/ por Pablo Batalla Cueto /
Martes, 15/3/2022. Juzgan a un francotirador que quería matar a Pedro Sánchez. Se enfrenta a dieciocho años y medio de cárcel. Se defiende diciendo que todo fue «una ensoñación» del vino y el orujo: «Mezclé las películas y me sentí un héroe para salvar a España. Como oía mucho a Losantos, que también es un patriota…». Vino, orujo y Federico Jiménez Losantos: desde luego, una combinación que no puede acabar bien.
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Leo a un psiquiatra una cosa que me sobrecoge. Trató en una ocasión —cuenta— a un paciente adulto, muy dependiente de sus padres, que, angustiado por darse cuenta del envejecimiento de estos y de que no estaba lejos el día en que tuviera que vivir sin ellos, guardaba en el congelador todos los relojes que encontraba: quería congelar el tiempo para que dejara de correr.
Miércoles, 16/3/2022. Todos tenemos «ética de la convicción» para las cosas que nos importan y «ética de la responsabilidad» para las cosas que nos la sudan o sobre las que tenemos convicciones inconfesables. Con respecto a pocas cosas se ha visto esto tan claro como con la guerra de Ucrania.
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Leo, no la conocía, la historia del auténtico Willy Brandt, aquel que entregó sus papeles de identidad a un tal Herbert Frahm cuando este huía de la represión nazi. Tras una pelea con grupos nazis, el verdadero Brandt se exilió en Bruselas. En 1936, viajó como fotógrafo a España, y estaba allí cuando estalló la guerra. Tras participar en ella (y llegar a ser nombrado ciudadano español), regresó a Bélgica. En el contexto de la segunda guerra mundial, terminaría siendo prisionero en Dachau. Y después de la liberación, marchó de nuevo a Bélgica. Explicaba: «Yo no tenía nada que hacer en Alemania. Siempre que veía a una persona mayor, me ponía a pensar: ese colaboró con el nazismo, y la idea era insoportable. Un día vi a mi pueblo y vi a los viejos nazis, que ya estaban desnazificados oficialmente, y me dio asco».
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El Camp Nou se llamará Spotify Camp Nou. Un club que se distinguió durante mucho tiempo por resistir más que otros la invasión publicitaria ha acabado claudicando ante ella tanto o más que el resto. Nada tan poderoso como una ignominia a la que le ha llegado su hora.
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En la lista de sancionados por Putin en Estados Unidos, hay miembros tanto del gobierno actual como de los anteriores… pero no del de Trump. Blanco y en botella, como se suele decir.
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Enfrentados a la perspectiva de un siglo de catástrofes, en nuestra imaginación, aun si atea, se activan atávicos imaginarios apocalípticos; pensamos en la destrucción completa —bella, esbelta, en el horror— de la humanidad que acometería un dios harto, resuelto a castigarnos. Pero probablemente no sea así. Probablemente las catástrofes que advienen, aun con todos sus horrores, se parezcan menos a un castigo divino que a un no-castigo existencialista: parcial, incompleto, gris, mediocre; duro pero que no impida que la vida se recomponga.
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Qué cosa tan curiosa es la memoria. Tengo que rellenar un papelajo de la Universidad de Salamanca y se me ha ido el santo al cielo y, en la casilla de la dirección, he puesto la de mis padres en Gijón: la que ponía cuando estudiaba, hace ya diez años.
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Hay un cantamañanas que cree o viene a creer que todos los ucranianos no rusófilos son nazis que es el mismo cantamañanas que el que cree que todos los musulmanes son fundamentalistas, o todos los vascos etarras, si no demuestran fehacientemente lo contrario. Troqueles mentales transversales.
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La calima arroja fotografías apocalípticas de cielos coloreados de naranja en el sur de España. En este rincón del mundo, el tono es más bien grisáceo, macilento, pero también vuelve el paisaje tremendamente perturbador, confiriéndole un aire más bien postapocalíptico que apocalíptico. Cuando, para más inri, se vive en la España vaciada, que el aspecto general ya sea de por sí de abandono redondea la sensación de invierno nuclear. Tengo cerca un cuartel abandonado de la Guardia Civil, tomado por la maleza y con los cristales rotos, que da verdadera congoja mirar ahora mismo.
