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Lo que a Pedro de Silva le queda a la espalda

Primero como activista antifranquista; después como diputado socialista en el Congreso, centrado sobre todo en las políticas industriales (1979-1982); finalmente como presidente del Gobierno de Asturias (1983-1991), Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos (1945- ) fue un figura clave en la construcción y desarrollo del proceso autonómico asturiano, la transición económica y la propia gobernanza del Principado. Paralela y complementariamente, antes y más tarde, también fue conformando un ingente corpus intelectual, constituido por una cuarentena de títulos poéticos, narrativos, teatrales y ensayísticos, que junto a miles de otros escritos y artículos sobre política, sociedad, literatura y la vida, da cuenta de la talla de un librepensador imprescindible. Ediciones Trea publica ahora sus singulares memorias: Lo que queda a la espalda, un grueso volumen consistente en un largo diálogo con el periodista y escritor César Iglesias: el relato de una trayectoria vital y, también, de una actitud moral, brújula orientadora de sus ochenta años cumplidos. Es, además, la crónica —y, por tanto, necesaria memoria— de un tiempo y sus generaciones especialmente relevante en la historia de Asturias y de España.

Ofrecemos seguidamente dos textos sobre la obra, adaptados a prtir de los leídos durante su presentación en Gijón y Oviedo; el primero, de Juan Carlos Gea; y el segundo, del coautor César Iglesias.


Lo que queda a la espalda
Pedro de Silva y César Iglesias
Trea, 2025
998 páginas
35 €

Silva de varia lección

/ por Juan Carlos Gea /

Cualquier día es bueno para ponerse a hacer memoria, pero, como para todo, hay días más propicios que otros. Hoy, como sin duda saben, es uno de esos días. Uno, además, excepcionalmente propicio. Sea por iniciativa propia, sea por inducción del medio, todos llevamos ya unas semanas en ello; de tal manera que, con independencia del modo en que estén acusando esta especie de tormenta solar de memoria individual y colectiva bajo la que nos hallamos, estoy seguro de que cualquiera de ustedes, si es que hace medio siglo exacto estaba en este país y gozaba ya de lo que el derecho canónico llamaba «uso de razón», ha acabado por hacer memoria estos días en algún momento; como estoy seguro de que cualquiera de ustedes podría contar buena parte de lo que hizo aquel otro jueves de hace cincuenta años, incluyendo muchos de esos detalles banales que de otro modo habrían olvidado al día siguiente. La memoria sabe agarrarse por su cuenta a lo más nimio y convertirlo en memorable sin que lo advirtamos; pero también, al revés, lo más insignificante puede parecernos digno de memoria y cobrar un sentido que no tenía si sucede en determinada fecha, bajo la emanación de algún espíritu misterioso; por ejemplo el de la historia. Y algo de todo eso es lo que debe de estar sucediendo en nuestras cabezas estos días.

Por una de esas coincidencias que invitan a pensar que las coincidencias en realidad no existen, es hoy precisamente, en este día que nos coge en tan favorable disposición a hacer memoria, cuando se presenta públicamente este libro que, entre otras muchas cosas, es un intenso y extenso ejercicio de memoria: individual y colectiva; pero también una muestra de cómo pueden entrelazarse de manera indistinguible a lo largo de una vida lo privado y lo público, lo personal y lo histórico en un tiempo donde el hecho del que hoy se cumple justo medio siglo ocupa además un lugar capital. Me gusta pensar que, como en las antiguas cartas astrológicas que se trazaban al nacer alguna criatura, este alineamiento de las fechas pone la venida al mundo de este libro bajo el signo de la Memoria. Lo cual supongo que se puede tomar por un augurio propicio; o al menos, uno muy oportuno.

De lo que es este libro quizá hayan tenido ya o van a tener en unos momentos, cuando esté en sus manos, una idea bastante exacta gracias a la precisa sinopsis de su contraportada, por lo que yo no abundaré demasiado en lo que ahí se dice. Es exactamente todo lo que ahí se resume y todo lo que uno puede esperar de un libro como este. El subtítulo no engaña: esto son unas memorias; unas memorias dialogadas, en concreto. Pero, como bien pueden suponer, tratándose de Pedro de Silva la sinopsis y el subtítulo solo pueden llegar a cubrir algunas de las muchas facetas del personaje y algunas de las capas de espesor que caben en este millar de páginas. Y en Pedro, por supuesto. Mi único propósito esta tarde es intentar taladrar algunas de esas capas, no por gusto de complicarme la vida o de complicársela a ustedes, sino para intentar hacer ver por qué creo que este es un libro extraordinario.

Me lo parece en la acepción más literal del adjetivo —la que aplicamos a aquello que se sale de la norma— y aún más me lo parece en la acepción valorativa, puesto que se trata de una obra extraordinaria por su excelencia desde los criterios que deberían interesar a cualquier lector: el puro disfrute de la lectura, la calidad literaria, el interés y la relevancia de lo que que se lee y su capacidad para interpelarnos; lo cual no va a ser difícil puesto que lo que queda a la espalda de Pedro de Silva es, en buena parte, también lo que queda a nuestras espaldas.

Mi única autoridad para decir todo esto es la de un simple lector. No hay otra credencial con la que pueda responder al honor que Pedro y Julio me han hecho al invitarme acompañarles en la presentación de esta colosal logomaquia suya. Quiero suponer que es eso lo que ellos esperaban. Al fin y al cabo, es nuestra condición de lectores mutuos la que más nos une porque los tres hemos compartido mucho más tiempo leyéndonos que en el trato personal y, aun así, eso ha debido de ser bastante para el afecto y la confianza que me han demostrado con este gesto de una consideración personal que es mutua, y que les agradezco de corazón. Como también saben, y creo que deberían saber ustedes, que ese afecto no ha contaminado mi lectura ni el parecer con el que he salido de estas horas junto a ellos, como oidor y testigo de su conversación. En cualquier caso, a ese derecho de lector me acojo, si mi lectura se saliese de madre o se extraviase. Ellos sabrán respetarlo, y todos disculparme, si abuso de él.


