/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 29/12/2025. Comenta P. que siempre le ha tenido ojeriza a bell hooks, la feminista de izquierdas estadounidense, que escribía su nombre así, con minúsculas, y exigía que se escribiera así. Decía que era un acto de humildad. Pero, como siempre que alguien vocea su humildad, a mí también me ha hecho siempre arrugar la nariz, De hecho, las pocas veces que he tenido que escribir su nombre en algún sitio, lo he escrito con mayúsculas, por fastidiar, por bajarle los humos, por bajarla del pedestal. Porque la humildad impostada también puede ser un pedestal. ¿Qué humildad es esa de independizarse de la ortografía común, que ya lleva codificada la humildad dentro de sí, porque es la misma para escribir el nombre del presidente del Gobierno y la del último olivarero de Jaén? Luego nos cuenta T. que él se puso en contacto con ella en una ocasión para traerla a España a dar una conferencia, en el marco de unas jornadas organizadas por el partido de izquierdas en el que militaba entonces. Bell Hooks le pasó con su representante, que le pidió una cantidad «tan escandalosa de dólares» que no hubo tutía. Pues vaya con la humilde.
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Jónatham F. Moriche: «Hace, pongamos, un milenio, era posible morir descuartizado a machetazos pero no morir hecho pedazos por un dron artillado. Hoy sigue siendo posible morir descuartizado a machetazos y además es posible morir hecho pedazos por un dron artillado. Es a esto que llamamos progreso».
Martes, 30/12/2025. Antonio Machado recomendaba «que el trabajo escriba y la inspiración corrija». Contraintuitiva sensatez.
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Hay que separar al autor de la obra no solo cuando el autor es un maltratador de mujeres o un colaboracionista de los nazis: también cuando es buena gente. Lo pienso leyendo (por trabajo) unas memorias que son un constante namedropping, como llaman en inglés al «dejar caer nombres». Conocí a Fulano de Tal, conocí a Mengano de Cual, he aquí una ristra de infraanécdotas sin interés cuyo único valor es estar protagonizadas por Fulano de Tal y Mengano de Cual. La separación autor/obra también tiene que ser eso: darse cuenta de que la obra puede ser excelsa y el autor un sujeto corriente y anodino, bueno quizá, pero tan bueno como cualquiera, bueno de una bondad de andar por casa. Para contar que Rafael Alberti también comía huevos fritos o que Gabriel García Márquez daba paseos con su mujer no merece la pena talar árboles.
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Leo algo que no sabía: cuando el presidente Eisenhower vino a España, Franco lo paseó por Madrid en un Mercedes Benz 540 G4 de seis ruedas… que le había regalado Hitler. ¿Nadie se acordaba, o fue deliberado; un subliminal marcado de paquete: yo soy el Eje que queda, el Eje que ganó, un santuario para los fugitivos nazis y sus reliquias, y si el comandante supremo de los Aliados viene a verme, lo recibo encantado, pero lo meto en una de ellas?
Miércoles, 31/12/2025. Leo mencionar la «maldición de Juncker»: todo el mundo sabe lo que hay que hacer, pero nadie sabe cómo ganar las elecciones justo después. Juncker se refería, supongo, a las cosas de la austeridad, pero también vale para las verdaderas necesidades del mundo, para nuestras cosas de izquierda: política climática, vivienda, etcétera. Todo el mundo sabe que o descarbonizamos o el planeta se va al garete; todo el mundo sabe que la burbuja de la vivienda acabará con todo si alguien no la pincha. Pero nadie lo hace porque nadie sabe cómo ganar elecciones después. E igual la pregunta honesta y terrible que hay que hacerse entonces es si el sistema democrático no vale para un tiempo como este y nos conduce al desastre, y lo que hace falta es alguna clase de despotismo ilustrado. Yo no quiero responderme que sí; aún no me lo respondo. Pero…
