dan el genocidio y la hambruna en Gaza como que Trump ahora se preocupa por si va al cielo y tiene no sé qué mancha en la mano e igual la palma, o como saber por qué ha tardado siete años en programarse el Silksong o que el juego va a costar solo veinte euros, qué regalo, y mira cómo el funeral esperpéntico de Charlie Kirk se parece a la WWE.

La «transformación molecular» hacia el canibalismo social (un giro lingüístico de Gramsci con el que Santiago Alba Rico describe al fascismo como una marea interior) comienza con estas condiciones, y con el cinismo, y acaba en las manifestaciones políticas del mal. Acierta Alba Rico al hablar de ética como autocontrol. Hay que controlarse mucho hasta para que no se le vaya la pinza a uno, o para no mandarlo todo al guano. Pero es imperativo que existan razones para autocontrolarse si queremos llegar a algún lugar bueno. La realidad nos da algunas (la empatía, el honor, la solidaridad, el horror), pero nos faltan estructuras psicológicas comunes: el individuo y la subjetividad, como habrán oído, ya no son lo que eran, y hay mucho que ajustar. El ombliguismo, que puritanos y progres disfrutan criticando, es un asunto estrictamente estructural, y casi me atrevo a decir que, en no poca medida, buscado. ¿Es bueno, es malo? Yo qué sé. Es, y habrá que hacerse cargo.

Es particularmente gravoso para el autocontrol y que no haya más aventuras ni grandes objetivos épicos: es el fin de la Odisea, que escribía Pablo Batalla en el que puede ser su mejor artículo. El mundo que podía contener misterios se ha ido, pero el conspiracionismo, ay, y hasta cierto punto la fantasía, se inventan islas misteriosas en las que naufragar, lugares a los que la modernidad no ha llegado, épicos melodramas que habitar. Los paranoicos que ven ritos mefistofélicos en el ARN mensajero dirán chorradas, pero convierten a la sociedad en una aventura, una obra de arte total, estetizada, espectacular. Buenos contra malos; avisados, doctos individuos contra estructuras sociales secretas. No es casual que los mundos imaginarios empezasen su periplo masivo rondando la mitad del siglo XX y no antes, y no es casual que desde los noventa lo estén petando. Queremos aventura, queremos otras esferas, necesitamos otros mundos, y los habrá, pero ya no están en este, y no cabe sino inventárselos y amueblarlos. Tampoco es casual que el ascenso de Trump a la presidencia se haya debido a su extremada potencia—que, por supuesto, no quiere decir bondad— estética, lingüística, performativa, humorística. Un tipo tan excesivo solo tiene sentido en una sociedad barroca, recargada, necesitada de aventuras. Y el mamón, dicho sea desde el horror, es graciosísimo. Su figura está indisolublemente ligada al delirio maniático del MAGA más conspiracionista, y también a locuras mesiánicas y aventureras; creen que Trump es un héroe de la estirpe de Conan que viene a sacar pedófilos del Deep State. Y lo creen tanto que ya han asaltado el Capitolio. Las fantasías heroicas y épicas expresan una necesidad profunda, y son muy peligrosas cuando se aplican, en la vida real, a monstruos.

El viejo mundo ha muerto, pero Trump ni siquiera es causa, sino síntoma, de cuestiones más profundas y complejas que han dado lugar a la pasividad, a la desesperanza, a la conspiranoia: una crisis tremenda de la autoridad tradicional en todos los campos (de políticos a médicas); una acentuación de las desigualdades económicas; un empequeñecimiento de la imaginación y de los futuros positivos; una sensación oceánica de cansancio, de FOMO, de ansiedad; una espectacularización masiva de todas las esferas humanas, particularmente de la identidad; sexismo rampante; cambios tecnológicos acelerados; un brutal salto cultural entre generaciones; migraciones masivas; el ascenso del tecnofeudalismo, etcétera. Iremos viendo en nuestras pantallas los peores efectos del cambio climático hasta que levantemos la cabeza y estén entre nosotros. Nos mostraremos y venderemos hasta que no quede nada. Amaremos nuestras cadenas: son lo primero que nos ponemos al levantarnos. En fin, cada una que complete con lo que falte.