Así pues, ¿dónde está a mi juicio de lector lo extraordinario de este libro? En primer lugar, es obvio, en el género que declara en su subtítulo; o mejor dicho el subgénero: «memorias dialogadas»; una modalidad de la literatura autobiográfica que tiene por supuesto ilustres antecedentes, pero no es un formato frecuente, y menos en nuestra tradición, donde lo habitual es el relato en primera persona, sin más invitados.

Supongo que las razones para llegar a un acuerdo de ese tipo pueden ser muy diversas por las dos partes; de las que han propiciado en concreto la elección en este caso nos pone al corriente César Iglesias (al que en adelante llamaré Julio, como siempre le he llamado) en los «Apuntes de campo a través» que preceden a la conversación; un texto que yo no veo como un simple prólogo más o menos justificativo, sino que forma una parte más del conjunto orgánico del libro y a la vez guarda su autonomía y su pleno sentido como texto exento. En realidad, se puede y se debe leer también como una suerte de ensayo muy personal en el que se traza una primera semblanza de la persona con que se va a conversar, se reconstruye la gestación y el desarrollo del proyecto y se revelan las reglas que lo han gobernado: en esencia, ninguna, salvo la plena disponibilidad del entrevistado y el expreso compromiso de veracidad entre las partes. Algo que, en los tiempos que corren, no está de más hacer explícito.

Julio lo describe ese acuerdo como una «confluencia de intereses». ¿Cuáles son esos intereses que confluyen? De una parte, está el suyo propio, que va mucho más allá de un afán puramente periodístico o biográfico, con las distancias, discreciones y limitaciones que hubiese comportado para él adoptar ese rol. Es verdad que es un buen periodista el que marca los tiempos y conduce (casi siempre) la conversación, y eso queda claro en el rigor y la exhaustividad de la documentación previa, la capacidad incisiva y el sentido del interés público, digámoslo así, de lo que se quiere obtener del entrevistado. Pero también queda claro que hay un interés que le va a hacer estar de cuerpo entero en las páginas que siguen: no es un periodista ni tampoco un biógrafo de viva voz, sino el propio Julio, en persona y como miembro de una generación, que busca, a través de la memoria de Pedro de Silva, un relato y un engarce entre la generación que protagonizó el tránsito del tardofranquismo a la democracia, con su herencia recibida y su propio legado, y la generación o las generaciones que hemos venido después. Su propósito es —cito— «dejar por escrito acontecimientos, anécdotas y reflexiones del ciudadano, político e intelectual Pedro de Silva, así como aportar el perfil de otros personajes y el relato de sucesos».


Eso, por lo que respecta a los intereses de Julio. ¿Y Pedro de Silva? ¿Cuáles son los intereses que le han llevado a esa «confluencia»? De entrada, esa misma pretensión que se planteaba Julio: dejar registro escrito de su propia memoria vital y, con ella, de su tiempo; un empeño que, según se cuenta en estos Apuntes, ya le había llevado, me parece que con un excelente buen criterio, a iniciar la redacción de unas memorias cuando Julio apareció con su propuesta. Como era de esperar tratándose de quien se trata, el enfoque del proyecto era ya singular: su idea no era hacer autobiografía desde la esperable primera persona sino mediante el recurso a la tercera; y no hablo del uso gramatical de la tercera persona para referirse a sí mismo, sino literalmente a la creación de un alter ego. El protagonista de la narración autobiográfica que Pedro de Silva estaba pergeñando no iba a ser él mismo, sino un personaje distinto a Pedro de Silva.

Supongo que en ese recurso tan heterodoxo tendría mucho que ver su querencia irresistible de narrador al que le gusta poner a prueba, descoser y recoser a conveniencia las costuras de los géneros, que tan mal se adaptan a su forma de ser, pensar y escribir, y también a la escurridiza naturaleza de la memoria. Y además sospecho que mediante ese personaje interpuesto podría estar buscándose algún tipo de distanciamiento que sirviese para meter en cintura a una subjetividad que puede desmandarse cuando se pone a hacer memoria. Pero también se me ocurre que podría haber en ello una astucia literaria para desactivar mediante una irónica pirueta la gran paradoja del género memorialístico y confesional: esa presunción de falsedad —así podríamos llamarla— que se nos dispara cuando alguien nos anuncia que va a decir la verdad, y más si es la verdad sobre sí mismo. No deja de ser llamativo que un personaje de ficción nos pueda merecer tanto crédito como para confundirlo a veces con su autor, pero que descreamos casi por sistema de quien decide presentarse como el protagonista verdadero del relato, también verdadero, de su propia vida. Así que Pedro pudo pensar que quizá fuésemos más empáticos con un personaje ficticio que con él mismo, qué se yo.

Pero todo esto son especulaciones mías. Dejémoslo en que, en determinado momento y ya con esas peculiares memorias en el horno, Julio César propone a Pedro este proyecto; y en que (yo creo que para sorpresa y hasta acogote del proponente), Pedro acepta el envite. Como no conocemos sus razones para ello, se me ocurre que al menos hipotéticamente podríamos tirar de esas que les apuntaba, y postular que quizá consideró que la presencia el proceso de un interlocutor enteramente real, y tan riguroso como Julio, valía para cumplir los mismos propósitos de distanciamiento y credibilidad que tal vez estaba buscando al interponer un alter ego. El resultado es que aquí se recuerda y se habla a dos voces; un pacto entre lo biográfico y lo autobiográfico en el que la autoría está repartida, de modo que el que podría haber sido biógrafo prefiere capturar viva a su presa, aunque sea más difícil atraparla, y el que podía haber sido narrador soberano de su vida y tiempos renuncia a una parte de sus prerrogativas para ponerse en manos de quien se interesa por ellas.

