/ por Pablo Batalla Cueto /
Al caer la tarde llegamos al chozo de merinas de Espigüete, donde vamos a hacer noche. Estamos delante del chozo descansando de la ruda jornada, anochece y aquel crepúsculo es un poema de hermosura grandiosa: una calma absoluta, un silencio augusto, las merinas que se reúnen junto al redil, los mastines enormes y vigilantes. Todo es quietud, todo es belleza. A lo lejos en el horizonte por Curavacas, un fuego de majada de pastores lanza al cielo resplandores rojos; nada se mueve en aquellas alturas; la llama de las cerillas al prender nuestros cigarrillos se mantiene recta y segura hacia arriba. Todo es armonía y sublime belleza y un silencio tan intenso que parece sentirse.
José Ramón Lueje, 1939
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Ya no se puede ir «hacia el horizonte» como si se tratase de una aventura, o sea, de la conquista del otro lado […] No existe ninguna otra parte. Ahora todos estamos «aquí».
Pier Paolo Pasolini: El caos. Contra el terror
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La víspera de la Navidad del año 2000, el joven camerunés Isaac Ebelle partió de su humilde chabola para encarar la ruta de la emigración ilegal a Europa. Dejaba atrás una familia destrozada, una novia embarazada y un porvenir sin esperanza. Le aguardaban el desierto más terrible del mundo, las mafias que se nutren de la desesperación humana, los cayucos, las alambradas, los campamentos de refugiados, la corrupción y la maldad en estado puro, y también la solidaridad más generosa. Enterró a sus hermanos de viaje, fue testigo de violaciones y torturas, burló a la muerte, se sobrepuso al fracaso, la deportación, el secuestro, el hambre y la sed. Y cuando alcanzó su objetivo, pudo comprobar que en el sueño que le había sostenido también cabían la explotación y el racismo.
Sinopsis del libro Una luz en el desierto, de Isaac Ebelle y Pascual Perea
De vez en cuando, todavía aparecen en las tapias de Ponferrada pintadas que dicen «Girón vive». Ha sido perdurable la leyenda de aquel guerrillero correoso, militante de la UGT, que a los veintiséis años, tras la caída de Asturias, donde combatía enrolado en el Ejército Republicano, se echó al monte, y fue gato montés de siete vidas entre los enebrales, abedulares, hayedos y castañares de Valdeorras, El Bierzo, la Cabrera y Sanabria. El hombre que murió cuatro veces —tres creyó matarlo, pero había matado a otro, la Guardia Civil— solo lo hizo de veras tras ser traicionado por uno de sus hombres y recibir un tiro en la nuca cerca de Los Puentes de Malpaso, en 1951. Su cadáver fue exhibido varios días en el depósito de cadáveres del cementerio del Carmen, en la capital berciana; su memoria, denigrada con saña por el régimen que había tardado década y media en roer su hueso, pero guardada con devoción por el atribulado pueblo que fue esponjándola en un susurro de historias formidables de asaltos, escaramuzas, amantes y machadas, fulgores de coraje y astucia liminales de un gólem justiciero, «cordero para el amigo y león para el enemigo», como el día en que se enfrentó, en Corporales, con solamente tres hombres a decenas de guardias, y salió indemne. Girón vivía, pero lo hacía al modo de un campeón de la antigüedad; de un Roldán, un Cid o un Gilgamesh: tan solo en la palabra, pues no se conservaron fotos nítidas de él; solamente la intuición de un rostro acerado y de facciones severas en un retrato borroso del año treinta y siete y la presencia de su cabeza entre otras treinta y tres en uno colectivo de la Federación de Guerrillas León-Galicia. Hay también una efigie a lápiz, realizada póstumamente, basada en el recuerdo de gente que lo conoció, y eso es todo. Por lo demás debemos fiarnos de las evocaciones de quienes —como este enlace de la guerrilla— nos cuentan que Manuel Girón Bazán
«No era muy alto, pero fuerte. Serio y callado, su mirada era dura y el blanco de su camisa contrastaba con su piel curtida. Llevaba una pistola en la sobaquera y en el cabecero de una cama de hierro tenía colgado el fusil y el morral. Acababa de tener un enfrentamiento con la Guardia Civil en el Campo de las Danzas. El comedor, en penumbra, estaba tomado por el humo de los cigarros. En la mesa había una botella de ponche, una de anís y otra de coñac. Yo tenía apenas dieciocho años, pero aquella imagen me quedó grabada para toda la vida. Hoy lo recuerdo al ver alguna de las películas ambientadas en el Chicago de los años veinte. Le entregué la correspondencia, cruzamos algunas palabras y me fui».
Hoy se llega cómoda y rápidamente, por buenas carreteras y en automóviles relucientes con navegador GPS, a Forna, Castrohinojo, Corporales o Castrillo, santuarios de los hombres de Girón; Wikiloc o Komoot nos guían sin fallo, dándonos la mano de la omnisciencia satelital a través de la pantalla de nuestro smartphone, por los senderos que recorrieron y las cabañas en que durmieron y los valles en que escribieron los versos de su epopeya, igual que por aquellos que callaron el secreto de Juanín, Caxigal, Caraquemada, Chaquetalarga o Sabaté, girones de otras sierras maquisards de la España de la posguerra. Y cuesta hacerse a la idea de lo que aquellos parajes eran en aquel tiempo lejano pero no tanto, del que aún quedan supervivientes que se acuerdan de una vida que no hubiera resultado demasiado ajena a un hombre del siglo XV. Girón fue héroe de gente que tejía en telares de cintura; que cantaba arcaicos romances y contaba historias de lobos al amor del lar en molinos cuyas muelas trabajaban día y noche; que conducía carros chillones, así llamados por el característico sonido cantarín que emitían —cada uno el suyo, como los ruiseñores— sus machihembrados de ruedas macizas fijas, ñul o miulo central de madera de negrillo con dos cambas, treitoira y ejeda, engrasados con tocino o unto de caballerías (la grasa de los burros y los caballos).
