El runrún interior

El runrún interior (41)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la guerra de Ucrania o la lectura de 'Tempestades de acero', de Ernst Jünger.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (40)

Martes, 8/3/2022. Hegel creyó ver el Espíritu Absoluto en el Napoleón al que presenció pasar a caballo por debajo de su ventana de Jena. Hoy hay quien lo ve en Putin a lomos de un oso. Pero, como me dice Iván de la Nuez, Hegel era tan o más grande que Napoleón. Y estos son tan o más pequeños que Putin.

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Leo en La Iglesia arde, de Andrea Riccardi, que la madre de François Mauriac, una mujer muy tradicionalista, respondía así a su hijo cuando este protestaba por la condena de Pío XI a la ultraderechista Action Française: «Contre l’Église, il n’y a pas de conscience». Contra la Iglesia no hay conciencia.

Leo también este dato curioso: en Francia, el número de sacerdotes ordenados no ha hecho más que disminuir año a año, pero el de sacerdotes tradicionalistas, disidentes en distinto grado del mundo del Concilio Vaticano II, ha ido aumentando.

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Estamos viviendo, a la vez, el fin (no el fin: el colapso) de algo que empezó en 1989, de algo que empezó en 1789 y de algo que empezó en 1492.


Miércoles, 9/3/2022. Estados Unidos se plantea retirar sanciones a Venezuela para poder compensar con el petróleo de allá la renuncia al ruso. Y eso desata, escribe Enric Juliana, «Indignación en el Little Caracas de Madrid, residenciado en el barrio de Salamanca, amigo de Vox, entusiasta de Isabel Díaz Ayuso, y con crecientes recursos mediáticos. El Little Caracas se ha organizado para influir en la política española. Están que fuman en pipa». He ahí un execrable subproducto de las revoluciones grandes y necesarias, que lo sigue siendo con independencia de que tales revoluciones se degraden: las diásporas de primera hora (los que se largan en el minuto uno, no pasados unos años) de canallas depuestos (rusos blancos, gusaneras latinoamericanas) que generan en lugares en los que acaban reconduciendo su resentimiento hacia una influencia perversa en la política local.

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Leo en El icono y el hacha,  de James H. Billington, que a Iona Sysóyevich, un arzobispo metropolitano ortodoxo que estableció un régimen teocrático en la ciudad de Rostov en el siglo XVII, le preocupaba tanto el orden que llegó a decir que «los judíos hicieron bien al crucificar a Jesús por su rebeldía».

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Me topo por ahí con una entrevista de 1977 en Interviú a Émilienne Morin, la compañera de Buenaventura Durruti. Contiene una parte muy desmitificadora de la tan frecuentemente citada corresponsabilidad doméstica del gran anarquista, relatada así por un antiguo vecino, y que Hans Magnus Enzensberger recoge en El corto verano de la anarquía:

«A principios de 1936, Durruti vivía al lado de mi casa, en un pequeño piso en el barrio de Sants. Los empresarios lo habían puesto en la lista negra. No encontraba trabajo en ninguna parte. Su compañera Émilienne trabajaba como acomodadora en un cine para mantener a la familia. Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: “Pero oye, Durruti, esos son trabajos femeninos”. Durruti le contestó rudamente: “Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar, yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además, baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada».

Morin, en cambio, recordaba esto en aquella entrevista de 1977, más de cuarenta años después de la muerte fortuita de su compañero:

«[Durruti] tenía la mentalidad de la época. Todos los anarquistas españoles no hacían más que hablar del amor libre y el anarquismo y eran incapaces de cocinar o de bañar a sus hijos. En su casa eran siete hermanos y Rosa la única mujer; hasta que se casó, y ya era muy mayor, no hizo otra cosa que hacerlo todo por ellos: la casa, la ropa, la comida…, ni a la mesa para comer se sentaba. Y a su madre, la abuelita, aún le parecía poco. Durruti sabía que yo tenía razón y por eso no podía llevarme la contraria. Alguna vez bañaba a la niña o me ayudaba a pelar patatas, pero muy de cuando en cuando. Recuerdo un domingo en Bruselas: él se había pasado toda la mañana charlando con sus compañeros y llegó a comer. “No he guisado nada —le dije—; yo también tengo derecho a disfrutar los domingos, ¿no crees? Comeremos en un restaurante”. No le gustó mi actitud de momento, pero no pudo decir que no. Hubiera sido un poco violento para un anarquista, ¿no?».