Eso, por una parte, evita esa sensación de distancia que a menudo provocan las biografías, que siempre nos entregan a su protagonista un poco cosificado, como un fósil en el interior de un tiempo ya consumado, y que también de algún modo (salvo a posteriori y en sede judicial) también lo dejan inerme, a merced de la buena o mala voluntad del biógrafo, que puede acabar en hagiografía o en libelo. Por no hablar de las biografías mercenarias, cortadas a medida de su comitente para ajustar cuentas, justificarse ex post facto o buscar un retrato favorable a la luz de los hechos que mejor convengan. Incluso cuando se trata de hechos reales. Y también evita el riesgo de autocomplacencia u omisión que en las autobiografías nos hace echar de menos algún tope o guía que pudiera haber dirigido a quien recuerda hacia asuntos que nos interesan, y quizá a él no, o que directamente obvia.

En este último cometido, Julio ha sido exhaustivo, casi diría que implacable para que nada pueda quedarse en el tintero; basta repasar el índice de la obra, que es casi en sí mismo una pequeña obra literaria. Como también ha sabido dejar cuerda y dar aire a su interlocutor en este intercambio que se ha prolongado durante dos años con las discontinuidades que impone la propia vida, en un toma y daca donde se tira la caña y se da caña también por las dos partes cuando corresponde. Eso hace que el texto, valga la redundancia, tenga textura, tenga vida: permita percibir los cambios de velocidad y de registro según el diálogo se haya desarrollado vis a vis o por escrito; acelera o se remansa según lo va pidiendo el asunto o el humor del día, dejando lugar a las digresiones y permitiendo que de vez en cuando el paso se detenga para contemplar un panorama, recoger algo del suelo o abrir una cata a ver qué se encuentra. Y siempre se encuentra algo.

Pero creo que hay, además, un tercer elemento que da toda su consistencia a la alianza, a la «confluencia de intereses» entre Pedro y Julio; un elemento implícito, y si cabe más profundo: a saber, la determinación de ambos confabulados para emprender un mismo acto de rebeldía: hacer memoria siempre lo es; en primera instancia, contra los poderes del tiempo y del olvido, que siempre llevan las de ganar; pero sobre todo en estos tiempos, como forma de resistencia contra quienes pretenden utilizar el olvido, cualquier olvido, como un arma ideológica de destrucción masiva cuyo primer objetivo es la verdad y sus registros más fiables. Cualquiera que hoy se plantee hacer cara a eso tiene ya mucho de partisano e insurrecto. Y ahí lo dejo.

Con todo, y siendo todo esto extraordinario, lo más extraordinario de Lo que queda a la espalda está en lo que contiene y en cómo se nos transmite. Me parece que queda claro por todo lo dicho que este no es, por supuesto un libro de Pedro de Silva, sino un libro de Pedro de Silva, César Iglesias y ese tercer autor fantasmal e impredecible que, por pura dialéctica, aparece en cualquier diálogo cuando de verdad merece ese nombre. Pero es que además, dialogadas o no, creo que estas páginas no son las memorias de Pedro de Silva: son más bien Pedro de Silva en el acto de hacer memoria, ejerciendo de sí mismo bajo la exposición a los reactivos de la memoria: es Pedro narrando, reconstruyendo, interpretando y reflexionando en vivo sobre la falsilla narrativa de su vida y con Julio como cooficiante. Es decir: este libro viene a ser una summa actualizada y en vivo de lo que es y lo que piensa hoy Pedro de Silva a partir de lo que ya se ha sido, se ha hecho, se ha escrito y se ha pensado. Y subrayo lo de «hoy» y lo de «en vivo». 

Porque nada en estas páginas suena a balance o a inventario de liquidación por cierre; no es el punto de vista de tantos memorialistas que hablan desde un tiempo que parece ya cancelado para ellos, y mucho menos el punto de vista, por ejemplo, de un Chateaubriand que escribe sus maravillosas Memorias de ultratumba situándose ya más allá, al otro lado del sepulcro que anhelaba en su islote de Saint-Malo; el de Pedro al hacer recuento es el punto de vista actual de este vigoroso octogenario que dice envejecer mal simplemente porque se resiste a las capitulaciones de la vejez, porque sigue queriendo ser –como él mismo lo describe– una garrapata bien aferrada al galope de los tiempos, con la disposición de cambiar de montura en marcha, la cabeza llena de proyectos y una firme voluntad de seguir exprimiendo su tiempo, de seguir jugando con las cosas. En ese sentido, creo que deberíamos interpretar ese «lo que queda a la espalda» del título no como «lo que se ha dejado a la espalda», sino como aquello con lo que todavía se está cargando en ella, y cuyo peso parece seguir incitando a hacer algo con todo ello, más allá de un inventario. 

Pero, es más, este libro no es solo, como he dicho, Pedro de Silva, sino un libro desde y en torno a Pedro de Silva: un torbellino de materiales personales, históricos, intelectuales de los que, azuzado y auxiliado por Julio, él viene a ser el invocador, el centro y la energía que los mantiene en movimiento y que actualiza su sentido, que no otra cosa es o debería ser la memoria. El radio de influencia, la abundancia y la densidad de lo que gira en ese remolino en torno a Pedro, y por tanto el interés que puede suscitarnos, tiene que ver con la potente carga histórica de muchos de esos materiales; pero eso es solo una parte de lo que gira, que excede con mucho el interés o el atractivo del documento histórico de primera mano.

Eso podría ser interesante en sí mismo, pero un documento histórico, por muy testimonial y autobiográfico que sea, corre siempre el riesgo de dejarse caer también en la sequedad, el tedio o el ensimismamiento de los archivos. Y puedo asegurarles que ninguno de esos tres aguafiestas me ha arruinado el placer de una lectura que he disfrutado casi como una variante a cuatro manos de ese género conocido como «novela de formación», en el que, como saben, se relatan los orígenes, los aprendizajes, los conflictos, los cambios y los progresos de un personaje desde su niñez hasta su madurez; con la particularidad de que esta vez los hechos son verdaderos y que, en muchos casos, forman también parte de nuestra propia novela de aprendizaje. En otros momentos, he disfrutado de este libro, y creo que así pueden disfrutarlo otros, como de las novelas que personalmente prefiero, las de Pynchon, Perec, Proust, Mann o el mismo Quijote: no ya novelas-río, sino novelas-avalancha, historias llenas de historias donde siempre hay tiempo para un relato añadido, una digresión reflexiva, un diálogo lateral o un discurso fuera de programa que añaden sustancia y variedad (y mucha vida) a la trama, porque así fluyen la vida y la memoria.


