Crónica

Mi experiencia en el Opus Dei

Edu Nauram se estrena como colaborador de EL CUADERNO con un artículo sobre 'la Obra', que él conoce bien, y de la que escribe a partir de su experiencia personal en un colegio barcelonés.

/ por Edu Nauram /

El Opus Dei es visto en España con una de aura de misticismo, sobretodo en la sociedad progresista. Se dice que es una secta, que controla el poder, que son radicales católicos… Gran parte de esta fama se construye a partir del hecho de que la mentalidad de las personas que viven dentro del entorno de la Obra (que así es como la gente dentro del Opus Dei llama la organización) y la gente de fuera, de la sociedad normal, es tan distinta que en muchos casos la comunicación y comprensión de las identidades culturales del otro bando se vuelven imposibles en la práctica, y la gente no puede evitar recurrir a la suposición y el mito para intentar explicar la mera existencia de una situación tal. Yo lo sé bien, porque lo he vivido. Pasé doce años estudiando en un colegio del Opus. También fui asiduo de un llamado club juvenil de adolescente, en el que estuve cerca de volverme miembro célibe. Y también estudié un año en la UNAV. 

A partir de la mayoría de edad, empecé a moverme por ambientes frikis urbanitas, y más tarde hippies, festivaleros y okupas, sin perder del todo mis raíces anteriores. Obviamente, hay muchos chicos que crecieron conmigo, pero pocos han salido de la burbuja y se han acercado a círculos sociales culturalmente contrapuestos al Opus.  Creo que estoy bastante preparado para ofrecer una perspectiva que ligue ambos extremos culturales de forma novedosa y esclarecedora, y contar una historia que a muchos les puede romper muchos esquemas.

La razón de mi extraño camino vital se la debo a la idiosincrasia particular de mis padres. Mi padre es el hijo mayor de clase alta burguesa de Amberes, en Bélgica. Después de una infancia surrealista y plomiza, a los veintipocos años descubrió la rama del Opus Dei en Bélgica y se hizo participante de ella con la pasión del converso, viendo en ella un último reducto de la mentalidad cristiana que había guiado a Europa hasta donde hoy se encuentra. Un amante de la emprendeduría y el capitalismo, él representaba un adalid de la derecha joven que estos años está surgiendo en España, ya treinta años antes. En el 92 vino a estudiar en el IESE (escuela de negocios top 3 mundial, gestionada por el Opus Dei), y conoció a mi madre. Hoy se declara apolítico y cree que la ideología política es un pobre sustituto de la fe cristiana y la relación personal con Cristo que todo individuo podría llegar a tener, y él tiene. Desconfía de la democracia por ser una ideología luciferina que declara que la fuente de la autoridad moral está en el pueblo, y no en Dios.

Mi madre es la hija menor de una familia de clase media advenediza en Barcelona. Mi abuelo, oriundo de Salamanca, escapó del frente en la guerra civil porque sabía escribir a máquina, y asistió al Generalísimo en el cuartel general. Emigró a Barcelona a hacerse periodista y llegó a ser redactor jefe del Diario de Barcelona. En la época tardofranquista, el Opus Dei estaba en pleno auge y mi madre y sus hermanas fueron captadas para ser numerarias auxiliares de la organización. Con su adolescencia arrancada de cuajo, entró en un mundo de virginidad ascética y estrictas normas de piedad y oración. Treinta minutos de oración por la mañana y por la tarde, misa antes de desayunar, rosario, y decenas de reglas durísimas que controlaban cada aspecto de la rutina diaria. Dormía encima de una tabla de madera, no se podía maquillar, era guiada por una directora espiritual y la machacaban a diario con la noción del trabajo duro, evitar el pecado y ofrecer a Dios todos las penurias y sacrificios para poder participar así en el privilegio de cargar con la cruz de cada día, igual que lo hizo Jesucristo, para salvarnos a todos de nuestros pecados.

Ser numeraria auxiliar significaba participar del ejército oculto que el Opus Dei siempre ha tenido a su disposición de chachas excelsas, un grupo nutrido de mujeres a las que se les daba una formación equivalente a un grado universitario sobre ciencias domésticas, con gran especialización en cocina, limpieza, costura, etcétera, y que se dedica a cuidar los centros de la Obra, sin sueldo o cotización a la Seguridad Social. A los veinticinco años, después de graves crisis existenciales y presionar fuertemente a la dirección, que insistía que la Vocación, una vez tomada, es de por vida (puesto que no la escoges tú, sino que es el Señor quién te llama a vivirla) consiguió salir. En ese momento de salir al mundo exterior, a principios de los noventa, no conocía su país. Ni conocía ni la movida madrileña, ni la ciudad en la que vivió durante unos años, los barrios, la política: nada. En esas que, por contactos, le invitaron a una fiesta de graduación del IESE y conoció a mi padre.