En 1950, 1940, 1930, 1920, había otros mundos, pero estaban en este, a menos de cien kilómetros de ciudades en las que ya había cines, farolas, teléfonos, autobuses; y seducían a antropólogos y curiosos que se acercaban a esos lugares persuadidos, como un personaje parisino del Paysans de Balzac en 1844, de que no hacía falta ir a América para ver salvajes, pues los pieles rojas de Fenimore Cooper estaban aquí. Había, sí, apaches, esquimales y pigmeos en la Europa recóndita y atraían exploradores que después facturaban una literatura característicamente tremendista, que se refocilaba en estampas de niños cretinos, perros escuálidos y pulgosos, viejos desdentados, mujeres con pañuelos para taparse la protuberancia del bocio, etcétera; pero también en chispazos de belleza salvaje, como la joven segadora rubia, completamente enlutada, cuya hermosura comenta Ramón Carnicer en un pasaje de Donde las Hurdes se llaman Cabrera, de 1962. Sharbat Gula, la celebérrima niña afgana de abismáticos ojos verdes y rostro sucio y espantadizo retratada en 1984 por Steve McCurry, podía ser avistada y fotografiada cincuenta años antes en la Cabrera, las Hurdes o el Suroccidente asturiano; en Corporales, Besullo o Nuñomoral. Y hoy puede suceder que Miguel Martínez, doctor en Estudios Hispánicos por la City University of New York y brillante profesor titular de la Universidad de Chicago, se encuentre sin esperarlo a su abuela en un museo, en una foto de la siega en su pueblo, Máñores (Asturias), capturada en 1927 por el etnógrafo Fritz Krüger (un señor del que leemos que abandonó en Alemania en 1945 y murió en la ciudad argentina de Mendoza en los setenta…).

Es un adjetivo del que uno se da cuenta de que es estúpido si piensa en él dos veces, pero es fácil, es comprensible, pensar que aquella gente era más auténtica. ¿Cómo no pensarlo de Martinón Llamazales? Lo que sigue es una historia verdadera. Ocurrió en Llue y Tolivia, dos aldeas de acceso tortuoso del concejo de Ponga, uno de los más montañosos e históricamente aislados de Asturias. Siguen siendo un pequeño paraíso, rodeado de los últimos bosques primarios de la península ibérica, cerca de ríos y arroyos de cristalinidad imposible. Tolivia está ubicada en una zona alta; Llue, en un soto muy fértil, pero estrecho y apartado; una suerte de «cubeta», todos los senderos para salir de la cual eran ascendentes. Era allá donde, a finales del siglo XIX, vivía Martinón: un hombre de fuerza inusitada, que de ello obtenía su apodo, aparejado a historias que corrían —como las de Girón— de boca en boca por la comarca. De él se contaba por ejemplo la vez que, durante una cacería nobiliaria en la zona, había rescatado el cuerpo de un oso que, tras ser abatido, se había despeñado ladera abajo y había caído al fondo de una angosta garganta, que parecía inaccesible. No lo fue para Martinón, que descendió hasta allá con arrojo, cargó a hombros los más de cien kilos del cuerpo de la fiera y se destrozó las madreñas remontando de nuevo la pendiente.
En Llue cultivaba, recolectaba y cazaba Martinón todo lo que necesitaba: maíz, nueces, avellanas, venados, jabalíes. Solo muy de vez en cuando bajaba a Puente Vidosa o San Juan de Beleño a comprar tabaco o café. Y en una de esas ocasiones, conoció a una joven a la que convirtió en su segunda esposa. De la primera había enviudado tiempo atrás. Se instalaron en Llue, pero la dicha, ay, no duraría mucho. Pascuala, que así se llamaba, era de constitución frágil, y no sobrevivió a las inclemencias del primer invierno juntos en aquel rincón del mundo, bello pero cruel. Contrajo una neumonía que Martinón no fue capaz de curar con los remedios caseros a su alcance; la copiosa nevada impedía salir a comprar mejores medicinas a aquellos pueblos cercanos. Una noche, la mujer expiró. Y ocurría otra cosa con la nieve: imposibilitaba también subir a la vecina Tolivia —donde había iglesia y cementerio— a enterrar el cuerpo en sagrado. Martinón agarró una pala, cavó un hoyo bajo un fresno, depositó el cadáver y lo tapó con nieve: cuando se pudiera ir a Tolivia —decidió—, lo desenterraría. Pero aquella misma noche lo despertó un aullido. Supo inmediatamente de qué se trataba. Agarró su escopeta, salió de la cabaña y disparó al aire para espantar a los cuatro lobos que husmeaban en la sepultura provisional. Desenterró el cadáver, lo envolvió en mantas y se lo llevó a casa. Tolivia —concluyó— no podía esperar. Y en cuanto amaneció, se echó a hombros el cuerpo como había hecho con el del oso aquel y, abriéndose penoso camino entre océanos de nieve, enfiló el collado de Lleces, al que había que ascender para llegar a la aldea vecina. Cuando, extenuado, lo alcanzó al fin, gritó para pedir ayuda a los mozos, que corrieron a auxiliarlo. Y el viudo disipó entonces su inquietud teológica inhumando a su cónyuge efímera en el camposanto.