Pero también lo he disfrutado de este libro como una especie de enciclopedia biográfica y personal del mundo según Pedro de Silva. Es posible que, si son más o menos de mi quinta (la del 64) o un poco por encima de ella, recuerden de sus tiempos de bachillerato la referencia en los manuales de Literatura a un erudito renacentista —otro Pedro, Pedro Mexía— que escribió una suerte de bestseller del humanismo titulado Silva de varia lección. Como a uno también le gusta jugar, y más con las palabras, recordé al principio de mi lectura el título de esa obra, que venía a ser una miscelánea en tono divulgativo de muy diversos saberes del momento, tan enciclopédica como desordenada: de ahí la feliz ocurrencia de aquel otro Pedro de titular su compendio como «silva», haciendo referencia etimológica al carácter selvático, desordenado y abigarrado de su miscelánea. Naturalmente no es el caso, porque en este libro, y ya está ahí Julio como ingeniero de montes y caminos para que así sea, la cronología biográfica abre un sendero central en mitad de cualquier posible selva; pero también es verdad que, al compás de la conversación y al paso de los paseantes, ese sendero se va tomando, como ya he dicho, todo el tiempo que necesita para demorarse en desvíos, ramificaciones, caleyas y miradores, y que la variedad de los asuntos de los que se va hablando llega a ser boscosa; un símil que, como saben, conviene como pocos a las querencias y simbolismos de Pedro de Silva.

En esta caminata por el bosque hay ocasión para encontrarse de todo y, como decía aquel alcahuete del musical Golfus de Roma, «para todos habrá»: se habla de política, por supuesto, en cualquier dimensión posible, teórica, práctica, civil, partidista o institucional. Se habla de amistad, de familia, de amor, sexo y erotismo. De Dios, de dioses y de diosas; de montañas y bosques, de la mar de Gijón y el viento sur. De deporte, de literatura, de arte, de periodismo. Se habla de historia, de economía, de filosofía; de magos y de magia, del más acá y del más allá. Se habla de ciencia y de enigmas. De palabras y de obras. Se habla de este tiempo, de la víspera de este tiempo, del pasado remoto de este tiempo y de las postrimerías, de este tiempo y de cualquier otro. Se habla, y mucho, de este suelo, de Asturias, en todos sus tiempos. Se habla, y mucho, de otras personas: reyes, presidentes de Gobierno, legisladores, estadistas, sindicalistas y capitanes de industria, jesuitas y druidas, escritores, pintores, maestros, heterodoxos y ortodoxos, antepasados y contemporáneos (y por supuesto, mucho, de Jovellanos, Clarín y Juan Cueto) en una fascinante galería de semblanzas que por sí misma ya vale por todo un libro.

Pero no esperen sangre: el bisturí, bien afilado como siempre, se usa para diseccionar o para tallar miniaturas, no para asestar cuchilladas, ajustar cuentas o trocear al prójimo. Aquí se habla de otros con admiración, respeto, afecto, distancia, humor o ironía, pero siempre con una ecuanimidad y un conocimiento de causa que sorprende en estos tiempos de dogma, secta y saña; y también con la precisión de un científico, la viveza de un novelista de ojo atento (una de las palabras que más se repite en estas páginas es «atención») y con la sensibilidad para el detalle del pintor o del poeta.

Si les ha aturdido un poco la enumeración, era la idea. Tómense todo esto que he dicho como una especie de tráiler que, les puedo asegurar, no se verá defraudado como tantas veces nos sucede en el cine. Y baste también para justificar esa ocurrencia mía de la «Silva de varia lección», en la que lo de «lección», por cierto, hay que interpretarlo en su acepción también etimológica de «lectura», más que en la de enseñanza o adoctrinamiento, puesto que, como Pedro y Julio advierten, no hay pretensión alguna de sermón ni moralismo en este libro, en el que a menudo el entrevistado advierte «no nos pongamos estupendos», «enfriemos la chapa» o «evitemos el mal de altura». O invoca las enseñanzas del Don Juan de Carlos Castaneda, aquel chamán yaqui que se convirtió en gurú generacional, y que recomendaba «deshacerse de la importancia» si se quiere ver algo que vaya más allá de lo superficial y de las propias narices.

Aunque también debo decir que, a pesar de esa prudencia, de esta silva contemporánea se derivan inevitablemente muchas y muy sustanciosas enseñanzas. Les dejo a ustedes, futuros lectores, descubrir o elegir cuáles. Para mí, personalmente, es una lección a la vez teórica y práctica sobre el uso activo de la memoria como medio de conocimiento y autoconocimiento y como facultad del espíritu que permite trazar en el caos, a veces sin sentido de los días, una constelación personal que hilvane algún sentido y que dé nueva vida a lo que ya se ha vivido; hasta el punto creo esto que, jugando con el título de la magna novela de Perec que tanto gusta a Pedro, este libro también podría haberse titulado perfectamente La memoria, instrucciones de uso.