Se casaron en Pedralbes y acto seguido se fueron a vivir a Bélgica de nuevo, donde yo viví mis primeros cinco años de vida, en un parvulario en francés y neerlandés, en el que tuve el privilegio de vivir envuelto de niños de la sociedad normal. Eso se acabó: antes de hacer P5, mi madre, sumida en una profunda depresión por vivir atrapada en un país gris y oscuro en el que no conocía a nadie, convenció a mi padre para mudarnos a España. Llegamos en el 2000, y mi padre levantó una empresa de trasteros de alquiler, que la crisis se llevaría por delante. Aquí empezó mi aventura extraña en el seno del Opus. Estaría estudiando desde P5 hasta Bachillerato en Viaró. Es un colegio no mixto, solo para chicos, que se encuentra en Sant Cugat, al que suelen atender muchos alumnos de clase alta católica de Sarrià, y tiene una cierta fama histórica en los trenes FGC, por el comportamiento de sus alumnos con corbata y americana.

Ahí siempre me sentí semiexcluido a nivel social. Estaba claro que aquello era una subcultura social; que incluso se le podría describir como una tribu urbana, o una etnia: la de los católicos practicantes. Es por esta razón que, aunque yo pasara muchos años sin tener ningún otro paradigma social al cual atenerme y compararme, y mi mentalidad e ideología se adaptó intensamente a la idiosincrasia del entorno, hubo siempre en el fondo de mi cabeza, detrás de todo, una parte que observaba. Una parte acallada, a la que nunca se le permitió expresarse, pero que férreamente conservaba su independencia. Y se dedicaba a observar fijamente lo que le decían.

En ese colegio, la religión lo impregnaba todo, porque para las personas que lo gestionaban, la religión en general lo impregna todo. Esto es algo que a la ciudadanía normal, en mi experiencia, le cuesta mucho de entender: el grado de obsesión que ciertos estilos de vida pueden alcanzar. Las ideologías se comportan como cánceres mentales. En la inefabilidad aparentemente caótica del mundo real, en la que cualquier cosa es técnicamente posible, una vez se ordenan los hechos y se alinean bajo una cierta perspectiva, este nuevo paradigma tiende a parasitar y succionar como una aspiradora todo nuevo hecho que se cruce por delante. 

En el caso del catolicismo, esta clase de obsesión se vuelve aterradoramente destructiva. Una vez la mente de alguien compra la idea de que una entidad todopoderosa te ha creado y te ha colocado en este mundo, y encima te ha salvado porque te portas mal lo quieras o no, no hay vuelta atrás. Toda experiencia del individuo, todo momento del día, todo lugar se puede convertir en un espejo de la doctrina, en una forma de honrar al creador, en aplicar el esquema. La realidad se convierte en una alucinación mental, y esta alucinación que parasita el ego es en el fondo consciente de su propia artificialidad, en que es como un fuego, que está vivo mientras la llama fulgura, pero que cuando se extingue, muere irremediablemente. Y luchará con enorme fiereza para protegerse de su propia muerte. La religión, por tanto, en un lugar así, no consiste en un cuerpo doctrinal aséptico al que alguien puede consultar en caso de duda: es más bien como vivir dentro de un ovni.

Desde primero de primaria hasta bachillerato se oraba en clase. Pero no rezábamos un padrenuestro cutre como pueden hacer los alumnos de los jesuitas o en el Sagrado Corazón. Antes de primera hora tocaba el Oh señora mía, una oración para ofrecerle el día a la Virgen. A las doce, el Ángelus (y el Salve Regina entre Pascua y Pentecostés). Después de comer, el Bendita sea tu pureza, también dedicada a la Virgen, y después de la última clase, el Acordaos, una larga oración para la Virgen. Se nos enseñaba a mirar el gran cuadro de la Virgen que había en cada aula además del crucifijo, y a veces la foto del Papa. Según nos fuimos haciendo mayores, los alumnos fuimos rezando con más pasotismo o recochineo las oraciones.

Ya desde el principio fui inculcado con los paradigmas espirituales católicos, ya que se daba el catecismo en 1.º y 2.º de Primaria, con el objetivo de hacer la primera comunión en mayo de 2.º. Esta era nuestra iniciación en los Sacramentos, un signo de que te hacías mayor. Para hacer la Comunión, había que estar limpio de corazón antes, y por tanto nos prepararon para la confesión. Fue entonces donde nació una de las primeras dudas que conservé conmigo mismo en el largo calvario opusino, y que hizo de semilla para mi viaje espiritual ya de mayor de edad. Hablaban mucho de la Gracia de Dios, que es un don especial divino que solo Dios concede, y que, dicho de forma muy burda, es lo que te hace feliz por dentro. A esa Gracia, uno puede acceder si la pide con humildad, no está en pecado mortal, pero es crucial recalcar que un hombre, por sí solo, no puede acceder a ella, y si piensa que lo hace, está siendo engañado por su orgullo y por el demonio.