La historia lo tiene todo. Tiene resonancia, contundencia; una sublimidad redonda que hace imposible no entregarse, subyugado, a todos sus detalles; no admirar la fe de Martinón, aunque uno no la tenga y, de hecho, apostatase de ella; no dejarse encandilar por la épica paleolítica de una vida entre osos y lobos, entrelazado con la floresta, habitante de la espesura, vecino de la parca, hombre hipermasculino y proveedor, no ya un breadwinner sino un boarhunter, uno mismo su propio supermercado, su propio alcalde, su propio ejército, como un pionero de western o un señor Cayo con esteroides. La ficción —porque ficción es, aunque sucediera— tiene ese poder, esa magia proselitista, aunque la vida en un mundo así resulte terrorífica a poco que se piense en ella fríamente. Ya no hay quien la viva, porque todos los que lo hacían la abandonaron en cuanto vieron delante la oportunidad. Se fueron a la ciudad o no lo hicieron, pero, si se quedaron en el campo, no renunciaron a los adelantos tecnológicos que posibilitaran un trabajo más liviano. El propio Martinón no cazaba con arco y flechas, sino con escopeta. Nadie quiere trabajar más pudiendo trabajar menos. Muchos campesinos rusos de principios del siglo XX llamaban Ford a sus hijos: el magnate estadounidense era el dios de los tractores Fordson, que les maravillaban de una manera cuasirreligiosa, como una anulación de la condena bíblica de labrar la tierra con el sudor de la frente. Los tractores no llegaron a Llue, que quedó deshabitado, y hoy está comido por la maleza.
Quien hoy vive del campo, vive de un campo trabajado con aperos de Leroy Merlin y fertilizantes de La Cooperativa, en tiempos en que hay drones que vigilan el estrés hídrico de las viñas y pastores digitales que apacientan fantasmalmente a las ovejas, provistas de un collar geolocalizado que les propina una descarga eléctrica cuando traspasan una determinada coordenada. También hay quien renuncia al mundo y sus tentaciones y se traslada a rincones apartados como Tolivia —donde había un par de neorrurales recién instalados la última vez que quien esto escribe pasó por allí— a vivir como un eremita, practicando la bioagricultura y bañándose en el arroyo o con agua de lluvia, pero siempre hay un colchón de seguridad, una escapatoria, y tiende a haber también una publicidad; un eremitismo con Instagram, con canal de YouTube, con diario best-seller. Nada que se parezca al arraigo radical —valga la etimológica redundancia— de Martinón, sin más voyeur que Dios Todopoderoso, ni más escapatoria que la muerte. El campo, propiamente hablando, ya no existe: es un inmenso parque de la inmensa ciudad global. En antiguos molinos, talleres, cuadras, hórreos, cabañas de guerrillero o de labriego autosuficiente, vive ahora, puede vivir, gente con laptop e Internet 5G, teletrabajadores de empresas con sede, no ya en la capital o las grandes ciudades de su misma provincia, sino en Madrid, Londres, Nueva York. Con un smartphone puede accederse en cualquier momento a la inmensa Biblioteca de Alejandría que es la Red en pueblos que un día fueron —o eran tan pequeños que ni podían ser— parada de las Misiones Pedagógicas, uno de los emprendimientos más emblemáticos de aquella República por la que Manuel Girón combatió hasta exhalar el último suspiro.
Josefina Aldecoa novela la llegada de una de ellas al pueblo leonés en el que ubica al matrimonio de maestros de la República que protagonizan su Historia de una maestra. La emoción de los lugareños, tras una larga espera que llegan a temer que signifique que los pedagogos —como los bárbaros de Cavafis— no vienen finalmente, es retratada con gran viveza. El ruido de un motor aproximándose detiene el juego de los niños y corta la respiración de los mayores, que pronto ven arribar un camión del que se bajan seis misioneros, tres jóvenes y tres mayores, que descargan un voluminoso cargamento: paquetes, bultos, cajas, cables que emocionan a los chavales porque saben que significa que viene el cine. «Mundos desconocidos —se cuenta después— aparecían ante los ojos de los campesinos. Documentales de otros países, cine de humor, dibujos animados. La música popular conocida y amada y aquella otra que escribieron genios universales, todo era seguido en reverente silencio. La poesía de Juan Ramón, de Machado, la seguían con respeto y una extraña emoción». Los pedagogos anunciaban también: «Traemos en estampas luminosas los templos y catedrales antiguos, las estatuas, los cuadros que pintaron grandes artistas. Más adelante queremos traer un pequeño museo de copias en lienzo de las grandes obras que están en los museos».