Pienso en cómo los aztecas pasaron años, antes de la conquista española, viendo aquí y allá presagios del fin del mundo. Cosas raras que pasaban. Algunas eran puramente casuales, otras no: objetos extraños, españoles ya, que aparecían en las playas y así. La cuestión es que estaban en lo cierto: su mundo se acabó. Y de manera muy atroz. Los despreciamos como supersticiones disparatadas, pero probablemente todas las profecías apocalípticas de la historia hayan sido ciertas y todos los milenarismos se hayan cumplido, en tanto todos eran la digestión religiosa del hecho de que un mundo se acababa efectivamente. No en vano los apogeos milenaristas coinciden con épocas de transición entre eras: la Palestina del siglo I a. y d. C., a punto de sucumbir ante Roma; la Europa protofeudal del año 10000; el siglo XV… El año pasado, durante la tremenda ola de calor que sacudió Canadá, masas enteras de mejillones se cocieron literalmente en los pedreros del área de Vancouver, y su masiva putrefacción llenó el aire de un olor nauseabundo. Los aztecas hubieran visto en ello un presagio del fin. Y hubieran tenido razón. El fin de las civilizaciones precolombinas, militar y pandémico, no fue el fin del mundo. Hubo muchísima muerte y desolación, sociedades enteras se derrumbaron, pero el mundo siguió girando, gente sobrevivió y el nuevo orden recicló parte del viejo. En cualquier caso, ¿quién le dice a un taíno que el mundo no se acabó?
No sé lo suficiente sobre él, pero me parece que ese momento, la conquista de América (vista, claro, desde los ojos de los conquistados, no desde la punta del cipote de Hernán Cortés), es interesantísimo en un momento como este: ningún momento histórico se parece tanto a lo que nos va a tocar vivir a nosotros.
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Decía George L. Mosse que el fascismo era un organismo saprófago, hecho de la carroña de todo lo que había fascinado al hombre del siglo XIX (el capitalismo, el nacionalismo, el socialismo, la técnica…). Tal vez lo de ahora sea eso, pero con las fascinaciones del XX (incluido el fascismo): el leninismo, el desarrollismo, el 68, el neoliberalismo, el feminismo, el ecologismo, la descolonización, el terrorismo… Una suma putrefacta de la versión sórdida, reaccionaria, vuelta del revés, de cada una de esas cosa. Rocío Monasterio disfrazándose de Rosie la Dinamitera, Giorgia Meloni leyendo a Gramsci o Steve Bannon declarándose leninista en base a que «Lenin quería destruir el Estado, y ese es mi objetivo también. Quiero demolerlo todo y destruir todo el establishment actual».
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Hace Jeffrey Herf en su El modernismo reaccionario: tecnología, cultura y política en Weimar y el Tercer Reich una interesante lista de dicotomías características del pensamiento de Werner Sombart, uno de los intelectuales de la revolución conservadora alemana, movimiento previo al nazismo que mantuvo una relación ambivalente con él. Es entretenido trazar paralelismos con la ultraderecha actual.
| Geist judío | Tecnología alemana |
| Valor de cambio | Valor de uso |
| Oro | Sangre |
| Circulación | Producción |
| Abstracción | Inmediatez concreta |
| Razón | Instinto |
| Desierto | Bosque |
| Intelecto | Alma |
| Zivilisation | Kultur |
| Comerciante | Empresario |
| Socialismo internacional y capitalismo internacional | Nacionalsocialismo |
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Cargaba hoy Putin en un discurso desquiciado contra la «quinta columna» de traidores a Rusia («El pueblo ruso siempre será capaz de distinguir a los verdaderos patriotas de los traidores, para escupirlos como una mosca que, accidentalmente, se le metió en la boca. Esta autopurificación de la sociedad, natural y necesaria, fortalecerá a nuestro país»); hace unas semanas, un medio independiente ruso clausuraba sus emisiones exclamando «no pasarán». La estela perdurable de la guerra de España, el Vietnam de su tiempo.
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El truco del almendruco de apelar a la hipocresía de Occidente para legitimar la propia.
Jueves, 17/3/2022. Dice más de una persona una lista jerarquizada de enemigos que una de valores o prioridades. Lo de «jerarquizada» es importante. Quién es el enemigo número uno y quiénes los siguientes dice muchísimo; el orden de los factores sí altera acá el producto.