A mí me aseguraron y prometieron que me sentiría mejor después de la confesión. Me inculcaron (a mí y a todos los niños) un sentimiento de culpabilidad moral por existir y por ser un pecador. Yo, en mi inocencia de niño de siete años, sabía que había hecho muy pocas cosas mal o ninguna, aparte de enfadarme ocasionalmente con mis hermanos pequeños. Fui a la confesión y le dije al mossèn que no tenía mucho por decir, excepto algo por lo que me sentía mal, que era que hacúa unas semanas había empujado a mi hermana en una pelea, y se había chocado la cabeza con la esquina de un mueble. También confesé que le había roto unos legos a mi hermano, pero que había sido sin querer. El sacerdote me perdonó los pecados con amabilidad. «Vete en paz», me dijo, dándome la señal de la cruz, absolviéndome mágicamente de mis culpas. 

Ese era el gran momento que yo esperaba: me habían dicho que sentiría mi corazón alegrarse, que pasaría algo. Salí del cuarto expectante, pero… no pasó nada. Me decepcioné bastante. Confié en los adultos, en que quizá había algo que yo no entendía, pero no olvidé la decepción. Unos meses más tarde pasó algo parecido con la primera comunión. El hype fue espectacular por parte de los adultos. Sentir a Jesús dentro mío iba a ser la panacea. Me sentiría distinto. Mejor. Le iba a notar presente, en mi alma, o mente. La ceremonia se dio con gran pompa. Para mí era imposible rebelarme, sospechar de que todo fuera una gran mentira, porque el mundo entero alrededor mío se comportaba como si tal cosa fuera real. La familia extendida de mi madre, el colegio, todos. Tampoco sentí a Jesús dentro mío aquella vez, ni las posteriores. Solo un vacío que con gimnasia mental podía llegar a transformar en un aún no.

Aquellos años de primaria y secundaria conocí a muy poca gente que no estuviera dentro de la órbita del Opus Dei. No tenía literalmente ningún anclaje social al que atenerme por Barcelona. Por suerte, algo me salvaba, que era la familia extendida por parte de mi padre, que, aunque bastante pijos, son un grupo de belgas muy razonables y con los pies en la tierra. También tuve la ocasión de ser boy scout con unos chicos belgas, que abrieron mis ojos a formas distintas de vivir fuera de la religión omnipresente y desarrollar mi pubertad, que en mi colegio se vivía como un tabú espeso. 

También del catecismo recuerdo en especial un momento en el que el profesor explicaba la historia del Antiguo Testamento. Estaba repasando lo que ocurrió con los tres hijos de Noé, que después del diluvio se separaron y formaron las tres razas de humanos. Yo, en aquel entonces, ya sabía mucho de geografía. Mis padres me habían regalado un atlas con cuatro años, y me había aprendido obsesivamente todos los países y capitales del mundo. Ahora sospecho que esa energía enorme por conocer la geografía del planeta a la perfección nació de un profundo miedo; de que no me sentía seguro en el mundo: los adultos a mi alrededor me manipulaban y solo me sentía bien si aprendía yo mismo como es el mundo. Esa ocasión en el catecismo fue un ejemplo que alimentaba estas sospechas. La teoría bíblica de los hijos de Noé no tenía sentido, y el profesor no nos llegó a decir que el sentido de la historia era figurado, no literal.

No se puede decir que los adultos alrededor mío fueran creacionistas: no lo eran. Pero hay que entender que esos primeros años 2000 fueron la última época en la que las diferentes subculturas, sin la conexión con Internet, podían mantener el privilegio de vivir con mentalidades absolutamente dispares entre sí. Yo veía cómo los adultos vivían con cierta confusión el no saber casar del todo bien con la palabra de Dios del antiguo testamento con las nuevas (para ellos) narrativas surgidas del método científico. Esta clase de experiencias me han ayudado a entender la sociedad no como un bloque monolítico lineal en el que cada año y época es vivida de forma homogénea por todo el mundo, sino como un conjunto de tribus urbanas, cada cual viviendo de forma paralela según estilos de vida que pueden diferir varias décadas entre sí. Había bastantes adultos en mi ambiente que quizá vivían en una realidad mental pre guerracivilista, premoderna incluso, y eso algo muy difícil de imaginar si no lo has vivido y no conoces todas las pequeñas anécdotas de la vida diaria, las ideas subyacentes, las temáticas y preocupaciones que forman el ecosistema de cada época. Internet ha matado todo esto.

Fui creciendo a lo largo de los años en un modelo educativo bastante tradicionalista, pero muy preocupado en inculcar a sus alumnos una educación excelente a nivel intelectual y moral. Mi colegio tenía una colección de muy buenos profesores, en este sentido, aunque también estaba lleno de jóvenes numerarios haciendo de profesores auxiliares, chicos jóvenes que habían decidido formar parte de la Obra y vivían en centros con votos de castidad, pobreza y obediencia (aunque suelen insistir en que no son monjes, sino que la visión de san Josemaría, el fundador, siempre fue que vivieran como cristianos en medio del mundo, dando ejemplo). Teníamos el tutor de nuestra clase por un lado, que también hacía de preceptor, y una vez al mes se reunía con cada alumno en el despacho a hacerle un seguimiento académico y vital y daba una plática/revista cada semana sobre temas de urbanidad, virtudes morales, etcétera. También había un sacerdote por cada dos cursos, que se turnaba con el profe para hacer la plática, que con él se daba en el oratorio, sobre temas también de moralidad y vida cristiana. Él también llamaba a los alumnos una vez al mes, a hacernos de director espiritual y preguntar qué tal todo.