La Iglesia tenía sus tierras de misión y la izquierda laica las suyas: espacios detenidos —eso decía la épica de la cosa— en el Medievo, a los cuales llevar el evangelio de las Luces. El atraso, el oscurantismo, representaban para aquellos apóstoles del progreso la misma ignominia que el paganismo para un misionero cristiano; pero la emoción con la que llegaban a aquellos parajes era idéntica a la del viajero reaccionario —que también los había— que se acercaba a ellos en busca de rescoldos de prístina premodernidad. Era la emoción de la inmersión en una heterotopía, en un lugar-otro, fuera para acabar con él o preservarlo. Ya no existen lugares así, pero no ya en España, sino en el mundo todo; en el planeta contraído y simplificado de la era digital. La modernidad era subirse a un camión en Madrid, recorrer unas decenas de kilómetros y llegar a otro siglo; la posmodernidad es subirse a un microbús en un villorrio de Laos, a orillas del Mekong, y que el chófer vaya escuchando a Enrique Iglesias o el Madrid-Barça, y cuando uno le diga que es del Sporting diga «ah sí, el Sporting», y sepa que está en Segunda, pero hace unos años estuvo en Primera, y buenos chicharros metía Barral. La modernidad era maravillar con el cinematógrafo a los chavales de un pueblo de carros chillones o los miembros de alguna tribu africana o asiática; la posmodernidad es que en el último poblado de Nigeria la gente ya tenga smartphone, y pueda ver en él las películas de Nollywood. La modernidad fue una aventura: sapere aude, atrévete a saber. Hoy no hay que atreverse para saber: todo está en Wikipedia. La posmodernidad no es líquida, como tantas veces se dice y sí era en cambio la modernidad (que «todo lo sólido se desvanece en el aire» se dijo en 1848), sino sólida; un mundo terminado, cierto, predecible, unificado, deshechizado.

«Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar», se pregunta Joaquín Sabina en Peces de ciudad. No queda siquiera la más aislada del mundo: Tristan da Cunha, en el Atlántico Sur; una porción de la Corona británica situada a más de dos mil kilómetros de la costa más próxima, que es la poco menos solitaria isla de Santa Elena, aquella a la que mandaron a pudrirse a Napoleón. Del litoral sudafricano, el continental más próximo, está a casi tres mil. Su pequeña sociedad —234 habitantes en 2023— se formó en gran parte con náufragos. De los siete apellidos que se reparten los tristanianos, el ancestro-cero de la mayoría es un marinero europeo (italiano, holandés) al que se le hundió el bergantín por aquella zona en algún momento del siglo XIX y al que la fortuna sonrió depositándolo en este islote volcánico con capital de nombre memorable: Edimburgo de los Siete Mares. El de los Glass y los Swain son sendos soldados, uno escocés, el otro inglés, que llegaron allá en 1816 para apresar a Jonathan Lambert, un pirata que, en busca de un legendario tesoro escondido, había iniciado la colonización de la isla, autoproclamándose emperador de Tristan da Cunha, en 1811, aunque ni él ni ninguno de sus seis hombres dejaron descendencia, porque los mató una desaforada afición al ron. Hoy este confín terrestre puede visitarse en un largo pero confortable crucero que parte de Ciudad del Cabo, y la Red permite indagar con sumo detalle en sus cosas. Google Imágenes ofrece cientos de fotos, hay vídeos de YouTube, pueden seguirse en vivo sus noticias en la página web de un periódico local. La última mientras se escriben estas líneas es de la ampliación del cementerio, de la que vemos una foto de una excavadora JCB, resplandecientemente amarilla como el tractor de los Zapato Veloz, transportando las piedras del muro demolido.
Cuando una expedición liderada por Francis Younghusband invadió Lhasa, la deslumbrante capital del misterioso Tíbet, en 1904, sintió remordimiento, o eso dice John Buchan en The last secrets: «era imposible, hasta para el menos sentimental de los hombres, evitar cierto remordimiento por la apertura del telón que tanto había significado para la imaginación de la humanidad […] Con el desvelamiento de Lhasa cayó el último bastión del antiguo romanticismo». Rajadura tras rajadura de velo, fuimos habitando un mundo carente de misterio, una urbanización de paredes transparentes. He aquí otra historia extraordinaria, posible hace sesenta años, imposible hoy. Carlos Hugo de Borbón-Parma quería ser rey de España, pero sus carlistas sentían que habían perdido la guerra del treinta y seis a pesar de haberla ganado, y durante el franquismo habían efectuado un increíble viraje a la izquierda, adhiriéndose a un peculiar «socialismo autogestionario» de inspiración yugoslava, pero vestido de nombres viejos de la tradición española. En 1986, el Partido Carlista llegaría a ser uno de los partidos fundadores de Izquierda Unida. No era cosmética, no era oportunismo, no era una boutade. Carlos Hugo se lo tomó en serio, y en 1962 decidió entrar a trabajar en secreto durante unos meses en un pozo minero asturiano, a fin de conocer de primera mano la dura realidad de la clase trabajadora; sus condiciones de vida y anhelos. Tomó la identidad del estudiante Javier Ipiña y se inscribió en el Servicio Universitario del Trabajo (SUT), que organizaba campos de trabajo por toda España. El pozu era el Sotón, lo asignaron a la brigada de camineros y no duró mucho: veinte días, los que tardó en ser descubierto. Pero esas tres semanas bastaron para dejar en sus compañeros el recuerdo —evocaban en 2010, cuando Carlos Hugo murió— de un hombre «muy afable» que «no se escondía» a la hora de trabajar en un oficio que no conocía, pero en el que «lo daba todo, sin querer tener ningún privilegio». Su hermana, María Teresa, rememoraba en 2019 que en una ocasión, en un baile popular, quiso invitar a una chica mona, hija del propietario de Gallina Blanca, que lo rechazó diciéndole: «Yo no bailo con un minero». Más tarde descubriría, con pasmo, la verdad, y no harían más que tomarle el pelo.
