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Diálogo otoñal sobre el mérito indumentario del rey de España

/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /

Como cada otoño, el sábado pasado me reuní con mi amiga y mentora Acracita en la coqueta casa de campo que fue de su padre y antes de su abuelo, picadores en Pumarabule. Conocí a Acracita, y a su compañero Germinal en el Bois de Boulogne, en otro otoño de mágica fusión de ocres, marrones y naranjas. Desde aquel feliz encuentro, he compartido semanalmente mantel y sobremesas —regadas con el excelente armañac artesano que elabora su vecino Floreal— con esta librepensadora refinada, insumisa y amorosa.

En su espléndida vejez, Acracita conserva un aire juvenil gracias a las caminatas diarias, un pequeño huerto, la helioterapia y una estudiada combinación de recogimiento y selectiva vida social. Iconoclasta, radical y poseedora de unos modales exquisitos, fue desde muy joven, una mujer destinada a la belleza, la contemplación y la conversación. A ella, y a su maravillosa biblioteca, debo mi interés por la delicadeza de las formas del traje y la devoción por los clásicos griegos. Con todo, he aprendido más en nuestros paseos que con las lecturas que ha ido deslizando en mi zurrón.

Hacía una mañana fría y soleada cuando llegué al cottage. En el jardín me encontré a Germinal enfrascado en su parterre. Nos dimos un abrazo y me invitó a pasar al pequeño taller de piedra y madera adosado a la casa, tapizado con grabados de Lépicié, Cochin y Chardin. Sobre un bureau estilo rococó reposaba un magnífico vaso de flores art nouveau; en una esquina, formando una pila, varios libros, entre los que alcancé a ver los escritos de combate de Bernanos, la poesía completa de Cavafis, cartas de Herzen, Del mitos al demos, de nuestro común y querido amigo Ignasi de Llorens, y las memorias de Chateaubriand. Coronando el montón, El discurso sobre la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie.

—Este clima es ideal para ocuparse del jardín. Cuando acabe con esto, me pondré con los canteros y los macetones —dijo Germinal—. Por cierto, ya puedes llevarte tu leontina; he soldado el hilo de plata que se había roto y ha quedado como nueva.

—¡Excelente! —exclamé—. ¡Gracias! Eres muy amable.

—No se merecen, ha sido un placer. Ahora, vete con tu amiga; te espera bajo el viejo castaño.  

Encaminé mis pasos hacia el castaño situado a unos cincuenta metros de la casa. Allí la encontré tumbada sobre una manta de tartán, con pose de diva de los años veinte, sosteniendo unos guantes amarillos de cabritilla en una mano y un libro de Colette en la otra.

—Puntual, como siempre —me recibió, al tiempo que se incorporaba y me plantaba dos besos en las mejillas.

Lo primero que salta a la vista en Acracita es su gusto irreprochable: «No hay mejor inspiración que la naturaleza», responde invariablemente cuando le pregunto por el secreto de la elegancia. Y allí estaba ella, resplandeciente entre hayas, robles y castaños, primorosamente integrada en un entorno de dulcísimos contrastes. Lucía espléndida con un pantalón jaspeado de espiga marrón anaranjado, camisa verde menta con cuellos club, un precioso fair isle, los coloridos jerséis de lana escoceses, estrechos de hombros, ajustados en el talle y cerrados por la cintura, tejido por ella misma; en sus delicados pies, unos Oxford full brogue color brandy; gobernando el conjunto, un amplio abrigo shetland con una flor de croché en el ojal, salido de las manos de Liberto, el sastre de su abuela que comenzó a vestirla siendo apenas una niña.

Emprendimos la marcha deleitándonos con un paisaje de contrapuntos milagrosos, y mientras conversábamos sobre banalidades, no dejamos de cruzamos con hombres y mujeres ataviados con mallas, pantalones hidrófobos, bragas de cuello, botas de goretex con suelas de goma, bastones plegables y gorras viseras de color oscuro que no podían desentonar más con aquella «púrpura doliente del otoño». De repente, la irrupción de un ciclista-ninja a toda pastilla nos obligó a refugiarnos en la cuneta.

—¡Hay que ver…! Esta civilización no tiene remedio —se lamentó Acracita—. En un paisaje tan evocador y luminoso, como salido del pincel de Pissarro, ¿qué hace esta gente proyectándose en el espacio a toda velocidad recubierta de plástico de los pies a la cabeza?

—A mí también me resulta deprimente. 

—¿Por qué motivo se visten de forma tan fúnebre en medio de este prodigioso estallido de color?

—Desidia, supongo; indiferencia.

—Te confieso que este imperio del plástico y la lobreguez me inunda el corazón de tristeza.

—Vamos Acracita, no te dejes llevar —respondí, intentando animarla—. Hablando de la indumentaria, ¿has visto los tremebundos elogios que la prensa ha prodigado al rey en su última aparición pública?

—No he oído nada.

—¡Cómo! ¿No te has enterado?

—Pues no; ilústrame. Ya sabes que no soy una mujer informada, ni estoy al tanto de la realidad. ¿Qué han dicho de Su Majestad, aunque me hago una idea?

—Pues los habituales lugares comunes: que si el más elegante, el mejor vestido, el más apuesto… Un icono, vamos.

—¿No sucedió algo parecido o lo mismo en no sé qué torneo de tenis?

—Me parece que fue en Wimbledon.