Del naufragio de esta civilización, y de esta retórica terrible de la conspiración y la impotencia, se sale hacia delante, y no hacia atrás, y mucho tiene que enseñarnos la literatura fantástica al respecto. No es casual que Alba Rico utilice el campo asociativo de santos, de héroes, de paladines, de puertos seguros, de resistencia, para hablar de la metamorfosis hacia una sociedad fascista. Nos movemos en el marco de la épica crepuscular, y es aquí donde encontraremos victorias o derrotas. Oscuramente, en la fantasía se lleva años escribiendo sobre imperios que caen, sobre resistencias, sociedades en las que las utopías posibles renacen y la historia y la desinformación se utilizan como armas. El relato principal del género es, piénsenlo, «un mal del pasado revive y una sociedad que creía que lo había superado debe utilizar sabiduría y fortaleza en igual medida para repelerlo y curar las heridas profundas que ha causado en la estructura social». Se han escrito estos textos oscuramente, porque se ha hecho fuera del mainstream (hasta hace poco), pero esperanzadamente también. En fin. Cuando De Prada habla del ellos masónico, belcebesco, que nos controla, hace lo contrario: está invocando toda una letanía de la fragilidad cognitiva y ayudando a dinamitar las bases de nuestra ética compartida. El primer paso a una sociedad trumpista-fascista es una sociedad conspiranoica de gente aislada, de náufragos en un mundo zozobrante, ahogados por océanos exteriores y mareas interiores. Y esta enfermedad, que está en los márgenes (escribo con optimismo mientras observo a los del QAnon desvariar), puede pasar al centro rápidamente y extenderse, como sucedió con el neoliberalismo. El centro ya está siendo asediado. No puede ser tolerado; no aquí, no ahora.

Tercer círculo: el Adversario exige un nosotros

En tiempos satánicos de ricos cada vez más ricos y poderosos cada vez más poderosos, existe un plan claro (llámese 2030 o las ideas de un Yarvin, un Land, un Thiel) que responde exactamente a estos condicionantes materiales que describimos y que utiliza la conspiranoia como arma y los medios de comunicación como palanca. Nadie duda del cambio climático. Nadie duda de la desigualdad extremada. Nadie duda de sus consecuencias. Pero quienes tienen mucho que perder (y que ganar) están movilizados alrededor de objetivos y herramientas. Por otro lado, quienes creemos en el significado profundo de palabras como justicia, libertad, sabiduría o bondad no lo estamos. Lo que estamos es a paja mental infrafinanciada por día. Irse al pueblo y montar una comuna es una quimera orientalista. Otro delirio es el folclórico «solo el pueblo salva al pueblo», como si un Estado no fuera ya una expresión más del complicado, tenso, diverso pueblo y de su capacidad para salvarse o condenarse. Si queremos un discurso político efectivo que se enfrente al Infierno y la paranoia, no podemos ignorar lo sagrado y lo emocional; el irracionalismo barroco y espiritual de este siglo debe incorporarse a nuestro arsenal. Tolkien lo dice, en boca de Gandalf: «lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo, Frodo, además de la voluntad del mal». Y es que podemos vivir juntos o palmarla aislados. En este segundo caso, puede haber reyes entre ruinas. Land o Thiel lo saben bien. Los popesde las redes sociales también. Los de la pasta, ni te cuento. Y se están clavando picas y avanzando posiciones de cara a un futuro de escasez y caos. Si somos desgraciados, ese futuro vendrá, como una profecía autocumplida. Ojo que no acabemos viviendo en «Amazon y Repsol presentan: Nueva España».