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Bukele cabildea para eternizarse en el poder en El Salvador. Leo un artículo de El País sobre ello. La Constitución salvadoreña imponía una estricta limitación de mandatos, que ahora ya no existe. Bukele destituyó a los cinco magistrados de la Corte Suprema de Justicia que habían frenado sus decisiones en el pasado y los reemplazó por magistrados afines que, al poco tiempo, reinterpretaron la Carta Magna. De los cinco artículos prohibían taxativamente la reelección, estos jueces pasaron a entender que la permitían. Doctores tiene la Iglesia del derecho. Más tarde se reformó directamente el texto constitucional, abriendo la puerta, ahora sí, a la reelección indefinida, y ampliando los mandatos de cinco a seis años. Todo muy feo. Pero es algo que también han hecho a veces los gobiernos de izquierdas del continenbte, y nos parecía bien. No sé si esto es nuestro castigo. Si cambias las reglas de juego en un momento de auge y hegemonía, que deseas impulsar todavía más, más tarde podrán cambiar las tornas —y siempre cambian las tornas en la historia— y que eso beneficie a tus enemigos, de los que desearás que hubiera algo que limitara su rapacidad, y será tarde. Por otra parte, el tipo tiene, según encuestas, una popularidad del ochenta por ciento, y el setenta por ciento de los salvadoreños desea que repita para un tercer mandato. Dice Bukele: «A los medios internacionales, ¿saben qué? Me tiene sin cuidado que me llamen dictador. Prefiero eso a que maten salvadoreños en la calle. Cuando agarro el teléfono veo que dicen: “dictador, dictador, dictador”. Prefiero eso a leer: “Asesinato, asesinato, asesinato”». Eso dice. Y los salvadoreños se lo compran masivamente. ¿Podemos decir, entonces, que no es un presidente democrático?
Jueves, 1/1/2026. Existen las ideas, las emociones y los comportamientos de izquierdas, y uno puede serlo —de izquierdas— solo en uno o dos de esos tres campos. Puede ocurrir que uno sea incongruente con sus ideas en sus comportamientos; eso ya lo sabíamos: todos conocemos a algún anarquista autoritario, a algún comunista avaro o algún aliado feminista protagonista de algún relato de terror en el buzón de la Fallarás. Pero hay ese otro ámbito en el que no nos paramos a pensar: las emociones. También ellas pueden ser rojas o azules. Lo barrunto, de nuevo, leyendo las memorias que citaba el martes, que son las de un conocido poeta de izquierdas. Cada vez que cuenta que conoció a Este o a Aquel, se regodea de una forma que me resulta cansina en los nervios que sintió, en su fascinación, en su incredulidad, en el tembleque de piernas ante el ídolo, el héroe, el mito. Es algo que yo creo que puedo decir que nunca me ha pasado. Soy poco mitómano, pero no por vocación, ni con esfuerzo; simplemente mis emociones, sin yo pedírselo, siempre han ido por ahí. Mi aparato sensorial siempre ha percibido, primero que nada, al ser humano corriente y moliente debajo de la aureola de santo; alguien cuyos méritos elogiar y de cuya conversación disfrutar, si es interesante, porque tampoco soy iconoclasta. Pero sin pedestales, sin una cortesía o una inflexión de voz distintas de las que uso para tratar a cualquier hijo de vecino. Creo en el heroísmo —que puede darse en cualquier persona—, pero no en los héroes. Pero ahora me doy cuenta de que no es exactamente una creencia, sino una emoción espontánea, que a posteriori racionalizo y valido. Las emociones, o las tienes o no las tienes. Pero también ellas pueden, sí, ser de izquierdas o de derechas. Si la derecha es, ante todo, la celebración de las jerarquías, esto de hacérsele a uno el culo agua por ver en carne mortal a fulano o a mengano es su traducción emocional. Y da igual que el tembleque de canillas lo provoque el Rey o lo cause Durruti: es la misma pretensión antiigualitaria, antifraterna, de que existan seres humanos especiales, fabricados con otra pasta. Y me satisface darme cuenta de que en mí no se da.
Viernes, 2/1/2026. Enrique Jardiel Poncela definía así la dictadura: «un sistema de gobierno en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio».
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Se ha extendido el uso del adjetivo regional para referirse, no a las regiones de un país, sino a las regiones del mundo, como se hace en inglés estadounidense. Y ya se escriben titulares confusos como este de El País: «Milei impulsa un bloque regional contra el “cáncer del socialismo”». Al leerlo, mi primer pensamiento fue que se refería a una alianza de partidos dentro de alguna región argentina, con vistas a unas elecciones autonómicas de allá. Tardé un rato en darme cuenta de que a lo que se refería la noticia era un bloque continental (a una Operación Cóndor posmoderna, podríamos decir).
