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Cecilia G. de Guilarte: el coraje y la dignidad

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

El de los premios literarios y sus turbias interioridades es un tema inagotable, por más que comentar a estas alturas la escasa limpieza, dudas y sombras que los rodean, sobre todo a aquellos que tienen una gran dotación económica, se haya convertido en una cuestión que no interesa a casi nadie. Al margen de las buenas intenciones con que se presentan —eso que dicen sus organizadores de descubrir nuevas voces y aumentar el número de lectores—, todo el mundo sabe más o menos cómo funciona el tinglado y sobre ello se ha hecho buena literatura. Me acuerdo, sin ir más lejos, de aquella obra de Vázquez Montalbán titulada El premio, que encima ganó el Planeta, y de otra del olvidado Zunzunegui, que llevaba el mismo título y apareció en 1961. Este asunto lo aborda también una desternillante colección de cuentos como España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, y otra novela de un autor imprescindible de estos tiempos, Arde ya la yedra, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Es difícil determinar, por otra parte, el número de premios que se conceden anualmente en España. Antes había guías, muy utilizadas por los escritores cazapremios, esos que Bolaño comparaba con pieles rojas que salían a buscarse el sustento entre los premios-búfalo, pero ahora nadie sabe con seguridad el total. El fenómeno, a decir verdad, empezó en pleno franquismo, hacia finales de los años cuarenta. De la proliferación de galardones que hubo en las décadas siguientes, Cela llegó a decir que era «una de las fórmulas más sagaces que hayan podido poner en práctica los enemigos de la literatura para matarla». Claro que esa afirmación el escritor la hizo en los sesenta, cuando todavía no le habían dado el Planeta, el Cervantes, el Nobel ni medallas, cruces, escapularios y quincalla suficiente con la que llenar una joyería.

Al Nadal y el Planeta le siguió muy pronto el Biblioteca Breve, por citar tres de los más conocidos y que continúan hoy. En unos años, distintas editoriales habían copiado el modelo, pero a la moda también se apuntaron ciudades, pequeños pueblos y villas que fundaron su propio premio. En poco tiempo, apenas había municipio en España que no tuviera su concurso literario, con cuyos gastos solía correr el ayuntamiento. Si echan un vistazo por las redes, verán que las cosas han cambiado poco. Uno de los más conocidos en el filo de los sesenta fue el Águilas de Novela, que llegó a rivalizar con el Planeta al entregar en su última edición un premio de setecientas mil pesetas. Casi nada. Todo costeado por suscripción popular entre los empresarios, agricultores y pescadores de la zona, con un jurado de lustre y amenizado con conciertos de Julio Iglesias y fiestas en el casino de la ciudad. Había que atraer público como fuera a una región que se estaba quedando vacía con la emigración y cuyos proyectos urbanísticos, a diferencia de los de Torremolinos y Benidorm, no acababan de funcionar. Lo del premio fue una ocurrencia del escritor Ángel María de Lera, que veraneaba por la zona y en 1967 había ganado el Planeta con una estupenda novela titulada Las últimas banderas. Pero el Águilas solo duró unos años, de 1968 a 1972, y los motivos de su desaparición no fueron solo económicos, sino las presiones ideológicas. El escándalo se produjo en su segunda edición, cuando se anunció el título de la obra ganadora. Se trataba de Cualquiera que os dé muerte, escrita por una tal Cecilia G. de Guilarte de la que nadie había oído hablar. La autora había sido avisada unos días antes y se encontraba en una sala abarrotada en el momento del fallo. Una nube de periodistas la rodeó y a la primera pregunta estalló la bomba. Guilarte, con apariencia de señora modosita y cara de no haber roto nunca un plato, no solo dijo que acababa de volver de un exilio de veinticinco años en México, sino que afirmaba seguir siendo republicana y anarquista y que, si había regresado, era porque le daba mucho coraje estar fuera de su país en contra de su voluntad. Todo eso en 1969, de labios de una mujer y ante la cara de granito del gobernador civil y demás autoridades del régimen. Se pueden imaginar el celo con que en adelante se controló el certamen. Lera fue apartado y en su lugar pusieron a un camisa vieja como el teólogo Adolfo Muñoz Alonso, no fuera a ser que volviera a ocurrir lo mismo.