—Aún oigo el eco de los violines de la prensa rosa y de la otra, la seria.

—Sí, fue muy sonado. The Times le dedicó una portada; y luego todo aquello de «Felipe el fabuloso, ¡style king!», «El royal más apuesto», «Felipe VI asombra a nivel mundial», «elegante, apuesto y arrebatador», «el más deseado»…

—Fíjate…

—Hasta hubo quien, lleno de entusiasmo, elaboró un ranking de royals elegantes, donde «Felipe el fabuloso» se situaba en cabeza junto al príncipe Carlos Felipe de Suecia, el príncipe Philippos de Grecia, primo del rey, el príncipe Nicolás de Dinamarca y el príncipe Mateen, hijo del sultán de Brunei.

—No me suenan…

—Tanto mejor.

—¿Y son elegantes?

—Solo alguien movido por la compasión afirmaría tal cosa.

—Esta exaltación resulta bastante ridícula, ¿no crees? Si no me equivoco, la barahúnda se originó cuando un especialista estadounidense publicó un comentario en plena madrugada y por la mañana el país se despertó en medio de un suspiro de orgullo y admiración.

—Algo así. El influencer en cuestión sostenía que era «muy raro ver este nivel de sastrería a día de hoy, incluso entre los ricos». Ensalzaba el corte de las prendas de Felipe VI, sobre todo el de sus pantalones, «siempre rectos», que «caen sin estar fruncidos, es decir, sin tirones ni arrugas».

—Con qué poco se contentan algunos…

—Aseguraba, además, que la sastrería de Felipe VI siempre está por encima de otras figuras públicas, más sensibles a las modas del momento; incluso cuando prescinde de la corbata, «porque el resultado es igual de bueno».

—¿Traje sin corbata?

—Ya ves —respondí, con un deje de fastidio.

—Intuyo cierto escepticismo. ¿Debo suponer que no compartes estos elogios?

—A mí, estos entusiasmos me dejan perplejo. Me parecen un despropósito y una impostura.

—No entiendo esa perplejidad. Ya lo decía Erasmo: «Los hay a quienes la ropa les cae colgando sobre un costado, a otros, sobre la espalda hasta la altura de los riñones; y no faltan algunos a quienes tales cosas les parezcan elegantes».

—Obviamente, no es el caso del rey.

—No, pero ese suspiro unánime de admiración… Hay que ver lo poco que se necesita para hacer suspirar a nuestros compatriotas. De no haber sido por ese comentario, el atuendo del monarca había pasado merecidamente desapercibido.

—Ya, pero es que con esa altura…

—Ahí está la clave, en su altura.

—Es muy alto, desde luego…

—Me refiero a su altura simbólica, no a la física. Piensa en tu adorado James Cagney; ¿lo recuerdas junto a Edward Woods en El enemigo público de William Wellman?

Jean Harlow, Edward Woods, y James Cagney en El enemigo público (1931)

—¡Cómo olvidarlo! Ay, ese abrigo de Cagney cuando abordan a Jean Harlow

—Bien, pues tu ídolo medía un metro sesenta y cinco. No era precisamente un watusi.

—No.

—Ahora, coloca una foto de Cagney y otra de Felipe VI.

—No hay comparación…

—Entonces, estarás de acuerdo conmigo en que, si hablamos de elegancia, la estatura, el tipo, la planta o como lo quieras llamar, no es decisiva.

—No tengo más remedio que darte la razón.

—En un caso hay altura; en otro, elevación.

—¡Pero qué aguda eres, Acracita!

—Bueno, bueno, no seas zalamero tú también. En cuanto a esos blogueros, no cabe duda de que como jueces son bastante indulgentes.

—Y eficaces. Un servilismo tan descarado es capaz de enmendarle la plana a cualquiera. De hecho, presentar al monarca como un modelo de elegancia es bastante sospechoso.

—En realidad, esa es la función de los medios: reforzar la reputación de la realeza. Lo peor es que a semejantes cobistas no les cuesta mucho manipular a un público poco avezado.

—De hecho, el público piensa que, en materia de gusto, estos especialistas tienen la última palabra.

—El problema aquí estriba en que se le han rendido honores estéticos al monarca antes de examinar su verdadero mérito.

—Como aquel personaje de Plutarco, escriben para aumentar la fama del rey.

—Eso no sería un problema si realmente fuesen capaces de apreciar la grandeza del estilo. Solo hay que ver a estos portavoces de la elegancia desmentir la teoría con su práctica. Les diría aquello de Rousseau: «¡Señores, menos discursos! ¡Dad vuestras lecciones con ejemplos!». ¡Y qué ejemplos!

—Esto es muy curioso; siempre me ha llamado la atención la soltura con la que supuestos especialistas en imagen reproducen, agravados, los errores que critican en otros.

—¿Hablas de los periodistas relacionados con el mundo de la moda?

—¡Si ni siquiera tiene en cuenta sus observaciones! Porque hay que ver el estilo de periodistas, cronistas sociales y blogueros reputados. Como bien sabía Proust, algunos defectos son encantadores…

—Sí, pero no es el caso. Aquí todo resulta muy moderno y muy lamentable. A estos especialistas debemos tratarlos con dureza. Quienes, por lisonja o desconocimiento se abstienen de hacerle el mínimo reproche al primero de los españoles, olvidan que la elegancia, como la sabiduría, no se hereda ni se compra. Jamás revelará sus secretos a quien la comprende a medias.