A partir de 4.º de primaria hasta el bachillerato, había un hueco en el horario de 11:05 a 11:40, que se dedicaba a lectura/misa, cada día. Es decir, el alumno tenía la opción de ir a misa cada día, y a los tutores les gustaba presionar para que fuéramos. Esa misa se convertía en una prueba de fuego para ver quién crecía en piedad y quién no. Conforme fuimos creciendo, los ochenta alumnos o así del curso fuimos protagonizando un baile social en el que, según la temporada, estaba más de moda ser piadoso, o ser rebelde. Dependía de las diferentes áreas de madurez. Por un lado estaba el lado de la rebeldía adolescente, y ser guay, pero por el otro lado no era menor el impulso, que se intensificó en bachillerato, de identificarse como un chico señorial, paternal y responsable, quien gusta de ir a misa con un cierto aplomo y sonrisa confiada.

Aquí entra en el juego otro componente fundamental de la historia: el club juvenil. El Opus Dei posee una red de centros en los que viven los numerarios, que se suelen dividir en clubes juveniles (para escolares), clubes universitarios y centros de adultos. En España la red de clubes juveniles suele tener de media como mínimo uno por capital provincial. Estos clubes estaban pensados para extender la labor apostólica por la sociedad, y algunos tienen más de medio siglo. Hoy por hoy, ya no sé muy bien como van, pero por lo que sé, se encuentran en decadencia, a causa de que no admiten personas del otro sexo, y los adolescentes se han cansado de ir. Pero cuando yo crecía estaban bastante más llenos, y en el mío se realizaban actividades: había un equipo de fútbol por categoría de edad y convivencias (colonias) en vacaciones. Se suponía que estaban abiertos a toda clase de chicos, pero en la práctica solo acudíamos chicos de los dos colegios del Opus de Barcelona.

A estos clubes acudían dos tipos de perfiles, chicos más normales o garrulos que querían jugar a fútbol y chicos buenos con una cierta vocación de santitos, que eran menos. Los numerarios siempre intentaban colar la religión a los futboleros, organizando sesiones de meditación con el cura antes del entreno entre semana, y siempre había un juego de chantaje emocional entre querer ir al club para el fútbol u otras actividades interesantes, como ver pelis en los findes, y acabar haciendo genuflexiones y leyendo Camino, el libro de san Josemaría, en el oratorio. Estos clubes eran auténticos centros de adoctrinamiento en la fe católica, con un programa bien construido y una praxis que ya les gustaría tener a las juventudes comunistas de hoy.

Los clubes, igual que mi colegio, están construidos de forma excelente, con materiales pulcros y una decoración clásica, pero con un gusto muy esmerado y estilizado, que a mi ver representa el piñón de la civilización española tradicional preglobalizada. Los edificios normalmente se han financiado con aportaciones voluntarias de gente rica. Su organización social constituía una maquinaria compleja y bien engrasada, destinada a captar nuevos miembros. Era un ambiente carcomido por la noción inescapable de decadencia civilizacional, la caída en la herejía por parte de la sociedad que nos envolvía y la desaparición de las ideas correctas y tradicionales. Vocación, compromiso y la angustia emocional de tener que salvar a un padre viejo y débil hacían mella en la psique de uno, y constituían fuelle para tendencias reaccionarias, la autoocultación de sentimientos y la hipocresía. La necesidad que tenían los numerarios de convencer a las nuevas generaciones de que tuviéramos también vocación de servicio a la Obra era asquerosamente violenta, pero no surgía de un simple deseo maligno y cutre de una secta banal, sino de una aprehensión que pesaba como un losa en la espalda de todo el mundo, que se sentía heredero de, en esencia, una civilización entera, que se estaba cayendo a pedazos.

He pensado mucho en todos mis años en el Opus, y he estado rodeado de gente de clase alta, y me he comparado mucho con las experiencias formativas de un chico de barrio. Me preguntaba siempre cómo la gente conseguía ser de izquierdas, o tenía teorías de la vida y de la política malas, conspirativas o antielitistas. Me di cuenta de que al nacer en la posición de un príncipe ideológico, uno no se siente necesariamente por encima de la gente. Lo que sí que te sientes es en el centro, rodeado de gente alrededor. No eres ajeno a la política porque la política te rodea, configura tu personalidad, tus círculos sociales. Te conviertes en el sistema, en la Monarquía, en la Iglesia, en el grupo social que en definitiva está en posesión de la luz de la experiencia en su máxima expresión. Vives como el resto de grupos sociales debe debatirse entre renunciar a la luz, batallar por ella o unirse a ella, y en cualquier caso quedar manchados en el proceso. El mundo era y es mi mundo, y nunca me ha dejado de dar una cierta sensación de que el 80% de los ciudadanos son como unos invitados a una fiesta, pero a quienes jamás explicaron del todo las reglas del juego, ni el porqué de dónde venimos y adonde vamos. En el club, se respiraba un ambiente de superioridad moral por la mera constatación de ser aquellos que recuerdan; los herederos de las familias al mando del timón durante los últimos siglos. La izquierda y los pobres siempre fueron desgraciados a los que se veía con compasión e irritación, por la noción de que, simplemente, son ovejas descarriadas o gente que no se ha enterado de la película, que se quejan sin saber.