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Alberti daba dos consejos a los escritores. El primero: «No compitas con los jóvenes, no te conviertas en un cascarrabias, ni los menosprecies: aprende de ellos». El segundo: «Tómate siempre muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo». Me gustan.
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La poesía del buen poeta, según Octavio Paz: «Aprender a beber la luz, pensar con la piel, ver con la yema de los dedos».
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En 2013 hubo un incendio en una discoteca de la ciudad brasileña de Santa María. Murieron 242 personas, la mayoría jóvenes, y 143 resultaron heridas. El fuego se originó por una bengala. Pero muchas de las muertes podrían haberse evitado: al parecer, el personal de seguridad no permitió salir a los que lo intentaron, porque pensaban que se querían ir sin pagar. El coronel Guido Pedroso de Melo declaró que «gran parte de los muertos estaban amontonados en la salida. La mayoría murió por asfixia. Lamentablemente, las personas se quedaron confinadas porque la salida principal estaba cerrada». El capitalismo mata. Pero nunca se le harán unos Juicios de Núremberg.
Sábado, 3/1/2026. Tiempos nuevos, tiempos salvajes. El año empieza caliente, con la invasión estadounidense de Venezuela. ¿Es por el petróleo? Parece evidente que sí, pero el siempre bien informado y certero Xan López razona convincentemente que no, o no principalmente:
«¿Por qué creo que lo de Venezuela no tiene (casi) nada que ver con el petróleo? Varios motivos. Primero, hoy en día Estados Unidos es el mayor productor de petróleo, muy por delante de Arabia Saudí. La realidad es que hay un exceso de varios millones de barriles al día en el mercado y previsiblemente esto no va a hacer más que empeorar debido a la electrificación del transporte y otros procesos industriales. Esto se dice tal cual en los últimos informes de la IEA, por ejemplo.
Segundo, entrando al matiz. No todo el petróleo es igual. El que produce Estados Unidos es mayormente «ligero» (menos viscoso), y el que tiene Venezuela es «pesado» (más viscoso). El ligero es más fácil de refinar, y es más caro. Lo que ocurre es que Estados Unidos está rodeado de productores de crudo pesado (Canadá, México, a nivel doméstico California), así que por motivos históricos muchas de sus refinerías están preparadas para ese tipo de crudo. Modificarlas es muy caro. Así que un argumento razonable sería: Estados Unidos exporta mucho, pero quiere controlar el petróleo venezolano para su suministro doméstico. El tema es que Maduro ya le había prometido todo lo que quisiera en ese sentido, y que Estados Unidos hoy en día recibe lo que necesita fundamentalmente de Canadá. De hecho, cuando Trump empezó a amenazar a Canadá con la invasión también hizo, casi al mismo tiempo, algunos acercamientos con Venezuela. En ese momento se especuló mucho sobre el petróleo como motivación.
Pero me lío, vuelvo al presente. El tercer motivo es que llevamos ya unos cuantos años en que dirigentes políticos de diversos países hacen muchos esfuerzos por romper el frágil consenso de la legalidad internacional que todavía sobrevive, para avanzar a un mundo multipolar con «zonas de influencia» donde un Estado fuerte puede imponer sus reglas sin necesitar mayores justificaciones. Lo vimos claramente con Putin en Ucrania, lo volvimos a ver con Netanyahu y Gaza, Irán, etcétera, y lo estamos viendo ahora con Trump en Venezuela (y antes con Groenlandia, tema pendiente). Cuando pasan estas cosas siempre hay análisis que intentan defender que hay una motivación «profunda» por el control de algún recurso importante, pero creo que eso es entender el presente al revés. El control de recursos puede ser un extra bienvenido, pero la motivación fundamental es ideológica. Trump, Putin o Netanyahu quieren un mundo en el que los países y los hombres fuertes puedan hacer lo que quieran donde quieran, y los países y los siervos débiles tengan que aceptar sus condiciones o perecer.