La historia, decía Jameson, es lo que duele… Pero pienso que este segundo pasaje no necesariamente desacredita la veracidad del primero. Quizás coincidió que aquel amigo de Durruti fue por su casa en una de esas ocasiones muy esporádicas en que sí hacía tareas domésticas, y el anarquista se tiró el pisto de la corresponsabilidad. Probablemente Durruti fuera consciente de su obligación de ser corresponsable, aunque de hecho no lo fuera. Lo de que rezongara cuando llegaba a casa el domingo y Émilienne no le había hecho la comida, pero en última instancia se aguantase, porque sabía que era hipócrita que un anarquista se quejara por eso, va en esa línea. Matices, complejidad, grises: de esto va también la historia.

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Twitter me arroja a la cara las imágenes de un niño ucraniano de cuatro años llorando desconsolado mientras huye con su familia, en dirección a Polonia. Hemos ido viendo estampas espeluznantes de toda clase y, no siendo esta la más macabra, ninguna me ha partido tantísimo el alma. Ojalá hubiera un infierno en el que todos y cada uno de los que han provocado esto, y Vladímir Putin en particular, ardieran durante toda la eternidad. Ningún fin de la vida del presidente ruso que no se parezca al de Benito Mussolini en Giulino di Mezzegra —pienso— será justo. Y me pregunto cuántos de los que ahora están denostando a Putin porque es lo que toca (y no pienso solo en la ultraderecha) siguen admirándolo secretamente: la patria, los cojones, la higiene de la guerra, el Espíritu Absoluto de las narices; toda esa putísima mierda, con perdón —sin él—, de épica varonil para deforestados mentales. ¿Qué derecho tiene nadie a provocar el desconsuelo de este niño? ¿Qué palabro grande de los que se esgrimen para legitimar las guerras (la Libertad, la Revolución, el Honor, etcétera) puede considerarlo un precio digno de ser pagado?

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Reflexiona un amigo de D. G., que me traslada su reflexión, que la geopolítica es el reverso oscuro del posmodernismo; el relativismo facha o rojipardo. Si dices: «fulano es un criminal», pueden encogerse de hombros y decir: «es geopolítica». No hay una moral y comportamientos inmorales: solo «geopolítica». ¿Putin es un criminal de guerra que está llegando al extremo de minar corredores humanitarios? Es su geopolítica y hay que respetarla.

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Dos citas vigentes. Elias Canetti: «Siempre es el enemigo el que empezó. Si quizá no fue el primero en decirlo, al menos lo planeaba, y si no lo planeaba, ya lo había pensado para sus adentros; incluso si aún no lo había pensado lo habría pensado en breve plazo». Pablo Neruda: «bandidos con frailes negros bendiciendo/ venían por el cielo a matar niños,/ y por las calles la sangre de los niños/ corría simplemente, como sangre de niños».


Jueves, 10/3/2022. Tengo para con las armas nucleares una sensación tipo pistola de Chéjov: aquello de que, cuando un arma aparece o es mencionada en el primer acto de una obra teatral, será indefectiblemente utilizada en el tercero. Ojalá me equivoque.