—Los periodistas han renunciado a su función pedagógica.

—Por completo. A ellos les correspondería explicar a un público aturullado por las novedades y las modas las cualidades de lo bueno y lo bello.

—Dar por descontado que el público conoce estos misterios es pecar de optimismo.

—Precisamente; de ahí que los expertos se beneficien del desconocimiento general.

—Lo chistoso es que estos autoproclamados expertos exhiben una ignorancia comparable a la de cualquier lego.

—«No es necesario imaginarse que el público “sabrá ver lo que es bueno y lo que está bien”», les recordaba, cien años atrás, un fabricante a los vendedores de ropa masculina. «El público —afirmaba— no sabe nada y no ve nada; es necesario decírselo todo, explicárselo todo. ¿Cuántos verdaderos conocedores hay entre esas masas que desfilan delante de vuestra tienda? Una cantidad ínfima; pero no es para ellos para los que vosotros arregláis vuestros escaparates, sino para esa masa a la que es necesario poner puntos los puntos sobre las íes, para la gran masa compuesta de niños grandes a quien es necesario presentarle imágenes sencillas de “las lecciones de las cosas vivas” como lo haría un maestro de escuela».

—Eso sigue siendo cierto para las masas, pero en el caso del rey no será por falta de antecedentes familiares.

—La elegancia, te repito, es intransmisible.

—Ya, pero piensa, por ejemplo, en Alfonso XIII.

—Está claro que Felipe VI carece del lustre de su calamitoso antecesor. ¡Qué personaje tan prolífico! Pasaba de una conspiración militar a un debate sobre cuellos blandos sin despeinarse.

—¿Un debate sobre qué?

—En los años veinte se abrió un «grave debate» sobre los cuellos de las camisas. En ese periodo, la «arrogancia almidonada» de los cuellos duros estaba perdiendo terreno frente a los cuellos blandos. Junto a sportmen y economistas, uno de los apóstoles de la superioridad del cuello blando fue precisamente «Su Muy Graciosa Majestad Alfonso XIII». Su «segura elegancia» y su «gusto impecable» cerraron «definitivamente esta irritante polémica»: desde entonces, los cuellos blandos únicamente hasta el mediodía.

—Un monarca muy preocupado por la elegancia…

—Sin duda, pero en aquellos días los críticos no eran tan condescendientes con las cabezas coronadas como ahora. A pesar de la gran consideración que las élites francesas tenían por el estilo de Alfonso XIII, en la excelente Monsieur, de la que el monarca era suscriptor, Pierre de Trévèries lo puso de vuelta y media por presentarse en el estreno de la Boutique Fantasque de los Ballets Rusos con un enorme rubí rodeado de brillantes prendido de la camisa. Esa ordinaria exhibición de riqueza era vista con desconfianza. Y no fue sólo Trévèries quien se lo reprochó; al parecer, el rey también sufrió el desprecio de la sala.

Tras este comentario, hicimos un alto en el camino. Sacando a relucir su lado esnob, Acracita me mostró su última adquisición: una preciosa caja de rapé del siglo XVIII. Contemplaba fascinado la delicada factura de la caja, cuando mi amiga soltó de pronto:

—¡Felipe el fabuloso! Hay que reírse… Cuesta creer el grado de docilidad general en relación a la Corona. Cualquier ocasión es propicia alabar las cualidades sobrehumanas de sus miembros.

—Pues no hay ni atisbo de ironía en estos elogios.

—Eso es lo malo. Me gustaría saber qué demonios entienden estos analistas de estilo por elegancia. Las alabanzas al rey son prueba de que el clasicismo no está amenazado, sino muerto y enterrado.

—¿En España, quieres decir?

—En todas partes.

—Los especialistas patrios consultados por los grandes medios fueron unánimes: el rey es un dechado de virtudes. En esencia, repitieron lo que habían dicho la víspera otros periodistas: «Felipe VI asombra a nivel mundial», «Elegante, apuesto y arrebatador»…

—Como ves, en los asuntos de palacio hay unanimidad, no debate. Pocos espectáculos resultan tan desmoralizadores como el servilismo y la adulación. Cuando se trata de los poderosos, se adula por inercia, sumisión o ignorancia, pero, sobre todo, se adula por adular.

—La adulación, no cabe duda, es un gran mal, comparable a la corrupción estética del publico.

—Correcto, pero pasas por alto un asunto crucial.

—No imagino cuál puede ser.

—El patriotismo.

—No te sigo.

—Digo que debemos leer los elogios estilísticos en clave nacionalista. Mira, como el rey simboliza la sagrada unidad de España, la gente se siente reconfortada pensando que, por extensión, los españoles se visten de maravilla.

—Ah, ya entiendo. La elegancia como pretexto patriótico.

—No se te ocultará que muchos de estos lisonjeros lo desconocen absolutamente todo sobre la elegancia y las formas del traje les importan un rábano.

—Sí, pero cumplieron con su objetivo; tras tanto elogio, muchos llegaron a creer que España era una suerte de nación galante.

—Es lo que ocurre cuando un público crédulo se traga estos delirios. Y hablando del carácter nacional del genio, Georges-Marie Raymond, un ensayista del XVIII que en otro tiempo leí con agrado, escribió un tratado (De la pintura considerada en sus efectos sobre los hombres en general, y de su influencia sobre las costumbres y el gobierno de los hombres) donde sostenía que «las producciones de las artes extraen primeramente su carácter del de la nación; convertidas rápidamente en espejos que reflejan todos los detalles del gusto, de los hábitos, de las opiniones, los refuerzan y fortalecen así el carácter nacional al que deben su existencia».