Volviendo al tema, un chico como yo, ante este panorama, empezaba yendo a la charla semanal a partir de los once o doce años, que se hacían en salitas con sillones. Después de rezar de rodillas una pequeña plegaria a san Miguel, durante 10 o 15 minutos el adulto recitaba una plática sobre algún tema particular sobre la vida cristiana, sobre algo del estilo de las cuatro virtudes cardinales, la transubstanciación, la castidad, o lo que sea, mientras que pongamos unos dos-diez adolescentes escuchaban. Si veían y veías que ya tenías cierto nivel, podías pasar a participar en círculos, que vienen a ser un poco lo mismo, pero con temas más profundos, y adquieres el compromiso de venir cada semana. Se estilaba mucho la noción, para motivarnos en plena hormonación adolescente, de que ser cristiano en un mundo de hoy significa remar contracorriente, dándole una pátina de épica y rebeldía al asunto. También se incidía con verdadera preocupación a propósito de el aborto, el terrible lobby gay, la concepción in vitro, etcétera.

A partir de los catorce años, si un chico (o chica, en los clubes de chicas) veía que tenía vocación, podía pitar, que en argot opusino significa convertirse en miembro. Eso hasta los diecisiete años significaba asistir a unas charlas de temas más profundos, sobre teología más avanzada y cosas así. Después de los diecisiete podías irte a vivir ya al club. Cabía esperar que un chico que pita tuviera una vida de oración potente, yendo a misa y dedicándole un largo rato del día a orar y meditar, además de rezar un seguido de oraciones en ciertos momentos del día. En esencia, el rato de oración, que solía ser delante del Santísimo (un Sagrario con Jesucristo verdaderamente presente dentro, mediante hostias consagradas), consistía en básicamente estar ahí pensando en tus cosas o rezando o leyendo libros religiosos, con la particularidad de que en vez de hacerlo solo en tu cabeza, intentas establecer un diálogo mental con Jesús, intentando imaginarte fuertemente que habla contigo. Esto al cabo de un tiempo funciona. Materialistas lo podrán llamar esquizofrenia si quieren, pero al final consiste en erigir dentro de la cabeza un ego separado al tuyo, con personalidad propia, con una voz que suena en tu cabeza, que en este caso tendría la personalidad de Jesús.

Mis años de mayor participación en el club fueron en la ESO, sobre todo en 2.º y 3.º, en los que hubo algunas semanas a las que llegué a ir cuatro veces por semana, entre los entrenos del equipo de fútbol, la meditación del jueves, encargarme yo de dar charlas a chicos de primaria o ir a estudiar en la sala biblioteca del club en vez de en casa. Yo siempre tuve una personalidad muy alegre, ingenua y confiada, por lo menos de cara al exterior, y los numerarios sabían que eso constituía un excelente material para convertirme en numerario. Pero yo sabía que ellos lo sabían, y nunca tuve ganas de unirme a su proyecto. Mis directores espirituales sucesivos, tanto numerarios por un lado como sacerdotes por otro, en conversaciones mano a mano, me llegaron a presionar intensamente con preguntas sobre mi vocación. En aquella situación, yo era como un corderito acorralado. En parte por mi personalidad tímida de aquel entonces, y en parte por la absoluta primacía que estos adultos tenían en mi vida, no era capaz de decirles que no. Decía que no sé. Tenía miedo. Pero nunca acabé aceptando; siempre les acabé dando largas hasta que se cansaron.

Esto fue así a causa de Internet. Mi padre es un gran amante de la tecnología, y en parvulario yo ya sabía manejar un ordenador y jugar a juegos. Me pasé toda Primaria surfeando por internet en su edad de oro antes de las redes sociales, saltando de web en web, jugando a juegos. Empecé a ver las noticias cada día en elmundo.es a los ocho años, copiando a mi padre. A las alturas de 1.º y 2.º de eso, me pasaba muchas tardes durante horas serpenteando en la Wikipedia, leyendo cientos de artículos, y jugaba a juegos de estrategia. Una parte de mí era totalmente independiente y formaba parte del mundo nuevo y exterior. Me sentía cogido por los brazos, a punto de ser descuartizado, siendo tirado a cada lado. Por un lado, mi vida entera, social, familiar, religiosa; y por el otro, la luz cegadora del mundo grande, disponible en la ventana de Internet, que me mostraba la verdadera perspectiva de las cosas.

