Poéticas

Jardim

Álvaro Valverde hace una reseña doble de dos poemarios de J. A. González Iglesias, cuya poética es, ante todo, una ética de la cotidianidad y la sencillez: 'Jardín Gulbenkian' y 'La batalla de los centauros'.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) publicó en 2010 su poesía reunida en Del lado del amor; esto es, los poemas de La hermosura del héroe, Esto es mi cuerpo, Un ángulo me basta, Olímpicas, Eros es más y el inédito Selva de fábula. Cinco años después llegó Confiado. También en Visor aparece Jardín Gulbenkian y, de nuevo (tras ganar el de la Generación del 27, el Ciudad de Melilla y el Loewe), gracias a un galardón de la editorial madrileña: el Gil de Biedma. Su salida coincide con la de otro libro suyo: La batalla de los centauros.

Jardín Gulbelkian toma el título del que rodea el Museo Calouste Gulbenkian de Lisboa, «el jardín más bello que conozco». Saint-John Perse, corresponsal y amigo del filántropo, escribió: «El jardín es la piedra angular de su trabajo, porque es el secreto más vivo, más íntimo y sensible, mejor guardado para sus sueños».

Juan Antonio González Iglesias, fotografiado por David Arranz

Al jardim lisboeta dedica el primer poema y otros, los que conforman el cuerpo central de la obra. A ese jardín moderno, sí, pero también al concepto literario clásico (topoi) que, como símbolo, representa: «El jardín recorta sobre la superficie un fragmento de mundo bien hecho, que acaba equivaliendo al mundo». Así, en «Academia», el jardín griego al que viaja Horacio, que, junto a los nombres de Plutarco, Homero o Virgilio, refuerza la elegante erudición, el nada impostado culturalismo que caracteriza esta natural, meditativa, rítmica y sentenciosa forma de decir: «Estoy con el lenguaje. Soy lenguaje. Esto es». Una suerte de teresiano desasimiento.

Su poética es, ante todo, una ética. De la cotidianidad y la sencillez: «A pesar de lo que pudiera parecer,/ lo complicado no prevalecerá». Aunque «También en lo sublime/ está lo más sencillo de la vida». Y de la verdad, que «es pequeña, y su belleza/ orientará al que está desorientado».

No falta, claro, el agua («Es uno de los nombres de Dios»). «Y así el lenguaje busca también el agua», dice. La del estanque, el surtidor, el hontanar o el río: el Tajo, el Tormes, el Cuerpo de Hombre. O la del regato, que le lleva a Pessoa y al padre. Ni otros asuntos habituales en su poesía: el deporte, los cuerpos jóvenes, el amor, la lectura («Leer es mejor que escribir, mejor que hacer,/ mejor que todo»), la trascendencia («Y niego que seamos/ materia nada más, solo energía»). La suya es una mirada «hacia Poniente», «no Poente» de Sophia.

Diecisiete consistentes poemas componen La batalla de los centauros. «Animal incompleto» se titula el primero: «que haces pesas/ y necesitas botas/ y en una biblioteca guardas libros». Observa «desde tu ángulo», un guiño al título de una de sus entregas más apreciadas.

En «Consejos a un poeta cachorro», leemos: «Lo único seguro es que el poema/ es absoluto solo de amor y de lenguaje». «Don’t innovate./ Imitate», concluye.

Luego, Epicuro (y Francisco de Asís y Yourcenar), los colegas del gimnasio, Burdeos y el vagabundo (esto es, Europa), gente tatuada en Benidorm, centauros en bicicleta, chicos que practican parkour («Los obstáculos forman parte de la belleza»), un mapamundi e Ispania, los persas de «Soneto de amor»… Y Pablo García Baena, dedicatario del libro: «Me gusta imaginar a Dios parecido a ti», retratado en un poema memorable. Como él, «Será lenguaje y será poeta/ sin más, completamente».

Con un autorretrato («Horacio, Epístola, 1, 20») se cierra el libro. El lector, como el poeta latino, puede concluir «Que, despojado/ de todo, el único refugio, el único/ jardín que le quedó fue la poesía». Porque «jardín significa paraíso».