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Vox entra en el gobierno de Castilla y León y hay quien supone que, al integrarse en las instituciones, se va a normalizar; se le van a limar las garras. Craso error, creo yo. Por este motivo: Vox es un partido insurreccional, pero su insurrección no va de tomar una fortaleza, sino de reorganizarla. La fortaleza, los famosos cielos, ya son suyos: son sus dueños y señores. No son, ni se ven, ni se venden como outsiders, sino como insiders hartos de tolerar a los outsiders (a los literales —los inmigrantes— y a los adversarios de su idea de España —nosotros—). La famosa ley de hierro de la oligarquía no funcionará con ellos: ya son la oligarquía. Por eso no van a decepcionar a los suyos. Llegarán más o menos lejos en sus planes funestos, pero lo poco lejos que llegen no va a generar en sus bases esa melancolía de la derrota tan típica de la izquierda. Porque no habrá tal derrota, sino más o menos cantidad de victoria. Y la victoria nunca desgasta, ni penaliza. Ganes por un gol o por diecisiete, te llevas los tres puntos igual. Desde el más copetudo abogado del Estado, aristócrata o empresario que, sea como sea, va a seguir nadando en billetes hasta el más humilde machista que, sea como sea, va a poder seguir yendo al puticlub, todo el mundo va a seguir teniendo privilegios con los que conformarse.

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Viví seis años en Salamanca, parte de ellos en plaza del Oeste. Todos los días iba y venía al centro desde plaza del Oeste. Hoy, de visita en la ciudad para presentar mi libro con la Asociación de Estudiantes de Sociología, he tenido que hacer el mismo camino (mi hostal está allá) y no he sido capaz: he tenido que acabar tirando de GPS. Con qué implacabilidad borra el cerebro lo que ya no necesita.

Un hostal curioso: no hay recepción ni tan siquiera llaves físicas o la típica tarjeta, sino que uno se descarga una app, registra su DNI, se pone delante de la puerta (de la del hostal o la de la habitación), mantienes pulsado un botón en la pantalla de su smartphone y la puerta se abre. Gensanta, que diría Forges, con el siglo XXI.

Salamanca, dejó escrito Cervantes, «enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que la apacibilidad de su vivienda han gustado». Desde luego enhechiza la mía. Una cosa mala de vivir en la ciudad es que acabas acostumbrándote a la belleza de la ciudad hasta el punto de que te pase desapercibida. Una cosa buena de llevar años sin venir es que vuelve a asombrarte como la primera vez. Paseando por estas calles que acogieron mis años de Universidad, me entrego al placer de estar triste que Victor Hugo decía que era la melancolía, que se incrementa en mí cuando acabo el día saliendo por los bares por los que salía entonces con los estudiantes que han venido a la presentación; chavales de veinte, veintiún, veintidós años. Sensación extraña a la vista de los que llenan La Imprenta o el Potemkim: nada, nadie, es lo mismo y, a la vez, todo lo es. Estos estudiantes son distintos de los de 2007, 2008, 2009, pero son los mismos al tiempo. Mientras apuro un vampiro —un bebercio de color rojo que servían y siguen sirviendo en La Imprenta, del que prefiero no saber la composición—, confirmo aquello que decía Miguel Barrero: cuando vuelves a Salamanca, te das cuenta de que tú no te las has arreglado del todo bien sin ella, pero ella se las arregla perfectamente sin ti.

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En 1922, en el Diario de Valencia se publicó —en primera página— esta propuesta de solución para el problema de Las Hurdes:

«No hay para esos desgraciados y degradados seres más que una solución, que debe aplicarse con gran rigidez. Tienen derecho a la vida, como todo ser humano, y ha de atendérseles para que vivan; pero, por razones de alto interés, ha de obstaculizarse su procreación, salvo en los casos de acercarse a las líneas normales. Hay que arrancarles de aquel país ingrato y colonizarles donde puedan vivir, los que puedan soportar un trabajo; los demás, pocos o muchos, hay que aislarles hasta que, por medio de los procedimientos modernos, vayan destarándose.

No vamos a la extinción, pero sí a frenar riesgos degenerativos en las zonas limítrofes, que si hasta hoy han tenido una barrera natural en la falta de alimentación, no sucederá lo mismo el día en que transitoriamente se lleven a la zona hurdana otros elementos de evolución».

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La historia tiene un humor negro muy singular. Hoy ha fallecido, leo, Mario Terán, el militar boliviano que fusiló al Che Guevara en 1967. En agosto de 2006, olvidado, pobre y casi ciego, recupero la vista gracias a la Misión Milagro impulsada por Cuba, y que llegó a Bolivia de la mano de Evo Morales: una cohorte de profesionales de la salud que permaneció en el país hasta 2019 y operó de la vista, de forma gratuita, a 719.000 personas, además de atender 70 millones de consultas, 58.450 partos, realizar 46.795 exámenes de laboratorio y 253.134 cirugías.