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Leo en El modernismo reaccionario sobre cómo el fascismo fue tamsbién una reacción al taylorismo: un «demonismo desalmado del trabajo», decía Heinrich Hardensett, que eliminaba del taller toda «trascendencia regocijada de la camaradería, toda alegría, toda sensualidad plástica». Hardensett, exponente del anticapitalismo de derecha y el conservadurismo revolucionario que, en los años previos a su eclosión, fueron una de las fuentes tributarias del nazismo, manejaba una distinción curiosa entre el hombre capitalista y el hombre técnico. Así lo explica Jeffrey Herf:
«El hombre técnico se esfuerza por “trascender el tiempo y el espacio mediante la creación de forma… y de transformar las cosas incompletas variables en algo de duración eterna”. En lugar del incesante ajetreo del mercado, el hombre técnico desea “la redención utópica de la permanencia eterna, completa, y el presente eterno en lugar del futuro infinito. Es un clásico y no un romántico, un hombre de medidas y de leyes”. La circulación capitalista produce el caos y la anarquía; los ingenieros producen un orden perdurable en las formas clásicas de las calles, los puentes, los canales y las presas. Su simple solidez y permanencia prueban una naturaleza implícitamente anticapitalista».
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César Rendueles: «Los Tratados de Versalles fueron una atrocidad y mucha gente anticipó que provocarían una nueva guerra. Pero si al visitar Auschwitz lo que se te viene a la cabeza son los Tratados de Versalles, un poco mierda ya eres. El símil con Ucrania se hace solo».
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Promueve ardorosamente la etiqueta violencia intrafamiliar para la violencia vicaria (padres que matan a sus hijos para hacer el máximo daño posible a su exmujer) el mismo partido que defiende la sacralidad irreductible de la familia. Si uno suma dos más dos…
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El fascismo es un agujero negro. Lo que tiene cerca cae hacia él más rápida y completamente; lo más alejado se resiste más, y aunque se estire hacia él, puede evitar despeñarse. Pero, en última instancia, el mundo entero, cada una de sus porciones, se inclina algún grado.
Viernes, 18/3/2022. Leído en Twitter: «Todo se empezó a torcer cuando la RAE quitó la tilde a sólo». Literal.
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Cuenta Roger Griffin al final de la introducción a su Modernismo y fascismo: la sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler que el 11 de diciembre de 2005, cuando estaba escribiendo el libro, su hijo de seis años, Vincent, entró a su despacho, miró las estanterías atestadas de libros y le preguntó: «¿Has escrito todos estos libros?». Griffin respondió: «No, los he leído para escribir el mío». El niño le replicó entonces: «Pero eso es trampa, Rog». Como dice el propio Griffin, su hijo había entendido precoz y perfectamente los principios que rigen la vida académica.
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Comparte Podemos en sus redes, con gran entusiasmo, la fotografía de un tifo de la grada ultra del Estrella Roja de Belgrado: una larga lista de invasiones y tropelías estadounidenses (incluidas Republic of Sprska ’95 y Yugoslavia ’99) y el mensaje «All we are saying is give peace a chance». Ello ha generado una lógica indignación. Dónde y cuándo se dice algo puede ser tan relevante como qué se dice. Por ejemplo, Israel es un Estado criminal, pero si el momento y el lugar en el que uno lo señala es una conmemoración del Holocausto, demuestra ser un antisemita de tomo y lomo, y su crítica queda deslegitimada por más cierta que sea su letra. Del mismo modo, Estados Unidos es un Estado criminal, con un historial sangriento a sus espaldas. Pero si quienes lo señalan son los Tigres de Arkan, negacionistas de la masacre de Srebrenica, y lo señalan con respecto a la invasión de un país por otro de los cuales ninguno es Estados Unidos, no se les puede dar la razón aunque la tengan. La verdad no es la verdad la diga Agamenón o su porquero. Del mismo modo que un cuchillo no es el mismo objeto cuando se utiliza para cortar hogazas de pan que cuando se usa para rebanar cuellos, una verdad no es la misma cuando la dice un admirador de Salvador Allende y cuando la dice un admirador de Slobodan Milošević. Toda afirmación es algo así como la punta visible de un iceberg de sobreentendidos e implicitudes. Y una misma afirmación puede asociarse a sobreentendidos muy diferentes, nobles o execrables, que el dónde puede sacar a la luz. Location, location, location.