Este lado mío, friki, constituía mi única parte de mí verdaderamente libre, y dinámica, y estaba empeñado en protegerla. Los ratos nocturnos en los que jugaba al Civilization IV eran para mí una ventana de escape al colegio y al club, al que no me atrevía a dejar atrás. En esas que mi director espiritual me intentaba convencer de ir más a misa en el colegio (nota: calculo que he ido a unas 1500 misas a lo largo de mi vida), y yo le respondía que prefería leer en clase. Y es cierto: leía muchos clásicos en aquella época. Me propuso entonces de leer por la noche y abandonar los videojuegos. Ahí me di cuenta de la irremediable distancia que nos separaba. No pensaba dejar de jugar jamás: ahí pinchaba en hueso. Entré en una época en que iba al club asiduamente, atormentado por mi conciencia moral, incapaz de rebelarme, porque ante todo no quería ensuciar mi alma. Si en el club tenían razón sobre la vida, había que ir; si no, no. Y para saber esto tendría que ir hasta el fondo del asunto, pero esto es algo que supe mucho más tarde que me iba a costar muchos años, casi una década.

Un enorme asunto, mugriento e inescapable, que pesaba sobre las cabezas de todos, era el tema del sexo. La Iglesia católica siempre ha sido clara en este asunto, y el Magisterio explicita qué es pecado y qué no. La represión sexual fue durísima, militar. El tumulto emocional, bastante grotesco cuando echo la vista atrás. Cuando llegaron las primeras pajas, durante años fueron acompañadas por un enorme poso de culpabilidad moral. Conozco un par de compañeros que dudo que se hayan masturbado alguna vez en su vida, tan raudos y prestos se fueron a profundizar en su carrera espiritual en el Opus. Recuerdo cómo en 2.º de eso, un día, el sacerdote nos convocó en la sala de actos en vez de en el oratorio para hablar sobre este sucio tema, y declaró fervientemente que no hay trampas posibles: cuando se te levanta, ya es pecado (se refería a no diferenciar entre el deseo y la consumación del deseo), porque corría el rumor de que si te hacías un paja pero no eyaculabas, es que te habías podido reprimir a tiempo y por tanto no era pecado. 

El tema no era baladí, puesto que la masturbación se considera pecado mortal, y por tanto no podías comulgar, con lo que en misa a la hora de la Comunión te tenías que quedar sentado en el banco, a la vista de el resto de alumnos, que inferíamos que te pajeabas. Había, por tanto, en las misas colas asiduas de diez-quince alumnos para confesarse lo que ostensiblemente eran sus pajas, con un mossèn que dispensaba las confesiones de forma particularmente rápida. Era el Confesionator 3000. Esto se daba sobre todo en ocasión de la misa obligatoria, una vez al mes, que por otra parte ocasionó algunos episodios de valentía rebelde por parte de unos pocos alumnos que se atrevieron a protestar que les obligaran a ir, en medio del morbo general. En lo que a mí respecta, en el club me preguntaban e insistían mucho por esto los directores espirituales (si había caído). De hecho, la época en que empecé, mi tutor en el colegio me preguntó por el tema, porque había detectado en mí un cambio en el estado emocional. Le mentí negando la mayor, pero la clavó, el cabrón. Era un tipo muy inteligente, que, por otra parte, también ha pasado por su proceso de desintoxicación y ahora está felizmente casado con una astróloga.

Se suele relacionar, muchas veces con sorna, al Opus Dei y sus colegios no mixtos con la homosexualidad. Nada más lejos de la realidad, en mi experiencia. No existía. No se hablaba de ella, excepto para comentar que en la izquierda de la sociedad había gente desviada, que es una enfermedad, etcétera. Nadie en mi curso o en otros salió jamás del armario. Sin embargo, yo me preguntaba quién podría serlo, dado que estadísticamente lo más probable es que hubiera una o más personas. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que ciertos compañeros tenían una cierta pluma o personalidad que les hace candidatos, aunque ni siquiera ellos mismos lo sepan, o lo vayan a declarar jamás en público. El caso es que el tema es más que tabú. Para con la relación con las chicas, lo más normal era conocer las de los colegios de chicas del Opus, o tener la suerte de estar metido en ambientes sociales ajenos al colegio, lo cual para mucha gente del curso era complicado. Además, la falta de experiencia para meramente interactuar con ellas, no ya ligar, se hacía notar.

Poco a poco fui dejando de ir al club, y en bachillerato ya no iba, ni tampoco a misa entre semana (el domingo sí, porque había que acompañar a la familia y no quedar mal ante mis hermanos pequeños). Pero me dejó secuelas. Por un lado, pasé una larga temporada en la que continué rezando las típicas tres avemarías antes de ir a dormir, como había hecho siempre, ahora torturándome a mí mismo porque había que hacerlo, y obligándome a mí mismo a ponerme de rodillas. Muy patético todo. También me pasó que esto me afectara en otras áreas de la vida. En 1.º de bachillerato adquirí el hábito de ir a hacer natación en el gimnasio cada viernes, y se organizaban unos partidos de waterpolo de poca monta con gente aleatoria, e incluso de algo tan banal como esos partidos me costó un tiempo aprender a faltar a lo que yo había internalizado automáticamente como un compromiso. Las vivencias en entornos sectarios pueden dejar secuelas psicológicas en muchos apartados de la vida que aparentemente no guardan relación.