Cecilia G. de Guilarte podía ser una desconocida en la nueva España del desarrollismo, pero en la de los treinta, cuando se convirtió en la única reportera de guerra del frente Norte, había sido una celebridad. Nació en 1915 en Tolosa, en el seno de una familia obrera que procedía del norte de Burgos, y ya con once años demostró que tenía talento, consiguiendo que un diario de Barcelona publicara su reportaje sobre la hazaña transoceánica del hidroavión Plus Ultra. En pocos años, y a medida que se afianzaban en ella las posiciones anarquistas y sindicalistas que había heredado de su padre, logró colocar varios escritos en periódicos y revistas y se trasladó a Madrid, donde trabajó, entre otros, en el diario Ahora bajo las órdenes de Paulino Masip y Chaves Nogales. Entretanto, publicó algunas novelas cortas que, hasta donde uno sabe, nunca se han vuelto a reeditar. El estallido de la guerra la sorprendió en San Sebastián y enseguida decidió unirse a un grupo de la CNT conocido como «Los Temerarios». No era una combatiente, pero se movía por las trincheras como los demás, esquivando las balas y sin importarle el peligro. Sus crónicas, escritas en primera persona y recopiladas hace pocos años en un volumen, son impagables, uno de los mejores testimonios sobre cómo se desarrolló el conflicto en el País Vasco y más trepidantes que muchas de esas novelas de la moda de la memoria histórica. Guilarte colaboraba en periódicos anarquistas como Frente Popular y El liberal, sorteando los tópicos y la censura, pero, sobre todo, procurando ir más allá de la mera propaganda para contar lo que ocurría. Destacan, en este sentido, sus relatos sobre la violenta ofensiva de Mola en Bilbao durante el verano de 1937, que dejó un tremendo rastro de terror y destrucción a su paso, o sus entrevistas a las unidades militares extranjeras que intervinieron en el frente, como las que hizo a un aviador alemán y a un soldado italiano que se salvaron por los pelos del linchamiento popular. En ellas se sintetiza todo el sinsentido de la guerra: si el alemán reconoce que se enroló en el ejército porque no tenía trabajo, el prisionero italiano confiesa que hace la guerra en un país extranjero simplemente para no morirse de hambre en el suyo y siguiendo unas órdenes que no acaba de entender del todo. A pesar del desprecio que le suscitan las ideas por las que luchan, no es difícil entrever un fondo de compasión y lástima en el retrato que escribe de ambos la periodista. Toda guerra siempre se hace con la sangre y la muerte de los humildes, de los más miserables.

Próxima la caída de la República, Guilarte salió hacia Francia y continuó colaborando con periódicos catalanes y franceses de orientación anarquista. Pero las cosas al otro lado de la frontera se estaban poniendo cada vez más feas para los exiliados (uno de los hermanos de Guilarte fue internado en Argelès y otro había caído al inicio de la guerra en Irún) y en 1940, junto a su marido y a su primera hija, que había nacido dos años antes, se embarcó rumbo a México. De ese viaje quedaron unas espléndidas memorias, Un barco cargado de…, recuperadas por la editorial Renacimiento hace unos años, y que comenzó a escribir mucho más tarde, hacia los años setenta, cuando ya estaba en España y sentía nostalgia del país que la había acogido. En realidad, México no era el lugar que Guilarte y otros muchos exiliados tenían como primer destino. El barco debía atracar en República Dominicana, pero, después de haber cobrado por adelantado a los pasajeros españoles, el dictador Leónidas Trujillo se negó a aceptarlos y al final fue el presidente Cárdenas quien accedió a la entrada de los refugiados. En el puerto, los vencidos fueron recibidos con el himno republicano y pancartas de bienvenida.

