/ una reseña de Álvaro Valverde /
Cada nuevo libro de Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) es recibido con alborozo por sus lectores. Desde 2019 no publicaba uno de poesía (en 2024 apareció Historia alternativa de la felicidad). Aquel año, por cierto, fueron dos. Ve ahora la luz en su sello habitual, Visor, Nuevo en la ciudad nueva y lo mismo que Jardín Gulbenkian se desarrollaba, digamos, en Lisboa, este lo hace en Nápoles, ciudad literaria por excelencia, tan italiana como española, tan de Oriente como de Occidente.
Supongo que no se lee igual esta nueva (un adjetivo unido al nombre que la dieron los griegos: Neápolis) entrega del salmantino si uno ha pisado ese lugar, de actualidad gracias al director de cine napolitano Paolo Sorrentino por su película Parténope (la urbe vieja, la dulcis, «suave Parténope» virgiliana, «centro» de la Magna Grecia). Veinte poemas la componen. Todos dedicados (a «los destinatarios ideales de su lectura y sus mejores compañeros») y todos con un bien escogido epígrafe (o más) al frente. De Platón, Aristóteles, Mann, el Marqués de Santillana, Dante, Cervantes, Séneca, Leopardi, Lorca, Tomás de Aquino, JRJ, Goethe, Virgilio…
Se abre con un prólogo y se declara como un homenaje a la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen.
Al machadiano «saber esperar» alude el autor para situar este demorado encuentro con la ciudad mediterránea. Menciona después al emperador Federico II (que la calificó de «amenísima»), a Alfonso el Magnánimo (protagonista de uno de los poemas), Cervantes (para él, un «sueño»), Garcilaso, Quevedo, Góngora (que no llegó a visitarla) y a Francisco de Aldana, «napolitano de nacimiento». «Estamos en la capital de un reino». En el sentido profético más que en el político, matiza. «Aquí descansan quienes anhelan el todo. En este modo de vida único se sacia cualquier sed de síntesis». Recuerda, en fin, a Borges y se pregunta: «¿Qué será la poesía, sino una delicada obstinación?». Explica el sentido de su luminoso homenaje a Sophia, como la llaman sin más los portugueses.
De los poemas poco cabe decir: se dicen por sí mismos. Siguen la estela de ese clasicismo del que hace gala la poesía de González Iglesias, sin apenas variación desde el principio. Un clasicismo que aúna el de la Antigüedad con el del Siglo de Oro. Quizás su lírica se haya hecho más reflexiva y filosófica. También más sentenciosa. Retóricas al margen, se apoya en el resuelto uso del encabalgamiento para aportar al ritmo la cadencia métrica necesaria. La que le es inherente. De «canto» (el «sexto») habla en un momento dado, y no por nada. Diría que Nuevo en la ciudad nueva está escrito en una eliotiana, feliz «coincidencia de lo eterno/ con el instante».
Tal vez sea la belleza, un ideal a nuestro alcance, el asunto que vertebra el discurso de este libro unitario. «La belleza trae la justicia al mundo», «nos vuelve a todos bienaventurados», escribe. Y: «La belleza,/ suma de muchos sueños». La de los cuerpos (que pueden ser de carne o de mármol y casi siempre masculinos), presentes en poemas como «Lunes en el museo» y «Hércules Farnesio». La del mar, el Mediterráneo. La de la luz (en «Mediodía», por ejemplo). La del Vesubio, un volcán, todo un emblema al que se nombra en varias ocasiones, protagonista de «Indiferentes al Vesubio» (tres gatos) o «Nieve en el Vesubio». La de la arquitectura. De iglesias como la de los Pescadores («Lo imprevisto cumple/ lo meditado y hace que la vida/ se desenrede»), museos, palazzos… Y en «Maiolicato», una de las composiciones más logradas del conjunto, consagrada al claustro de la Basílica de Santa Clara. La belleza de las palabras («¿Será/ posible que me haya enamorado/ de una palabra?», en referencia a «magnánimo»), visible en el poema «Imprenta», donde traduce a Horacio y se confirma su condición de humanista, un poeta sobre el que recae con pleno sentido ese adjetivo. Un defensor a ultranza de la humanitas y, por eso, alguien convencido de que lo que le pasa a un ser humano nos pasa a todos. Inseparable de su oficio de catedrático de filología latina (que asume, claro está, el pasado griego) y traductor de Horacio, Ovidio y Catulo. Se aprecia muy bien en «Anábasis», donde «las hojas cantan en dialecto jonio».
Inseparable es también Nápoles de la figura de Benedetto Croce, la ciudad donde vivió y donde está su casa. Tras la visita a su biblioteca, González Iglesias escribe estos versos en su poema «Estética»: «Mientras recorro este refugio pienso que desde el centro de esta biblioteca/ —con mirada serena hacia el pasado—/ se enunció la perfecta equivalencia/ entre el lenguaje y la poesía, entre / la inteligencia y la libertad».
En «Acepto todas las imperfecciones», «El caos de la época./ La negligencia de los gobernantes. No puedo nada contra ellos. Tengo/ que seguir. El silencio y el amor/ son lo mío». Y sigue: «Dejo a la Providencia que se encargue/ del mundo por un día, como lleva/ milenios encargándose de esta/ ciudad suya, desde antes de que fuera/ fundada. Esta ciudad en la que todo/ es posible». «En estas calles/ está prefigurado el Paraíso», concluye.