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Moriche: «Nunca estuvo el mundo tan a cielo abierto, entero, al instante, hasta el más ínfimo detalle, y nunca proliferó tanto la conspiranoia. La conspiranoia no suple una verdad que falta, sino que desplaza una verdad que sobra: mentiras que consuelan frente a verdades insoportables».


Viernes, 11/3/2022. Los contorsionismos que vamos a presenciar por parte del PP para perpetrar todas y cada una de las tropelías que ha prometido a Vox en Castilla y León, pero seguir tirándose el pisto del centro centrado centrorreformista, van a dejar los del Circo del Sol en meros estiramientos de clase de gimnasia. Alfonso Fernández Mañueco, que ya de por sí no es hombre que tenga muchas tablas, las está pasando canutas para defender el acuerdo. Le pregunta un periodista: «En el punto [del acuerdo con Vox] sobre el adoctrinamiento ideológico, ¿es el pin parental?». Responde: «Significa que no haya adoctrinamiento ideológico». Le replican: «Pero, ¿ahora hay adoctrinamiento?». Dice: «No, por eso nos parecía importante hacer hincapié». Vox se lo va a comer con patatas.

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Santiago Alba Rico: «Están tan preocupados por el belicismo que se olvidan de la guerra».


Sábado, 12/3/2022. Los líderes de la UE se reúnen hoy en la Galería de los Espejos de Versalles para tratar el asunto de Ucrania. Me preocupa que el lugar en el que se firmó el Tratado de Versalles se considere el más indicado para decidir cualquier cosa relacionada con esta guerra.

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Alberto Núñez Feijóo, en un acto en Valencia: «Para mí es un honor empezar en la Costa Dorada este itinerario». La Costa Dorada está en Tarragona. Que Feijóo piense costa y piense dorado, apellido de su amigo Marcial, el narcotraficante: el lapsus más elocuente desde aquel «vamos a Rusia para follar» de José Luis Rodíguez Zapatero.

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Publica Alba Rico en Público un artículo estupendo —como no podía ser de otro modo—, ponderado, matizado, sobre Ucrania, titulado «Nueve dilemas». Me gusta sobre todo la parte en la que Alba reflexiona sobre los argumentos pragmático-pacifistas contra el envío de armas a Ucrania, según los cuales

«mandar armas a Ucrania prolongaría la guerra y, en consecuencia, la muerte y la destrucción. Es muy razonable, pero si se trata de acortar la guerra por la vía de la indefensión de la víctima, ¿no deberíamos ser coherentes y pedir a los ucranianos la rendición inmediata? Y si, pese a todo, los ucranianos deciden resistir contra nuestra opinión y con pocas u otras armas, ¿no serán responsables entonces de sus propias muertes y de las de sus familias? ¿De la destrucción de sus casas y hospitales? Si esta es la conclusión, podríamos sospechar que el razonamiento tampoco es del todo bueno. ¿Qué hacer entonces? Habrá que cuestionar tal vez el envío de armas, pero no so pretexto de que los ucranianos ¡van a usarlas! No se puede evitar, a mi juicio, la prolongación de una guerra que la propia población agredida quiere prolongar lo más posible, por cabezonería patriótica o/y como medio para alcanzar una negociación en mejores condiciones. Si tengo muchas dudas sobre la conveniencia de esta medida no se debe, pues, solo a las muertes, siempre trágicas, que se pueden provocar con ellas, pero que ocurrirán también sin ellas; no se trata, si se quiere, de una cuestión de principios, pues el de la legitima defensa y el del pacifismo activo se equilibran en muchos de nosotros (que podemos permitírnoslo en la distancia) en un balanceo angustioso. Lo que me preocupa es la escalada armamentística y el horizonte del enfrentamiento nuclear, que obliga a medir todas las posibles respuestas de Putin, de las que, por lo demás, no sabemos nada. ¿Hay alguna forma de proteger la independencia de Ucrania, rechazar la invasión e impedir un holocausto nuclear? Ese es el verdadero dilema, no el de si las armas convencionales, en manos de los ucranianos, van a servir para matar o no. ¿Van a servir para contener a Rusia, para forzar una negociación que asegure una paz duradera y relativamente justa, para evitar la indefensión de los ucranianos frente a las armas rusas? No lo sabemos. Los que responden negativamente aluden a la racionalidad de Putin, que (dicen) no puede tener interés en suicidarse con matanzas sin cuento y a través de una ocupación estable de Ucrania; y sugieren que negociaría antes si obtuviese antes la victoria. Por desgracia, nadie previó la invasión y, por el mismo motivo, es inútil proyectar nuestra racionalidad en la política imperial rusa; ni estar seguros de lo que pedirá un Putin victorioso en una mesa de negociación. Los que responden afirmativamente son incapaces, por su parte, de garantizar la eficacia de las armas ni de evitar los concomitantes peligros en cadena, entre ellos, no el mayor, el de que las armas acaben en manos del batallón Azov».

