/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 22/12/2025. Leo El orden del tiempo, un librito de divulgación científica, escrito por un físico italiano, Carlo Rovelli, bendecido con una capacidad especial para contar de forma sencilla y accesible lo inabarcablemente complejo. Trata de lo que la física sabe a día de hoy del tiempo; de la historia de cómo lo fue sabiendo, y de lo que le queda por saber.
No dejo de enterarme solo de la mitad de lo que leo —o de un tercio—, porque uno es muy de letras y enormemente lego en ciencias. Pero me quedo con la idea fundamental: que «la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una obstinada y persistente ilusión», como dijera Einstein. Que «lo que llamamos “tiempo” es una compleja colección de estructuras, de estratos»; que «la cantidad individual ”tiempo” se desintegra en una intrincada red de tiempos»; que «el mundo no es como un pelotón que avanza al ritmo de un comandante; es una red de eventos que influyen unos en otros». Que no existe un ahora y «la idea de que exista un ahora bien definido en cualquier parte del universo es […] una ilusión, una extrapolación arbitraria de nuestra experiencia. Es como el punto donde el arco iris se junta con el bosque; nos parece vislumbrarlo, pero, si nos aceramos a verlo, desaparece». Lo que hoy sabemos que es correcto —aprendo— no es investigar «cómo evolucionan las cosas en el tiempo, sino cómo cambian las cosas unas con respecto a otras, cómo acontecen los hechos del mundo unos con respecto a otros». Y tal y como vemos moverse el cielo, pero los que nos movemos somos nosotros, con el tiempo ocurre lo mismo. No existen el espacio ni el tiempo, sino eventos y relaciones. Pero «el mundo sin la variable tiempo no es un mundo complicado. Es una red de eventos interconectados, donde las variables en juego respetan reglas probabilísticas, que, increíblemente, somos capaces de formular en gran medida».
La cosas no existen: son eventos y relaciones prolongados. Rovelli lo ejemplifica con una piedra (y yo me acuerdo de León Felipe y de aquella piedra que podía ser piedra de una honda o piedra de una iglesia o de una audiencia):
«La piedra más sólida, a la luz de lo que hemos aprendido de la química, la física, la mineralogía, la geología o la psicología, es en realidad un complejo vibrar de campos cuánticos, un interactuar momentáneo de fuerzas, un proceso que por un breve instante logra mantenerse en equilibrio semejante a sí mismo, antes de disgregarse de nuevo en polvo; un capítulo efímero en la historia de las interacciones entre los elementos del planeta, una huella de una humanidad neolítica, un arma de Los muchachos de la calle Pál, un ejemplo en un libro sobre el tiempo, una metáfora para una ontología, una porción de una sección del mundo que depende de las estructuras perceptivas de nuestro cuerpo más que del objeto de la percepción y, ya puestos, un intrincado nodo de ese juego cósmico de espejos que es la realidad. El mundo no está hecho de piedras más de lo que pueda estarlo de sonidos fugaces y de olas que discurren sobre el mar».
¿Contraintuitivo? Solo para nosotros, los modernos. El tiempo uniforme fue una idea contraintuitiva de Newton, que luego se volvió de sentido común, hasta que llegó Einstein y empezó a problematizarla. «¿Cómo funciona […] una descripción fundamental del mundo en la que todo acontece pero no hay variable tiempo?, ¿en la que no existe un tiempo común y no hay una dirección privilegiada de cambio? De la manera más sencilla: tal como concebíamos el mundo hasta que Newton nos convenció a todos de que resultaba indispensable una variable tiempo». Todas las sociedades humanas anteriores a que a sir Isaac se le cayera aquella manzana en la cabeza concibieron el tiempo como algo lábil, equívoco, relativo, moébico, espiriforme, cíclico, paradójico, saltacionista, granular. En la catedral de Estrasburgo hay dos relojes, uno de 1200 y otro de 1400. Al de 1200 lo sostiene un ángel; al de 1400, un matemático. Pero parece que el tiempo sí que era, después de todo, un asunto de ángeles. Hoy sabemos, por ejemplo, que igual que la luz está hecha de fotones, o el aire de moléculas, el tiempo también está compuesto de unidades mínimas, el tiempo de Planck: una cienmillonésima de milmillonésima de milmillonésima de milmillonésima de milmillonésima de segundo (10-44). Y esas unidades mínimas se menean y se revuelven como los granos de lentejas en el saco en el que, de niño, me gustaba meter la mano, en la verdulería del barrio a la que acompañaba a mi madre. O aquel millón de ángeles que podían bailar juntos sobre la punta de un alfiler, según la teología bizantina.