—Traducido a nuestro caso: el rey es elegante porque es español; en consecuencia, si el rey representa a todos los españoles, los españoles son elegantes.

—¡Voilà!

Mientras nos deteníamos en el cauce de un riachuelo para observar el curso del agua, nos adelantó un pelotón de jadeantes atletas de mediana edad con sobrepeso al borde del infarto.  

—La cuestión —continuó Acracita— es que, tras un juicio estético desapasionado, el rey no sale airoso. Proyecta una imagen convencional, monótona, bolchevique, con perdón…

—¿Bolchevique?

—Taylorizada, si prefieres. No se distingue de agente de bolsa o un empresario vestidos por un sastre.

—¿Dirías que el cuadro general es, no sé, poco desenvuelto?

—Poco desenvuelto, sí, como petrificado, sin impulso, siempre con ese porte refrenado, envarado. Desde luego, sus trajes de «efecto discreto» no son los de alguien que desea impresionar.

—Tampoco debería, ya que está obligado a adecuar apariencia y posición social.

—Está claro; pero si admitimos que el traje habla, el discurso del rey es aún más insustancial que sus monsergas sobre la concordia. A su manera, también él se viste para trabajar. Como ocurre en el espacio de lo que hoy pasa por política, se trata de comunicación, de trasladar un mensaje de persona sobria, confiable.

—Concederás que su posición no le permite demasiadas alegrías indumentarias.

—Ni su posición ni su temperamento; es tan constante en su insipidez que resulta abrumador. Felipe VI no se cuenta entre esos hombres que, sin una gran seguridad de juicio, saben al menos jugar sus bazas.

—Un elegante fallido…

—Por así decirlo. Admitiendo que el monarca se viste de manera correcta, y es mucho admitir, no emociona. Posee ese gusto torpe que sucumbe a los peligros de la simple corrección. Pero más que de elegancia fallida, hablaría de solemnidad, lo cual, excuso decirlo, no me parece ningún mérito.

—Bueno, en los días que corren la corrección ya es un mérito —repliqué, desatando la incredulidad de mi interlocutora.

—Te olvidas de que hablamos de elegancia, no de corrección; y sabes muy bien que un hombre tan alejado de la poesía no puede ser un modelo seductor, excepto para impostores y zalameros. La solemnidad es perfectamente compatible con una torpeza llamativa.

—Es evidente.

—¿Qué pensarías si te digo que, en materia de gusto, Su Alteza Real no parece estar muy preparado?

—Que le haces justicia a la elegancia y al rey.

—Convendrás, por tanto, en que su majestad no se viste majestuosamente.

—Quién diría que a Felipe el Preparao le falta preparación…

—…y audacia; pero sobre todo le falta pasión, esa pasión que, aliada a una vanidad contenida, conduce a la belleza. ¡Ten presente a Barbey d’Aurevilly!

—Ah, sí, Barbey…vaya figura.

—Echo mucho de menos mis conversaciones con Liberto. La elegancia, insistía, es la decisión razonada de un hombre inteligente. El gran error de todos estos sabihondos es pensar que la elegancia es una cuestión de corte. El estilo es fruto de la voluntad y de un talento adiestrado, no de las tijeras de un sastre. Poco importa quién sea su sastre: un hombre que no pone de su parte jamás será elegante.

—Comprendo.

—Sin un céntimo en el bolsillo, Albert Cossery les daba mil vueltas a todos estos royals.

—¡Oh, el gran Cossery! ¡Qué hombre inspirador!

—¿Conoces la frase de Corot que Van Gogh le regaló a su hermano Theo? «Hay cuadros donde no hay nada y sin embargo está todo». A su manera, en Cossery, hombre sin recursos, está todo.

—Un amante, por cierto, de los buenos zapatos.

—En efecto. Y ya que mencionamos los zapatos…

—¿Sí?

—Es difícil elegir de manera más desdichada que Felipe VI.

—Imagino que te refieres a combinar traje con zapatos con hebillas o, ¡ay!, con mocasines de antifaz.

—El culmen de la incompetencia.

—Una costumbre, por lo demás, muy extendida. Pero hablabas del corte…

—El corte de los trajes de Felipe es, cuanto menos, objetable. El encaje de hombros, correcto; el resto, discutible. Repara en ese talle flotante, en ese cruce demasiado bajo, en esas mangas anchas que alojan unos puños de camisa simples.

—No presagian nada bueno. Me pregunto cómo alguien que conoce toda clase de favores es incapaz de tales torpezas. Eso debería ser garantía más que suficiente.

—¿Garantías, dices? En el terreno de la elegancia las garantías no existen. De nada sirve que el dinero no ponga límites a la fantasía si antes no se ha consagrado un enérgico esfuerzo al estudio ni se lleva la ropa con placer.

—¡Qué gran verdad!

—En cuanto al color, puestos a destapar los defectos que silencian los expertos… En fin, dejémoslo.

—No, no, por favor —repliqué—. Estoy muy interesado en conocer tu opinión sobre este asunto.

—Bien, ya que insistes… En primer lugar, como dice mi amiga Voltairine, el gusto está siempre en las armonías, en la producción de efectos agradables a los sentidos. ¿Y qué se aprecia de inmediato en las fotos del rey en el palco de Wimbledon?