Plantea después Alba que:

«La discusión sobre si deben o no enviarse armas es, en todo caso, legítima. No se pueden desdeñar como inútiles las advertencias pacifistas ni, frente a ellas, como «belicistas» o irresponsables, las posiciones que, desde la izquierda, sostienen, por ejemplo, Étienne Balibar o Gilbert Achcar. La discusión misma dice mucho, en todo caso, sobre la guerra y sobre la izquierda. Nos dice, en efecto, que en una guerra sólo se puede elegir entre dos opciones malas, ninguna de las cuales es seguro que no agrave las cosas en lugar de aliviarlas. Pero dice mucho también acerca de una izquierda, socialmente muy débil, que se ha visto desbordada, con un pie en el pasado, por un acontecimiento que no encaja en su visión del mundo. Ni los que están a favor ni los que están en contra de las armas van a determinar el curso de la guerra y la negociación. La discusión cumple más bien una función interna, a veces incluso intrapartidista, en la que (sospecho) la bien fundada desconfianza hacia la UE y la OTAN fija muchas de las posiciones. Si la UE negase a Ucrania las armas que pide, ¿no habría más gente de izquierdas pidiendo armar a los ucranianos? Nuestras posiciones siempre se han clarificado por oposición a fuerzas reaccionarias o liberales que, en este caso, comparten con nosotros el rechazo a la invasión rusa. Esta discusión es el resultado también del hecho de que «nuestros malos» de toda la vida no nos lo están poniendo fácil».

Sea como sea, dice Alba, y yo suscribo, que «apostar por la paz y una solución negociada no puede hacernos olvidar quién está atacando a quién. No hay un conflicto; hay una guerra desencadenada por una invasión imperialista. ¿No conviene nombrar bien las cosas?».

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Leemos que «la India dispara por error un misil a Pakistán. El gobierno de Nueva Delhi se disculpa y lo achaca a un “mal funcionamiento técnico”. Pakistán ha convocado al embajador indio para pedirle explicaciones». El otro día leíamos que Japón redoblaba su reivindicación de las islas Kuriles, que reclama desde 1945, cuando pasaron a manos rusas. Empieza a estar la fuente abarrotada de cántaros preocupantes que van y vienen.

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Mientras tanto, fuera del radar, Arabia Saudí ha decapitado hoy a 81 personas. Pero no habrá sanciones contra este amigo de Occidente.

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Leído en Facebook: «Todo aquello en lo que creo está en crisis».

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La gente está acaparando, parece ser, papel higiénico. Me fascina esta dimensión totémica del papel del culo, que se manifiesta a cada ocasión en que hay turbulencias en el mundo: ya pasó con la pandemia. Está bastante lejos de ser lo más imprescindible en caso de holocausto nuclear, pero es lo primero y lo que con más ansia acaparamos. Estamos más dispuestos a pasar hambre que a limpiarnos el ojete con la mano.