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Leo que, en 1583, el Consejo Real de Navarra impuso la siguiente sentencia por sodomía a dos reos: uno debía morir quemado; su compañero, observarlo mientras lo marcaban con un hierro rusiente. Qué espanto.
Sábado, 19/3/2022. Caminamos hacia un mundo (ya estamos en él) en el que la discusión política será sobre quién manda, no ya sobre un cómo cada vez más idéntico e incuestionado, convergencia iliberal entre una tímida apertura de los peores despotismos y la despotización de las democracias.
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La política exterior siempre ha sido un asunto muy cínico, pero creo que caminamos hacia una época inéditamente descarnada (o, según se mire, más sincera, menos hipócrita) en ese sentido, en la que los ideales nobles y elevados ya no sean siquiera invocados.
Domingo, 20/3/2022. Decía Proust, leo, que «todo aunque es en realidad un porque».
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Clifford Geertz: «El análisis cultural es intrínsecamente incompleto [… Su] progreso viene determinado por el refinamiento del debate, no por la obtención de un consenso. Si mejora es porque cada vez nos sacamos de quicio los unos a los otros con mayos precisión».
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Retiembla desde hace tres días un pequeño terremoto diplomático. Pedro Sánchez ha decidido unilateralmente, sin avisar a nadie, dar un viraje histórico a la posición de España sobre el asunto del Sáhara Occidental, ininterrumpidamente mantenida por todos los gobiernos desde 1978: reconoce la marroquinidad del territorio y considera suficiente la autonomía para el territorio propuesta por el reino alauí. Nadie entiende nada. Sánchez incumple su propio programa electoral («promoveremos la solución del conflicto de Sáhara Occidental a través del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas, que garantizan el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui») y enfada a sus socios, a Argelia —que anuncia sanciones— en un momento en el que necesitamos el gas argelino, a la ONU y a cualquier persona sensible y concienciada, incluidos muchísimos socialistas.
¿Cuál es el objetivo? Descartada la conspiranoia, ¿qué lógica, por sucia que sea, está detrás de esto? ¿Apaciguar un posible ataque marroquí a Ceuta y Melilla? ¿Obedecer órdenes de Estados Unidos? ¿O quizás la de que Argelia, que obtendría la ganancia de convertirse en el gran proveedor de gas a Europa, supiera y consienta, pero monte un teatrillo de indignación de cara a su propia y levantisca población, que en unas semanas, cuando la pasta haya empezado a fluir y a notarse, dará paso a la escenificación de la aceptación a regañadientes del hecho consumado? Un poco aquello que me decía en una ocasión un viejo zorro de la izquierda gijonesa: que en política se pactan acuerdos y también desacuerdos. Pero me dice un amigo que sabe de estas cosas y tiene información de primera mano que la diplomacia argelina no es de montar teatrillos, y que, hasta donde se sabe, las sanciones van en serio. Así que no sé. Algo se nos escapa.
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El Defensor del Pueblo recibe, leo, quejas de ciudadanos que han invertido en criptos y «han perdido todo». Lo de siempre: se creían muy listos, querían sortear al Estado y ahora le imploran ayuda. Por mi parte, Schadenfreude. El Estado debe consistir, como decía Benet, en que todo el mundo tenga derecho al fracaso, pero sin pasarse. Ya somos mayorinos, que decía aquel.
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Mario Martínez Zauner: «Poco importarán ya nuestras históricas y muy espirituales naciones cuando hayan sido arrasadas por un mar embravecido, un sol inclemente o una atmósfera irrespirable creadas con el material del que están hechos nuestros delirios de acumulación capitalista».
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Saint Just: «Quien hace revoluciones a medias no hace sino cavar su propia tumba».
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Termino La Iglesia arde, de Andrea Riccardi: una buena panorámica de la situación actual de la Iglesia católica: una crisis que uno se da cuenta, al leer al autor, de que es incluso más profunda de lo que parece. La Iglesia —refiere Riccardi, aportando estadísticas elocuentes— decae abruptamente incluso allá donde parecería robusta, caso de Iberoamérica o Polonia.
