/ por Mattia Salva /
Artículo originalmente publicado en Not el 17 de diciembre de 2018 y traducido al español por Pablo Batalla, que también ha adaptado mínimamente la redacción para que parezca escrito hoy, en lugar de hace seis años, e introducir datos que hicieran comprensibles para el lector español algunas referencias que constituyen sobreentendidos para el italiano
La noche del 17 de junio de 2015, Dylann Roof, de veintiún años, entró en una iglesia evangélica de Charleston (Carolina del Sur), asistió a una sesión de estudio bíblico durante aproximadamente una hora y luego sacó una pistola de su riñonera y mató a nueve personas mientras vociferaba insultos racistas, antes de intentar suicidarse, descubrir que se había quedado sin municiones y huir. Tras su arresto, confesó haber actuado con el deseo de desencadenar una guerra racial. Mientras tanto, durante su persecución, los medios publicaron una foto tomada de su Facebook. Aparecía en un bosque, con el ceño fruncido y parches con las banderas de la Sudáfrica del Apartheid y Rodesia, antiguo Estado segregacionista nacido del colonialismo británico, que luego se convertiría en Zimbabue. Roof se percibía a sí mismo como «el último rodesiano», nombre de su sitio web, descubierto tres días después y que contenía un manifiesto político explícitamente racista.

Roof fue condenado a muerte, pero su historia, y sobre todo su estética, provocaron el desarrollo de una mitología que tal vez ya existiera en forma latente. El New York Times Magazine dedicaba hace unos meses una larga investigación a este fenómeno. Va de la difusión de iconografía rodesiana, con cuentas de Instagram dedicadas a la fotografía de guerra (@imagesofwar, @historicalwarfareinc…) publicando instantáneas de patrullas de los Selous Scouts (las fuerzas especiales del ejército de Rodesia en los sesenta y setenta: hombres blancos en bermudas y camiseta sin mangas empuñando rifles y patrullando la sabana), a puro y duro merchandising rodesiano, vendido en tiendas online donde se pueden comprar carcasas de teléfono móvil, carteles de propaganda del ejército de Rodesia o camisetas con chistes internos sobre el tema o las palabras «Make Zimbabwe Rhodesia Again».
Para la extrema derecha y los supremacistas blancos a los que se destinan estos productos, el atractivo es evidente. Rodesia es una referencia histórica menos obvia que una esvástica o una bandera confederada; un código comprensible para muy pocos no iniciados. Se trata de inside jokes que no le dicen nada al gran público, y que transmiten de manera más disimulada el mismo mensaje de alabanza y nostalgia por un Estado étnico y racista. «Pienso que a los blancos nos gusta que haya un equipo al que apoyar estos días», explicaba al NYT Magazine Joseph Smith, un joven de veintidós años que dedicó un vídeo a la historia de Rodesia en su canal de YouTube, pero que no había oído hablar de aquella nación hasta la masacre de Charleston.
«Ser un hombre blanco heterosexual y conservador es, estos días, algo impopular entre mucha gente», aseveraba también Smith para la revista, al explicar de dónde provenía su fascinación por Rodesia. La clave para leer el mito rodesiano es justamente esta: el sentimiento de pertenencia a una minoría (blanca) cercada; un problema de percepción que no tiene en cuenta ni las proporciones numéricas reales (en Estados Unidos, según el último censo de 2010, los estadounidenses blancos son el 73% de la población), ni el equilibrio social de poder que todavía ubica a los blancos en la cúspide de la pirámide social. La conciencia de formar parte de una minoría civilizada (blanca) rodeada de hordas bárbaras hostiles (no blancas), obligada a defenderse de una agotadora guerra de guerrillas que pretende aniquilarla poco a poco o «sustituirla», asimilarla, hacerle perder su identidad cultural; la sensación de que el país de uno se ha convertido en una Rodesia y de que Rodesia era una profecía de lo que el resto del mundo blanco podía llegar a a ser. Pero también la idea de Rodesia como paraíso perdido, que llevaba en 2015 a un grupo de extremistas de derecha a elaborar en 8chan un proyecto colonial para crear una nueva Rodesia en miniatura, fundando un asentamiento solo para blancos en Namibia. Todo esto estaba pegado a la chaqueta de Dylann Roof.
