Creación El Cuento Semanal

Azabache

El Cuento Semanal es esta semana obra de José Carlos Díaz.

Azabache

/por José Carlos Díaz/

Nadie se resigna a una vida permanentemente anodina. Tal vez a la rutina. Quizás también a la ausencia de incomodidades con que nos previene la costumbre. A los rostros familiares. A los amigos, más que leales, encontradizos. A la casa. Al trabajo. A las calles. A los olores que se nos vuelven imperceptibles porque al cabo del tiempo no podríamos concebir que el aire diario contuviera otros. Es posible que a todo ello nos resignemos por hábito y supervivencia, pero siempre que de vez en cuando, con la fugacidad de las inclemencias meteorológicas o de la alegría sin culpa, la sorpresa nos sobresalte a la vuelta de una esquina. De lo contrario, qué nos llevaríamos por memoria salvo la insoportable constancia de los días como una sucesión adictivamente inevitable. Esa y no otra era la constancia con que a buen seguro L. repasaba el tedio, los tedios repetidos, antes de que el sueño la venciera. El café con leche y las galletas. La compañía crispante de los primeros informativos radiofónicos. El aseo. La ropa ordenada que la aguardaba. Y antes de salir de casa, la visita a la habitación de la madre, acostada aún pero ya despierta. Luego, el ascensor. El largo trayecto hasta el despacho de abogados donde trabajaba desde hacía más de veinte años como secretaria. Caminaba desde muy cerca de la estación, donde estaba su casa, hasta la fachada marítima del puerto deportivo, donde estaba la oficina. Encogida de frío en el invierno. Renegando del bochorno en el verano. Vestida siempre como esas monjas a las que su orden, por ponerse a la par de los tiempos, les obliga, contra su voluntad, a renunciar al hábito. Usaba mayormente tonos oscuros. Negros, grises y malvas. Ropas con un recato antiguo. Zapatos de vieja prematura, anchos, bajos y cerrados. Pero detrás de esa aparente entereza, de la determinación sin grietas visibles con la que L. trataba de administrar su vida en solvencia rancia pero firmemente asumida, deseaba en el fondo no tan profundo de ese ectoplasma inaprensible y que por inercia expresiva llamamos alma, lo deseaba como lo deseamos todos, que se le apareciera una suerte de chispazo, de fuego de artificio, de luz de fiesta. Quizás por ello, cuando una mañana de febrero, mientras aguardaba a la altura de los Jardines de la Reina a que el muñequito del semáforo se pusiera verde, oyó a su lado la voz inesperada de un hombre desconocido que la hablaba, más que recelo, sintió curiosidad.

—Disculpe que la aborde sin que nos hayan presentado. Me llamo Anselmo Gándara. Probablemente usted no haya reparado hasta ahora en mí, pero solemos coincidir en estas calles casi todos los días camino del trabajo. Aun a riesgo de que le pueda parecer una impertinencia, llevo tiempo pensando en comentarle que ya me resulta usted una costumbre muy grata.

L. miraba de reojo a aquel tipo al que, efectivamente, creía haber atisbado en algunas ocasiones, pero sin haber reparado demasiado en él. De primeras, aparentaba un atildamiento algo turbio, una elegancia como de abogado caribeño en viaje por el invierno europeo. Eso al menos se le antojó a L. en la proximidad de su inesperado interlocutor, al tiempo que se abría el paso a los peatones en el semáforo.

—¿Me permite que la acompañe sólo unos metros?

—Llevo prisa —replicó ella.

—No se inquiete, sólo hasta el próximo cruce. No quiero que me interprete mal ni que me juzgue precipitadamente. No suelo abordar así a nadie, de este modo algo atrevido, sin mediar, al menos, una previa presentación, pero llevo tiempo observándola con interés, y si me permite la confianza, hasta con afecto. Desde que me han trasladado a trabajar a esta ciudad, justo aquí al lado, la veo a diario y me resulta casi familiar.

—Qué puede saber de mí.

—Sí que puedo. Mirando con atención a la gente se intuyen cosas. Buenas y malas. A usted le veo sobre todo virtudes. Discreción, gentileza, humildad.

—No sé qué decirle, comprenda que me abruman sus palabras.

—No tiene por qué decir nada. Autoríceme sólo a que la acompañe en el camino los días en que coincidamos. Soy empleado de la sucursal bancaria que está al final del muelle. Me gustaría saber su nombre, aunque le confieso, no se me enfade, que yo la he bautizado como Azabache.

—¿Azabache? Qué ocurrencia.

—Tal vez, pero así la veo. Tan delicada, sobria y resplandeciente como un azabache pulido.