Dejo también a cada cual sintetizar al final su propia semblanza del hombre que nos ocupa. Porque, así como este es uno de esos relatos que se componen de muchos relatos (como la historia misma, sin ir más lejos), de estas páginas emerge uno de esos retratos que se componen de muchos retratos. Yo, naturalmente, he compuesto el mío, que no voy a exponer aquí para no privarles del placer solitario o compartido de sacar sus propias conclusiones. Solo diré que en mi composición final, aparte de un fondo y un trasfondo que es lo que les ahorro, aparece la figura de un hombre  haciendo un uso permanente y casi obsesivo de la palabra; y usándola de manera que resulta inseparable del pensamiento y de la acción, en un círculo virtuoso cuyo giro hiperactivo, me parece, resume la parte más visible y definitoria de Pedro de Silva. Que esa figura quede pintada para mí dentro de una pecera, con algún rasgo anfibio o junto al emblema de un escarabajo pelotero, son claves que sin duda podrán descifrar ustedes mismos cuando tengan el placer de leer el libro.


Espero que cuando lo hagan, les aproveche tanto como para recordar en el futuro que este jueves de noviembre en el que todos andábamos recordando otro jueves a la vez lejano y cercano, estuvimos aquí, en la Colegiata de San Juan Bautista, asistiendo a la presentación de este libro tan necesario como la memoria misma, y por tanto, en sí mismo ya memorable.

Que lo disfruten como yo lo he disfrutado.


Pedro de Silva

Memoria íntima de una subversión

/ por César Iglesias /

Lo que queda a la espalda no es una biografía. Lo pudo ser, pero la esencia partisana y compleja de su protagonista, el contexto histórico y territorial, el formato elegido y el desarrollo del trabajo de campo obligaron a adentrase en una geografía que infringía muchos de los cánones del género. Por tanto, el resultado ha sido otro en contenido, tono, formato y extensión. El acercamiento a la persona y la obra de Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos, poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, abogado y ex presidente de Asturias, exige dedicación y atención. En ningún caso devoción, pero si atención a un hombre con una personalidad iconoclasta y desmesurada que desde un suburbio litoral ha formateado el devenir de su espacio natal. Poner en orden la vida de un ser humano no es tarea fácil, pero en este caso hubo una conjunción de intereses para rendir cuentas de un ciudadano y de su tiempo.  No hay sermón en este volumen, pese a su extensión. Hay razones prácticas para vivir, aconteceres mayores y mínimos y reflexiones desacomplejadas. Estos centenares de páginas narran una vida expansiva y creativa, que desde la primera persona se transfigura en una autobiografía del nosotros, al dar cuentas de muchas gentes y hechos que alumbran parcelas de la historia contemporánea de Asturias, de España y de Europa.

Por muchas razones se trata de un libro insumiso.

La subversión en la que militan estas memorias dialogadas es fruto de su vocación por lo colectivo, por su capacidad de incluirnos a muchos, a casi todos, pese a que parta de una historia particular. Cierto es que se trata de una larga conversación en el territorio de la primera y segunda persona, pero converge en la primera persona del plural, en el nosotros. Estas mil páginas hablan de todos nosotros, de muchos de los que nos precedieron y de otros tantos que son personajes que habitan un desmerecido olvido.

Las palabras de Henri de Saint-Simon, aquel último señor del Viejo Régimen y tal vez el primer pensador socialista, tal vez aporten alguna luz:

«Yo llamo historia particular a la historia del tiempo y del país que uno vive. Esta historia, puesto que es menos vasta y transcurre ante la mirada del autor, debe ser mucho más rica en detalles y circunstancias, y tener como finalidad situar al lector en medio de los actores de todo lo que cuenta para que olvide que está leyendo una historia o unas memorias y crea que forma parte de todo lo que lee y es espectador de todo lo que cuenta»,

precisó en sus Memorias. De la receta Saint-Simon hay mucho en este Lo que queda a la espalda. Es un relato rico en historia e historias, con detalles y circunstancias precisas, pero que tiene la fortaleza argumental para situar a los lectores, a todos nosotros, en el centro de un tiempo concreto y nos convierte en actores, en protagonistas necesarios, no en meras sombras.

Si es un libro insumiso lo es también porque el personaje que protagoniza estas páginas responde a la categoría del polígrafo partisano, es decir, un hombre rebelde en el pensar y en el hacer. Mencionar este sintagma nos obliga a acudir de nuevo a la autoridad libresca, en este caso a Albert Camus, y recordar sus palabras: «¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento».  Pedro de Silva ha dicho en muchas ocasiones no, pero el adverbio de negación en su boca transita inmediatamente hacia su condición adverbial afirmativa, hacia el si, porque siempre aporta reflexiones y respuestas que lo alejan del desorden y del nihilismo. Si el personaje que nos ocupa ha vivido en sus ochenta años instalado en la subversión, el resultado de estas memorias dialogadas no podía evitar hacer suyo el aroma metafísico de la insurgencia.

También el origen de Lo que queda a la espalda aporta material para inscribirlo en la rebeldía ilustrada. Pedro tenía avanzadas unas memorias en tercera persona con un tal Manín de personaje central. Por mi parte, vivía en el lamento por la supresión amnésica de aquellos que marcaron de una u otra manera la formación social, política y cultural de mi generación, la de los nacidos en los años sesenta. Para reparar esa orfandad tenía a mano a quien había sido una presencia constante desde mi adolescencia y que sabía de su capacidad para hacer memoria y narrar con precisión la biografía personal y plural de Asturias. Reclamar una paternidad intelectual no deja de ser un acto de provocación. Por eso me reitero en que el lector tiene ante sí un libro subversivo porque en cierto modo intenta resarcir un desvalimiento intelectual que sufrimos por nuestra incapacidad de volver la vista atrás y reconocer a quienes hicieron todo lo posible por convertir a esta periferia de la periferia que llamamos Asturias en un lugar mejor.

Los volúmenes de conversaciones tienen una tradición milenaria que se sustenta, por una parte, en el «deber de memoria», que como puntualizó desde el sufrimiento Primo Levi es la rebeldía más digna contra el olvido y la mentira. Y doy fe que en este libro no hay omisiones ni supresiones, al menos premeditadas y conscientes. Es decir, que cumple con ese deber moral contra todas las formas de amnesia. Por otra parte, el diálogo es el otro cimiento sobre el que se construyen libros como este. Se trata de la confrontación entre el tú y el yo, en ejercer ese «aliento semántico» que, como escribió Emilio Lledó, nos convierte en animales racionales, en bípedos civilizados.

