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La mirada humanista de Joan Sales

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Hay libros que son como una plegaria, capaces de albergar una tremenda verdad que nos sobrecoge y conforta a la vez. Si consiguen conmovernos, es porque en su escritura late una grandeza humana y poética que no tiene tanto que ver con la comunicación explícita de una fe y unos valores generales como con el testimonio y la voluntad de mostrar una particular concepción del mundo. De ese modo, uno va pasando las páginas y siente que el discurso, las cosas, los personajes, los escenarios y todo lo que se narra fluye como un río turbulento, inquieto e irrefrenable, que lo arrastra y transporta muy lejos. Nadie sale indemne de una cosa así. Cuando se termina la lectura, ya nada vuelve a ser como antes. Algo ha cambiado, quizá para siempre. Lo que ha conseguido ese discurrir tan tenue como vigoroso y el modo en que se ha descrito fielmente una parcela de la realidad, hasta entonces apenas intuida, es una epifanía. Aquel estremecimiento del que hablaba Nabokov cuando se refería en su Curso de literatura europea a las lecturas que dejan huella nos persigue durante días al recordar tal o cual pasaje. Experimentamos la necesidad de regresar a lo ya leído, de volver a ponernos en los zapatos de otro y sentir el tiempo suspendido, deseando que se repita el milagro de la primera vez.

Son muchas las obras que cada lector puede identificar dentro de esta geografía íntima y desde las que le sería posible trazar el itinerario de una memoria feliz. Entre los títulos a los que se vuelve porque han hecho nido en nosotros y cuyas palabras siguen brillando, enhebradas con las voces de tantas y tantas otras, yo tengo Incierta gloria, la novela del barcelonés Joan Sales. No sé cuál será la experiencia de otros, pero yo tardé mucho en reponerme de su lectura, que casi se convirtió en una obsesión. Tampoco sé si esta novela que cuenta como pocas lo que fue la guerra civil está a la altura de obras como Días de llamas, de Juan Iturralde, o de los extraordinarios cuentos de Juan Eduardo Zúñiga a la hora de reflejar el rostro terrible de la violencia y la crueldad. Los ángulos y alcances de esos debates, con todas las limitaciones y perspectivas que caben dentro de cualquier historia literaria, me dan bastante igual. Y seguro que a ustedes también. Al fin y al cabo, ya saben que la historiografía, por más esfuerzos que haga en favor de compilar nombres y obras, tiene sus carencias y está destinada a generar «grandes olvidados», siendo Joan Sales uno de entre tantos. Me intriga, eso sí, que una novela (de la que hay hasta una versión cinematográfica, aunque sea bastante prescindible) y su autor, que durante décadas estuvo completamente desaparecido de los manuales o fue simplemente reivindicado como editor, hayan sido ahora objeto de recuperación y de culto por parte de ciertos sectores del independentismo catalán. Puede que a ello ayude un poco el hecho de que el artífice de Incierta gloria se acabara convirtiendo en sus últimos años en una especie de gurú para el nacionalismo o que, según dice Miguel-Anxo Murado, cualquier historia nacional no sea más que una fe que también requiere sus reliquias. En cualquier caso, esa inesperada recuperación da una pista de lo precaria y volátil que puede ser la posición de todo escritor y de que la memoria, ante todo, es una construcción.