Disfruto aun de las partes del libro que no comprendo del todo; de la belleza poética que Rovelli sabe alcanzar. Como cuando explica que el tiempo transcurre más deprisa en la montaña y más despacio en el llano —algo que suscribo como montañero— y que
«La Tierra, que es una gran masa, ralentiza el tiempo en torno a sí. Más en la llanura y menos en la montaña, porque esta última está un poco más lejos de la Tierra. […] Si las cosas caen, es debido a esa ralentización del tiempo. Donde este discurre de manera unfiorme, en el espacio interplanetario, las cosas no caen: flotan. En cambio aquí, en la superficie de nuestro planeta, el movimiento de las cosas se dirige de manera natural hacia allí donde el tiempo pasa más lento, como cuando en la playa corremos hacia el mar y la resistencia del agua en los pies nos hace caer de bruces sobre las olas. Las cosas caen hacia abajo porque abajo el tiempo se ve ralentizado por la Tierra. […] Si los pies se adhieren al suelo, es porque todo nuestro cuerpo se dirige de manera natural hacia allí donde el tiempo pasa más despacio».
En el siglo XX aprendimos que todo está disgregado y, al tiempo, todo es lo mismo. El tiempo es gravedad, y es también calor. «El vínculo entre tiempo y calor es […] profundo: cada vez que se manifiesta una diferencia entre pasado y futuro, hay calor de por medio. En todos los fenómenos que devienen absurdos si se proyectan hacia atrás, hay siempre algo que se calienta». La única ley de la física que diferencia el pasado del futuro es la de que «el calor no puede pasar de un cuerpo frío a uno caliente», formulada por Rudolf Clausius. Todas las que formularon Newton, Maxwell, Einstein, Schrödinger o Dirac permiten una determinada secuencia de eventos y que la misma secuencia se desarrolle hacia atrás. «La flecha del tiempo solo aparece cuando hay calor», sentencia Rovelli. Porque el tiempo existe, no es que no exista; lo que sucede es que existe junto a otras cosas. Es calor. Y es agitación, porque eso es lo que el calor es: «la agitación microscópica de las moléculas. Un té caliente es un té cuyas moléculas se agitan mucho; un té frío es uno cuyas moléculas se agitan poco. En un cubito de hielo, que está todavía más frío, las moléculas se hallan aún más inmóviles».
Qué interesantes, también, algunos pasajes sobre la mirada científica; sobre la presciencia del científico, capaz de ver sin mirar; de deducir que hay un burro detrás de una tapia, pero no ya por oírlo rebuznar, sino radiografiando la tapia con la mente y su danza de ecuaciones inmateriales. Escribe Rovelli que
«La capacidad de comprender antes de ver constituye el corazón del pensamiento científico. En la antigüedad, Anaximandro comprendió que el cielo continúa bajo nuestros pies antes de que hubiera barcos que dieran la vuelta a la tierra. En los comienzos de la era moderna, Copérnico comprendió que la Tierra gira antes de que hubiera astronautas que la vieran girar desde la Luna. Del mismo modo, Einstein entendió que el tiempo no transcurre de manera uniforme antes de que hubiera relojes lo suficientemente precisos para medir la diferencia».
Lo del calor lo vio Ludwig Boltzmann:
«Los ojos de Copérnico vieron girar la Tierra al contemplar cómo se ponía el Sol. Los ojos de Boltzmann vieron moverse frenéticamente los átomos y las moléculas contemplando un vaso de agua inmóvil.