—Veamos…, no sé…, ¿una transición brusca?

—Exactamente, una interrupción abrupta del ritmo cromático.

—Como invitar a cenar a dos personas que se odian íntimamente…

—Desde luego, no te ganarás la vida como creador de símiles, pero servirá para nuestro caso. El rey es incapaz de disolver los colores en una unidad o crear una antítesis agradable. Como no es un consumado maestro del contraste, compone una silueta seccionada gracias a un choque cromático brusco; en vez de conjugar, yuxtapone.

—Y separa.

—Separa con rudeza. Reemplazar el balance por el mosaico es un recurso de extravagantes o un error de principiante; en su caso, es un error recurrente; sin pulso para el equilibrio, cuando se plantea un dilema de combinación o contraste, lo resuelve sin imaginación.

—Pues no había reparado en eso…

—Ni tú ni ninguno de sus glosadores.

—En esto del color, ¿no habría que prestarles más atención a los pintores?

—Liberto tenía enmarcado en su taller una frase de Paul Signac: «Somete el color a las reglas de la armonía».

—¿Signac el neoimpresionista?

—El mismo.

—¿Y no encuentras el pantalón es demasiado riguroso para un evento deportivo?

—Absolutamente. Por no hablar de los pequeños detalles, que pueden…

—…sazonar o destruir el conjunto.

—Tú lo has dicho.

—O sea, que en este caso sería ridículo hablar de algo parecido a una originalidad aventurera. Pero, dime, ¿ves alguna nota luminosa en el conjunto?

—No puede haber nota luminosa porque no hay detalles ni fantasía.

—Con lo que evita el peligro de la afectación.

—Al precio de la mediocridad.

—Ya veo…

—Pero es mucho peor todavía cuando abandona el protocolo.

—¿Fuera de sus obligaciones oficiales, quieres decir?

—A eso me refiero.

—Pues también esto ha sido encomiado. En uno de esos empalagosos reportajes sobre las vacaciones de la familia real, una revista afirmaba que «el estilo de don Felipe cuando está en la isla está marcado por las menorquinas, las alpargatas, las deportivas made in Spain, los pantalones tipo bermuda y, sobre todo, las guayaberas. Estas camisas se han convertido en un must del armario veraniego del monarca y las tiene en varios colores como el clásico blanco o el verde, un tono que, por cierto, muchos asocian al acrónimo de VERDE: Viva el Rey de España».

—Caramba, la cosa es más disparatada de lo que pensaba. Ciertamente, no podemos considerar a sus jaleadores observadores intransigentes en materia de estilo.

—Verás, prosiguió, como en tantos otros órdenes de la vida, para inspirarnos en gente luminosa debemos mirar atrás. Ahora bien, imitar conlleva siempre un gran riesgo. Lo más recomendable es estudiar a fondo a esos hombres y mujeres al margen de las modas que, con independencia del momento histórico, siempre resultarán atractivos.

—Modelos suspendidos en el tiempo, invulnerables a su desgaste…

—Y que en muchos casos poseían un origen nobiliario.

—Me dejas de piedra…

—Comprendo, y comparto, tus prevenciones antiaristocráticas, siempre saludables. Pero aquí debo advertirte de que refugiarse en los prejuicios no es propio de una persona inteligente. ¿Qué me dices de príncipes como Kropotkin, de Grandes de España como Antonio de Hoyos y Vinent? ¿Y del gran Tolstói? A esos no les miras el pedigrí.

¡Touché! Entiendo que debemos enjuiciar la persona y sus actos, no sus títulos.

—Hay, mejor dicho, hubo, aristócratas admirables moral y estéticamente. Sin salir del mundo del tenis, ahí tienes al barón Gottfried von Cramm, que se jugó el tipo enfrentándose a Hitler.

Fred Perry y Gottfried von Cramm

—¡Gottfried von Cramm! ¡Es verdad, lo había olvidado! El tenista que se negó a afiliarse al Partido Nacional Socialista, con el riesgo que eso entrañaba en el Tercer Reich. 

—Un tipo muy apuesto, por cierto.

—Lo que no podemos negar es que Felipe VI es un hombre de nuestro tiempo, un perfecto representante del siglo.

—De nuestro tiempo somos todos…

—Me refiero a que se adecúa a los modelos de elegancia vigentes, modelos establecidos por las corporaciones del textil, personajes de la farándula, las redes sociales y la moda. Pienso en Lorenzo Caprile.

—¿El diseñador?

—El mismo.

—¿No vistió a la reina Letizia?

—Puede ser. Y si no me equivoco fue premiado con la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, o algo por el estilo. Pues bien, en algún lugar declaró que depositar un pañuelo en el bolsillo de pecho era algo parecido a llevar «sandalias con medias», un error definitivo propio de horteras, de hombres que «no tienen arreglo».

—¿Eso dijo? —respondió Acracita, llena de asombro.

—Como lo oyes.

—¿Y nadie le salió al paso para explicarle que el pañuelo de pecho es uno de los complementos elementales? ¿Nadie le explicó a él, y de paso al rey, que los pañuelos aportan una necesaria nota de alegría y jovialidad al traje? Y, por cierto, combinan de maravilla con escenarios deportivos, ya que hablamos de tenis.

—Pues no se detuvo ahí. Después de confesar que compraba mucho en «los chinos», arremetió con un desparpajo desconcertante contra tirantes, gemelos y corbatas.