Llevamos diez años de debates sin solución sobre qué beneficio material había en el Brexit, o en invadir Ucrania, y nunca hay una respuesta clara, porque la realidad es que esas cosas no se hacen por cuestiones de tipo «económico», ni siquiera de tipo geopolítico más o menos evidente. ¿Por qué hace Trump lo que hace? Por eso. Puede sonar menos «materialista» que decir que lo hace por controlar recursos naturales, pero me temo que se acerca mucho más a la realidad. A los progresistas nos cuesta entenderlo porque no pensamos así, pero eso es un problema nuestro. La motivación de Trump en Venezuela es fundamentalmente ideológica. Ha hecho esto porque puede y quiere hacerlo. Avanza en la construcción de un mundo diferente, que prefiere. Lo mismo pasa con Putin, y lo mismo pasa con Netanyahu. Si solo buscasen el beneficio económico, no harían lo que hacen. En lo que respecta al petróleo y la lucha ecológica, la forma de intervención principal de Trump es y seguirá siendo interferir en otros países para hacer descarrilar su transición energética y mantener su dependencia fósil».
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Parece que Trump va a conformarse con «extraer» a Maduro y no tiene intención de concederle el poder venezolano a María Corina Machado y compañía. Dejará, al menos de momento, a Delcy Rodríguez. Por otro lado, es todo muy raro; lo es que se haya secuestrado a Maduro con semejante rapidez, que haya sido tan fácil. Hasta la microscópica isla de Granada duró más, cuando la invadieron en los ochenta. Venezuela no tiene nada que hacer contra una invasión de Estados Unidos, está claro, pero una semana al menos te la tiene que aguantar; y a Maduro personalmente debería haberle sido fácil resistir más que eso, en búnkeres, en escondrijos que el presidente de cualquier país tiene que tener; los que tuvieron Gadafi o Sadam hasta que los encontraron. Tiene que haber habido, pienso, traiciones internas dentro del Gobierno venezolano.
A mí me parece que la cosa pinta a lo siguiente. Estados Unidos llama a Delcy Rodríguez y compañía y les dice: mirad, hemos hablado con Rusia y os abandona a cambio de que les regalemos Ucrania, así que estáis solos y jodidos. Pero si nos dais a Maduro, a los demás pos dejamos en paz. Seguís mandando (Machado no está preparada para gobernar, ha dicho Trump), pero dejando lo del chavismo cual oligarcas rusos dejando lo del comunismo en 1991, y aquí y paz y después gloria y entre bomberos no nos pisamos la manguera. O sea, un poco la versión caribeña de la anécdota aquella de cuando Gerardo Iglesias montó un restaurante y un día Paco Prendes le llevó a unos oligarcas búlgaros que venían a ver ENSIDESA, y se quedó a cuadros cuando vio que los conocía a todos, porque eran la antigua nomenklatura del Partido.
La historia va así, suele ir así. Cuando un Imperio conquista un sitio, no derruye hasta los cimientos la estructura de poder que se encuentra, para instalar la suya, sino que simplemente la descabeza. Apiola a Moctezuma y dice a los aztecas que el tributo, ahora, se lo pagan a Carlos V, pero mantiene a los capataces, a los caciques de siempre, a la gente que sabe cómo es el tinglado de mandar en ese lugar concreto del mundo; no pierde tiempo de facturar en enseñar a caciquear a los cabreros de Extremadura.
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Leído en Twitter: «El Partido Popular ya no podrá provocar incidentes diplomáticos con Venezuela para joder a Podemos, Ciudadanos ya no existe, Cataluña ha sido pacificada por el sanchismo. El mundo donde crecí ya no existe».
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Moriche: «Los de ciudad seguramente no lo vais a entender, pero el concepto de «concentración parcelaria» podría resultar bastante útil para comprender la geopolítica y el mundo que vienen».
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Y, mientras tanto, mosquitos por primera vez y la Nochebuena más calurosa de la historia de Islandia, con una temperatura de casi 20°C.
Domingo, 4/1/2026. Muere en un reto viral —retransmitirse tomando drogas y alcohol— un streamer español llamado Sergio Jiménez, de 37 años. Fenómenos morbosos típicos de un fin de era, momentos siempre dados lo mismo al ascetismo que a las bacanales. La gente desesperada, desquiciada, se entrega a los extremos.