Al otro lado del Atlántico, la periodista vasca siguió colaborando con la prensa, hizo guiones para la radio y aceptó escribir novelas rosas que, aun sabiendo que eran de una calidad ínfima, le daban para comer. Ya en 1950, dejó la capital mexicana por los ambientes universitarios de Sonora y, desvinculándose del anarquismo de sus inicios, se afilió a Izquierda Republicana. Aquellos fueron años intensos y muy prolíficos, en los que escribió sin parar artículos, novelas, obras de teatro y cuentos, que en su mayoría siguen inéditos, e incluso una biografía sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Pero a Guilarte le acabó ocurriendo lo que a muchos otros exiliados. Pesaban la distancia, la nostalgia y el dolor íntimo con que se recibían noticias de España. Y es que, si para algo sirven los destierros, es para hacer más evidentes las raíces. Por encima del temor al desengaño, siempre el deseo de volver a un mundo perdido, un anhelo que se cumplió en 1964. Lo hizo sin su marido, el gudari Amós Ruiz Girón, porque este había jurado no poner los pies en España mientras viviera Franco.

No le gustó lo que encontró aquí. Habían pasado veinticinco años y la apisonadora del franquismo. Lo que para todos aquellos emigrados aún estaba vivo, hacía muchos años que había muerto para la mayoría de los españoles. O que directamente nunca había existido. Pero Cecilia G. de Guilarte tenía el raro don de ser una mujer inmune a la derrota y a la frustración. En poco tiempo ya estaba ejerciendo de articulista y llevando la sección de crítica literaria para el periódico La Voz de España, obligándose a leer entre cinco y seis libros a la semana y siempre atornillada a la máquina de escribir. Había perdido la vida social que tenía en México, pero encontró los apoyos de otros escritores como Dolores Medio, que fue quien la animó a presentarse al premio Águilas. En realidad, envió la misma novela que había mandado antes al Planeta con el título de Todas las vidas. Entonces había quedado finalista, pero el libro no se publicó. El éxito en el concurso de Murcia fue el último. Guilarte siguió escribiendo, mucho y bien, pero solo vio publicada una novela más, La soledad y sus ríos. Ya no se veía con fuerzas para peregrinar por las editoriales. Tampoco se sentía en sintonía con los rumbos que había tomado la narrativa española, y aún menos con los cambios que trajo la democracia. Al rechazo del clima nacionalista y del terrorismo que se vivía en el País Vasco, se sumaba la idea de que el pasado se había vuelto una cosa que ya no interesaba a nadie. Ahí estaban los exiliados retornados y sus ideales, Alberti, la Pasionaria o Federica Montseny, recién llegados a España y convertidos en poco más que un adorno dentro de la política de la Transición. El remate llegó en 1980 con el cierre de La Voz de España. Luego, un paulatino silencio, roto solo por las cartas que cruzaba con amigos a un lado y al otro del Atlántico, y entre las que destaca la correspondencia con la escritora Silvia Mistral, a la que había conocido en México.