—Pues sepa, Anselmo, que soy L. y no Azabache. Y déjeme ahora que apure el paso porque llego tarde. Quizás otro día podamos conversar si cruzamos de nuevo nuestros itinerarios.

—Eso me haría muy feliz, L.

—Adiós entonces.

—Hasta pronto, L.

 

Al entrar en la oficina estaba como unas castañuelas. Radiante. No se le quitaba de la cabeza el Azabache. El nombre, ese su otro nombre del que ella nada sabía hasta un momento antes. Un nombre que le traía una vaga ensoñación de imágenes de folletín. De mujeres amadas por varones antiguos. De hembras trágicas que se llamaban Esmeralda, Amatista o Rubí. Le faltó tiempo en cuanto llegó para contárselo a la secretaria que compartía con ella las fatigas del bufete. Se lo relató, eso sí, a su modo, claro. Dándole a la historia un aire de indignación impostada. Y sonriendo con cierto azoro mientras le confesaba a su compañera que el muy bribón la llamaba Azabache. Cómo se puede ser tan tonto. ¡Hombres! Al día siguiente cuando fue a la alcoba de su madre a despedirse, la vieja, que olía siempre a orín, notó por encima del vaho que provocaba su propia ruina un aroma intenso a fragancia de ocasiones. Más que preguntarle a L. por qué se había perfumado, se lo recriminó, como si quebrando el hábito inodoro de las mañanas se estuviera exponiendo a una amenaza tan imprecisa como cierta.

Coincidió con él aquella mañana y las siguientes. Tomaron café a las once algunos días. Supo por aquellos encuentros que Anselmo estaba divorciado.  Que había escapado de lo que fuera su vida durante años en la capital tras el fracaso de su matrimonio. Vivía solo con un gato gris de angora al que llamaba Platón.  No parecía demasiado a gusto cuando se refería a su pasado reciente. Y sin embargo, L. quería saber cada vez más a menudo los porqués de su separación, de su mudanza, de su vida solitaria en provincias. No era desconfianza. Se sentía obligada a ello porque estaba segura de que su madre le daría una trascendental importancia a aquel episodio en la vida del que estaba a punto de convertirse en su pretendiente oficial. Así que contra lo que en él era costumbre, Anselmo se decidió a contarle a L., con una crudeza hasta entonces insólita, cómo había sido abandonado por su esposa.

—Perla me dejó un día sin previo aviso. Cuando volví del banco no estaba ella ni su ropa ni ninguna de sus cosas. Me encontré un sobre en la mesa de la cocina. Y una nota escueta en su interior en la que me decía que se había cansado de una vida insulsa, de un marido aburrido y de un gato siniestro. Ella era…, cómo podría explicártelo, una mujer extrovertida. Y guapa, sin duda. Supe poco después que se había ido a vivir con un tipo joven al que conoció en el gimnasio. A mí nunca me ha gustado mucho el ejercicio físico.

A L. aquel relato le pareció la vida de otro hombre. Sobre todo cuando le puso rostro a Perla gracias a una fotografía que Anselmo extrajo de su cartera.

—No creas que la llevo conmigo permanentemente. Me la traje hoy entre los papeles porque, después de tantas preguntas como me has hecho sobre mi relación con ella, supuse que querrías saber cómo era.

En efecto, era guapa la condenada. Guapa y coqueta. Posaba con una estudiada pose, inclinada sobre un mirador, quizás en un viaje, de espaldas a la cámara, pero girándose lo suficiente como para dejar el torso casi de perfil. Tenía el cabello rubio, llevaba un vestido ceñido y estampado en tonos rojos. Aquel escorzo le resaltaba las caderas y el pecho. Reía. Parecía el retrato de un recuerdo feliz. Una de esas fotografías que da gusto mirar al cabo del tiempo. Por recordar qué guapos, jóvenes y dichosos éramos. A L. le rondaban la cabeza demasiadas preguntas, demasiadas dudas. Se sintió incluso algo confundida. Qué diablos hacía Anselmo a su lado después de haber estado casado con una diosa. Pasaron algunos días antes de que sus encuentros volvieran a normalizarse, aunque a L., desde el momento en que conociera cómo era Perla, le inquietaba el convencimiento íntimo de que esos instantes ya nunca serían lo mismo, porque un recelo oscuro se le había agazapado por dentro. A la vez, y como nunca hasta entonces, empezó también a sentirse poseída por un hambre urgente de sexo. Por la inaplazable necesidad de darse impúdicamente a aquel hombre. Llevaban ya tres meses viéndose y el deseo nunca parecía haberlos impacientado. Cogidos del brazo, despidiéndose con un beso en la mejilla, rozándose con la asepsia de la familiaridad. Sólo hasta ahí habían llegado sus contactos físicos. Pero de pronto L. se descubrió temblando en sueños, revolviéndose de celo, ansiando lo que semanas antes se le había antojado algunas veces poco más que la biología enfebrecida de algunos congéneres y otras, con una trascendencia trágica, un sórdido descenso a los infiernos. Algo había tenido que ver en aquel sentimiento nuevo la foto de Perla, su sensualidad, la imaginación de cómo habrían sido las cópulas de Anselmo con ella. La excusa fue Platón, el gato. Conocerlo. A él le pareció bien la idea y hasta se ofreció, aprovechando la visita, a prepararle una cena íntima en casa. L. se compró para esa noche un conjunto de ropa interior que nunca se hubiera atrevido a elegir si no estuviera, como estaba, urgida por la desazón de poseer y ser poseída. Unas prendas que habría de tener buen cuidado de ocultar en lo más recóndito de su cómoda, invisibles a los ojos de la madre, si no quería verse interrogada, juzgada y, finalmente, reprendida.