Hoy ya no sucede que uno baile con alguien, o rechace bailar con él, en una verbena de pueblo y pueda resultar ser el rey legítimo de las Españas, cual en El príncipe y el mendigo. Antaño no se conocía la cara de los príncipes, de los reyes; ahora la contemplamos a diario y conocemos todos sus ángulos. Lo de las identidades falsas también se ha puesto complicado en la era del big data. Y tampoco a nadie le apetece ya proletarizarse, eso que durante mucho tiempo fue determinación de gentes de izquierda que no querían serlo de salón, de la Simone Weil que se enroló en la Renault para conocer de primera mano La condición obrera, título de uno de sus libros, a los universitarios sesentayochistas y los curas segundovaticanistas que en Argentina o España, en Francia, Italia o Estados Unidos, tomaban partido hasta mancharse y, si no se iban a la Nicaragua sandinista a dormir con un AK-47 en la cabecera de la cama —como el cooperante Javier Arjona recuerda que hacían—, se instalaban en barrios chabolistas, en villas miseria, para hacer la revolución desde ellas y con ellas: otra heterotopía, otro lugar-otro, no ya escondido en un soto detrás de una muralla de imponentes riscos calizos, sino al final de una línea de metro o de autobús, en el corazón mismo de las ciudades, en esas borgate que cautivaban a Pasolini, que buscaba en ellas postreras briznas de autenticidad en un mundo aburguesado, aplanado y hortera. Aquella fue la última generación de izquierdistas que pensó que la era estaba pariendo un corazón, que no podía más, que se moría de dolor, y había que acudir corriendo si era preciso, pues se caía el porvenir en cualquier selva del mundo, en cualquier calle. Nadie espera ahora que Cristo nazca en Palacagüina y nadie abandona ya una vida acomodada para hacerse repartidor de Deliveroo o granjero de clics. Es menos sexi que ser minero u operario de la Renault, y ya no hay la esperanza de que sirva de algo.
La modernidad era utópica; la posmodernidad es postutópica. Lenin dijo una vez que el proyecto bolchevique era la suma de sóviets y electrificación; versión socialista, igualitaria, del sueño electrificador que el capitalismo liberal también era. Advertiremos algo crucial sobre la modernidad si nos damos cuenta de que electrificación es el nombre de una acción, de un proyecto, de un camino, de un sueño, no de una meta, ni de un resultado. La modernidad fue electrificación; la posmodernidad es electricidad, esa que hoy llega al último rincón de Nigeria o de Laos, y le traslada en sus cables la energía de un microondas y el más reciente hit de Shakira. La modernidad era también la ausencia de modernidad, como el gruyère es sus huecos; la existencia de bolsas por modernizar, y el afán de buscarlas, y que hubiera sociedades no contactadas, zonas en blanco en los mapas, tribus prehistóricas o tribus de otra historia, el reino de Maya de la novela de Ganivet, el escondido edén primigenio de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier o los adoradores de Sikander, o sea, de Alejandro, que los protagonistas de El hombre que pudo reinar se topan en las reconditeces del Hindú Kush. La Unión Soviética colapsó cuando acabó de electrificarse, de cartografiarse, y dejó de poder pasar —pasó a finales de los setenta— que un piloto que sobrevolaba un tramo remoto de la taiga siberiana descubriera, en medio de una escarpadura boscosa, una cabaña; y un grupo de científicos se lanzara luego en paracaídas sobre el lugar para hallar, estupefactos, que allá habitaba una familia, los Lykov, pertenecientes a la secta de los Viejos Creyentes; que su vestimenta, forma de vida y lenguaje permanecían congelados en el siglo XVII, momento de nacimiento de este cisma arcaizante de la Ortodoxia, y que nada sabían de la segunda guerra mundial, el Sputnik o Gagarin. La modernidad liberal se acabó tal vez cuando dejó de poder pasar que Sixto Rodriguez, un rockero mexicano-estadounidense que había publicado solo dos discos en 1970 y 1971 y luego abandonó la música frustrado por su fracaso de ventas, se hiciera famosísimo y disco de platino en Sudáfrica sin enterarse, mientras malvivía como albañil en Detroit y no podía permitirse comprarle ropa a sus hijas ni llevar a su mujer a un restaurante. O cuando dejó de tener alguna verosimilitud aquel anuncio de televisión de los noventa en el que el conductor de un Mitsubishi Montero —un coche que llegaba «donde no llega nadie»— charlaba con un anciano pastor que no sabía que Franco había muerto, ni que el Madrid era otra vez campeón de Europa.
