Crónica

«¡Malditos matasanos!». Quevedo y los médicos

Un artículo de Francisco Abad sobre la acendrada galenofobia del autor de 'Vida del Buscón'.

¡Malditos matasanos!

/por Francisco Abad Alegría/

¡Esos malditos me han hecho así…

A don Francisco de Quevedo y Villegas le caían mal los médicos; le caíamos francamente mal. Y no se cuidó de prodigar su negativa valoración de nuestros pretéritos colegas el prolífico autor de la Vida del Buscón y de gran número de obras literarias, morales y poéticas. Espigando entre tanta hermosa palabra, encontramos algunas referencias que ilustrarán la galenofobia del glorioso compatriota. Parece que si cae una granizada o eres alérgico al polen, alguien debe ser el culpable; un hombre tan inteligente se las arregló para ajustar cuentas con quienes consideraba colectivamente responsables de su escasamente agraciado físico, pero eximió de tan dolosa causalidad a su privilegiado cerebro: justicia selectiva, a lo que parece.

Nacido en el seno de familia cortesana, medianamente influyente (Madrid, 1580), ve la luz zambo de sendos pies, además de discapacitado visual por importante miopía. Renuncia por ello a la vida cortesana y de carrera social y ejercita lo único que tenía excelentemente dotado (que se sepa): el intelecto. Su relación es variada con personas instruidas y de dependencia con personajes de la aristocracia. Su osadía al denunciar ante el rey la actuación del valido Conde-duque de Olivares le vale prisión y destierro en León, de donde sale ya muy debilitado, acabado, para concluir sus días en la Torre de Juan Abad (Ciudad Real, 1645), cuya propiedad como herencia materna defendió contra el concejo local y ganó en sentencia póstuma.

Su patente minusvalía física le hizo activamente misógino y de duro trato social, que desplegaba con una expresión literaria mordaz y brillante. Probablemente su deficiencia motora se atribuiría a falta de competencia sanitaria en la asistencia al parto y los subsiguientes cuidados ortopédicos; no así la miopía, de la que a nadie se podía culpar. Los médicos que no pudieron asistirle satisfactoriamente y las mujeres que difícilmente serían sensibles a su obviamente escaso encanto físico fueron consecuentemente blanco de la dura crítica de su prosa y poesía. Y ya que en la vida real no podía medirse con la energía y destreza de competidores más musculados y agraciados que él, buscó enemigos contra los que pleitear entre el mundo de la literatura y el brillo intelectual.

Es su historia la de un discapacitado físico, nacido en un medio socialmente relevante, que no puede competir con las cualidades comunes y fabrica rivales a los que vencer con la agudeza de su mente y el filo de su pluma. Es lástima que mente tan brillante no se alojase en un cuerpo gallardo o al menos correcto, porque quizá así no habría castigado a nuestra profesión con su verbo. Aunque a saber si en tal caso su ingenio no habría quedado adormecido, latente, por falta de estímulo para el combate, que no carece de sus alicientes, si bien se mira.

…y se van a enterar, los muy bastardos!

La esencia de los médicos es su ignorancia. Según don Francisco, «es enfermedad la ignorancia, à cuya causa nos curamos de una enfermedad con otra. Ignora el enfermo la causa, porque padece, y el medico la que cura. Quando tenemos salud, despreciamos los excessos confiando en la medicina: en enfermando, que hemos menester la medicina, desconfiamos della, ó la desobedecemos, ó la admitimos cobardes» (lo afirma en Virtud militante contra las quatro pestes del mundo: Enfermedad, quarta fantasma de la vida). Reconoce Quevedo que la ignorancia médica se aúna con la rebeldía del paciente. Y añade a renglón seguido que «son innumerables los enemigos que tiene la vida del hombre, innumerables, mas baratos. El mayor añadimos es el medico, y este comprado muriendo le pagamos el delito: sanando, la ignorancia dichosa». La vis naturae medicatrix como eficaz remedio, vamos.