Riccardi hace algunas reflexiones muy interesantes, y hay una que me resultó particularmente aguda: la de cómo al desaparecer la Iglesia desaparecen también sus críticos; remite también el anticlericalismo. Menos creyentes significa menos ateos militantes; un poco aquello que decía Azaña de que, cuando un régimen cae, caen su anverso y su reverso; su oficialismo y su oposición. A medida que deja de haber gente familiarizada con la cosmovisión católica, deja de haberla, también, para denostarla. Se pasa de algún modo de la irreligiosidad a la arreligiosidad. Las nuevas generaciones, creyentes en algo o no, miran la religiosidad con ojos más benevolentes. No la identifican con un poder férreo del que nosotros aún hemos conocido coletazos, pero que para ellos es historia. Y eso abre una puerta que estaba cerrada al regreso de la religión bajo nuevas formas acompasadas al Zeitgeist: descentralizadas, horizontales, menúes individualizados de espiritualidades, desde la astrología a un budismo occidentalizado, pasando por el cristianismo evangélico. Toda victoria lleva en sí la simiente de su propia destrucción, y eso está ocurriendo con la del racionalismo.
También apunta Riccardi que esta desaparición de la Iglesia provoca cierta inquietud en un conjunto de gente que no pertenece a ella, pero para quien no dejaba de ser una presencia familiar; algo que formaba parte de un paisaje, de un orden mejor o peor, pero el conocido. Al leerlo, me di cuenta de que es mi caso. Soy ateo y apóstata, y he sido muy anticlerical, pero, me he sorprendido leyendo este libro sobre la crisis de la Iglesia con desasosiego. Había algo inadvertidamente reconfortante en que la iglesia con i minúscula a la que uno rechazaba ir siguiese existiendo. Cuando uno construye una cierta identidad en oposición a algo, con su desaparición se esfuma también una parte de uno mismo. Como decía Cicerón, «¿qué será de Roma sin sus enemigos?».
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Una pintada en Whitechapel en 1973: «Houses stand empty while homelessness grows. Who makes the profit? Somebody knows!».
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He decidido que voy a considerar la situación (muy jodida) del Sporting este año un augurio, una expresión microcósmica, de la del mundo. Si el Sporting se salva, es que el mundo se salvará. Si descendemos, es que el mundo perecerá. De momento, la cosa no pinta nada bien.
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Un pasaje de Modernismo y fascismo:
«[Italo] Balbo partió de Italia el 30 de junio de 1933 en compañía de un escuadrón de veinticuatro hidroaviones SM. 55X Savoia-Marchetti, que eran el no va más de la tecnología de la aviación. Seis semanas después aterrizó en el lago Michigan, cerca del lugar donde se había instalado la exposición «Un siglo de progreso» que se estaba celebrando en Chicago, un acontecimiento que, a pesar de los terribles efectos sociales de la Gran Depresión —o quizá precisamente gracias a ellos— atrajo a 39 millones de visitantes de todo el mundo. Para conmemorar esta proeza que el público estadounidense acogió con verdadero entusiasmo, Mussolini ordenó quitar una columna de 1700 años de antigüedad que pertenecía a un pórtico levantado en un lugar cercano a la bahía de Ostica Antica, el antiguo puerto de Roma, y enviarla a Chicago. La colocaron frente al pabellón de Italia. Se utilizaba así un monumento antiguo para celebrar el triunfo de la modernidad».
Lunes, 21/3/2022. Leo, repasando La Iglesia arde para escribir una reseña, que Bronisław Geremek, historiador polaco y militante del sindicato Solidaridad, escribió que «la revolución de 1989 fue el golpe de gracia de la revolución de 1789. Puso fin a dos siglos de revolución francesa». Leo también que, cuando en 1963 Juan XXIII publicó Pacem in terris, encíclica emblemática del Concilio Vaticano II, sus críticos la llamaron Falcem in terris: «hoz [por la comunista] en la tierra».
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Hemos escrito alguna vez sobre el brillo crepuscular de las marchas mineras de 2012: el último ademán de vigor de un mundo, el movimiento obrero clásico, que se extinguía. Se me ocurre que con las manifestaciones de la Conferencia Episcopal contra Zapatero sucede algo parecido.
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Ucrania se niega a aceptar el ultimátum de Putin para la rendición de Mariúpol, la ciudad costera en la que en este momento se libra la batalla más caliente de la invasión rusa del país. El plazo expiraba hoy y Mariúpol, ahora, se ve abocada a seguir el camino de Grozni, arrasada en 1999 hasta los cimientos por el Ejército ruso durante la guerra de Chechenia. Trato de imaginarme por un momento ser un mariupolitano ahora mismo; un ultimátum de destrucción absoluta de la ciudad de uno. La certeza de que van a vaporizar cada cosa que ama: su casa, la de sus seres queridos, el colegio al que fue, las cafeterías, los bancos del parque. Kaputt.