La modernidad se acaba cuando se acaba su sueño. Es el desencantamiento definitivo del mundo. Es la mezcla de satisfacción y orfandad cuando se acaba un buen libro (bueno no quiere decir de trama alegre o dulce) que nos ha mantenido en vilo, y hemos visto resolverse todos sus suspenses; la inercia de meditar obsesivamente, durante los días siguientes, en su trama y sus personajes, de los que ya no sabremos más; la pulsión de buscar novelas similares o del mismo autor o leer fanfic o interpretaciones de la obra. El temblor de unas piernas que han hecho una larga caminata y ahora están paradas, pero sus músculos siguen tensos. O un acabársenos el tabaco y echarnos a una rebusca nerviosa de colillas. La posmodernidad es que todas las montañas hayan sido coronadas y el heroísmo alpinista consista en abrir rutas inverosímiles para subirlas; y que, cuando eso empieza a agotarse también, llegue la hora de la hazaña cronométrica de los speedclimbers: subir y bajar lo más rápido posible. La posmodernidad es también que todas las revoluciones posibles del arte fueran hechas entre Las señoritas de Aviñón de Picasso (1907) —o Impresión: sol naciente de Monet (1872)— y la Merda d’artista de Manzoni (1961), y ante esa imposibilidad de la revolución artística, los creadores con vocación de enfant terrible repitan astracanadas ya hechas décadas atrás, facturen blasfemias rápidas para colectivos de escándalo fácil o penetren directamente en el ámbito de lo criminal: pegar un plátano en una pared con cinta americana, meter a Franco en un congelador para rabiar a los franquistas —en 2012—, sumergir un crucifijo en un tanque de orina para rabiar a los cristianos, amarrar a un perro a la pared de una galería y dejarlo morir de hambre. La posmodernidad es refalfiu, intraducible palabra astur que el Diccionario General de la Lengua Asturiana, en una de esas entradas que componen un tratado de filosofía en miniatura, define como el «hastío causado por la abundancia», la «abundancia sin comedimiento», el «cansancio por exceso de comodidades» y el «cansancio de una cosa buena por el hábito del uso, del trato». Refalfiar añade colores a la paleta: es «estar muy saturado de comida», «hartarse de algo», «tener abundancia de algo y no apreciarlo», «desdeñar manjares o exquisiteces por no parecer de excelencia suficiente», «estar ocioso», «ensoberbecerse mostrando desprecio por casi todo», «malcriar por exceso de mimos»…
En nuestros días prospera una nostalgia agresiva que clama que en el pasado había más libertad. No es cierto, y bastaría con preguntárselo a una mujer, un o una homosexual, un afroamericano que vivieran en él para saberlo. Pero lo que sí había era más aventura. Ello no es un elogio. Tampoco lo contrario. La aventura puede ser excelsa o terrible. Aventura era subir al Everest cuando no había ruta trazada para hacerlo, ni trescientos tipos haciendo cola en ella, pero también enrolarse en ETA, o ser un concejal amenazado por ella y saber que cada trayecto cotidiano en coche podía ser el último. En la era de la aventura hay aventureros de grado, pero no pocos lo son por obligación. Los tiempos homéricos son siempre desiguales. El heroísmo es una centella que brota de la fricción entre enormidades opuestas: la riqueza y la pobreza, el progreso y el atraso, el conocimiento y la incultura. El Olimpo y el Hades, y ser un ascensor, un sherpa entre los dos mundos. Y es hermoso, pero de una hermosura que requiere un fondo de tinieblas para brillar. Para que el padre Llanos fuera el héroe de los pobres en El Pozo del Tío Raimundo, tenía que haber pobres, y tenía que existir El Pozo del Tío Raimundo. Para que las Misiones Pedagógicas fueran un heroísmo de la cultura, era necesaria la existencia de la incultura. Para que hubiera héroes de la lucha contra ETA, tenía que existir ETA. Para que hubiera héroes de la invención y el adelanto tecnológico, tenía que existir la penuria que remediaban. Para que Edward Jenner inventara la vacuna —Dios lo tenga en su gloria—, tenía que haber epidemias de viruela. Hubo un Manuel Girón porque hubo un Francisco Franco. Para que Martinón Llamazales fraguara su leyenda, su esposa hubo de morir de una neumonía que hoy le curaría la sanidad pública, que enviaría un helicóptero medicalizado a buscarla a Llue si fuera menester.
Para que existan los superhéroes y se ocupen de los bad guys, tiene que haber una policía corrupta e ineficaz. Estados Unidos es un país con muchos y famosos héroes. Si se nos pregunta por uno noruego, solo se nos ocurrirá Thor Heyerdahl, aquel etnógrafo que construyó un barco, el Kon-Tiki, con técnicas tradicionales polinesias y cruzó con él el Pacífico para demostrar que, como mínimo, era posible que la colonización originaria de las islas de ese océano hubiera partido del Perú. Pero en Estados Unidos se muere a la puerta de los hospitales si no hay dinero para pagarlos, y Noruega es la única economía importante de Occidente en la que las generaciones más jóvenes son cada vez más ricas. Los héroes germinan en mundos sin ley. «En el desierto habrá santos, pero no justos», decía Carl Schmitt. Los héroes son santos del desierto que siguen sus propias reglas y pueden cometer excesos e indignidades en aras de la eficacia, sin que nadie les pida cuentas después. Cuando se le pidieron al Gran Capitán, después de la campaña de Nápoles, respondió sarcástico:
«Cien millones de ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo. Ciento cincuenta mil ducados en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por las almas de los soldados del rey caídos en combate. Cien mil ducados en guantes perfumados, para preservar a las tropas del hedor de los cadáveres del enemigo. Ciento sesenta mil ducados para reponer y arreglar las campanas destruidas de tanto repicar a victoria. Finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del rey, que pide cuentas a quien le ha regalado un reino, cien millones de ducados».
