/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Vaya por delante una confesión: tengo una gran debilidad por los volúmenes de la editorial Aguilar. Seguro que ustedes conocen esas colecciones impecablemente encuadernadas, confeccionadas en papel biblia y con letra apretada que aparecieron a finales de los años cuarenta del siglo pasado. La burguesía más adinerada del franquismo los compraba por metros para rellenar sus estanterías (los más cursis a estas las llamaban boiserie, así, en francés), orgullosa de contemplar primorosamente alienados los lomos resplandecientes en las baldas y encantada con la pátina cultural que daban a la casa. Hoy, los que un día fueron objetos de lujo, son habituales de los mercadillos de libros de segunda mano. Cierto es que no es oro todo lo que reluce y que las más de las veces, esas presuntas obras completas estaban muy lejos de serlo, que lo del papel biblia (papel fumadero, lo llamaba Juan Ramón) era así porque con este no se pagaban impuestos y que las traducciones, si no eran mediocres, respondían a una mutilación salvaje de los originales. Se primaba la estética por encima de cualquier otra cosa y, vistos hoy, esos volúmenes que discurrían como una solemne cenefa por las paredes de muchos salones son difíciles de manejar. En cualquier caso, en una época en la que la industria editorial sufrió lo indecible con los efectos devastadores de la censura, obligada a rehacer catálogos por completo y a depurar autores que pasaban por rojos, las colecciones de la editorial Aguilar fueron uno de los primeros intentos por introducir aires nuevos en el escuálido panorama literario de entonces, publicando a autores extranjeros e intentando compilar las obras completas de varios clásicos, con un estilo de edición cuidado y elegante que luego perfeccionarían los franceses para la Pléiade de Gallimard.
Pero no es de la trayectoria y las vicisitudes del sello fundado por Manuel Aguilar de lo que yo les quería hablar, sino de uno de los pilotos de aquel proyecto, el escritor Arturo del Hoyo (1917-2004), lector y corrector de pruebas durante muchos años, más tarde responsable de su política editorial y autor de las primeras ediciones (casi) completas en la España de la posguerra de la obra de varios desterrados por el franquismo como García Lorca, Miguel Hernández, Alberti o Aleixandre. Se pueden imaginar el valor y astucia que hizo falta para sacar adelante en los años cincuenta esas colecciones, más aún si estamos hablando de alguien que fue represaliado tras la guerra y cuyas actividades y opiniones eran estudiadas con lupa por la censura.
Nacido en Madrid y poseedor de una cultura vastísima, Arturo del Hoyo empezó su formación en el Ateneo de la capital, donde pudo escuchar las conferencias de autores como Valle-Inclán, Unamuno o Malraux y políticos de la talla de Azaña, Andreu Nin o Indalecio Prieto. Colaborador en El Sol, periódico muy próximo durante la guerra a los comunistas, el futuro escritor participó en la defensa de Madrid y alcanzó el grado de teniente en el ejército republicano. Tras la contienda, se salvó del fusilamiento por su condición de oficial y porque no se encontraba con su unidad cuando fue detenido. Algo tuvieron que ver también los avales de varios catedráticos que lo conocían de su época de estudiante de Filología Románica. Los años siguientes, tras el obligado paso por los campos de trabajo, fueron de muchos apuros y, para sobrevivir, escribió a destajo reseñas de novelas extranjeras para la revista Ínsula, que le publicó también sus primeros cuentos. Es a finales de los cuarenta cuando empieza a trabajar para Aguilar, labor que va a entrecruzarse con la de la carrera literaria y que, sin duda, le robó mucho tiempo a la creación. A todo ello hay que añadir los trabajos de crítico literario, con sendos estudios sobre Gracián y Miguel Hernández, o de lexicógrafo y traductor, encargándose de realizar algunas de las primeras versiones en español de las novelas de William Faulkner o de coordinar las de varios escritores rusos, poniendo al frente de esos trabajos a eslavistas como Juan Eduardo Zúñiga o Lydia Kúper.
Como narrador, Arturo del Hoyo es uno de los grandes desconocidos del cuento español de posguerra. A la fecha tardía de sus publicaciones, casi todas descatalogadas hoy, se suma el consabido descrédito y desinterés que ha padecido el género breve durante muchos años en nuestro país. Buen amigo de José Corrales Egea, Francisco García Pavón o Vicente Soto, con quienes se reunía en una tertulia en el Café Lisboa que presidía Buero Vallejo y en la que se organizaban pequeños concursos literarios, los relatos de Arturo del Hoyo llegaron cuando los mejores cuentistas de aquella generación (Aldecoa, Sueiro, Martín Gaite, etcétera) estaban a otras cosas. Ya saben ustedes que la novela siempre ha dado más dinero y reconocimiento y que el cuento ha sido considerado muchas veces como un necesario peaje antes de pasar a asuntos mayores. No parece que eso le importara mucho a Arturo del Hoyo, quien siempre se mantuvo fiel al género y a lo largo de los años sesenta y setenta publicó tres colecciones: Primera caza, El pequeñuelo y En la glorieta y otros sitios. Por «Las señas», un texto magistral que debería figurar en cualquier antología del relato español del siglo XX y estudiarse en todos los talleres literarios, recibió el Hucha de Oro, el único premio que obtuvo en toda su vida. A estos títulos les siguieron El lobo, ya en los años ochenta, y una breve recopilación, Tría de cuentos, que apareció en 1993. Ya se lo advierto: no busquen esos libros en las librerías. De no ser por la publicación hace unos años de Cuentos de un tiempo ido a cargo de la editorial Espuela de Plata, que siempre ha tenido buen ojo para rescatar a esos autores secretos que pasan inadvertidos entre tantas novedades, la obra cuentística de Arturo del Hoyo permanecería ignorada y solo sería hoy accesible para un puñado de estudiosos.