Aunque yo me pude librar, hubo quienes no tuvieron tanta suerte, y fueron tragados por la maquinaria sin llegar a conocer la sociedad fuera de la burbuja. Mi primo de mi edad, con quien yo he tenido una relación muy estrecha, sobre todo en la infancia, fue un caso paradigmático de chico estrella convirtiéndose en numerario a los catorce, y desde entonces su vida ha estado sumida dentro del entorno del Opus Dei. Ha estudiado filología clásica, y como tesis doctoral va a traducir pronto del griego un texto del neoplatónico Orígenes, un comentario del Evangelio que nadie ha traducido aún. Su madre y la mía son gemelas. Somos muy parecidos en personalidad, pero yo salí fuera, y él se quedó dentro. Ahora es demasiado tarde para cambiar nada, y lo echo de menos. Los pocos chicos que, por personalidad y ambiente familiar, crecieron en la órbita más íntima con la religión, no es descabellado apostar que no se han hecho una paja en su vida, tan asfixiante podía llegar a ser el pudor si no tenías las herramientas emocionales para emanciparte y no dejarte atrapar por el chantaje emocional.

Mientras que yo me tomaba muy en serio el Opus Dei, pero me negaba a mojarme, hubo otros amigos que, arrollados por las hormonas adolescentes, a los que les dieron venazos emotivos y decidían pitar en un momento u otro, pero que al poco se echaron para atrás, cuando se serenaron. Esto se dio sobre todo en las colonias de Semana Santa, un momento de especial éxtasis religioso. En 3.º, 4.º de ESO y 1.º de bachillerato, todos los clubs juveniles de España y Portugal del Opus Dei se reúnen en Fátima para una semana de mucho fútbol y mucha misa. Era una ocasión para conocer cuál tribu opusina de España era la más alfa (en nuestra época, los granaínos, que solían ganar el torneo), y para que los numerarios tuvieran la ocasión para sumir a los chicos en un fervor religioso total, ahí con la Pasión de Cristo, haciendo el viacrucis, aprendiendo sobre las visitaciones de la Virgen y mil movidas más. Pero no todos estaban por la labor. Muchos chicos venían por el fútbol y aguantaban como podían el vivajesuseo.

Recuerdo en especial una anécdota que, cuando la viví, consideré que constituía un excelente ejemplo de dinámicas políticas en acción. Después de cada misa, que era diaria, la costumbre siempre ha sido el acto de quedarse unos cinco minutos en oración, ya que hay que aprovechar que se tiene a Jesús dentro por la Comunión. En teoría, esos minutos son opcionales y nadie tenía por qué quedarse si no quería teóricamente, pero en la práctica el numerariado ostentaba un control psicológico de gran calibre sobre todos, mediante chantaje emocional y demás dinámicas autoritarias del momento. A mitad de la semana, hubo un chico que tuvo la enorme valentía de levantarse y salir del oratorio sin hacer esos cinco minutos. El chico tenía un perfil moderado dentro del grupo, no era ni nume ni macarra. Precisamente, solo alguien con su perfil moderado consiguió romper el hechizo. Cuando él salió, acabamos saliendo en tromba la mayoría de chicos, bajo la mueca de derrota disimulada de los adultos. Si lo hubiera hecho un macarra, no habría salido nadie.

Tengo la sensación de haber formado parte de la cola de la última generación de católicos que han tenido la experiencia vital de vivir la religión católica de forma plena, sin feministas, ateos, raperos, tiktokeros, chinos… dando por culo con su existencia general. Tuvimos una vida protegida del exterior. Ahora esto ya no es posible. Sin embargo, eso no quiere decir que el movimiento católico que persiste vivo en España se haya diluido. Más bien, lo que la irrupción de las redes sociales e Internet ha roto es la pretensión de primacía que poblaba el ambiente en el que crecí. Ahora ya no están en el centro. Están en la esquina. Y como tal, estos últimos años el espacio social para jóvenes católicos se ha reconfigurado, al menos en Barcelona, en un grupo de organizaciones juveniles parroquiales e independientes, que ponen gran empeño en darse un aura cristiano cool, en el que la forma de actuar me recuerda a la de gente que actúa como si se tomara anfetas, pero sin tomarlas y, al mismo tiempo, incidiendo mucho en la pasión, el corazón, lo guay que es Jesús, y tal. Además, inciden en que son grupos mixtos, y muchos (dentro de lo que cabe) jóvenes de entre veinte y veinticinco van a lugares ahí a buscar esposo/a no irónicamente. 

Por otra parte, en mi curso sé de varios compañeros que, si bien durante el colegio no fueron especialmente religiosos y se comportaban como auténticos idiotas desagradables hormonados, en los años posteriores, presuntamente reflexionando durante el tránsito a su vida adulta sobre la herencia formativa que habían recibido, han ligado su madurez con un acto de volver a sus raíces, y han adoptado posiciones carcas que antes rechazaban, lo cual me causa decepción y ridículo, como si su yo adolescente fuera más inteligente y despierto que su yo universitario, y al final ese yo se haya rendido, le hayan colado el gol. También, un número de compañeros han probado suerte a ver si podían continuar siendo católicos en un ambiente más mainstream en la sociedad y no tan cerrado, y muchos de ellos se han dado cuenta de que en general todo los que no son el Opus, los Kikos y otras organizaciones similares están irremediablemente adulterados, y su forma de cristianismo, la de parroquias, esplais, jesuitas, y demás sectores, es tan light que quizá no merezca ni llamarse cristianismo. Por otra parte, he de comentar que estamos hablando de Barcelona, un lugar especialmente progresista. En otras partes de España, el tejido social católico está mucho más intacto. Y de igual forma, mi colegio, aunque fuera del Opus Dei, no es precisamente el colegio más conservador de los setenta que la Obra tiene en el país: más bien al contrario.