Hay que hacer algo, pero tampoco podemos contentarnos con resistir o volver a como estábamos en 2007. Entre otras cosas, porque estos campos de soledad y ansia en que vivimos ahora no fueron en otro tiempo —ay— ninguna Itálica famosa. No fue el pasado ningún Edén. Y mucho cuidado: si todo fracasa, si un gobierno trumpista se hace con los pocos engranajes del poder que quedan por tomar en el estado, o en la Unión, que nadie crea que la muerte, la peste o el hado nos respetarán; nunca a nadie respetaron. Hogares, ciudades, personas morirán, por acción directa o indirecta u omisión, y como poco nuestros destinos cambiarán irremediablemente, y hasta lo que de nosotros se escriba puede ser sepultado bajo mareas frías de tiempo y desinformación. Es una de las consecuencias posibles de este verdadero conflicto global en cuyos primeros capítulos nos encontramos.

La devastación y el olvido son una posibilidad. Pero no la única. No cabe la resignación, entre otras cosas porque es suicida y confirma el peor resultado posible. Se producen cambios: bienvenidos sean por lo bueno que traigan. Tomemos las riendas, no caigamos dócilmente en la noche oscura y aceleremos hacia un lugar bueno. Esto no se hace individualmente, aunque hagan falta líderes carismáticas, sino que se hace desde un nosotros. Desde un hemos responsable, no un han conspiranoico. Con la primera persona, del plural, y no con la tercera, porque, en primer lugar, tenemos que creer que no estamos solas y aisladas frente a grupos de malvados que nos dominan y dañan. Debemos creer en una buena voluntad común alejada de la confusión y la paranoia.

Sobre todo, aceleraremos a un lugar bueno si configuramos un hemos, un nosotros, que sea la otra cara de la moneda del conspiranoico han. Nosotras, las fraternales; nosotros, los amables; nosotras, las justas; nosotros, los libres; nosotros, los responsables; nosotras, las bondadosas. La ola que amenaza con ahogarnos es la concreción política (es decir, colectiva, es decir, nuestra), de la desigualdad, del odio, del miedo, de la alegría salvaje del mal. A esta solo se la puede enfrentar con la alegría salvaje del bien, de la esperanza, de la ternura, de la fraternidad. Que sí. Que ya. Qué ingenuidad. Era ingenuo pensar también, hace ahora diez años, que Trump llegaría a la Casa Blanca no una, sino dos veces; o que la gente dudaría de las vacunas, incluso en contexto de pandemia, hasta el punto de que volvería la peste; o que Satán volvería al imaginario colectivo para tocarnos con sus coriáceas garras. La ingenuidad del pasado es la realidad del presente, y el pesimismo solo es ingenuidad con mejor fama.

Y me temo que no valen (solo) asambleas de barrio o (solo) espacios sociales alternativos. Tampoco es que se construya solo legislando, pero sin las herramientas institucionales vamos cuesta abajo y sin frenos. Sí, yo también querría tener un taladro para sacar todos estos tornillos, pero la herramienta que tengo es un destornillador cascado, y habrá que apañarse. Habrá que apañarse con las instituciones a las que podamos acceder, no retirarse a la vida contemplativa solo porque no tenemos las mejores herramientas posibles. Para ese apañarse hay que hacer un esfuerzo, desde el nosotros, y acelerar. Acelerar implica integrar, intervenir en y dirigir la evolución tecnológica desde presupuestos éticos: la tecnología que vale es la que mejore la vida de más gente. Ahí se pongan dineros. El socialismo, o cualquier cosa que se le parezca, es inconcebible sin la ciencia, sin una organización estatal fuerte y hasta sin la maquinaria capitalista. No me saltéis al cuello, que esto es de Lenin. A muchos nos gustaría vivir en lo que Galdós llamaba una «gris serenidad»; una época triste o feliz, pero estable. O ser marqueses de Bradomín en decadencia hedonista, paseándonos por las ruinas autumnales del viejo mundo mientras las disfrutamos por última vez. Pero no son esos los tiempos que se nos han dado. Podría haber un futuro en el que trabajemos mucho menos y en trabajos mucho menos de mierda, en el que no estemos sometidos a la guerrilla psicológica de las multinacionales tecnológicas, en el que se empleen modelos económicos complejos y planificados basados en el análisis de datos masivos y el servicio a la sociedad, o en el que la relación entre humanos y no-humanos cambie radicalmente (pienso en carne artificial, por ejemplo, que implicaría que no hay que matar para comer carne o pescado). No toca volver a Hacia rutas salvajes (donde, además, el muchacho moría queriendo regresar), sino explorar un nuevo mundo solarpunk.