El trauma de Rodesia
A fin de interpretar el momento histórico que vivimos, con el resurgimiento del nacionalismo, el fascismo y el racismo en todos los estratos de la sociedad, los paradigmas más utilizados miran hacia atrás y establecen comparaciones entre la gran crisis de 2008 y la de 1929; el ascenso de los populistas actuales y el del fascismo y el nazismo en las décadas de 1920 y 1930; 2018 y 1918; la aparente fragilidad del orden democrático actual y la de la República de Weimar. Beben de la famosa frase de Marx sobre la repetición de la historia, primero como tragedia y después como farsa, pero no dan en el blanco, porque el racismo actual es muy distinto del nazifascista: se parece más al que cuajó en forma de identidad nacional en la antigua colonia británica de Rodesia.
Como recuerda Bifo Berardi en la revista Not, el fascista —en su justificación ideológica, propagandística— es un racismo de origen colonialista, propio de una civilización que se percibe a sí misma como superior, custodia de una misión civilizadora. La letra de Faccetta nera («Carita negra»), la canción más famosa de las que en la Italia mussoliniana vehicularon dicho imaginario, deja claras sus características: canta a una bella abisinia que debe aguardar esperanzada la llegada del colonizador italiano, de quien recibirá «un’altra legge e un altro Re» («otra ley y otro rey») y que será llevada «a Roma, liberata», para que vista, ella también, la camisa negra, se convierta en «romana» y marche finalmente junto a los fascistas frente al Duce y al Rey, al abrigo de la bandera tricolor. La colonización es una emancipación ofrecida por los colonizadores (blancos) a las poblaciones colonizadas (no blancas), para que estas participen en la asamblea de los pueblos civilizados, elevándolos.
El discurso racista nazi es diferente, pero solo en parte. Aquí también se da la autopercepción de constituir una raza superior, investida de la tarea de mejorar la humanidad, pero, en este caso, no a través de la elevación y la nivelación de las condiciones, sino de la purga de los elementos inferiores contaminantes. Es, también, racismo colonialista, pero la guerra colonial del pueblo de los señores (arios, blancos) no pretende en este caso llevar la civilización a las razas inferiores, sino la conquista de un espacio vital en el que utilizar a aquellas como mano de obra esclava; una pretensión que tuvo su consecuencia más trágica en la Operación Barbarroja y el intento nazi de transformar Europa del Este en un dominio colonial.
El elemento común al racismo nazi y el fascista estriba en la relación de los colonizadores, no con los colonizados, sino consigo mismos; en su autopercepción, en la valoración de su situación, en su autoestima y su confianza. El nazifascista es un racismo triunfante; el de quienes no solo se perciben a sí mismos como superiores, sino que ni siquiera conciben que dicha superioridad sea cuestionada por las razas inferiores o los pueblos incivilizados; por los eslavos orientales destinados a servir al pueblo de los señores o las hermosas abisinias destinadas a conocer la civilización por obra de los camisas negras.
Tomemos ahora en consideración estos tres elementos con respecto al racismo de hoy. No hace falta mencionar la polémica sobre el ius soli para darnos cuenta de que ni siquiera pensamos en elevar a los negros a nuestro rango e integrarlos, como pretendía hacer Faccetta nera. Y está igualmente claro, si nos fijamos en el cliché de los inmigrantes que nos roban los puestos de trabajo y el argumento más reciente sobre el «ejército industrial de reserva», que ni siquiera queremos que tengan un empleo productivo y compitan con nosotros. La diferencia más importante, en cualquier caso, radica en el tipo de racismo: no victorioso y fanfarrón, sino atemorizado. El tipo de racismo al que Rodesia estuvo estrechamente vinculada desde el día de su independencia declarada unilateralmente en 1965, como reacción a la decisión del Gobierno británico de negarse a concederla mientras no se aboliera la segregación racial en el país; durante su existencia toda como un Estado paria con 5,5 millones de habitantes de los que solo 300.000 eran blancos, un sufragio censitario que excluía a la mayoría del poder político, la sanción de la ONU y solamente el apoyo de Estados Unidos, Israel, el Irán del sah, el Portugal de Salazar y la Sudáfrica del Apartheid; y hasta después de su disolución y su transformación en Zimbabue en 1979, al final de un sangriento conflicto civil de baja intensidad conocido como Rhodesian Bush War (algo así como «guerra rodesiana del Arbusto»).