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Me parece que hay una cosa que no entendemos de Trump, que es que lo que hay en su cabeza no es tanto una ideología como una sensibilidad. No es tanto un ultraconservador como un darwinista: la ley del más fuerte, winners y losers, apreciar la acción, actúe en pos de lo que actúe. Por eso se le vio embelesado con Mamdani cuando fue a verlo a la Casa Blanca: veía, por encima del socialista, al hombre con carisma y ambición que ha sido capaz de ganar contra pronóstico las elecciones en su ciudad. Él eso lo aprecia, aunque el tipo sea su enemigo. Con Venezuela, me imagino que le pase lo mismo. Los que llevan un cuarto de siglo tratando de tumbar el chavismo y no consiguiéndolo le parecen unos pringaos, unos perdedores, no le merecen respeto. Cuando dice que María Corina Machado no tiene el de su país, lo dice porque realmente no tiene el suyo. Y en cambio sí respeta a los que llevan veinticinco años gobernando el país contra viento y marea y haciendo lo que sea para seguir gobernándolo. Y por eso (creo que) los va a dejar (o los quiere dejar) en el poder.
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Mantengo con cuatro amigos una interesante conversación sobre el chavismo, una suerte de balance. Privada, por Telegram, pero que me parece que merece la pena guardar, porque es un buen testimonio de este momento histórico. De lo que nos pasa por la cabeza a los que nos ubicamos a la izquierda de la socialdemocracia, en cualquiera de sus tendencias (socialdemocracia de izquierdas, poscomunismo, populismo…). El desencadenante de la conversación —por contextualizarla— fue que uno de los participantes compartiera una lista, cierta, de asuntos en los que el chavismo era muy conservador: prohibición del aborto, del matrimonio homosexual, etcétera.
FULANO: Qué cojones pensó la gente que veía en Venezuela y Maduro todos estos años es una pregunta que habrá que hacerse cuando termine toda esta farsa.
MENGANO: Todo lo que dice esa lista es cierto. Dicho esto, a mí me cansa ver cómo tantos progresistas reiteran cincuenta veces antes de condenar el secuestro de Maduro que este era un dictador. Oigan, seamos un poco rigurosos, que ahí hay mucha tela que cortar, porque al final acabarás dando la razón implícitamente al trumpismo, joder. Esa pulsión progresista europea de ser siempre de Corea del Centro…
ZUTANO: Es que además hay que hilar fino con eso, porque aunque efectivamente Maduro haya acabado siendo un dictador (las últimas elecciones fueron secuestradas, eso es así), al principio no lo era, como no lo fue Chávez. Ganaron todas esas elecciones con cada vez menos limpieza, pero no secuestrándolas. Hay un proceso. Y no puedes alinearte sin más con los que dicen que aquello fue una dictadura desde el principio y que lo que quieren es el regreso a un Estado brutalmente oligárquico. Y como no está la cosa para hilar tan fino, pues mejor no dices nada de la naturaleza de ese régimen y ya está, y simplemente condenas una agresión imperialista a un país ajeno, que tampoco cuesta tanto, como no nos lo costó condenar la invasión de Iraq, aunque Sadam fuera un hijoputa.
MENGANO: Es olvidar, por ejemplo, que un aspecto esencial del proyecto chavista, frente al cubano (por muchos lazos que hubiere) era que ganaba en las putas urnas, que es lo que hay que hacer.
ZUTANO: Referéndum tras referéndum. Con Jimmy Carter de observador.
MENGANO: Por eso el no presentar las actas fue paradójicamente la defunción formal de ese proyecto. Es no entender que, geopolíticamente, el proyecto bolivariano mantenía con vida el ideal emancipador, de ir más allá del capitalismo de mierda, especialmente para quienes hablamos español. Es decir, que no fuera una cosa de libritos que leemos los ratones de biblioteca y sofá caliente. Y claro, cuando hablamos de proyectos reales, surgen las contradicciones: machismo latinoamericano, conservadurismo en derechos reproductivos, etcétera. Y el pseudoliberal europeo te dirá: «Ah, es que te contradices. Lo que defiendes aquí lo perdonas allá». No, mira, la cosa es más compleja.