Aunque el libro respeta estos dos principios, la persona y el personaje de Pedro de Silva es sobre todo un librepensador y eso exigía ir campo a través, transitar por todos los barrizales posibles, burlar dogmas y romper también varios de los corsés formales del género. Podemos decir entonces que estamos ante un libro desgenerado, que no degenerado, lo que suma otra forma de subversión, más cuando vivimos en tiempos de un nefando presentismo que nos pone los grilletes del eterno ahora y nos convierte en amnésicos sociales.

No voy a negar que la singladura fue laboriosa, pero el nordestín sopló a nuestro favor. Primero, el personaje permitió descerrajar todos los armarios de sus intimidades sin recurrir a la intimidación, sondear en cada uno de los rincones, estuviesen saneados o acumulasen el polvo del secreto. Segundo, se tumbó en la mesa de autopsias para que el escalpelo del interrogatorio se adentrase en las vísceras de su biografía y de su pensamiento. Y tercero, los años de oficio propiciaron que supiésemos olfatear los vestigios, tanto escritos como orales, para adentrarnos en las zonas grises del olvido.  Ayudaron también las hemerotecas, los desvanes mentales y materiales que acumula su alma de Diógenes. Hizo mucho la lectura y relectura de su obra literaria y ensayística, incluso textos ocultos en esos volúmenes clandestinos, donde está una parte importante del genio de Pedro, o en los numerosos inéditos que acumula en carpetas infinitas este fiel seguidor de Stajánov.  

También es de justicia agradecer la aportación de docenas de personas que encendieron las luces largas de su memoria sobre un tiempo, sobre un país y sobre De Silva. De esas docenas de testigos  unos iluminaron rincones que el paso del tiempo sepulta si se renuncia a prestar testimonio y cincelarlo en las piedras de la memoria; algunos permitieron contrastar e interpretar acontecimientos donde no solo la omisión, también el equívoco, podría favorecer las distorsiones, y otros impulsaron un acercamiento al pensamiento fuerte que pervive en la escritura de Pedro.

Todo esto hizo posible construir una crónica de un tiempo y de una sociedad, con sus nombres propios, muchos nombres propios, con el metal de la verdad, sin óxido ni ferralla barata. Y este es otro de los rasgos que confieren a Lo que queda a la espalda su condición subversiva.

También fue subversiva la ejecución de este trabajo. Este es un libro hablado, escrito, reescrito e, incluso caminado, porque acudí de la mano de Pedro de Silva a algunos de sus parajes totémicos para que yo comprendiese la relevancia de la geografía y de la materia de su fe panteísta. Durante dos años y medio nos frecuentamos semanalmente en largas conversaciones. Aquellos dos primeros folios del esquema inicial se vieron superados por la fortaleza del relato y de lo relatado. Puedo confesar que aquello que inicialmente iba a ser un doctorado en materia silviana se convirtió en un doctorado sobre la historia de casi un siglo de Asturias, también de España, a través de un personaje que armoniza sin disonancias su condición de testigo y de protagonista. Hablamos mucho, tomamos también muchas notas en una decena de libretas, escribimos y reescribimos, pregunté y repregunté con plena libertad y siempre me ofreció respuestas plagadas de hechos, datos y razones. Aquí van a encontrar semblanzas, acontecimientos, anécdotas y, sobre todo, muchas reflexiones.

Si vuelvo a reiterar que este es un libro subversivo es porque no se limita al acontecer de los días o a ejecutar el retrato de numerosos personajes, también lo digo porque hay una práctica de ensayismo dialogado que prolonga la escritura del pensar que Pedro de Silva ha ejecutado en diferentes títulos o en sus columnas periodísticas. En esas columnas diarias de 899 caracteres, en esa escritura mínima que ejecuta desde hace 31 años en los otros periódicos de la Editorial Prensa Ibérica, reside parte del corpus de un pensamiento duro y combativo, pero también plagado de vuelo poético y de la prosa de la cercanía emocional. Tal vez en ellos se encuentre una de las fortalezas de su obra ensayística.

La subversión surge también del malestar. Este libro es fruto de la contrariedad que producen las medias verdades y los lugares comunes. Si acuden a Wikipedia y escriben el nombre de Pedro de Silva, lo primero que saldrá en la cabecera es la palabra «político». De poco vale que líneas más abajo también figure que es el autor de tal o cual libro, como si fuera un apéndice menor. Ese primer sustantivo, por su cojera gramatical, presenta a un personaje lisiado y esa es una de las máscaras que se pone la mentira para que el engaño adquiera valor de certeza.

Pedro de Silva es homo politicus. Sin duda es otra de sus fortalezas. Primero como partisano ilustrado frente a la dictadura franquista, después como dirigente de banderías en la Transición y parlamentario con una sólida dialéctica de reflexión y, más tarde, como ejecutor de un programa político sólidamente pensado y elaborado que permitió «hacer región, hacer país». Su «asturianismo transitivo», concepto que debemos al poeta y periodista José Luis Argüeles, es una de las formulaciones más acertadas que practica Pedro de Silva, que le sitúa en esa tierra media entre el regionalismo duro y el nacionalismo blando, un federalista de la equidad, y que es fruto del matrimonio de la razón y de la acción.