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Abomina el inefable Alfonso Ussía de que el Ministerio de Igualdad destine «20 mil millones de euros para talleres de chupar coños». Yo me declaro absolutamente fan del concepto taller de chupar coños. Abrid talleres de chupar coños y cerraréis cárceles. Más temprano que tarde se abrirán los talleres de chupar coños por donde pasen el hombre y la mujer libres para construir una sociedad mejor. Entre un taller de chupar coños en el que la matrícula costara quince mil euros y un club de lectura de las memorias del marqués de Sotoancho en el que pagaran quince mil euros por participar, me costaría decidir qué organo no vital escogería vender para obtener la pasta.

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Leo que en 1992 circulaba en Rusia este chiste: «¿Qué ha conseguido el capitalismo en un año que el comunismo no lograse en setenta años? Hacer al comunismo parecer bueno».

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Durante la reunificación alemana, Lothar de Maizière, el último presidente de la RDA (miembro de la conservadora CDU, el partido de Helmut Kohl y Angela MErkel), propuso sin éxito aplicar la letra del himno de la RDA, Resucitados de las ruinas, al de la RFA, a cuya música se adaptaba perfectamente, y que por lo demás era una letra blanca, intercambiasble, sin referencias ideológicas problemáticas. Algo así —pienso— es lo que ha hecho Putin con la URSS: extraer la letra blanca, reciclable, de su épica (la industrialización, la derrota del fascismo, la conquista del espacio…) y aplicársela a la música de la vieja Rusia.


Domingo, 13/3/2022. Publica El País un artículo sobre el regreso del Telón de Acero: la desconexión entre Occidente y una Rusia que ya trata de poner en marcha su propio Internet o su propio sistema SWIFT, de tal manera de no depender de plataformas occidentales; pero también con una China que pone sus barbas a remojar al ver pelar las del vecino, y prueba también sus propias plataformas. Caminamos hacia la desglobalización; el cuarteado del mundo en globalizaciones regionales herméticas; grandes espacios de libre comercio liderados por una superpotencia, pero desconectados del resto. Y es curioso cómo ya han ido prosperando las superestructuras culturales que la sustentarán: así, por ejemplo, la rehabilitación del confucianismo por el Partido Comunista Chino, que lo había proscrito en los primeros tiempos de la República Popular, y ahora encuentra en él, y con él promueve, un Tao genuinamente chino frente al liberalismo occidental. La galaxia neo-nacionalcatólica (buenistas, María Elvira Roca Barea, etcétera) sería la expresión española de eso; la pretensión, en este caso, de que una de esas globalizaciones regionales fuera una Iberoamérica (una Ameriberia, que diría Santiago Armesilla) no necesariamente liderada por España (Roca Barea dice que el papel debería corresponder a alguna nación iberoamericana joven y fuerte, como Argentina o México, no a la exhausta España), pero de la que forme parte imprescindible una España desgajada de la odiada Unión Europea.

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Retomo la lectura de Tempestades de acero, de Ernst Jünger, que había iniciado a medias hace unas semanas, interesado en aprender sobre el clima cultural que precedió al fascismo, pero había dejado parada. La estoy disfrutando. El atractivo literario de Jünger es innegable. Para muestra, un botón: «Tal vez no haya ningún otro lugar en que se perciba mejor que […] en la trinchera la manea en que el espíritu de una época se cae a pedazos, cual un astroso vestido. Hay algo de siniestro en el modo en que se tornan hueros e indiferentes pensamientos que hasta hace poco tomaba uno en serio; es como si, en medio de una enorme escombrera, uno se encontrase con los espíritu de unos conocidos ya fallecidos y mantuviese con ellos una conversación fantasmal».

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Leído en Twitter, y muy cierto: «Hay una parte de la izquierda que no olvida que la OTAN bombardeó Belgrado, pero que es incapaz de recordar las masacres de Markale y Srebrenica, es curiosísimo».

Leído también en Twitter, y también muy cierto: «Hay una cosa que no deja de asombrarme en la izquierda (occidental) que celebra la decadencia y virtual derrota de Occidente: el entusiasmo por la caída en sí, sin más, sin esperar que sea para ir a algo mejor, sin tener en cuenta que, con la caída, tú mismo caes».