Cinco poemas de J. A. González Iglesias

Jardim Gulbenkian

Para César Antonio Molina

Hay una relación fuerte entre el jardín y la liturgia.
Es una forma estructurada de la esperanza.
Presupone la idea de la divinidad,
la teoría de juegos, la sintaxis.
Es una letanía mensurada en el aire.
Pone lo momentáneo en lo eterno.
Nos pertenece a todos, por lo tanto.
Cualquiera que camine entre las especies
vegetales que fueron elegidas por el amor de alguien,
queda signado por la perfección.
Contiene lo mejor del paganismo.
Recupera una dulzura irrecuperable
que de pronto está a nuestro alcance como lo están las frutas.
Preserva la constancia de que el mundo fue bueno.
Aporta un conocimiento envolvente.
Descansa el corazón en su verdura.
Deja fuera el dinero, a tan grande distancia
que ni siquiera hace falta maldecirlo.
No rige aquí ninguna de las cosas que no deberían regir.
Celebro la presencia del agua, en el lago ordenado,
y en los círculos frescos donde se fotografían soldados en
su día libre.
Me siento con aquel a quien amo en el tranquilo
anfiteatro exterior,
cuyas gradas de hormigón traen la memoria de la piedra
hasta erigir una umbría miniatura de Epidauro.
Al entrar he notado lo mismo que la primera vez que vine.
Este espacio prodigioso cercano al estuario
del Tajo y a la amplitud definitiva del Atlántico
fue concebido en un momento único
en el que coexistía la arquitectura de Le Corbusier
con el canto en latín del Veni Creator,
durante unos segundos todo tuvo sentido.
Todo lo anterior y todo lo posterior eran simultáneos.
Me asombra que perdure. Sé que perdurará.
Los veinteañeros lo aprecian desde el presentimiento.
Lo intuyen prescindiendo de datos exhaustivos.
Cumple los ideales de igualdad sin violencia.
Se hicieron sus caminos para el libre albedrío,
su itinerario para conciliar lo abstracto y lo concreto.
Y su tierra esponjada para recuperar el tacto de la arcilla.
Posee esprit de finesse y esprit de géometrie.
A la hora de la siesta, en la ladera
que lleva hasta el nuevo pabellón donde se exhiben
obras de arte que requieren una apología de los
caramelos,
un joven semibárbaro con el torso desnudo
practica malabares entre sus camaradas.

Primera noche de verano

Para José Mateos

Primera noche del verano. Lleno
un vaso de cristal que bien podría
estar en el museo de arte romano
por rudo, irregular, sólido y bello,
de agua fría. Lo bebo como otros
beben costoso vino, paladar
adentro va dejando por el cuerpo
el rastro vivo de su transparencia
y su frescura. Es uno de los nombres
de Dios y así lo siento. Estoy muy lejos
de muchas cosas ya, cerca de todo.

Poente

Para Pedro Serra

Também no Poente onde habito
Sophia de Mello Breyner-Andresen

Sobrios también podemos embriagarnos
con este vino que la tarde vierte
en su pequeña copa. ¿No se llama
el cielo así? ¿No está hecho de un finísimo
cristal ligeramente azul, no está
todo para nosotros preparado?
Si no es para nosotros este vino,
¿para quién? El asombro mudo cabe
en unas cuantas sílabas. El bosque
cede ante el puente y más allá la puesta
de sol, igual que el río, se dirige,
con una lentitud que ya he hecho mía
hacia el jardín, hacia el país que casi
veo desde mi ventana, hacia Poniente.

De todo lo visible e invisible

Para Juan Antonio González Fuentes

De todo lo visible y lo invisible,
¿a cuál de los dos reinos pertenece
este jardín? ¿Será de uno en el otro
como el azur heráldico, que entra
de un campo a otro del emblema y alza
un cometa de plata, otro marino,
cada uno en contrario firmamento?
Este contraste entre el jardín y el mundo
algo quiere decir. Yo sé que algo
habrá de esta serena maravilla
en el futuro. Esa certidumbre
me acompaña según voy recorriendo
el fresco itinerario que algún día
alguien imaginó, y fue primero
dibujo en el papel y luego tierra
removida, semillas, brotes, granos,
esquejes, tallos, tiempo que dejaron
una estación tras otra, que se fuera,
la lentitud que tanto se parece,
y la paciencia, a la eternidad
hasta un día a finales de febrero
en que todo florece. Yo ahora creo
y espero todo. Y niego que seamos
materia nada más, solo energía.
Oh travesía imperecedera.
Estos planos de verde diferente,
el paisaje ofrecido como mano
para la arquitectura y para el hombre,
el viviente sinople, la sorpresa
del lago irregular, el movimiento,
la brisa que se ajusta según pasa
a cada cosa y canta en cada brizna,
reitera todo un himno que hace siglos
fue entonado, escandiendo hacia lo alto
las sílabas del símbolo. Evitemos
todo lo pernicioso. Conozcamos.
Haya luz en los cuerpos, fuego, alguien
que tenga en cuenta nuestros corazones.

Lo sencillo

Para Amalia Bautista

Lo sencillo está diseminado por el mundo.
A veces no se ve, porque es diáfano.
Su lugar es la rutina tanto como el acontecimiento.
No necesita explicación porque ya está desplegado.
Estaba antes y estará después.
Vuelve verdaderamente inolvidable
el encuentro con otro ser humano.
Convierte las cosas en momentos.
A pesar de lo que pudiera parecer,
lo complicado no prevalecerá.


Jardín Gulbenkian
J. A. Gomzález Iglesias
Visor, 2019
74 páginas
11,40€
La batalla de los centauros
J. A. González Iglesias
Canto y Cuento, 2019
46 páginas
10€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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