Pedro de Silva y otros de su generación tuvieron que luchar contra la beligerencia no solo del centralismo persistente, también contra sus sicarios territoriales. Lograr una «autonomía plena diferida», modelo que imitaron después otras 12 comunidades autónomas, construir de la casi nada diputacional la estructura de una autonomía e impulsar un corpus legal que diese amparo al naciente poder autonómico no fue tarea fácil. Es justo decirlo: De Silva y los suyos son los «arturos reyes» que lograron extraer el Excalibur del autogobierno asturiano de la piedrona de la sumisión provinciana.  La gestación y materialización de un poder autóctono fue recibido de uñas por las huestes del provincianismo de montera picona y de los localismos, recelosas de ver enflaquecer sus dominios cantonales. No se nos olvide que aquel primer Ejecutivo del Principado batallaba día sí, día también, con las resistencias de los jefes de las tribus, fuesen territoriales o gremiales. La lengua afilada es el primer arma a la que se recurrieron: ahí está lo del Gobiernín, los ministrinos, el presidentín o L’Asomáu, apelativos con dinamita despectiva y retranca de chigre que mostraban no solo el menosprecio a la naciente autonomía, sino que delataban una ideología perversa, la de las prebendas de los señores feudales y sus clanes, con sus complicidades con el centralismo español.

Pedro de Silva sabía y sabe que contra los malos hábitos la receta de la pedagogía funciona muchas veces. En mayo de 1983, días antes de tomar posesión como el primer presidente de Asturias elegido por sufragio universal, dio una conferencia en Oviedo, tal vez para tranquilizar a los defensores del fortín carbayón. Tuvo que ser un maestro del periodismo, Manolo Avello, quien tirase de sagacidad y algo de ironía para captar aquel destello de pedagogía asturianista. Tituló Avello: «Pedro de Silva pregona la sustitución del grandonismu por la racionalidad». Ese titular resume todo un programa político, también una actitud, porque va directo a la yugular de uno de los males que nos aqueja como asturianos, el grandonismu. Recuerdo aquel cartel de un chigreru filósofo: «Se prohíbe cantar y ser grandón». El grandonismu es una de nuestras patologías, pero la otra cara de la enfermedad es este vivir nuestro en la permanente derrota, en un victimismo atrofiante, ese vivir en la eterna queja. Ya saben el refrán: «Asturies, llover y quexase». Frente al grandonismu y el victimismo, nos queda la razón y las razones.

El activista pensante

Este semblante político rebelde es indisociable de una actitud vital e intelectual hiperactiva e insumisa, que tiene sus orígenes en un pensar inquieto. Pedro de Silva, sin necesidad de emborronar su rostro político, es primero y más que nada un ser pensante, que desde su adolescencia versificadora ha frecuentado todas las geografías de la creación: la poesía, el teatro, la novela, el ensayo, la crónica periodística o el artículo diario, «un minuto de filosofía», en expresión afortunada de Gustavo Bueno.

Pensar, ensayar, proponer y ejecutar. Esos cuatro verbos están en su quehacer cuando siendo adolescente descubrió el valor de la razón y de la letra escrita. Así lo vaticinó en El regionalismo asturiano (Ayalga, 1975) cuando puso un pie de foto profético a un retrato de Jovellanos, al que considera el representante de «la simbiosis de intelectual y hombre de acción que caracteriza al verdadero político». Hay en esas palabras una constatación, pero también fijan una apuesta personal a la que sería fiel desde entonces: antes del hacer, está el pensar.

Por eso, este trabajo no solo se queda en las andanzas políticas. Aporta una visión mucho más amplia, capaz de otear los horizontes entre la borrina de la relegación y la prescripción y, por tanto, facultado para ejercer una rebeldía contra las geografías de los lugares comunes. Va mucho más allá porque aquí están las narraciones y las reflexiones que configura a Pedro de Silva como nuestro intelectual orgánico. Y lo escribo siendo infiel a Antonio Gramsci, el santo marxista que acuñó el concepto de intelectual orgánico para aplicarlo al «Partido» con mayúsculas y que me atrevo, en un salto alegórico, a trasladarlo a la persona que nos ocupa: un hombre que es capaz de desarrollar, divulgar y organizar una visión del mundo, en este caso del mundo astur, al que dota de un personal sentido común, es decir, que es racional y comunitario porque piensa y actúa para todos. Por eso, iluminar sus parajes creativos e intelectuales otorgan a este volumen esa cualidad subversiva, al ser capaz de dinamitar el canon y ejercer ciertas formas de herejía.

Pedro de Silva, como ese ser anfibio que vive en las aguas de la política y en las tierras del pensamiento y la creatividad, ha desarrollado muchas ideas brillantes que nos explican. Se podrían poner múltiples ejemplos de lo sembrado por el Pedro de Silva intelectual. Vamos con dos. En su Miseria de la novedad (Nobel, 1993), uno de los ensayos más fértiles de su cosecha, establece y desarrolla el concepto del «tercio miserable», una precisa descripción sociológica y filosófica de esa esquina de la humanidad que habita los suburbios de la penuria y que va más allá de otras conceptualizaciones en el empeño de visualizar a esa parte de la población condenada a las catacumbas. ¿Cuántos filósofos terrenales hubiesen dado su mano izquierda por dar con esa afortunada expresión? Ese concepto es fruto de una elaboración ideológica que convierte a De Silva en un socialdemócrata verdadero, no esos conservadores o falsos liberales que se enmascaran como beatíficos socialdemócratas.

Otro concepto deslumbrante del activismo mental silviano es el de la «ecuación heroica». Con estos dos sintagmas De Silva ha logrado reunir la principal fortaleza de Asturias y de los asturianos: su Historia con mayúsculas. ¿Cómo es posible que esta vieja región europea opte por instalarse en el vencimiento de la provincia negra cuando desde hace miles de años ha protagonizado algunos de los acontecimientos que han marcado no solo su discurrir en el tiempo, sino la historia de nuestro entorno ibérico y europeo? Esa «ecuación heroica» va desde los tiempos de las guerras astures, la conquista de Roma, el nacimiento del Reino de Asturias y su paternidad en la creación de dos estados, España y Portugal, hasta la Ilustración de Jovellanos, Álvaro Flórez Estrada, Agustín de Argüelles, Rafael del Riego y demás hombres de las Luces, la Atenas del Norte de Clarín, los regeneracionistas y rexonalistes del XIX y principios del XX, la Revolución del 34, sea cual sea nuestra opinión sobre ella, o la Güelgona de 1962 que torció el brazo a la dictadura y fue un referente en las movilizaciones que irían preparando el terreno para la democracia.