Los relatos incluidos en este último volumen, como los de otros miembros de su generación, transitan inevitablemente por la guerra y la situación de extrema necesidad que se vivió en España al final de la contienda. No es de extrañar, dada la condición de vencido de su autor, que marcó por completo su existencia y, por tanto, su literatura. Es por esto por lo que muchos de los personajes de estos cuentos, como los que protagonizan «Nubecilla» o «La aventura», son seres humildes, los desamparados que sobreviven como pueden en medio de una terrible miseria moral y material. No hay ninguna delectación en el reflejo de su suerte, al modo del naturalismo más convencional, sino ternura y compasión y un intenso deseo de retratar su dura realidad, oponiéndose de ese modo a la interesada y tergiversadora propaganda del régimen. Fíjense, por ejemplo, en el relato titulado «Noche con Olga», donde una madre, obligada a prostituirse por las penosas circunstancias de la guerra, se alegra de ver a su pequeño dormido para que este no la contemple en ese estado. Sobre esa anécdota tan frágil y tenue, casi un milagro de concesión expresiva, en donde los diálogos se cargan de sugerencias y significaciones y la aparente intrascendencia de la escena es eso, solo apariencia, Arturo del Hoyo consigue un verdadero cuento, aquello que uno de los maestros del género, Horacio Quiroga, llamaba «una novela sin ripios». En otras ocasiones los relatos escapan del mundo urbano y se refugian en lo rural, como en «El lobo» o «Tarde de verano», pero igualmente se aprecia ese interés por insinuar, a partir de sucesos cotidianos y personajes de un mundo provinciano y popular, temas universales como la iniciación a la vida, el amor, la ternura, el humor y también la crueldad o la violencia. Es sabido, además, que el cuento es un género exigente, tarea de perfeccionistas y maniáticos obsesionados con depurar y estilizar el lenguaje al máximo hasta alcanzar un afianzamiento de la capacidad de sugerencia y evocación. A este respecto, no conozco muchos cuentistas que tengan, como Arturo del Hoyo, tal destreza para revelar con la palabra precisa y el tono adecuado los misterios de la existencia humana.
Hay un cuento que destaca, no obstante, por encima de todo el conjunto. Se trata de «El amigo de mi hermano», texto que podría haber firmado cualquiera de los autores del boom que llegaron en los sesenta. Con una anécdota muy simple, apoyada en toda clase de equívocos y que desemboca en una sorpresa final que no les voy a revelar, este relato de Arturo del Hoyo sobresale por el eficaz uso que hace el autor del humor y del sarcasmo y por su particular manera de representar el clima de horror que caracterizó al franquismo. Fíjense, por ejemplo, en este recuerdo sobre la vigilancia y el control al que se sometía a los ciudadanos:
«He de señalar que en ese preciso momento, a mi juicio, se estaba produciendo un acto trascendental en la vida de Madrid, en el Madrid de la posguerra: la vigilancia pública y benéfica de los pasos de peatones. Hasta entonces los madrileños estuvimos especialmente vigilados por el Ejército de Ocupación, por la Brigada Político-Social, por la Policía Armada, pues armada estaba hasta los dientes, es decir, con máuseres y pistolones del nueve largo; por los serenos de las calles, por los porteros de los inmuebles, por el jefe de Falange y la delegada de la parroquia que tenía cada casa, y vaya a usted a saber por quién más, por qué vecino o vecina, pues había espontáneos que también te vigilaban. Hasta la cartilla de racionamiento, incluso la tarjeta del tabaco eran instrumentos sutiles de control policíaco, ya que no podían obtenerse sin empadronamiento. Madrid había sido ocupado y el Ejército de Ocupación no descuidaba ningún aspecto de la vida de la ciudad».
¿Qué les parece? Todo un tratado de historia sobre lo que son las dictaduras en apenas unas líneas y con esa fina ironía asomando en cada palabra, haciendo del humor un modo de resistencia frente a la injusticia y la miseria.
Arturo del Hoyo murió en Madrid en 2004. Fue uno de esos tantos autores clandestinos que no han encontrado todavía el lugar que les corresponde. Ahora ya saben quién es y cada vez que vean uno de esos impolutos volúmenes de las ediciones Aguilar podrán recordar a una de las personas que estuvieron detrás del proyecto. Si, además, tienen la suerte de encontrarse, como me pasó a mí, con uno de sus libros de cuentos, no dejen pasar la oportunidad. Leerlos, no solo contribuye a reparar un injusto olvido, sino al descubrimiento de un autor imprescindible.
Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