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Amin Maalouf: «En un mundo en que impera el hervidero identitario, todos somos forzosamente unos traidores para alguien y, a veces, para todas las partes a la vez. Cualquier minoritario, migrante, cosmopolita, cualquier poseedor de dos nacionalidades es un traidor en potencia».

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Cuenta Jünger en Tempestades de acero que, hacia el final de la guerra, los soldados habían naturalizado esta hasta tal punto que decían «dispara» o «no dispara» al modo como decimos que llueve o no llueve: los disparos eran percibidos ya como un fenómeno atmosférico.

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Me gustaría leer y saber más sobre los motivos del desencuentro de Jünger con el nazismo, a cuyo advenimiento había contribuido indudablemente: todos los nazis, empezando por Hitler, admiraban sus libros, y esa admiración fue garantía de que no le molestaran cuando se convirtió en un disidente. Quisiera confirmar o descartar mi sensación al respecto: lo que Jünger profesaba ante todo era un ideal caballeresco. Uno aparejado a valores muy reaccionarios, pero con respecto al cual era personalmente coherente. Se conducía como un auténtico caballero de ese ideal: abnegado, valiente, honesto, etcétera. Cuando el nazismo advino, y aunque el régimen dijera abanderar esos valores, lo rechazó porque veía en él una defensa hipócrita de los mismos. No el triunfo de los caballeros, sino de la canalla; de quienes creían y decían profesar esos valores, pero los aplicaban taimada, cobarde, inépicamente. En la cosmovisión de Jünger, entiendo, cabía más un judío laureado con la Cruz de Hierro que un alemán cobarde, y el antisemitismo indiscriminado era un pensamiento de villanos, de envidiosos, de delatores, rechazable por eso. El tema me parece interesante de por sí, pero también de cara a nuestra causa antifascista de hoy: oponer, tal vez, a Jünger a la chusma trumpista, voxista, etcétera; al Abascal que huyó de la mili, a los niños rata que expresan su odio en las redes, pero se cagarían por los pantalones en un cara a cara con aquellos a los que acosan. Un antifascismo desde el corazón axiológico del fascismo. ¿Es esto un disparate?

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Por recomendación de Edgar Straehle, empiezo a leer un libro interesantísimo, que encuentro en PDF en Internet: El modernismo reaccionario: tecnología, cultura y política en Weimar y el Tercer Reich, de Jeffrey Herf. Un libro viejo ya, de 1984, pero muy interesante, y que contiene un largo capítulo sobre Jünger. Hoy me divierte leer esto sobre lo que podríamos llamar, parafraseando a Jorge Dioni y salvando distancias espacio-temporales, la Alemania de las piscinas, porque sus correlatos con el sustrato social de la ultraderecha presente son evidentes:

«La base social de la revolución conservadora era la clase media, definida ampliamente. La Mittelstand alemana incluía a los agricultores pequeños y medianos, los artesanos y tenderos, los empleados de la gran industria y el servicio público, y la clase media profesional: abogados, médicos, profesores, empleados públicos de alto nivel e ingenieros. Estos grupos diversos estaban conectados por reacciones comunes al rápido desarrollo del capitalismo industrial en Alemania. Ansiosos y temerosos del gran capital por una parte, y de la clase obrera sindicalizada por la otra, estas personas concebían la nación como una unidad redentora».