—Al menos el rey lleva corbata…

—¡Menudo mérito! Son igual de feas, previsibles y redundantes que sus trajes-uniforme.

—Lo peor no es que carezcan de fantasía; eso, después de todo, sería disculpable como un defecto de carácter. Lo lamentable es su incompetencia a la hora de llevarla. Un personaje de Ödön von Horváth se recordaba constantemente a sí mismo: «Solo eres un hombre que quiere que su corbata esté en su sitio». ¡En su sitio! Ahí reside todo el misterio de la corbata. Ningún complemento pone tanto a prueba la sensibilidad como la corbata. Y a juzgar por esas corbatas flácidas, negligentes y desamparadas entre unos cuellos de camisa sin personalidad, a Felipe VI estas cosas no le quitan el sueño. Con la ayuda de un pasador podría crear un espacio entre la camisa y la corbata a modo de peana, que, al ahuecarla, le insuflase vida. ¡Qué diferencia entre una corbata tristona que se despeña sin la menor gracia cuello abajo y otra que se alza sobre el pecho, como gritando: «¡Miradme, soy la guinda del pastel!».

—Ahora que hablas de pasadores, creo que fue Milena Busquets quien afirmó que «un hombre elegante no lleva joyas».

—¡Acabáramos! ¡Qué insolencia! Me estás dando el paseo hoy…

—Lo mismo pensaba el exprimer ministro británico David Cameron. Nunca llevaba reloj porque «un hombre no lleva joyas».

—Seguro que afirmaba eso después de destrozar restaurantes locales y patrimonio arquitectónico de la Universidad de Oxford vestido de etiqueta junto a su amigo Boris Johnson.

—Miembros ambos del Bullingdon Club.

—Un club admirable. Recuerda que debemos respetar este venerable vandalismo, porque es una vieja tradición de los liberales conservadores.

—Liberales conservadores…

—Tal vez no lo sepas, pero en relación a las joyas, Azorín recomendaba la abstención a los políticos: «Joyas no debe usar ninguna: ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el calzado».

—Paños de calidad, lienzos de camisas, guantes… Si los políticos siguieran los consejos de Azorín…

—Disculparíamos con placer la ausencia de joyas. Pero volviendo a Busquets, cuéntame, ¿qué más abominaciones defiende esa señora?

—No sé si decírtelo; te vas a irritar…

—No temas: estoy curada de espantos.

—Pues, según ella, los tirantes son una «prenda puramente ornamental y con mucha intención.. De tontaina. A no ser que la lleve un hombre muy gordo que no encuentre cinturones de su talla, pobre. Claro».

—Hummm… Tontaina, ¿eh?

—Tontaina…

—Casi me alegro de que Liberto no sea testigo de este hundimiento. «El tipo de traje y el contexto son fundamentales a la hora de escoger los tirantes», advertía siempre a sus clientes. «En un traje deportivo, el cinturón proporciona libertad de hombros; uno de calle demanda unos tirantes que preserven la raya y acompañen los movimientos más violentos mediante una suspensión equilibrada».

—También en verano…

—Por supuesto. Los tirantes de verano resultan igual de prácticos, pero para garantizar una mayor comodidad son más estrechos y fabricados en un tejido elástico de algodón o de seda.

—En otras palabras, que los tirantes no son únicamente ornamentales.

—Además de una osadía, afirmar tal cosa es una necedad. Los tirantes son indispensables para la corrección. Adecuadamente ajustados, obligan al pantalón a permanecer en su lugar.  Favorecen una caída limpia e impiden que el pantalón se amontone sobre los zapatos.

—Por no mencionar que liberan el abdomen, una ventaja muy apreciable después de una comida copiosa o a la hora de incorporarnos tras estar un rato sentados.  

—Así es. Además de aportar limpieza de líneas, proporcionan bienestar. Con un pantalón de caja alta, los tirantes evitan la sensación de pesadez en la espalda.

—Pues, con todo y con eso, la señora Busquets no los quiere ver ni en pintura.

—Pues habrá que recordarle estas obviedades. Deshacerse de los tirantes es rendir tributo a una falsa simplicidad. «La elegancia comporta siempre comodidad y libertad de movimientos, resultado de un buen corte y unos buenos tirantes», recalcaba Liberto.

—Liberto era un sabio.

—Habría puesto a estos listillos en su lugar.

—Pues no te lo pierdas, aún hay más.

—¡Oh, tiempos interesantes! Cuenta, cuenta…

—Milena Busquets tampoco soporta a los hombres con chaleco: «No sé por qué. Es uno de los grandes misterios de la humanidad. Normalmente, un tío con chaleco de tela (los de punto, como de abuelito, son otra historia) no promete grandes emociones ni grandes escalofríos. Francamente».

—Vaya, ¿el chaleco también?

—También.

—¿Grandes Escalofríos?

—Muy grandes.

—Pero, ¿qué mosca le ha picado a esta mujer?

—Vaya uno a saber…

—Estos rencores son llamativos. Recuerdo aquellas tardes en el taller de Liberto, cuando, con cariño y paciencia, escuchaba mis excentricidades sobre la abertura del chaleco. Después, hacía una pausa y peroraba con su habitual entonación profesoral: «el buen gusto obliga a mostrar dos botones de camisa, ni más ni menos. No se trata sólo del escote o del cruce: el chaleco condiciona todo el conjunto, ya que reclama un corte de pantalón de tiro alto para tirantes, y pide, de preferencia, una camisa de puntas largas sin demasiada separación entre sus extremos».