La igualdad tiende a ser fea. Las jrushchovkas soviéticas, esos mares de toscos bloques de pisos prefabricados, cuya indistinguibilidad de un confín al otro del vasto país motivaba chistes, nos lo parecen —feas— y lo son, pero la estandarización que permitía su construcción apresurada fue la forma de resolver rápidamente la crisis de vivienda de una nación devastada por la segunda guerra mundial, en ciudades trituradas por las bombas. Se sacrificó la belleza en pos de la justicia. La tauromaquia, en cambio, es bella, pero requiere para existir y ser popular, además de la tortura de un pobre miura, grandes empresarios ganaderos con grandes cortijos y hombres que vivan en condiciones tan míseras que vean en ser toreros una salida halagüeña. Sin desigualdad, sin un hambre peor que las cornás, no había Cordobés. «No conozco a ningún pijo que sea boxeador», dice el púgil Javier Castillejo. Y sí que ha habido toreros pijos, matadores aristócratas, pero la Fiesta no hubiera sido lo que fue, ni hoy seguiría viva, de no ser por la periódica chispa plebeya de los maletillas, los espontáneos o la revolución de Juan Belmonte, el humildísimo trianero que dio lustre a su edad de oro y contrapunto a la ortodoxia de Joselito el Gallo con su toreo hierático y autodidacta, clandestinamente aprendido en los cerraos sevillanos en los que se colaba cada noche con sus amigos, para torear desnudos bajo la luz de la luna.
Quien echa de menos la edad de los héroes, añora que haya cautivos, damiselas en apuros, entuertos que desfacer. Injusticias. Quien echa de menos el tiempo en que la revolución era una posibilidad siempre palpitante, un dragón dormido que en cualquier momento despertaría, añora que haya gente viviendo en condiciones tan desdichadas que no tenga nada que perder si intenta una revolución. Y el caso es que sí hay héroes y heroínas en 2024, porque la desigualdad, la injusticia, siguen existiendo. La flama de lo homérico habita en Anabel Montes, aguerrida capitana de los bergantines salvíficos de Open Arms; en quien desde Senegal o Mali o Camerún emprende una travesía muy potencialmente letal («Barça o barzakh», Barcelona o la muerte, se dicen los senegaleses antes de partir) y se sube a una patera atestada o un precario cayuco en busca de una vida mejor en Europa; en las soldados de las Unidades de Protección de Mujeres del Rojava; en los bomberos que apagan los incendios inapagables del cambio climático; en las personas trans, demiurgos de sí, forjadores de su propio cuerpo, prometeos de su propio fuego, individuos totales, dispuestos a soportar los arañazos y fogonazos de todos los dragones del escarnio reaccionario. Pero esos héroes e individuos autosuficientes no suelen gustar, por lo que sea, a quienes entonan endechas sobre el fin del heroísmo.

Nuestra era no es el fin de la historia que un día proclamó alguien, pero sí el fin de las historias, de su pluralidad. La historia siguió corriendo, y se ha ido acelerando, pero su próxima pantalla, en este mundo homogeneizado en el que los autobuseros laosianos son del Madrid o del Barça, será la primera que realmente merezca el nombre de historia universal; una deflagración planetaria cuya onda expansiva se sienta por igual, demuela las mismas cosas e intente ser evitada por los mismos zapadores en todos los rincones del globo: en El Bierzo y Tristan da Cunha, en Moscú y en Vientián. El sismo son Donald Trump y Narendra Modi, Javier Milei y Santiago Abascal, Jair Bolsonaro y Benjamin Netanyahu. Es un resurgimiento del fascismo que también responde al anhelo de reabrir zonas de salvajismo y aventura; de forzar su existencia. Concluida la era de los descubrimientos, las ganas de marcha se apuntan a acelerar embalar de las extinciones. Cuando todo ha sido mapeado, desmapear, borrar la pizarra, despejar la mesa, para poder dibujar de nuevo; hacer con el mundo entero lo que Israel hace en Gaza, o lo que Rusia en Ucrania. Crear junglas, llenarlas de bestias, y arrojarnos a ellas como a un tramposo del Jumanji.
El fascismo es una aventura enorme y monstruosa; un romanticismo elefantiásico, afán de conversión de la nación en un personaje de novela o cuadro romántico: pirata, contrabandista, prostituta, torero, arponero, vampiro, rey decapitador de La campana de Huesca, sórdida criatura de leyenda de Bécquer, suicida. Como la tauromaquia, es bello. Como ella, no lo es: es cruel, espantoso, sanguinario, devastador. Pero tiene, lo tuvo hace un siglo al menos, un punto bello: los edificios de Albert Speer, las películas de Leni Riefenstahl, Carmina Burana, el Palacio de la Civilización Italiana, los uniformes de Hugo Boss. Es, quiso ser, la política estetizada, romantizada, la conversión de la polis en obra de arte total, todo eso contra lo cual advierte Rüdiger Safranski al final de Romanticismo: una odisea del espíritu alemán, donde pide que lo romántico no intente dejar de ser una ensoñación, una evasión literaria:
«Ha pasado ya el romanticismo como época, pero nos ha quedado lo romántico como actitud del espíritu. Cuando hay desazón por lo real y acostumbrado y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Lo romántico es fantástico, inventivo, metafísico, imaginario, tentador, exaltado, abismal. No está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad, y ni siquiera ser útil a la vida. Puede estar enamorado de la muerte. Lo romántico busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia. Con todos esos rasgos lo romántico no es particularmente apropiado para la política. Cuando desemboca en ella, habría de tener un suplemento de realismo. La política, en efecto, debería fundarse en el principio de evitar los dolores, el sufrimiento y la crueldad. Lo romántico ama los extremos; en cambio, una política racional ama más bien el compromiso. Nosotros necesitamos ambas cosas: la aventura del romanticismo y la sobriedad de una política adelgazada. Si no entendemos la razón política y las pasiones del romanticismo como dos esferas, y no sabemos separarlas en cuanto tales, si en lugar de ello deseamos la unidad sin quiebra y no tenemos la habilidad de vivir por lo menos en dos mundos, entonces surge el peligro de que en lo político busquemos una aventura, que sería mejor hallar en la cultura, o bien de que exijamos a la cultura la misma utilidad social que a la política. Pero no es deseable ni una política aventurera, ni una cultura políticamente correcta. […] Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa. Para el romanticismo, que es una continuación de la religión con medios estéticos, rige lo mismo que para la religión: ha de resistir a la tentación de recurrir al poder político. «La imaginación al poder» no era precisamente una buena idea».