El apartamento de Anselmo era un abuhardillado céntrico. Un salón amplio al que se abrían las puertas de una cocina minúscula, una alcoba, un baño y una terraza, diáfana y alta, orientada a la salida del sol. Todo tenía un aspecto pulcro, ordenado y sobrio. La mesa estaba preparada bajo la claraboya inclinada. Al gato lo descubrió nada más llegar posado sobre una butaca, tan quieto como una porcelana oscura.

—Ahí lo tienes. Es un perezoso con malas pulgas. Lo tengo demasiado mimado. Vive con un rey.

A L. le pareció inquietante que aquel bicho no moviera ni un solo músculo cuando le acarició el lomo. Que más tarde, cuando se sentaron a cenar, fuera en busca de refugio hacia la habitación caminando con una parsimonia altiva. A ella, que apenas si probaba el alcohol nunca, la fue ganando una plácida molicie tras un par de copas de vino blanco. Una tibieza como de recogimiento bajo las sábanas en las noches de invierno. Todo fue bastante sencillo, cómodo incluso. Se sentaron en el sofá después del café, sonó una música suave, hablaron con una intimidad desacostumbrada pero grata y, sin apenas embarazo, se fue arrebujando uno en brazos del otro. Sólo descubrieron que Platón había vuelto a su lado cuando se incorporaron después de haberse amado. Tan quieto como de costumbre. Hipnotizado por las pieles desnudas. Tiesas las orejas. Hasta que de pronto, impulsado por un insospechado resorte que se accionó desde lo más oscuro de su cerebro animal, el minino se aferró a traición con sus pezuñas delanteras al tobillo de L. cuando se iba descalza hacia la ducha. La mordió con una crueldad de alimaña, con una voracidad instintiva.

 

Desde que le amputaran la pierna a la altura de la rodilla, su madre había asumido las tareas de la casa con una desenvoltura impropia de su avanzada edad y de los achaques que hasta entonces la habían mantenido inactiva y quejosa. Quién se hubiera imaginado que a un gato doméstico de apariencia indolente pudiera hervirle en las encías una bacteria gangrenante. Quién pudiera sospechar que después de amar por vez primera y de sentir la bonanza sanguínea que deja tras de sí la pasión, desplegaría velas la carcoma sobre ese torrente estancado de venas y arterias. Y sin embargo, así fue. Tras la violencia, las semanas de dolor, el pasmo y la pérdida que siguieron a la putrefacción de la herida, todo fue volviendo insólitamente a un cauce distinto pero tan anodinamente laxo como el de la vida anterior, aquella de la rutina, del despacho de abogados, de los días iguales, de las ropas oscuras. La única diferencia era la presencia de Anselmo en la casa. A él no pareció importarle nunca que a su nueva esposa le hubieran amputado la pierna derecha. Parecía, además, encantado de convivir con la madre de L. Tenían ambos una extraña complicidad de conversaciones y gustos. Al tiempo, se iba fraguando otra afinidad no menos curiosa, la que con el transcurso de los meses se entabló entre Platón y L. Tal era así que hasta en ocasiones la torturaba a ella el remordimiento de haberle suplicado a su marido, mientras permaneciera convaleciente en el hospital, que sacrificara al gato. Nadie se explicaba por qué finalmente seguía el felino en casa. Y sin embargo, Azabache sentía que privarla ahora de su compañía sería tanto como amputarla de nuevo, aunque por dentro y de otra manera, mucho más despiadada.


José Carlos Díaz Pérez (Gijón, Asturias, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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