—Sin olvidar el juego de armonías o disonancias que posibilita el chaleco.

—¿Qué más hace falta para que te convenzas de la nulidad estética de nuestros tiempos?

—Nada, ya estaba convencido.

—Y supongo que te darás por aludido.

—¿Yo?

—¡Ya me dirás! Con toda esa joyería que traes encima… ¡Eres un hombre encorbatado, enchalecado y enjoyado!  (Esa mañana en particular llevaba un traje de tweed de tres piezas; alfiler de cuello, una corbata de lana con pasador, gemelos y, serpenteando entre los ojales del chaleco, la leontina que me había arreglado Germinal con el reloj de mi bisabuelo, que también perteneció a mi padre).

—Es decir, ¡un tontaina que no promete grandes emociones ni grandes escalofríos! —exclamé.

Mi comentario provocó la hilaridad de Acracita. Durante un rato permaneció pensativa; al cabo, declaró:

—Todos tenemos nuestros prejuicios, ciertamente, pero esta gente no sabe lo que dice. Théophile Gautier lamentaba que sus coetáneos hubiesen supeditado el arte de vestirse al capricho de los sastres. Pero ahora es infinitamente peor, porque hemos dejado esa tarea en manos de individuos de una enorme incompetencia.

—No puedo contradecirte.

—Los grandes escalofríos me entran a mí al pensar en la lista de «tontainas» que incluiría este anti criterio de elegancia.

Gary Cooper, George Sanders, Valentino, Cernuda, el propio Von Cramm… En realidad, cualquier hombre del periodo de entreguerras.

—Y de cualquier clase social, no lo olvides.

—Nunca lo hago.

—¿Cómo se puede decir que las joyas no son importantes? Son imprescindibles y siempre que se usen con gusto aportan una gran delicadeza al conjunto.

—Además, deslizadas con cierta habilidad, introducen una dosis de ironía en el traje.

—De la que no andamos sobrados entre tanto harapo y tanta inteligencia artificial. Lamentablemente, hemos sustituido la fantasía por cachivaches electrónicos. Convendrás conmigo en que un elegante no puede llevar encima chatarra electrónica de ningún tipo.

—¿Chatarra?

—¿Qué otra cosa son los malditos teléfonos móviles? ¿Cómo un monarca que se las gasta de elegante puede saludar a James Bond con el teléfono en la mano?

—¿A James Bond?

—Sí, bueno, al actor que lo encarna, nunca mejor dicho, porque hay que ver esos trajes encarnizados en los que se consigue colarse este hombre. No me resigno a que los sastres, a quienes correspondería mantener viva la tradición clásica, vistan a sus clientes famosos como la sota de bastos y los devuelvan al mundo con sus bendiciones.

El paseo tocaba a su fin, y Acracita me ofreció sus conclusiones.

—Entonces, amiga, en resumen, ¿qué debo decirles a todos esos pelmas que vienen a preguntarme por la elegancia del rey?  

—Pues que no transparenta estudio, esfuerzo o gracia. Salvo los desaciertos que los analistas han ignorado, nada en él conmueve ni excita los sentidos. A pesar de jugar sobre seguro, ya que puede acudir a los mejores sastres, acaba sucumbiendo a lo monótono y lo rutinario. Es difícil establecer el mérito de un hombre del que nunca esperas nada sorprendente, ¿no te parece?

—Me parece; y agregaría también la ausencia de esplendor, de plenitud, de sentido artístico.

—Felipe VI no ha sido tocado por el dios de las artes. Fue ungido soberano, pero no corrió la misma suerte como artista.

—Y aun así su reputación le precede.

—Una reputación, te recuerdo, que se apoya en autoridades dudosas. Basta con mencionar la figura real para poner a todo el rebaño de acuerdo. No hay de qué extrañarse si el público ve en su medianía el trazo de un genio. En todo caso, debemos reconocer que también hay cosas positivas.

—¿Por ejemplo?

—En su madurez, Felipe VI no experimentará un periodo de decadencia.

—¿No?

—No hay declive donde nunca hubo esplendor.

—Visto así…

—Pero hay otro motivo por el que ningún rey, por muy bien que se vista, jamás podrá ser elegante.

—A ver…

—Su nocividad social.

—Oh, ya veo por dónde vas, pero ese criterio, además de arbitrario, podría refutarse por no tener fundamento estético.

—No lo creo, y más cuando buena parte del periodismo se ha servido de la elegancia como instrumento de orgullo patriótico.

—Tampoco se ha dejado en el tintero ningún latiguillo habitual, como el de los valores interiores:

—Ah, sí, esos misteriosos y ocultos valores. Para hablar de estas estupideces la prensa se ve obligada a pasar por encima de los escándalos, ¡y qué escándalos!, de la institución monárquica. Haz memoria, ¿qué Borbón puede afirmar, con Diderot: «Es imposible atacarme por el lado de mis deberes»?

—Y si les pillan con las manos en la masa ni se inmutan.

—Al contrario; se disculpan con la boca pequeña al tiempo que regañan a sus súbditos con una soberbia mal disimulada. Mira al rey emérito: «¡Quienes sois vosotros para censurar mis costumbres!».

—Pero volvamos a la elegancia y la monarquía.