Ridiculiza nuestro autor a los médicos por su afán coprofílico, en la misma onda de su ignorancia, olisqueando heces y orines, y aunque no lo dice, degustando hasta el cerumen de los oídos. En El sueño de la muerte dice que

quando via a éstos [boticarios] y a los dotores, entendí cual mal se dice para notar diferencia aquel asqueroso refrán: Mucho va del culo al pulso; que antes no va nada, y solo van los medicos, pues inmediatamente desde él van al servicio y al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los remitió á la cámara y a la orina. Y como si el orinal les hablase al oído, se llegan a la oreja, avaharándose los barbones con sus nieblas. ¿Pues verles hacer que se entienden con la cámara por señas, y tomar su parecer al bacin, y su dicho a la hedentina? ¡No lo esperaba un diablo!

Cierto que los procedimientos analíticos no estaban desarrollados en el siglo XVII y las pesquisas organolépticas tentaban captar la expresión de las enfermedades nada menos que con el poderoso instrumento analítico del olfato, auxiliado por la vista y no pocas veces por el gusto: hemos mejorado, por ventura.

Ya sin más requilorios, Quevedo llama a los médicos eficaces colaboradores de la muerte. En La hora de todos y la fortuna con seso (I. «Un médico»), cuenta en imaginada relación cómo «pasó un medico en su mula, le cogió la hora, y se halló de verdugo, perneando sobre un enfermo, diciendo credo, en lugar de récipe, con aforismo escurridizo». Es decir, que se empeñó en misericordiarlo. Abunda en la idea en El sueño de la Muerte cuando detalla la concurrencia de los muertos pastoreados por la Parca con palabras grandes:

Dime —dije yo—: ¿qué significan estos que te acompañan, y por qué van, siendo tu la Muerte, mas cerca de tu persona los enfadosos y habladores que los médicos? Respondióme: Mucha mas gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y calenturas, y mucha mas gente matan los habladores y los entremetidos que los médicos. Y has de saber que todos enferman del exceso o destemplanza de humores; pero lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan. Y así, no habréis de decir, cuando preguntan: ¿de que murió Fulano? De calentura, de dolor de costado, de tabardillo, de peste, de heridas; sino murió de un dotor Tal, que le dio de un dotor Cual.

Mala compañía nos asigna el hidalgo y se solaza en detallar por qué.

Corolario es la radical asignación de los médicos a la estirpe de los asesinos, sin demasiados distingos. En el Sueño del alguacil endemoniado, que clasifica en su puesto antes del Juicio Final a los humanos, no se corta un pelo al decir que llegó un asesino, que «tenía en su haber unas muertes y le mandamos alojar con los médicos». Un maestro de esgrima, que enseña cómo manejar diestramente el estoque para finar al adversario, se iguala con nuestros colegas, diciendo «que bien puedo pretender que me llamen Galeno; que si mis heridas anduvieran en mula, pasaran por médicos malos; si me quereis probar, yo daré buena cuenta» (Sueño del Juicio Final). Para que no quede duda, relata la imaginaria anécdota de dos ahorcados (La hora de todos y la fortuna con seso, XXV):

Entre la multitud de gente que los miraba, pasando en alcance de unos tabardillos, se paraban dos medicos […] ¡Ah, señores dotores! Aquí tienen ustedes lugar, si son servidos, pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y también presume de aforismo el esparto […] Si yo hubiera usado de receta como de daga, no estuviera aquí, aunque asassinado a cuantos me ven.

Por no dar puntada sin hilo, don Francisco atribuye la eterna condenación de quienes murieron en pecado mortal a los galenos que limpiamente los despacharon. En el «Sueño del Juicio Final» dice: «Divirtióme desto un gran ruido que por la orilla de un rio venia de gente en cantidad tras un medico, que después supe que lo era en la sentencia. Eran hombres que había despachado sin razón antes de tiempo, por lo cual se habían condenado, y venían por hacerle que pareciese, y al fin, por fuerza le pusieron delante del trono».

Y ya por no dejar títere con cabeza, cual justiciero Alonso Quijano, aunque en otros pasajes se expresa en el mismo sentido, mete en el saco del homicidio a los prácticos del cuchillo y la bacía y al describir la conversación que cruzan un barbero (con el tiempo cirujano de segunda), un médico y un boticario (con el tiempo farmacéutico), dice que en la discusión el boticario se escabulló, quedando médico y barbero frente a frente, y que «el medico se disculpaba con él, y al fin el boticario desapareció, y el medico y el barbero andaban a daca mis muertes y toma las tuyas» (Sueño del Juicio Final). Edificante la mancomunada eficacia de los sanitarios implicados.

¡Qué carácter tenía don Francisco y qué sulfúrea pluma!


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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