ZUTANO: Bueno, pero tampoco hay que quedarse con que todo es complejo y que no pasa nada y con una especie de relativismo cultural que no deja de ser paternalista. En plan: «Pobrecitos estos americanos, a los que no les da el grado de civilización para permitir el aborto». Pero bueno, sí: lo real siempre es contradictorio. Historia es lo que duele, decía no sé quién. Si todo es muy bonito, es que no es real. A mí, de lo último, lo que más me desagradaba era esa deriva evangélica: Maduro reuniendo rezos chifletas de esos en Miraflores y tal. Lo católico lo puedo tolerar, lo evangélico no.
MENGANO: Yo ya hace años critiqué «públicamente» que este hablara con los pajaritos y me criticaron «los míos». Soy «racionalista», no paternalista. Pero luego llegaban los plenos y el que defendía a Maduro era yo. Y lo volvería a hacer.
ZUTANO: Ya, hombre, no te llamaba paternalista a ti. Lo digo medio como autocrítica, también. Ese paternalismo lo he tenido yo a veces.
MENGANO: Creo que hay que huir de dos perfiles. Por una parte, el pensamiento mágico que mete en un cajón todas las mierdas y dice «de esto no se habla», y si no se habla, no existe, y de Venezuela no decimos que hay políticas conservadoras, que es un país absolutamente rentista del petróleo, incapaz de gestionar la economía, preestatalmente del Ejército… Hay que darle una pensada a si eso es el modelo. Desde luego el mío no es. Pero también hay que evitar convertirnos en una propuesta que quepa en un taxi del PSP de Tierno Galván; en un socialismo de cátedra al que se le caiga toda la realidad y se quede en un sofá leyendo a Horkheimer.
FULANO: Todo eso del proceso que dice Zutano es verdad, pero a día de hoy, Maduro era un dictador que robó unas elecciones. Y ya antes de eso, Venezuela no era una democracia. Desde nuestro espacio político ha habido un conchabeo con, y un apoyo grotesco a, esta gente. Yo, con esto, no tengo ningún interés en poner paños calientes. Entre otras cosas, porque creo que da absolutamente igual de cara a la intervención americana. Al lado de Sadam, Maduro parecía un tío entrañable. Con Iraq, donde había que estar era contra la intervención; aquí lo mismo. Por eso también digo que, desde luego, no es el momento de debatirlo en público. Pero, desde luego, es como para darle una pensada en privado. ¿Ideal emancipador? No sé qué decirte, Mengano. Es un país del que en los últimos años y en tiempos de paz se han marchado ocho millones de personas. Es muy difícil encontrar otros casos en los que sucedan cosas así sin guerras ni genocidios de por medio. Y esto, antes que nada, es porque el país se gobernó de una manera desastrosa. Creo que, a la hora de hablar de alternativas al capitalismo, hay que partir de esta realidad. Si me dijeras esto mismo de China o incluso de la RDA, te podría decir que, en efecto, pese al autoritarismo, ahí hay «algo» con lo que nuestro capitalismo de mierda no es capaz de dar. De Bolivia también podríamos decir que es un cambio de paradigma muy meritorio y exitoso. O de Cuba, ¿por qué no? ¿Pero de Venezuela?
MENGANO: El modelo de comunas, la dialéctica entre Estado y comunas, etcétera. Por ahí se hicieron cosas interesantes. La distribución de tierras a los campesinos. La capacidad de politización de los sectores más pobres, etcétera. Se me ocurren varias razones para haber aprobado el proyecto de Chávez. En cuanto a lo del desastre de gestión, es obvio. Estoy de acuerdo.
FULANO: Sí, a ver, dos cosas. Esto es un poco tramposo, porque creo que, si fueras un opositor acérrimo de Venezuela, sería perfectamente posible establecer una línea de puntos que une a Chávez con Maduro y considerar a Maudro domo degeneración, pero que ya estaba contenida potencialmente en el proyecto original. Pero aun así, bah, te compro que no es lo mismo. Y que había cosas absolutamente defendibles en el chavismo de Chávez. Lo compro, te compro que había partes interesantes del modelo, nuevas formas de organizar la sociedad. Pero también creo que ahí estaba el germen de lo que vino después, en el sentido de que mucho de esto era un intento de puentear las estructuras del Estado, que se percibía que no eran fiables, pero a lo que llevó fue a una ineficiencia absoluta del Estado venezolano. Con Chávez, hay una descompensación muy interesante entre que era un líder político muy talentoso y, luego, un pésimo hombre de Estado. Un poco un Stalin a la inversa. Entonces, no sé. Te compro que no es una cuestión de haberse opuesto a esto desde el día uno, pero joder: creo que, desde hace por lo menos cinco, diez años, la cosa ya apuntaba a un desenlace como el de las elecciones robadas.