Lunes, 14/3/2022. Circula por la Red un clip de Arturo Pérez-Reverte, parte de una entrevista con el youtuber Jordi Wild, que tiene soliviantada a la extrema derecha, porque Reverte se despacha allá, en su tono apocalíptico-cascarrabias habitual, contra la decadencia de Occidente y cuánto se merece la blanda generación de niñatos que es para él la nota contemporánea de esta región del mundo, ser desplazada, derrotada, arrasada, por los bárbaros del día: los inmigrantes africanos. Leyendo a Jünger como estoy, y en general sobre todo aquel mundo nietzscheano y bergsoniano de anhelo y alabanza del Superhombre, el ímpetu vital, etcétera, afianzo una sensación que ya tenía antes: la de que el gran representante contemporáneo de eso en España es el propio Reverte. Su entrevista con Jordi Wild lo expresa a las mil maravillas. Occidente decae y el que «merece salvarse» es ese inmigrante al que reverte llama Bongo, y a quien un élan vital que acá hemos extraviado lleva a atravesar desiertos, cruzar mares, saltar vallas, arriesgar temerariamente su vida. Sucede a Reverte lo que al Sorel que cantaba las alabanzas del proletariado revolucionario solo porque se había decepcionado de la blandura y el afeminamiento de una burguesía que sí había sido heroica en otro tiempo, y lo que buscaba era héroes, fuera donde fuera. Todo eso va típicamente aparejado a un denuesto de la política parlamentaria que también conocemos en Reverte: los parlamentos como sucios e inépicos bazares; el anhelo de una política estetizada. Sabemos a qué parajes siniestros condujo todo eso hace un siglo. Parajes que un Jünger acabó rechazando, pero que no podía decir que no hubiese contribuido a sembrar; y que Reverte, si volvemos a ellos, podrá rechazar también, sin que pueda decir que no son, en parte siquiera pequeña, paternidad suya. Como escribe Jeffrey Herf,

«En virtud de que jamás se unieron al Partido Nazi (Jünger, Freyer, Sombart, Spengler), o se unieron solo por breve tiempo (Heidegger, Schmidt), algunos comentaristas han destacado la brecha entre sus concepciones y las del nacionalsocialismo. Pero las semejanzas superaban a las diferencias. Les gustara o no, Hitler trató de ejecutar la revolución cultural que buscaban. Puede parecer extraña la descripción de Hitler como un revolucionario cultural, pero sus raíces y sus intenciones apuntaban en esa dirección. Hitler compartía con los modernistas reaccionarios una ideología de la voluntad tomada de Nietzsche y Schopenhauer, una visión de la política como un logro estético, una visión darwinista social de la política como lucha, irracionalismo y antisemitismo, y el sentimiento de que Alemania se estaba hundiendo en un estado de degeneración sin esperanza. La política totalitaria de Hitler prometía revertir este proceso atacando a los judíos, la fuente principal de la enfermedad. Su genio residía en parte en su poder para convencer a sus seguidores de que iba a realizar una revolución cultural y romper la tendencia hacia el desencanto del mundo producido por el liberalismo y el marxismo, sin arrojar de nuevo a Alemania a la impotencia industrial. Como los modernistas reaccionarios, despreciaba Hitler el pastoralismo völkisch, y defendía en cambio lo que Goebbels llamaba un “romanticismo de acero”. Pero al revés de los modernistas reaccionarios, Hitler era un actor comprometido con la persecución de las implicaciones de las ideas hasta sus conclusiones lógicas o ilógicas: la guerra y el asesinato masivo».

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Escribía Marx, de cuya muerte se cumplen hoy 139 años, que «en España todos los partidos, con igual obstinación, arrancan del libro de su historia nacional cuantas hojas no han escrito ellos mismos».

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Iván de la Nuez: «Por lo general, quienes dicen estar en el «lado correcto de la historia» lo que están es en el lado correcto de la geografía».

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Clara Ponsatí: «La independencia de Catalunya es tan importante como para valer una vida». ¿Estaría esta señora dispuesta a que esa vida fuera la suya? ¿Por qué me da que no?

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Termino Tempestades de acero. La edición que he leído incluye un breve relato de 1934 de los recuerdos de Jünger de los primeros días de la guerra y su incorporación a filas. Concluye así:

«Cuando llegó el tren comenzaba a oscurecer. Entre cánticos nos sumergimos en la noche. Cuando con luces y ruidos pasábamos rodando junto a las aldeas y las solitarias casas de labor, sin duda los padres que allí estaban a las mesas con sus hijos decían:

—Son soldados. Marchan a la guerra.

Y tal vez los niños preguntaban:

—¿La guerra…? ¿Qué es eso?».

El runrún interior (42)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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