El de hoy no es el racismo vanidoso de quienes perciben que su victoria es inevitable y su derrota, absolutamente imposible, porque saben que su superioridad racial se sustenta en la económica, la tecnológica y la militar; es decir, en aquellos medios materiales que permiten la continuidad y extensión de su dominación. Es, en cambio, un racismo asustado, aterrado; el de quienes se perciben a sí mismos como una minoría asediada, pero, además, se les resquebraja la fe en los medios materiales que habrían de protegerlos, y escuchan crujir el mito de su invulnerabilidad. Es decir: el racismo en que se basó la identidad nacional rodesiana.
Sus admiradores actuales miran Rodesia como un precedente histórico: allá, en las décadas de 1960 y 1970, los blancos eran una minoría, y ello representa un presagio ominoso de lo que podría suceder en el futuro, o tal vez ocurra ya, para el Occidente asustado por el extravío de sus armas defensivas. Representa, también, un trauma y su rebrote, porque, en Rodesia, la superioridad racial blanca, si bien se sustentaba también en la económica, tecnológica y militar, acabó derrumbándose. El partido racista gobernante, el Frente Rodesiano, tuvo que capitular y conformarse (1980) con una ley electoral que reservaba nada más que un puñado de escaños para los blancos —sancionando efectivamente tanto su condición de minoría como su exclusión del poder—. En 1984 cambió su nombre a Alianza Conservadora de Zimbabue. Seguidamente se diluyó; perdió su identidad al aceptar miembros negros (1986). Y finalmente desapareció tal como había desaparecido el país.
Todo esto representa un trauma, el trauma de la pérdida de la dominación y la identidad, para aquellos que identifican la identidad con la dominación, y que algo creen discernir a partir de él en otros procesos que tienen lugar en nuestros días. Rodesia es una pesadilla, un memento mori para la conciencia colonial. Tal era el significado del parche en la chaqueta de Dylann Roof: tenía una nakba que vengar cuando se puso a disparar en una iglesia de Charleston.
La guerra del Arbusto
Cierto es que, mientras que en Rodesia los blancos eran una minoría, en Estados Unidos y Occidente en general continúan representando la gran mayoría. Pero, como ya se ha dicho, el mito de Rodesia no se atiene a las relaciones numéricas o a las relaciones sociales del poder, sino que se sustenta sobre la percepción de las mismas. En febrero de 2018, un informe de Eurispes concluía que solo el 28,9% de los italianos conocía el porcentaje real de extranjeros residentes en el país (8%). El 35% creía que había al menos el doble (16%). El 25% pensaba que en Italia había un extranjero por cada cuatro personas. Esto significa que más del setenta por cierto de la población italiana tiene una percepción distorsionada del fenómeno migratorio. Se puede afirmar, pues, que la sociedad italiana padece una forma de paranoia que la lleva a ver inmigrantes por todas partes.
Similar panorama se desprende del mismo tipo de investigación, pero realizada a nivel europeo. «El error de percepción de los italianos es el más alto de todos los países de la Unión Europea», se lee en un informe del Instituto Cattaneo publicado en agosto de 2017. La diferencia porcentual es de alrededor del 17%, lo que significa que, en promedio, los italianos piensan que los extranjeros no son el 8, sino el 25% de la población, con picos del 32% «entre los que se definen a sí mismos como de centroderecha o derecha». Para el 74% de los italianos, los inmigrantes significan un empeoramiento de los índices de delincuencia: un valor muy superior a la media europea del 57%. Este último hecho completa el cuadro clínico mencionado con anterioridad: la sociedad italiana no solo padece una forma de paranoia que la lleva a ver inmigrantes por todas partes, sino que también lo asocia con una amenaza para su seguridad, es decir, ve peligros para su seguridad en todas partes. Siente como si se hallara en estado de sitio.
Si Rodesia es un mal sueño de la conciencia colonial, es normal que Italia sueñe con ella más que otros países, porque la conciencia colonial italiana es la que más ha dormido, y la que sigue teniendo el sueño más pesado. El país nunca ha alcanzado un acuerdo sobre su pasado colonial. Por un lado, ha obviado sus crímenes, escondiéndolos tras el mito de los «italiani brava gente» que acudieron a África a construir infraestructuras, y cuya dominación es incluso añorada por las poblaciones locales, tomando en consideración los conflictos que siguieron a su independencia. Por otro lado, se ha quedado muy rezagado, en comparación con otros países europeos, en la cuestión de la integración de italianos de segunda generación, y aun de la aceptación de su existencia.