PERENGANO: Yo estoy muy de acuerdo con Mengano. Y, bueno, con todo el mundo. Lo que pasa es que, mirad, ayer fui a la concentración que había en […], a la que vinieron unas quinientas personas, pero en la que creo que no había un solo venezolano. Si lo había, habría uno, por alguna historia orgánica o tal. Había de todo menos latinoamericanos, inmigrantes en general y venezolanos en particular. Los venezolanos, la gran mayoría, o muchos, estaban a unos ochocientos metros, en otra plaza, celebrando la caída de Maduro y la invasión de su país por parte de Estados Unidos. Eso da mucho que pensar.
MENGANO: Hay que hilar más fino, vale. Pero lo que dices, Fulano, de no fiarse del Estado, hay que entenderlo también. Los aparatos del Estado estaban absolutamente podridos, eran una puta mierda, estaban corruptos, corrompidos. En este aspecto estoy con César Rendueles: el problema fue la falta de estatalidad, la falta de una buena burocracia, de una buena estatalidad burocrática. La colaboración entre el Estado y las comunas como una posibilidad de instituir un nuevo poder, a mí y a los que somos muy titistas en ese punto me parecía muy interesante por eso. Nos gustaba que no era el burocratismo autoritario soviético, sino otra cosa, ensayar, ensayo-error, probar otras posibilidades, otras formas de socialismo que quizás puedan funcionar, explorarlas.
ZUTANO: Igual lo bonito del modelo venezolano era lo que inspiraba a hacer a otros, lo que nos inspiraba a hacer a nosotros, más que lo que efectivamente hacían ellos: «Haz lo que digo, no lo que hago», algo así. Pero entonces es injusto despreciar a los venezolanos reales que se oponen al chavismo, o restregarles por la cara nuestra defensa. La única venezolana a la que yo conozco es una señora a todas luces humilde, bondadosa, entrañable, dulce en todo, menos cuando habla del chavismo, que se envenena. Esa experiencia de la gente real, de los antichavistas que no son oligarcas deleznables, hay que respetarla y tenerla en cuenta. Un poco lo que dice Iván de la Nuez de Cuba; de que los cubanos no tienen por qué ser el Cristo que muera por nuestros pecados, nuestro mártir, los que se sacrifiquen por nosotros, pasando hambre y penurias por la revolución que nosotros no supimos hacer en nuestro puto sitio.
CITANO: El chavismo había perdido el favor popular, eso era evidente. Ese éxodo de millones y millones de venezolanos no se explica porque eran escuálidos y tal. Y que no haya venezolanos en ningún sitio defendiendo aquello no es poca cosa. De hecho, el éxodo venezolano ya era una losa para cualquier político de izquierdas en cualquier país latinoamericano.
ZUTANO: A gente así, no quiero darle la razón sin más (también hay gente humilde muy chavista), pero tampoco quitársela, ni dejar de entender que celebren la foto de Maduro encarcelado, por más que a mí me parezca espantoso semejante secuestro imperialista.
MENGANO: Yo tampoco me atrevo, me da pudor. Soy incapaz de discutir con un inmigrante sobre su país (aunque es más que posible, pero no me sale).
ZUTANO: Por otra parte, tampoco quiero ser un pardillo como los eurocomunistas que simpatizaban con Solidaridad y Lech Wałęsa en los ochenta. En general, me pasa eso que decía Borges de que cada vez tengo menos certezas y más perplejidades.
CITANO: Lo que está claro es que se nos han caído todos los proyectos de izquierdas. No queda nada en pie. Una defensa democrática de un liberalismo político que está herido de muerte. Eso tenemos, eso somos. Es la hostia.
ZUTANO: Estamos como en los noventa, pero sin zapatistas. El fin de la historia, pero de verdad.
MENGANO: Nosotros luchábamos por el fin de la prehistoria, que decía Marx. Y los malos acabando con la historia.
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).