Donde esté una jrushchovka, que ardan en una pira las películas de la Riefenstahl, que dejen de escucharse para siempre los Carmina Burana. Las jrushchovkas, en todo caso, también son culpa de los fascistas, en tanto que hijas, ya se ha dicho, de la guerra mundial que ellos provocaron. Los conservadores dicen alzar el estandarte de la belleza frente a una izquierda feísta, pero es una belleza asesina en última instancia; una beldad de cosméticos testados despellejando a animales, extrayendo compuestos químicos en minas esclavistas del Tercer Mundo, haciendo fea a la gente en la otra punta del globo. María Zambrano dice en Claros del bosque que la belleza es luz de la que no se ve el fuego que la alumbra; un cielo cuya claridad procede de la combustión eterna de un escondido infierno.
No hace falta ser tan guapos. El antifascismo también es bello, y por eso hay gente en nuestro lado de la historia, transida a su vez de anhelos homéricos, que desea que el fascismo exista y prospere, para que prospere también aquel, y las mujeres nos digan «o partigiano, portami via» y nos prendan una rosa de la solapa cuando partamos a la batalla, y sea aquello librar un combate sublime sin componendas. No necesitamos alforjas para ese viaje, que hay que hacer si es preciso (la era está pariendo una vesícula biliar y hay que acudir corriendo a sofocarla), pero del que podremos darnos con un canto en los dientes si regresamos solo desvalijados, y no muertos, ni sordociegos, como el protagonista de Johnny cogió su fusil.
Viajes que se inician, viajes que se acaban. Maletas que se deshacen, petates en que se embute a toda prisa la impedimenta de una guerra inminente. Nos hallamos de pie, detenidos un momento, nerviosos antes de abrir la puerta, debajo del quicio del umbral de una época. Ulises, el Ulises de la modernidad, agoniza en Ítaca. El camino fue largo y lleno de aventuras, lleno de experiencias; no temió Odiseo a los lestrigones ni a los cíclopes, ni al colérico Poseidón. Se hizo con hermosas mercancías en los emporios de Francia, aprendió de los sabios de las ciudades egipcias. Tuvo siempre a Ítaca en su mente, Ítaca le brindó tan hermoso viaje, sin ella no habría emprendido el camino, pero Ítaca no tiene ya nada que darle. Postrado en su camastro, su respiración empieza a agitarse, los ojos a cerrársele. Ha oscurecido ya. Y con la última brizna de conciencia, justo antes de desvanecerse, mira por la ventana y advierte en el cielo negro de la noche egea el resplandor naranja de un incendio.
En portada: el Kon-Tiki, en una foto conservada en el Kon Tiki Museet

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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Pablo, una de las más afectuosas páginas que te he leído sin perder el mínimo valor descriptivo. Guillermo.
Es un texto muy bello y siento decir que no estoy de acuerdo. Siempre hay formas distintas de ver y de sentir las cosas, lugares que descubrir por cada una, a pesar de que nos haya tocado vivir el final de la historia. También hay formas de hacer y de trabajar, de vivir y de discurrir diferentes. Yo he tenido aventuras algunas tantas veces. Y faltaría apreciar las aventuras cotidianas, las sencillas, las interiores. Ya se sabe, siempre hay que estar aprendiendo, es una lata, pero también es la sal de la vida. Ojalá encontráramos siempre formas distintas de ver las cosas.
Algo me molestaba y no le ponía cara, perdida entre las frases hermosamente tejidas. Acabo de releer «La Maldicion de la Nuez Moscada» y esta ahi. De lo que hablas es la pulsion capitalista, colonizadora, destructora supremacista y patriarcal, ese espiritu basicamente europeo. El afan de protagonizar sus propios mitos. Cualquier madre soltera que saca adelamte sus hijos en la periferia de occidente, cualquier migrante que cruza el Sahel, cualquier indigena amazonico que consigue convivir entre dos mundos y mantener su ecosistena y su modo de vida navegando entre la tradicion y la modernidsd protagnizan epopeyas mucho mas heroicas que la continja conquista y destruccion de ecosistenas y civilizaciones. Esa mirada eurocentrica es la que esta, de nuevo, y ahi coincido contigo, inflamando las llamas de su autodestrucción ritual. Por suerte, hay otros mundos y están en este. Gracias por la reflexion!
Muy bueno
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