Todos nosotros vemos el agua de un vaso como los astronautas ven la Tierra desde la Luna: como un tranquilo brillo azulado. De la exuberante agitación de la vida en la Tierra, sus plantas y animales, sus amores y desesperaciones, nada se ve desde la Luna; solo una jaspeada canica azul. Tras los reflejos de un vaso de agua hay una tumultuosa actividad análoga de miríadas de moléculas, muchas más que seres vivos hay en la Tierra.
Esta agitación lo mezcla todo. Si una parte de las moléculas está inmóvil, se ve arrastrada por el frenesí de las demás y también ella se pone en movimiento: la agitación se difunde, las moléculas colisionan y se empujan. Por eso las cosas frías se calientan al contacto con las calientes: sus moléculas colisionan con las moléculas calientes y se ven arrastradas a la agitación, es decir, se calientan».
De todo esto, mi mente de letras retiene lo que puede; solo unas pocas semillas intelectuales que, al plantárseme en el cerebro, crecen por sendas de letras; las de la poesía, la filosofía y la historia. ¿El tiempo es calor? Claro, la historia también. Pasa más rápido cuando hay más calor, más agitación: las guerras, las revoluciones. Esto también es cierto a nivel individual: qué rápido pasan las primeras noches con el ser amado, al calor de las mantas y los cuerpos que se entrelazan; cuán insoportablemente lento fue el tiempo que pasó hasta llegar a ellas, hasta conquistarlas. Pero, si tendemos hacia la tierra porque nos atrae la lentitud del tiempo, que es mayor cuanto más pegados al suelo estemos, ¿cómo explicar a los alpinistas, los aviadores, los astronautas…, y a los amantes? ¿Quizás porque nos atraiga el riesgo de morir y ser inhumados; de no ya pegarnos a la tierra, sino meternos en ella, insertarnos en la lentitud definitiva que es la muerte? ¿O porque queramos acelerar el tiempo para morirnos antes?
En este ya segundo cuarto del siglo XIX, sabemos lo que es el tiempo, la gravedad, el calor…, ¿pero sabemos realmente lo que es el amor (y perdón por la cursilada)? Sabemos, al menos, que puede ser motor de la física, del avance científico. Una de las cosas más bonitas que Rovelli cuenta en el libro es el contexto en que Einstein dijo aquella frase, científicamente impecable y muy citada, sobre el tiempo como ilusión: una carta a la familia de su amigo del alma Michele Besso, después de la muerte de este, para consolar a sus parientes y consolarse a sí mismo: Besso había muerto (se había «colmado de días», como Job), pero a la vez vivía, y no había nacido aún. «Lenin vivió, Lenin vive, Lenin vivirá», decía por las mismas fechas la propaganda soviética, tras la muerte del gran revolucionario; «nada de lo que haya acontecido debe darse para la historia por perdido», escribía Benjamin. La física nos dice que todos tenían razón. O con eso me quedo.
Martes, 23/12/2025. De pequeño leí los libros de Los Cinco por recomendación de mi madre, que los había devorado cuando era niña, aunque los primeros ya habían sido escritos durante la infancia de mis abuelos. Para mí, en los años noventa, sus personajes, los usos y costumbres de estos, sus formas de hablar y aquellas tramas de búsquedas de tesoros y apresamiento de contrabandistas en misteriosos islotes tenían un punto de desfase evidente, de algo claramente de otro tiempo (el mío ya eran los albores de Internet), que no me impedía disfrutarlos, sino todo lo contrario: aquella vetustez era parte de su encanto. Ahora yo estoy haciendo de I. una tintinófila. Le encantan las aventuras de Tintín (en su versión televisiva, porque para los tebeos aún es muy pequeña), y pienso que le ocurre o le ocurrirá lo mismo que a mí con las novelas de Enid Blyton. Pasar testigos, engarzar generaciones: de eso va en general ser padre.