El lema «non ci sono negri italiani» («no hay negros italianos»), berreado contra el futbolista afroitaliano Mario Balotelli por tifosi de la selección nacional; la polémica por la foto de unos atletas negros que ganaron el oro para Italia en los Juegos Mediterráneos en julio de 2017; la ausencia de una ley de ius soli a la que se opone gran parte de la clase política y la población, son elementos que nos hablan de algo cristalino: la sangre sigue siendo un elemento capital de la identidad italiana; lo es mucho más que la tierra. Todo esto se ha vuelto mayoritario, y en esta construcción de una identidad italiana fundamentada en la sangre, en este «hacer italianos» que supera por fin el pleito norte-sur y el secesionismo padano, nos topamos con Rodesia.
Los rodesianos no eran un verdadero pueblo, sino una clase esclavista. Rodesia no era una nación, sino el pintiparado nombre político de una esclavitud racial. Italia construye hoy, con el fin de superar los particularismos, los regionalismos y los conflictos sociales, una identidad compartida que es igual de ficticia; pretensión de existencia de una minoría civilizada amenazada por hordas no blancas que, al menos en la percepción, ya suman una cuarta parte de la población, y que hacen que por tanto exista el riesgo real de terminar tarde o temprano como en Rodesia, donde los blancos eran efectivamente una minoría. Italia se imagina y se construye como la Rodesia de Europa.
Esta división paranoica de la sociedad en dos bandos enfrentados de invasores e invadidos es la chispa que no vemos cuando contemplamos el incendio representado por las decenas de muescas en el mapa de agresiones racistas producidas desde la asunción del poder por el Gobierno Conte en junio de 2018, con el pacto entre el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga de Matteo Salvini. Si queremos comprender esta estampa perturbadora, no debemos observarla sola, sino en conjunto con lo que puede considerarse su contraparte: todos esos sitios web, nacidos mucho antes, que se dedican a catalogar la delincuencia común con criterios racializados; a sondear las noticias sobre delincuencia para construir, actualizar y difundir en cualquier momento una base de datos gigantesca de «crímenes de inmigrantes», como ofrece el más famoso: www.tuttiicriminidegliimmigrati.com. A ojos de una parte sustancial del electorado italiano, aquella sobre la cual se apoyó el Governo del Cambiamento, estos dos aspectos aparecían como caras opuestas de la misma moneda. La mejor interpretación de este hecho sigue consistiendo en remitirse a Rodesia y a la guerra del Arbusto, aquel conflicto a medio camino entre guerra de guerrillas y guerra civil de baja intensidad, librado por las dos partes de la sociedad rodesiana y que condujo a la desaparición del país en el espacio de quince años.
Tomados en conjunto, los «crimini degli immigrati» y los crímenes racistas conforman una guerra del Arbusto permanente y generalizada. En el marco de la misma, la minoría blanca percibe los crímenes de los no blancos, no como meras noticias sobre delincuencia, sino como acciones de una guerra de guerrillas librada contra ellos, a las que cabe responder con la misma violencia. Para unos, el topónimo Macerata —un municipio de Las Marcas— traía inmediatamente a la mente el ataque fascista y racista de Luca Traini: un tiroteo perpetrado allá contra seis migrantes africanos durante la campaña electoral de 2018; mientras que para los otros, evocaba el asesinato un mes antes de la joven Pamela Mastropiero, también considerado un acto racista de los nigerianos acusados de matarla y descuartizarla; de los negros contra los blancos. Es una dinámica que nos resulta familiar porque se fue construyendo poco a poco a lo largo de los años, desde Adam Kabobo —un inmigrante ghanés acusado de matar a un viandante en Milán con un pico y herir a otros dos en 2011— hasta Pamela Mastropiero. Solo en 2018 fuimos apercibiéndonos de las teorías conspirativas fuertemente vinculadas al mito de Rodesia y a aquel tipo de racismo que habían ido echando raíces en Italia, tales como el Plan Kalergi, la sustitución étnica o el genocidio blanco de los bóers sudafricanos. Y en los comentarios de Facebook de personas que se regocijan por tal o cual naufragio en el canal de Sicilia, no veíamos ya un fenómeno espantoso e inexplicable, sino que escuchábamos las palabras de Ian Smith, exprimer ministro de Rodesia, cuando, entrevistado por The Guardian en 2000, decía: «Cuanto más matábamos, más felices éramos».