La democracia, el hemos, se tiene que definir por su objetivo, que es el autodominio colectivo, y también por cómo encara ese proceso: con una población educada y un sistema mediático sano. Andamos lejos. La presencia del han, la retórica conspiracionista, en nuestro discurso público pone de relieve los cánceres que amenazan al ejercicio responsable de la propia soberanía.  La idea de que los medios de comunicación condicionan el magma de ideas sociales, a través de herramientas como el algoritmo de X o los telediarios de Vallés, no es nueva ni discutible. Sin embargo, deberíamos incorporar a la conversación la devaluación de la imagen, ya definitiva gracias a la IA, y de la información, debida a la sofisticación de la industria del bulo, sí, pero también a la conexión permanente a redes de representaciones pochas. Esta devaluación del discurso de carácter conspiracionista no es solo culpa de los teléfonos móviles («vectores de la pseudocracia», como los caracteriza Víctor Sampedro), sino también de la especialización del debate público; la velocidad del cambio de temas en la agenda, que lleva aparejada la superficialidad en su tratamiento; los hiperliderazgos comunicativos; la importancia de la economía de la atención; la autoespectacularización… Todos estos asuntos no se intentan resolver ni desde el punto de vista de la emisión —las élites económicas que diseñan y gestionan este caldo comunicativo— ni desde el de la recepción —la ciudadanía que, salvo que pueda y quiera dedicar esfuerzos realmente colosales a anular estos fenómenos, está atrapada en un mar de trampas de miel.

Hespaña la de muchas almas, la de muchas lenguas, debería preocuparse del imaginario colectivo. Lo ha entendido bien el promotor inmobiliario e hijo del marqués de Valtierra, Espinosa de los Monteros, que, en lugar de montarse un partido, ha manchado el nombre de Atenea para armar un think-tank que, andando el tiempo, le disputará la hegemonía de las coaliciones de derechas al aznarismo. No hablamos de una boutade: hay quien ya está peleando el después del Trump. La diosa del pensamiento y de la guerra ha sido puesta al servicio de los «conservadores liberales». Suena el aulós bélico, y también parece que la tradición clásica —el conservar la llama o el guardar y hacer falsos ídolos de las cenizas— será uno, otro, de los campos de batalla. Y faltan campidoctores.

No sobreviviremos a esta conspiranoia terrible, que pone caras a todos los males de la era, sin un nosotros amplio, generoso y concreto, que avance en los espíritus y en los cuerpos. Decía el gran Chesterton que lo que está mal en el mundo es que no nos preguntamos qué está bien mientras nos recreamos en nuestros disgustos y locuras.  Hay que avanzar del han paranoico al hemos responsable. Así que no, De Prada, no nos han herido las alimañas que nos gobiernan: en esta sociedad hemos estado orientados, influidos sin duda por algunos grupos de presión, hacia terribles omisiones, terribles obras y pensamientos terribles. Pero es una tendencia, no una maldición bíblica. Es quizá un análisis menos simplista y menos amable, pero algo más cierto.

Quizá pensando así se puedan dirigir los brutales cambios de la época y acelerar hacia un sitio, algún sitio, cualquier sitio bueno. Aunque suene ingenuo, resistámonos al cinismo, a la mentalidad de secta, a las ganas de irnos al monte y a la metástasis del fascismo que ya humedece nuestros paladares. Nos va, literalmente, la vida en ello; es de noche, pero aún podemos ganar la mañana.


Fran Liñeira (Compostela, 1992) es investigador, escritor y docente. Estudió una serie de cosas, la mayoría nutritivas, otras no tanto. Lee con interés a muertos y muertas, pero no desprecia a los vivos. Ha publicado artículos en torno a la crítica cultural y la literatura especulativa en Contrapunto o Amberes. Actualmente prepara una tesis sobre fantasía, mitología e ideología en La Rueda del Tiempo.

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