No se nos olvide nuestro músculo como territorio pionero en España de la gran industrialización del XVIII, XIX y del XX, la de las grandes catedrales del carbón y el acero. Ahí puso la mirada De Silva para decirnos que era el momento de clausurarlas, de buscar alternativas, entre ellas la que llamó con vuelo metafórico la «Nueva Economía Ligera», un relevo de estructura que implicase un cambio de categoría, dejar de ser pesos pesados para ser pesos wélter y pluma, que diese más ligereza al tejido económico asturiano y lo hiciese competir en el ring de los nuevos tiempos de exigencias ecológicas, globales e ingravidas, pero sin hacer renuncias a los derechos de la ciudadanía menesterosa.

No se trata de vivir atenazados en la señaldá, ese maravilloso vocablo de nuestra llingua que aúna los sentimiento de melancolía y nostalgia. Se trata de tener conciencia y consciencia de que la Asturias del carbón y del acero era un rincón de la modernidad europea de los siglos del industrialismo, que nos conectaba con lo mejor de la Europa de la prosperidad económica y del combate por el progreso y el bienestar de los trabajadores, pero también de la Europa social pese a los grilletes del franquismo. Preservar su historia y perseverar en ella, superadas las aguas negras, batallar por su pervivencia como patrimonio imperecedero, es un mandato ético, pero también un deber de rentabilidad futura.

Si Pedro de Silva pensó y ejecuto en asturiano lo hizo sin lindes históricas y geográficas. Su federalismo ibérico y europeo rima en asonante con su asturianismo, pero en especial con los territorios vecinos. Es consciente de la relevancia que tiene la ecumene del noroeste ibérico, donde confluyen las almas atlánticas y creativas de Asturias, Galicia, León y el norte de Portugal, y que ascienden hacia los territorios británicos y franceses, los hermanos en brumas y en finisterrres de Irlanda, Gales, Escocia, Bretaña, Cornualles, Normandía… Asumir esa querencia fraternal es fortalecer un espacio esquinado por el perverso y codicioso centralismo madrileñista y los nuevos aires tóxicos del neoespañolismo. Tanto en los emocional, como en lo práctico. Pedro de Silva no renunció nunca a unas comunicaciones terrestres dignas con la Meseta, en la estela por las que batalló el genio de Jovellanos, más cuando nos aproximaba a los camaradas leoneses, habitantes de la Asturias cismontana, pero acertó en reclamar avenidas de comunicación y esperanza que mirasen al norte, que conectasen Portugal, Galicia y Asturias con el resto de los territorios cantábricos para acercarnos a Europa, porque es en esos espacios septentrionales donde está también nuestro futuro. Se consiguió con la Autovía del Cantábrico, pero ahí duerme entre los helechos del abandono y las omisiones una salida ferroviaria moderna entre la Baiona gallega y la Bayona aquitana, que reclamó hace más de cuatro décadas.

Todo ello tan acertadamente conceptualizado, como decíamos más arriba, en solo dos palabras, «ecuación heroica», que también son pedagógicas, prácticas y, sin caer en el grandonismu, se transmutan en un antídoto contra el victimismo, y que de cierta manera evitan los abismos de la dimisión histórica.

Lo que queda a la espalda es un libro subversivo también en su completa materialidad física, porque es un libro desmedido. ¿Cuántos libros de casi mil páginas se publican en estos tiempos de fugacidades y breverías? Que la editorial Trea haya tenido el arrojo de dar a imprenta un volumen que pesa un kilo setecientos gramos ya es de por sí un acto perturbador en el mercado editorial, que mayoritariamente está abonado al facilismo y a la necedad.

Unas palabras de Adam Zagajewski, el poeta polaco premio Princesa de Asturias de las Letras, encierran toda la sabiduría de la razón poética. «El tiempo se lleva la vida y devuelve la memoria, áurea en llamas, negra en ardor». Si este libro voluminoso impide que nos arrebaten nuestra memoria, «áurea en llamas, negra en ardor», es decir, lo que hemos sido y lo que somos, habrá merecido la pena que saliese de la imprenta para cumplir con su función subversiva y catártica de arrinconar a los legionarios de la falsedad y de las omisiones, hacer que la razón sin claudicaciones extienda sus dominios y la historia no sea solo «memoria de una piedra sepultada entre ortigas», como pedía Luis Cernuda.


Juan Carlos Gea (Albacete, 1964) es escritor, poeta y periodista especializado en arte. Se licenció en filosofía en la Universidad de Valencia y reside en Gijón desde 1993. Es autor de los poemarios Trampa para niebla (1990), El temblor: Sábado de Santos de 1755 (2005), y Occidente (2008) y la plaquette Rompehielos (2008), así como de varios otros textos sobre su ciudad de adopción, —tales como Gijón, con mirada oriental (en colaboración con Yip Kam Tim, 2005), Café Dindurra (con Jaime Poncela y Luis Argüelles, 2006) o Viajero en Gijón (2010)— y una biografía de Gaspar Melchor de Jovellanos: Jovellanos, o la virtud del ciudadano (2011). Como periodista, se ha desempeñado sobre todo en medios asturianos, tales como La Nueva España, Asturias24 o La Voz de Asturias.

César Iglesias es licenciado en filología española por la Universidad de Oviedo. Ha trabajado desde 1982 como periodista en diferentes medios de comunicación (Cadena SER, La Nueva España La Voz de Asturias) y en gabinetes de comunicación de instituciones públicas. Es autor de la plaquette Las casas pechadas (Trea, 2011) y de los libros Lengua del duelo (Trea, 2016), Piazza del bacio (Trea, 2016), en colaboración con el artista plástico Federico Granell, Suena la nieve (Isla de Siltolá, 2019) y Carta de marear (Heracles y Nosotros, 2020).

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