Joan Sales nació en Barcelona en 1912 y creció en un ambiente católico, un aspecto que marcaría profundamente su obra posterior. Ese entorno cristiano no le impidió abrazar el socialismo e incluso participar en la fundación en 1928 del Partido Comunista Catalán, que abandonaría poco después, incapaz de plegarse a su disciplina, y descontento por la pérdida del rumbo nacionalista que tenía en su origen. Durante la guerra, que hizo en la columna Durruti, alcanzó el grado de capitán y, tras la derrota republicana, pasó, como tantos otros, por el infierno de los campos de concentración franceses. A diferencia de sus hermanos pequeños, que fueron denunciados por no haberse querido incorporar al frente y murieron encarcelados, Joan Sales salvó la vida y en 1940 pudo huir a México. Allí trabó amistad con Pere Calders, Josep Carner, Bartomeu Costa Amic y otros representantes de lo que quedaba de la intelectualidad catalana. Junto a ellos, puso en marcha una de las revistas fundamentales del exilio republicano, Quaderns de LExili. Fue en esos años cuando adquirió la formación y experiencia para convertirse en uno de los grandes editores que ha habido en este país, labor que empezó en 1948 cuando regresó a Barcelona. El régimen acababa de publicar un decreto que permitía el regreso a los exiliados tras examinar su currículo político. Uno sabía a lo que se exponía, la pena que le podía caer, los trabajos que estaban vetados, etcétera. Al menos era un poco más claro que en el treinta y nueve, cuando muchos, creyendo la promesa de que no habría represalias si regresaban a España, se encontraron en la cárcel o frente al pelotón de fusilamiento. 

Pueden imaginarse el panorama de finales de los años cuarenta en el campo de la edición en catalán. Salvo contadas excepciones, relegadas al folklorismo o a los asuntos religiosos, un erial. Joan Sales empezó su labor de zapa contra la censura en Ariel, donde logró publicar una edición infantil del Tirant lo Blanc y los poemas de Màrius Torres, y poco tiempo después fundaría Club Editor, al que dedicó toda su vida y que concibió desde sus convicciones nacionalistas como un medio para afirmar y desarrollar la identidad y la cultura de Cataluña. Ahí, junto a versiones un tanto cuestionables de Kazantzakis o Dostoyevski, vieron la luz dos de las obras más extraordinarias de la literatura catalana del siglo XX: La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda y Bearn de Llorenç Villalonga. Sales, por cierto, es el responsable del título de la novela de Rodoreda. Esta la había presentado al premio Sant Jordi como Colometa. Josep Pla, que presidía el jurado, comentó con sorna que el nombre era más apropiado para una sardana que para una obra de ficción e inmediatamente la descartó. Sales, sin embargo, pudo leer el manuscrito y escribió a su autora para decirle que quería publicar su libro y que este era «esa cosa tan simple y tan rara: una obra maestra». Como ven, olfato no le faltaba. No se pierdan las cartas entre ambos y que se prolongan hasta la muerte de Sales en 1983. Además de dar una medida de su talento e inquietudes, ofrecen un ajustado retrato de la situación social y política en Cataluña que, leído hoy, permite comprobar que las cosas han cambiado muy poco y que los problemas de hace décadas continúan donde estaban. Así nos va.

Joan Sales publicó la primera versión de su Incierta gloria en Club Editor. Era el año 1956. La censura, como era de esperar, hizo de las suyas y la obra, gracias al nihil obstat del obispo de Barcelona, vio la luz con abundantes recortes que no serían reparados hasta 1971, cuando se publicó la versión definitiva con una segunda parte, titulada El viento de la noche, que está bastante lejos de la maestría y la fuerza de la primera. Se trata de una novela de maduración lenta que Sales empezó en 1948, cuando tenía treinta y seis años y estaba recién llegado a España, y que tiene por título un verso extraído de Los dos hidalgos de Verona de Shakespeare: «The uncertain glory of an april day», en lo que es una alusión llena de desencanto a la proclamación de la Segunda República. Dividida en tres partes, Incierta gloria es una novela o, más bien, un conjunto de novelas que describe las vidas de tres personajes, Luis, Cruells y Solerás, fascinados por la misma mujer. Más allá de la trama de deseos, traiciones y desengaños, egoísmos y mezquindades que cabe esperar en cualquier historia de amor, lo tremendo de esta novela es su impresionante retrato de la situación bélica en el frente del bajo Aragón, que Sales conocía muy bien, y de las penurias que se pasaban en la retaguardia, con una Barcelona sacudida por los bombardeos y atenazada por el miedo, el hambre y la locura. Ambos paisajes surgen de las cartas y confesiones que los personajes van haciendo y cruzan entre sí. Relatos que adoptan un ritmo casi pendular y fluyen suavemente, como quien cuenta a media voz un relato cuyas heridas y extrema desolación, de ser narradas en voz alta, serían insoportables. 