Por mi parte, he pasado varios años conviviendo con gente de otros extremos de la sociedad, buscando siempre ir al lugar contrario de donde partí, para escapar de él, para informarme de verdad con mi propia perspectiva de cómo es realmente la sociedad. Y aunque he conseguido mi objetivo, y he conocido a mucha gente muy interesante que me han ayudado a encontrarme a mí mismo, una vez conseguido esto, no puedo evitar sentirme terriblemente cansado notando que aún no he empezado a vivir de forma auténtica, y que de todas formas a veces me cuesta encajar en muchos lugares: no voy a volver al pozo de donde salí, pero la gente de fuera no puede entender de dónde vengo y porqué soy como soy. Pero yo, lo único que he querido siempre, es ser normal. No sé hasta qué punto lo soy, pero por lo menos me he vuelto experto en detectar mentiras.


Edu Collin Hernández (Amberes [Bélgica], 1995), hijo de belga y española, graduado en economía, y educado en el núcleo duro del Opus Dei catalán, ha vivido su juventud a caballo de entornos frikis interneteros, y comunidades hippies y new age. Psiconauta empedernido, escribe sobre la conexión entre las experiencias místicas y el surgimiento de entramados institucionales, y otros temas relacionados.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

6 comments on “Mi experiencia en el Opus Dei

  1. Una narración autobiográfica de escaso interés, salvo para el autor, que incumple el planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.de la que hace gala El Cuaderno.

    • Francesc

      Discrepo totalmente. El texto no solo es interesante por las dinámicas sociales y personales que retrata de forma brillante, sino que además resulta único en su especie. Nunca antes se había puesto por escrito un testimonio tan crudo y directo de lo que es crecer en el entorno del Opus Dei, o al menos no con el distanciamiento intelectual del que hace gala el autor (y que justifica perfectamente a lo largo de la narración). ¿Se puede considerar eso como poco ecléctico?

      Me atrevería a añadir, además, que estéticamente también se trata de un escrito muy válido, ya que sabe mantener un buen ritmo narrativo, y la redacción es suficientemente ágil como para no hacerse tediosa en ningún momento. Creo que ambos aspectos son especialmente loables tratándose de un tema que no se presta mucho a la novela de aventuras, por decirlo de algún modo.

  2. Totalmente de acuerdo con Francesc, me parece un análisis muy completo y lúcido de un fenómeno social de mayor transcendencia de a que muchos quieran conceder. Cualquiera que haya conocido de más o menos cerca esa realidad sabe que es así.
    Me parece un gran relato.

  3. Antonio

    Coincido con Francesc y libreoyente: una «calidad y estética» insuficiente para el baremo de un lector, según su propia visión de los cánones a los cuales debería aspirar cualquier escrito publicado en El cuaderno.

    No conozco El cuaderno, es la primera vez que entro en esta web en mi vida. Sin embargo, puedo afirmar que, para los que hemos experimentado en nuestra juventud la realidad que Edu describe, su relato es una especie de catarsis. Es poner en palabras y sacar a la luz subconscientes muy oscuros, una auténtica disección psicológica de varias realidades que puede llegar a crear el ser humano para formarse su propia cárcel mental y privarse de libertad a sí mismo y a otras personas, así como una gran descripción de los juegos de poder y de cómo las personas podemos llegar a hacer uso de nuestro ego para crearnos el mismo infierno en la tierra.

    Por último y no menos importante, se vislumbra la confusión y el dolor que conlleva haber experimentado ese tipo de ‘campo de concentración mental’ y la esperanza de poder liberarse de esa carga por completo algún día. Es posible Edu, es posible incluso agradecer haber vivido una experiencia tan traumática (aunque desde fuera no lo parezca y desde dentro se quiera relativizar para no enfrentarse de golpe con todo el dolor que conlleva detrás), puesto que ésta ha posibilitado e incluso forzado a que tengas acceso a una visión mucho más amplia de lo que es la consciencia humana y de lo que eres tu mismo.

    Una auténtica obra maestra en forma de relato. Gracias.

  4. José Aliaga

    MONESVOL

  5. Forestier

    Cuando uno confunde las exigencias que demanda el seguimiento de Cristo, su mente se desenvuelve como un bucle en el que lo blanco y lonegro se confunden sin remisión y no hay manera de salir del circulo vicioso, y sus experiencias las tranforma en el envés de la realidad. Peor tranquilos, el tiempo pone a cda uno en su lugar.

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