—Verás, un hombre que ejerce una autoridad derivada del privilegio no puede ser elegante. Como mucho se vestirá bien.

—Ya, pero se podría replicar que su poder es meramente simbólico; su función no es gobernar, sino mantener viva la ilusión de una esencia nacional.

—Este es un error gravísimo. En política, nada es más importante que lo simbólico. La Comuna de París empleó un tiempo precioso en derribar la columna de Napoleón de la Place Vêndome. Hacer caer el símbolo del imperialismo francés, de cualquier imperialismo, era un gesto de la mayor importancia para el pueblo de París.

—Estamos aquí por la humanidad…».

—Ese fue el lema de la Comuna.

—Pero se trata de simbolismos diferentes, ¿no?

—Ciertamente. Los comuneros apelaban a un humanismo ecuménico fruto de la actividad consciente de una comunidad política auto instituida. Por su parte, la monarquía, como pensaba Pla, siguiendo a James Fraser, «se apoya en la magia y el deslumbramiento». La magia es la raíz del simbolismo nacional, es decir, de un principio sagrado que funda la nación.

—Y el deslumbramiento…

—Del deslumbramiento se encargan la prensa y los especialistas en moda.

—Ya veo. Pues parece que los monarcas son muy conscientes de estos detalles.

—Por la cuenta que les trae, ya que son los primeros interesados en preservarlos. Te pondré un ejemplo. En el París de los primeros años treinta, Alfonso XIII, «con la elegancia fina y familiar que lo distingue», se presentaba en el hipódromo de Longchamp con un écharpe de seda roja y amarilla, los colores nacionales de España.

—Ahora entiendo la importancia de los símbolos.

—Y de los acrónimos. En 1932, en plena onda expansiva del crac del 29, Lady Rumbold celebró una fiesta en honor del rey. Una invitada observó complacida que no faltó de nada y todos comieron «divinamente»: truites au bleu, perdices, jamón, compota de melocotones y queso. «En la mesa había dalias rojas y amarillas (por la bandera de España) y el rey se fijó enseguida; además, añadió que el verde de los tallos hacía referencia a que en España los partidarios del rey gritan “Verde” por que son las siglas de “Viva el Rey de España”. Así que todo fue estupendo. Luego salimos a jugar al golf».

—¡Ah, el famoso acrónimo de nuevo!

—Que los periodistas más rastreros sacan a la luz cada vez que se presenta la ocasión.

—Después de todo, supongo que uno de los mayores atractivos del nacionalismo es ese sentimiento de que no estamos solos, de que pertenecemos a una comunidad histórica que nos trasciende. Algo parecido a la religión.

—Ese es uno de los sus atractivos, no cabe duda, pero en realidad, a pesar del consuelo que ofrecen, no hay nada, ni en el abismo de la historia ni en el cielo de la religión, que pueda alterar nuestra precaria condición humana.

—Por no mencionar que un monarca representa, ante todo, la desigualdad entre los hombres.

—Y la ficción de la unidad territorial.

—Me pregunto de qué nos servirían estos símbolos a la hora de fundar una sociedad sobre otras bases; digamos: la alegría de vivir, la cooperación, la belleza y la fraternidad.

—No nos serviría de nada. En realidad, sería conveniente librarnos de ellos lo antes posible. Y espero que no veas en esta afirmación un llamamiento a orgías sangrientas. Junto con la institución monárquica deberíamos desembarazarnos de la guillotina, instrumento de venganza, no de emancipación.

—Como la Comuna de París.

—Que destruyó públicamente, es decir, simbólicamente, la guillotina.

—¿Sabes? Tus ideas suenan extrañas en estos días de furia chovinista.

—Lo sé. Los patriotas siempre han florecido en medio de la desmoralización y la frustración. A pesar de los horrores que ha provocado y sigue alimentando, es descorazonador comprobar que la simpleza de sus fórmulas no ha perdido atractivo.

—También la izquierda se ha vuelto patriota…

—Los amigos de la patria proliferan por todas partes. Pero debemos mostrarnos firmes. Donde ellos ven españoles, somalíes, finlandeses, guatemaltecos, paquistaníes o filipinos, yo solo veo seres humanos. «El fanatismo no es un error, sino un furor ciego y estúpido», escribió Rousseau, y el patriotismo es el más ciego y estúpido de los fanatismos. Al pensar en esos hombres y mujeres que se erizan con el himno nacional y sienten en lo más profundo de su ser los colores de la bandera me alegro de ser una mujer sin patria insensible a los embelecos del chovinismo.

—Una internacionalista…

—Que grita bien alto que el rey va desnudo —concluyó Acracita—. Ahora, dejemos a los titulares del privilegio y prosigamos nuestro paseo; contemplemos con la debida devoción estos deliciosos paisajes de los que el progreso nos privará en breve.

Así lo hicimos. Emprendimos el camino de regreso a casa, donde Germinal había preparado un pícnic en el jardín. Sobre un mantel de cuadro Vichy, frutos secos, fresas y champán rosado, cortesía de su vecino Floreal, que se unió al piscolabis.

Germinal alzó su copa y dijo: «Amigos, brindemos por la amistad y la belleza. ¡Salud y libertad!».

«¡Por la amistad y la belleza!», repetimos todos a coro. Tras llenar de nuevo las copas, mi amiga propuso otro brindis:

—¡Por nuestros encantadores paseos, querido muchacho!

—¡Oh, Acracita, eres una mujer formidable!


Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.

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