La monstruosidad y el absurdo de la guerra ha sido uno de los temas principales de la literatura casi desde sus orígenes. Ustedes se acordarán de Homero, de Stendhal, de Jünger, de Tolstói, Céline y Stephen Crane. También, claro, de nuestro Sender, de Aub y de Barea. Joan Sales se sitúa en esa tradición, pero se desmarca de cualquier voluntad por reflejar la guerra de una forma épica y lo que aparece en su novela es un cuadro general caracterizado por la ausencia de orden o racionalidad y en el que no hay mucho espacio para rendir homenaje a virtudes como el valor o la solidaridad. Así, las batallas y enfrentamientos nos muestran un todo caótico y desquiciado en la que los soldados corren confundidos de un lado a otro sin saber muy bien por qué y, entre el barro de las trincheras, el ensordecedor estallido de las bombas y las columnas de humo que se elevan, no atienden a otra cosa que no sea su propia supervivencia. Algunas escenas son impresionantes, te dejan sin aliento, como esa en la que un alférez enemigo abandona la trinchera y se rinde con los brazos en cruz ante los republicanos, buscando un abrazo fraterno que no es más que una vulgar treta para que sus propias tropas carguen. Otras hacen daño y recuerdan a los Desastres que pintó Goya, como aquella en la que se describen los cuerpos «acribillados a balas y quedaban colgados de los espinos, donde se secaban al sol y al lento helado de la estepa aragonesa».

De esa horripilante cotidianidad emergen, como no podía ser de otro modo, los interrogantes sobre el fin de la existencia y el sentido de las causas por las que los hombres luchan y se matan entre sí. Hay mucho desencanto en esos pasajes, como si su autor hiciera suyas aquellas palabras que se oían en el Doctor Zhivago que llevó al cine David Lean y que definían cuál era el mayor deseo de un soldado en una guerra: volver a casa. Sales había ingresado en el ejército movido por el fervor nacionalista y el rechazo al fascismo, pero la deriva del conflicto y su indescifrable caos lo convirtieron en un observador desapasionado, alérgico a las peroratas ideológicas que justificaban las razones de uno u otro bando. En esas circunstancias, cabría esperar una novela atravesada por el resentimiento o el escepticismo y, sin embargo, no hay nada de eso. Para él, vista la intensidad del horror que había tanto en el frente como en la retaguardia, solo era importante la compasión, la piedad para todos los que estaban metidos en esa vorágine de violencia y crueldad, y extraer una verdad que rehabilitase, entre tanta locura y violencia, la dignidad humana. Así, con un ojo puesto en Dostoyevski y otro en Camus, las mejores páginas de Incierta gloria sugieren una mirada piadosa y solidaria para todos los contendientes y ofrecen, además, una evocación cargada de nostalgia por la juventud perdida y tantas existencias naufragadas y en la que se escucha, pese a todo, una llamada a la esperanza y al coraje para devolver a la vida su plenitud de sentimiento y sobrevivir a tanto abandono.

El potente y humanista mensaje de Sales fue olvidado durante mucho tiempo. Como les decía más arriba, Incierta gloria, a pesar de algunos premios y de la excelente acogida que tuvieron sus traducciones extranjeras, ha sido una de las grandes novelas desconocidas sobre nuestra guerra. No obstante, el reconocimiento que ha tenido en los últimos años invita a descubrir una obra extraordinaria e irrepetible que, entre visiones alucinadas, aullidos y tantos y tantos rostros sepultados y borrados por la historia, contiene un vigoroso canto a la fraternidad, el progreso, la libertad y la justicia. Quién sabe si volver a ella o leerla por primera vez no es un modo de reparar el olvido y restañar algunas heridas que, pese a quien le pese, siguen ahí. Lo dijo mejor que nadie el poeta Carlos Piera: «Superar exige asumir, no pasar página o echar al olvido. […]  Es hacer nuestra la existencia de un vacío». Incierta gloria cumple con creces ese mandato moral.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

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