En otros sitios hace mención a «esta/ época oscura que nos ha tocado», a «lo turbio del mundo» y a «un mundo que supera por momentos/ mis límites», alusiones que cuadran bien con el poema «Elogio de cultura europea», el que termina: «¿Y hoy, ahora?/ ¿Qué queda de esplendor, qué de aventura?».
«Qvodammodo omnia» es otra joya. De la sección más metafísica. Empieza: «De algún modo, cada uno de nosotros/ es todo». Se inspira en una frase de la Summa Theologica de Tomás de Aquino, quien cita a su vez a Aristóteles. «Todas las cosas, todas las personas/ eso es lo que somos». «Somos el jardín mismo que pisamos, agua/ de frescor ágil…». No «es casual» que «volviera/ aquí para escribir, entre estas cuatro/ breves paredes, solo y en el centro/ hermosamente multitudinario/ de esta ciudad, que es todas las ciudades».
En «Lluvia» señala «la secreta armonía de las cosas».
La belleza del amor tampoco falta: «Sé que, para el amor, lo conocido/ y el que conoce son la misma cosa», leemos en «Mediodía».
Con «Nadador en Paestum», «oh delicado fotograma griego,/ oh símbolo felizmente lanzado/ hasta ver otra vez el sol», se cierra el libro. Con él vuelve la luz y el Resurgiremos de la omnipresente Sophia de Mello Breyner, que vio en el conocido tuffatore «la antelación de la belleza».
Selección de poemas
Lunes en el museo
Para José Manuel Abad Liñán
Son muy distintos, pero van vestidos
casi igual, con pellizas y con botas
de semibárbaros, quizá vikingos
o celtas actuales. No se muestran
el amor que se tienen, camaradas
en bruto, de otro tiempo, se separan
—no mucho— y se aproximan para ver
juntos un capitel, sentir la fuerza
del mármol, admirar bronce, captar
entre las inscripciones la preciosa
totalidad llamada Magna Grecia,
los púgiles felices —como ellos—
las vasijas oscuras, donde late
la carne de los cuerpos para siempre.
Las monedas que alguna vez compraron
algo y son ya sagradas, las efigies
de raros soberanos helenísticos.
No hay casi nadie en el museo un lunes.
Escoltado por un grupo de atletas
y centauros, como un rey que pisara
un mosaico, en el centro de la inmensa
sala vertiginosamente plena
de belleza y de divinidad,
el menos guapo de los dos se queda
con los ojos cerrados un buen rato.
Indiferentes al Vesubio
Para Carmen Codoñer y Miguel Signes
Indiferentes al Vesubio, pasan
la mañana en el puerto los tres gatos
tomando el sol de enero y su dulzura
intermitente. Solo uno mira
al mar, si es que lo mira, entrecerrados
o cerrados sus ojos. De los yates,
del agua plateada solo importa
la calma general. Si están absortos
en algún pensamiento o si dormitan,
no hay tanta diferencia. Están atentos
—pero de lejos— al rumor del mundo.
Tampoco el tiempo y la eternidad
resultan tan distintos, el secreto
es prescindir de las categorías.
Más que para la cámara del móvil
parece que posaran durante horas
para un retrato regio. Están perfectos
en una página de los Emblemas
de Alciato, bajo el rótulo latino
Serenidad. Los veo en un grabado,
en un tapiz normando, en el escudo
de la propia ciudad, imagen suya
para un logo moderno, alegoría
de la vida mejor. Los verdaderos
símbolos desconocen que son símbolos.
Nieve en el Vesubio
Para Maria D’Agostino
Hoy hay nieve en la cumbre del Vesubio.
Ha llamado Maria, entusiasmada,
para avisarme. Por la calle estrecha
entre las casas ocres y el palacio
blanco de porte florentino, llego
hasta el mar, hasta el punto de la playa
desde el que puede divisarse. Piso
la telúrica arena, casi negra,
frente al frío volcán tranquilo. Hay algo
presocrático en este poderoso
contraste. Hay también algo de Eliot,
tal vez la coincidencia de lo eterno
con el instante, la revelación
de que ha sido anulado para siempre
cualquier asunto abstracto. Hemos quedado
en la universidad. Por un momento
la jornada es normal. Pero subimos,
para comer, a la cafetería
de la azotea. Desde aquí parece
tocarse el monte helado, se respira
su aire. En poco tiempo su ladera
florecerá con la retama. Alegres
los estudiantes le hacen fotos. Hay
en ellos y en nosotros, reflejado,
algo de resplandor adolescente.
Juan Antonio González Iglesias
Visor, 2024
62 páginas
14 €
Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger, El cuarto del siroco (Premio «Meléndez Valdés» de la crítica) y Sobre el azar del mapa. Es autor de las novelas Las murallas del mundo y Alguien que no existe, del libro de artículos El lector invisible, del de crítica literaria Lecturas a poniente: poesía en Extremadura, 2005-2024, del de viajes Lejos de aquí y del de diarios Porque olvido: diario 2005-2019. También de Extremamour, en colaboración con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer. Sus poemas figuran en las antologías Un centro fugitivo (con selección y prólogo de Jordi Doce, con quien codirige la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz), Álvaro Valverde: antología poética (1985-2015) (con ilustraciones de Esteban Navarro) y Meditaciones del lugar (con selección y prólogo de José Muñoz Millanes). En la actualidad, es crítico de poesía de El Cultural y colabora con asiduidad en otras revistas literarias. Desde 2005, edita un blog. Su web es www.alvarovalverde.es.