Rodesia en el mundo
Si ampliamos el campo de observación del nivel nacional al global, de la situación italiana a la del Occidente blanco en general, nos daremos cuenta de un elemento cierto del mito de Rodesia. Y es que la percepción de que los blancos constituyen una minoría asediada, si bien es falsa en el angosto contexto del horizonte nacional, capta una verdad más profunda si se mira en términos más amplios, en los que se entrelazan las contradicciones raciales y de clase. Europa, Occidente, el Primer Mundo, el mundo blanco, la metrópoli capitalista son efectivamente una minoría asediada. Desde este nuevo punto de vista, desaparece la duda de si el mito de Rodesia no puede decir nada en Italia, o de si el paralelismo en el que se basa es más evidente en otros lugares, por razones culturales. Italia deviene solo la imagen de la extensión de este mito; de su capacidad para echar raíces incluso fuera de su humus histórico; y podemos reconciliarnos de modo tal con la idea de Italia como frente primero de la Europa-fortaleza frente al fenómeno migratorio; con su papel como frontera todavía porosa. El mismo proceso de construcción de una identidad común ficticia, basada en una conciencia colonial que permite aplacar los particularismos y los conflictos sociales, se está llevando a cabo a mayor escala, dentro de esta fortaleza sitiada. Es, de hecho, inseparable de la identidad de la fortaleza y de uno de los fines que presidieron su fundación. El movimiento histórico que condujo a la aglomeración en una entidad supranacional de lo que antaño habían sido centros imperialistas que competían entre sí se desarrolló estimulado por la misma percepción y el mismo miedo a perder la hegemonía que subyace a la construcción de la Italia-Rodesia. Tampoco en la Europa-Rodesia, mirando los datos, es real el asedio, sino solo potencial; pero también aquí nos topamos con las más variopintas teorías conspirativas, expresión del miedo inconsciente de que ese asedio pase de la potencia al acto.
Precisamente por eso no sirven de nada los datos. El ascenso de la extrema derecha en todas partes, incluso en la más blanca y más rica sociedad sueca, nos muestra que el racismo actual no es ni el racismo humillado, ni el racismo triunfante. Se ubica en algún punto intermedio, asentado en una postura defensiva. El miedo no es a la invasión en curso, sino a la que está por venir; un miedo preventivo al estado de sitio, a convertirse en una minoría acorralada de verdad, y ya no solo en la percepción. Se deriva de la contemplación del retraimiento de la hegemonía blanca occidental; de la emergencia como sujetos verdaderamente independientes de esos pueblos excoloniales que, en el inconsciente colectivo occidental, siguen siendo razas serviles que debieran ser obligadas a realizar trabajos forzados. De ella surge el mito de Rodesia y cobra dos formas: nostalgia por un pasado de glorioso dominio colonial y racial por una parte; advertencia, por otra, de un ténebre futuro de posible aniquilación. El Occidente blanco tiene, igual que Rodesia, una historia estrechamente ligada al racismo y a la superioridad económica, tecnológica y militar que permitió mantenerlo; y ahora que esa superioridad es cada vez más cuestionada, Rodesia se convierte en un Occidente en minatura, y Occidente en una Rodesia potencial.
En el poder están ya diversos Ian Smith, o lo estarán pronto; y sucede con ellos lo que entonces, cuando la contradicción entre su gobierno y el gobierno del Foreign Office de Londres era solo aparente. La reina de Inglaterra siguió siendo la jefa de Estado de Rodesia durante años, tras su independencia. Los conflictos ficticios escondían entonces una unidad de propósito y volvían a esconderla en la Italia de 2018, cuando escuchábamos a Giovanni Tria, ministro de Economía del Gobierno Conte, expresar palabras de tranquilidad para los mercados. La guerra del Arbusto continúa y no solo la criminalidad extranjera disminuye casi automáticamente, sino que la minoría blanca ha comenzado a defenderse, al menos en su percepción. La ideología de los planes Kalergi, las sustituciones étnicas y los supuestos genocidios bóeres es ahora la dominante. Y mientras tanto, si ampliamos nuestra mirada, vemos a las otras rodesias del mundo construir muros y militarizar sus fronteras. ¿Qué más nos deparará este mito?

Mattia Salvia es periodista freelance, director de la revista Iconografie, publicación monográfica sobre los fenómenos políticos, estéticos, transformaciones tecnológicas y debates culturales de la contemporaneidad. Ha colaborado con revistas como Rolling Stone Italia o Not y es autor de Interregno: iconografie del XXI secolo (2022).
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