Otra noticia que me ha impresionado mucho: Boris Romantschenko, un hombre de 96 años que sobrevivió a los campos de concentración de Buchenwald, Peenemünde, Dora y Bergen-Belsen, ha fallecido de un disparo que impactó en su casa en Járkov. La desnazificación de Putin era esto.
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Leo que decía Gil de Biedma que él no quería ser poeta, sino poema.
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Me hago una pregunta. ¿En la potencia emergente que es China, entre los chinos, hay la misma sensación de fin del mundo que aquí? ¿O la que tenemos en Occidente está fuertemente marcada por nuestra muy concreta decadencia regional? Como me recuerda Enrique del Teso, al que se le cae el Imperio encima le parece que desaparece el Universo. Le pasó a san Jerónimo en el siglo V: «Quid salvum est si Roma perit». De todas maneras, en nuestro caso, ¿quién yerra más? ¿Los que vemos que el mundo se acaba solo porque se acaba el nuestro o aquellos que no ven que el mundo se acaba porque al suyo le va bien?
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En Twitter se topa uno cosas fascinantes. Yo me encuentro hoy un debate (que me resulta fascinante de verdad, lo digo sin segundas) entre ultracatólicos sobre si el papa Francisco es un hereje, y qué hacer al respecto. Reproduzco la parte más interesante de la conversación:
—Solo un no católico puede decir que Bergoglio no es un hereje formal. Por ejemplo adorando públicamente a los demonios como la Pachamama en la misma sede de Pedro; o afirmando sacrílegamente que Dios ama a todas las religiones.
—Cuando escriba ex cathedra que hay que adorar a la Pachamama, o que hay que creer que Dios ama todas las religiones, entonces lo consideraré hereje. Mientras tanto será un Papa que se equivoca.
—Se lo voy a repetir de otra forma: hereje es el que defiende una herejía lo diga ex cathedra o lo diga en una entrevista televisiva. Y si un papa dice una herejía, queda automáticamente depuesto y excomulgado.
—Voy a acabar, porque ya he soportado bastante sus impertinencias. Recuerde esto: si el día de mañana el Papa Francisco es declarado hereje, usted no habrá tenido más razón que yo, porque yo habré esperado con obediencia el tiempo que Dios ha elegido para manifestar ese hecho. Dios jamás castigará a un fiel por haber creído que un Papa reconocido por la Iglesia católica era el legítimo, por mucho que después se declare hereje. En cambio no está exento de peligro quien acertó en el hecho pero erró al creerse con derecho a juzgar. Adelántese usted a la Iglesia y espere luego si lo declara hereje; yo, si ese hecho debe ocurrir, llegaré al paso de la Iglesia, sin ningún peligro. Pero si no ocurre, usted sí se encontrará en peligro. Lea, piense, ore, y aprenda a mantener una conversación sin insolencia.
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Un pensamiento recurrente: mi abuela, nacida en 1935 y fallecida en 2020, vivió una infancia dura, con hambre y represión; una edad adulta con estrecheces fuertes, pero no insoportables, y una ancianidad muy feliz. Y nosotros vamos a seguir ese mismo camino, pero al revés.
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Leo en Modernismo y fascismo, de Roger Griffin, que Kafka metaforizaba de esta espléndida manera el desastre de la modernidad:
«Con la visión mermada de una perspectiva puramente terrenal, nos encontramos en la misma situación que los pasajeros de un tren que ha tenido un accidente en medio de un túnel, en un punto en el que ya no se vislumbra la luz de la entrada y la de la salida es tan débil que hay que buscarla continuamente, porque viene y va. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta dónde está la entrada y dónde la salida. Debido a la confusión o a la sensibilidad extrema de nuestros sentidos, podemos ver criaturas de otro mundo y un juego de imágenes caleidoscópico, fascinante o agotador, según el humor y las heridas de cada uno. “¿Qué debo hacer?” o “¿Por qué debo hacerlo?” son preguntas que uno no se plante allí dentro».
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Crítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