Miércoles, 24/12/2025. Hay también una banalidad del bien. Lo pienso al visitar el piso de Gijón de Manolo Vallejo y María José Capellín, a quien vengo a hacerle una de mis largas entrevistas biográficas para Nortes. Fueron antifranquistas clandestinos, Manolo esquivó una vez a la policía en una fuga de película en Barcelona, se exiliaron a Ginebra, el Partido los mandó al Bucarest de Ceauşescu, en la escuela del Partido habían recibido entrenamiento también militar, María José fue la última locutora de la Pirenaica, conocieron a todos los históricos, ellos son ahora historia viva de la mejor España. Pero son, también, un matrimonio sencillo y entrañable, normal, que cuece espaguetis boloñesa para sus nietos en un cazo como los de mi casa, en la cocina que ampliaron tirando un tabique porque Manolo, que es el cocinitas, se quejaba siempre de que no tenía espacio para sus sartenes y su cajón de especias.
Jueves, 25/12/2025. Tuitea Pérez-Reverte que «en la Antigua Roma, cuando un emperador enloquecía de soberbia y crueldad, a veces su propia guardia pretoriana lo asesinaba. No siempre el sucesor era mejor que él, pero al menos desaparecía del mundo un tirano. Y eso era un alivio para todos, aunque solo fuese temporal». Se refiere, claro, a Sánchez, y se puede entender que pide un golpe de mano dentro del PSOE. Pero qué verbos, qué vocablos. Asesinar. Las palabras que escogemos para nuestras metáforas no son inocentes ni triviales, aunque sean metafóricas. Lo que realmente quiere don Cojones de Acero es un golpe de Estado, pero como los cojones parecen de acero pero son de papel albal, hay que irse por los cerros del Lacio. Para empezar hay que inventarse a un inexistente Sánchez autócrata, una cantinela que tiene bemoles, porque es literalmente el presidente menos autócrata de 1977 para acá: el que ha tenido una posición parlamentaria más frágil, el que ha pactado con más partidos, el que ha tragado más sapos y al que más han puteado los otros poderes; los legales y los cloaqueros. La única tiranía que oprime los llorosos de la llorería del antisanchismo es su propia mediocridad.
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¿Prolongar el actual Gobierno en lugar de anticipar las elecciones solo engordará a Vox? No creo que se así. Y lo que sí creo es que un gobierno PP-Vox será igual de atroz tenga Vox su 20 por ciento o su 70. No son partidos distintos, sino estilos diferentes de la misma rabia, y de la misma violencia. El estilo también importa, pero, si cogobiernan, lo harán con estilo Vox. Cinco gotas de cianuro en un vaso de agua envenenan igual que diez.
Viernes, 26/12/2025. «Multan a una gijonesa que simuló vivir en Madrid para eludir impuestos». Eso de simular vivir en Madrid es un poco el mal de la época, en lo literal y lo metafórico.
Sábado, 27/12/2025. Se ha extendido la práctica de que padres geolocalicen permanentemente a sus hijos adolescentes, mediante el GPS del móvil. Chavales de no ya once o doce, sino trece, catorce, quince años, rastreados digitalmente por sus padres o sobre todo madres, que pueden saber dónde se encuentran en todo momento (salvo que apaguen el móvil, claro). No quiero condenarlo sin más. Comprendo la inquietud insoportable que debe de azorar a cualquier padre de un o una adolescente, y habrá que ver si dentro de unos años no me vuelvo pez bebedor de esa agua. Pero me parece un error, una práctica contraproducente. Hay que dar libertad a los chavales y hay que dársela toda: también sus miedos, sus riesgos, sus traspiés, sus experiencias desagradables que, si no nos matan, nos hacen más fuertes. La seguridad que pretendemos darles al negarles una verdadera libertad termina por devorarse a sí misma y volverlos inseguros, ineptos para enfrentarse a los baches de la existencia, que nunca les podremos aplanar. La libertad no hace felices a los hombres, decía Azaña, sino sencillamente hombres. Pero es que ni siquiera vivimos en un país inseguro. Y si instilamos a los niños el miedo a una inseguridad que no existe los volvemos paranoicos, y la paranoia no crea sociedades sanas ni amables, ni por lo tanto seguras. Acabaremos enredados en una profecía autocumplida; metidos de hoz y coz en el país inseguro que crearán —que ya estamos creando— los hijos pusilánimes de esta sobreprotección. Que encima contrasta con la infraprotección que les dispensamos a otros respectos, en este siglo idiota que lo hace todo al revés.