La mayor parte de la obra de Cecilia G. de Guilarte continúa en el olvido. Eso por no hablar de todo lo que quedó inédito. En los últimos años, sin embargo, se ha procurado el rescate de algunos textos, como ocurre con Los nudos del quipu, donde se culmina su relato sobre el exilio. También hay que hablar del enorme trabajo de un pequeño sello como Rasmia para recuperar Cualquiera que os dé muerte, la novela con que ganó el premio Águilas. Este libro se abre con una dedicatoria a todas las madres de España: «triste destino de un pueblo que tiene siempre a sus madres en hábito de Dolorosas». Hay mucho dolor en estas páginas, sí, y también coraje, dignidad y resistencia porque Cualquiera que os dé muerte es una novela que bebe directamente de la vida de su autora. Francisca Amaya, la protagonista, es la propia Guilarte, quien dijo en una ocasión que no era capaz de inventar; que todo lo que narraba tenía que ver con asuntos próximos y sacados de sus propias vivencias. Por eso, como Nosotros, los Rivero de su amiga Dolores Medio, el libro arranca en los años de la dictadura de Primo de Rivera y prosigue contando la consolidación del movimiento obrero, los enfrentamientos con las autoridades y entre los mismos sindicatos, hasta llegar a la proclamación de la República y sus vaivenes, con los focos puestos en la durísima represión de la revolución de Asturias. Pero donde Dolores Medio se interrumpe, Guilarte continúa para narrar el estallido de la guerra, la caída del gobierno y el exilio a Francia, primero, y más tarde a México. Luego, después de asentarse en otro país y de haber conseguido sobrevivir a tantas pérdidas y derrotas, un retorno a España que deja todo en suspenso.  

Hay así dos novelas en una: por un lado, lo que sucede a lo largo de todas esas décadas hasta la expulsión y, por otro, siendo la parte más floja, lo que ocurre en América, donde resuenan los ecos de las luchas en el desierto entre rancheros que hemos visto en tantos westerns. Uno tiene la impresión de que Guilarte necesitaba incluir esa historia para explicar cómo había evolucionado su protagonista, que pierde a todos sus familiares durante la guerra y, a pesar del duelo y del desarraigo, consigue empezar una nueva vida. Pero pronto se nota que esa trama se diluye; que lo que verdaderamente le interesa a la autora es contar todos los avatares previos. Es a lo largo de esta narración, la que transcurre en España, donde el libro se eleva y alcanza cotas estremecedoras y de enorme valentía. El retrato que hace Guilarte de la República, por ejemplo, es cualquier cosa menos complaciente, demostrando su voluntad de huir de las certezas ideológicas. Por supuesto, están las celebraciones en las calles, los días de alegría y esperanza, pero también la fragilidad de todos aquellos valores que hablaban de libertad, igualdad, tolerancia y justicia. Basta ver para ello el modo en que se presentan los años del Bienio Negro. Y luego el comienzo de la guerra, los combates y los paseos, las torturas y los desaparecidos, el hambre y la miseria, todo aquello que Guilarte conocía tan bien de su época como reportera. En el frente y en la retaguardia había visto el dolor y la locura de madres como las que aparecen en su novela, la orfandad y la mirada sonámbula de tantos niños y el cansancio y el hartazgo de hombres que ya solo deseaban que la guerra acabase, sin importar el desenlace: «Desde ningún lado llegaba una voz de piedad. Todo era sangre y horror, un incendio de odio», cuenta la narradora en páginas sobrecogedoras. No creo exagerar si les digo que Cualquiera que os dé muerte es uno de los más impresionantes alegatos contra la violencia que se hayan escrito dentro de la narrativa de la guerra. Esta, por cierto, nunca aparece de forma explícita. Tampoco se ofrecen detalles del primitivismo y la crueldad con que unos y otros se lanzaron a matarse. Pero adivinamos sus consecuencias, el pudridero en que se convirtió España. Cómo no verlas en esas páginas donde se describe la columna de miles de hombres, mujeres y niños que marcharon camino del exilio llevando consigo la amargura de la derrota. El «cautivo y desarmado ejército rojo». Leídas hoy, y pensando en el momento en que fueron escritas, sorprende aún más que el libro fuera premiado.

Cecilia G. de Guilarte murió en julio de 1989. Ya se lo decía antes: cuando regresó a España le tocó vivir un exilio más dentro de aquel otro exilio más largo que había empezado en Francia en 1939. El premio por Cualquiera que os dé muerte fue su momento para resarcirse de todo ello. Después de tanto silencio, el franquismo se encontró con alguien que hablaba sin miedo. Quién sabe. Después de todo, puede que lo ocurrido aquella noche de 1969 en Murcia sea la prueba de que los premios a veces aciertan.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

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