Hoy me cuentan que a la hija de doce años de unos conocidos le acaban de regalar su primer móvil. Su madre, muy preocupada por las pantallas, ya no podía negárselo por más tiempo: era la única niña de esa edad de su colegio que no lo tenía. Los padres han juzgado, como creo que haría yo, que llega un momento en que es peor volver «rarita» a la niña en su contexto, dificultarle la socialización, negarle las modas que aceitan las conversaciones de su época, que empeñarse en negarle el móvil. Así que le han dado un smartphone capadísimo, para que solo pueda llamar a una lista de números concretos y mandar mensajes, no navegar por Internet, ni jugar a videojuegos. Uno negocia y pacta también con su tiempo. Pero ¿niños de doce años con smartphones? ¿Qué diantres? ¿Nos preocupan horrores las calles reales del 25.º país más seguro del mundo (lo acabo de mirar) y enviamos alegremente solos, inconcebiblemente desnudos, a los niños a los sórdidos callejones digitales de nuestra era? ¿Somos gilipollas? ¿Por qué no nos damos cuenta de que somos gilipollas?
Domingo, 28/12/2025. Me lo cuenta una conocida que forma parte del jurado de un concurso de microrrelatos. Un buen lote de los que recibieron para la última edición eran muy buenos, pero le chirriaban, sin que supiera decir por qué. Algo en ellos —quizá lo demasiado perfectos— le parecía extraño, sospechoso. Entonces le pidió al programa de inteligencia artificial que ella utiliza que le escribiera un puñado de microrrelatos de tal extensión, sobre tal temática, con tales y cuales criterios. Y la IA escribió tal cual los relatos que había recibido, a los que los remitentes no les habían cambiado ni una coma.
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Charlo con N. y con L. de la mirada de los subordinados, acordándome de aquel artículo precioso de David Graeber sobre cómo el obrero conoce al patrón muchísimo mejor que el patrón al obrero, y la esposa al marido mejor que viceversa, y hasta que el marido a sí mismo. Los de abajo nos pasamos la vida observando a los de arriba, como el perro a su dueño, aunque solo sea para sobrevivir a sus palizas. Y nos fijamos en cosas y nos quedamos con ellas y apreciamos detalles que otros no ven. L. menciona algo que leyó en un libro de entrevistas a mujeres mayores en Asturias y que apunta a esto, a la mirada de género, de las subordinadas en este caso. A cierta anciana tan entrada en años como para acordarse de un gran accidente minero de principios del siglo XX le preguntaron qué recordaba y empezó contando que era lunes. ¿Cómo podía acordarse del día de la semana, tantas décadas después? Respondió: «porque los muertos salieron coles fundes limpies», con los monos de trabajo limpios. Eran sus mujeres quienes se los lavaban cada domingo.
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Antonio Maíllo, coordinador federal del partido en el que milité, con el que simpatizo y al que voto, prevé el inicio de «una nueva propuesta de frente amplio de izquierda que supere experiencias» pasadas. Me caigo de sueño solo de leerlo. Estoy hasta las narices de la expresión «frente amplio», que cada vez me parece más ridículo aplicar a la irresponsable y malavenida izquierda española de 2025. En Aragón van a presentarse ¡tres! listas distintas de una izquierda que en otras ocasiones ha concurrido unida: la de IU/Sumar, la de la Chunta y la de Podemos. En un momento en el que las últimas encuestas predicen que la suma de PP y Vox sobrepase el 50 por ciento de los votos. Deberían unirse, pero, si se unen, es absurdo llamarlo «frente amplio». Los frentes (populares, amplios o lo que sea) son alianzas excepcionales de organizaciones realmente diferentes. Esto es (no) poner de acuerdo a Mortadelo con Filemón y a Pepe Gotera con Otilio, no juntarlos a todos con Tintín y con Astérix. Y hay que hacerlo, pero ni es un frente, ni es amplio, sino el mínimo exigible de no seccionar pelos por la mitad, ni partir en dos el átomo.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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