Diarios de cuarentena

La luna del gusano

Alejandro Nafría toma pulso fotográfico a la 'nueva normalidad' dando lugar a su tercera serie de imágenes de la pandemia, tras 'La estrategia del caracol' y 'La paciencia de la araña'. Ofrecemos una selección de las mismas acompañadas de un pequeño texto de Pablo Batalla Cueto.

LA LUNA DEL GUSANO

/fotografías de Alejandro Nafría; texto de Pablo Batalla Cueto/

Llamaban —leo— los comanches luna del gusano a la que, en marzo, hacía emerger, o coincidía con la emergencia, de los gusanos de las honduras de la tierra, que removían al asomarse a la superficie y a la que, así, renovaban y hacían apta para la agricultura. Es un buen nombre, éste que escoge Alejandro Nafría para su tercera serie de fotos coronavíricas, atentas a aprisionar los pliegues y los quiebros de esta nueva normalidad de playas cuadriculadas, columpios vallados y rostros embozados. Nosotros también hemos emergido a la superficie y volvemos a recorrerla acometidos por un desconcierto extraño; por un hacérsenos nuevas, extrañas, las cosas que creíamos conocer; un como los románticos alemanes dar alto sentido a lo ordinario, a lo conocido dignidad de desconocido, apariencia infinita a lo finito.

Se cuenta de los siete durmientes de Éfeso que, huyendo de las persecuciones anticristianas del emperador Decio, dieron todas sus posesiones a los pobres y huyeron a las fragosidades de la sierra efesia, llevando consigo solamente unas cuantas monedas; y que, cuando los hombres del emperador que habían salido en su búsqueda los hallaron dormidos en una cueva, taponaron la boca con enormes piedras para que murieran de inanición. Permanecieron, sin embargo, dormidos, sin despertar ni sufrir hambre, sed o frío, como osos en hibernación, hasta que un día, un rico hacendado llamado Adolio mandó abrir la caverna a fin de utilizarla como establo. Los muchachos, entonces, se despertaron y enviaron a uno de ellos, Dionisio, a comprar alimentos a la ciudad, a fin de poder comer antes de entregarse. Cuando Dionisio llegó a Éfeso, se maravilló al encontrarla llena de cruces; y cuando intentó adquirir unas viandas, los tenderos del macelo le mostraron a su vez su extrañeza de ser pagados con denarios del emperador Decio: aquellas monedas tenían más de doscientos años. No reinaba ya, tiempo había que no lo hacía, aquel perseguidor de cristianos, y el propio Imperio había sucumbido a la verdad de Cristo y era ahora gobernado por el muy devoto Teodosio II. Se hizo evidente el milagro: los siete durmientes lo habían sido durante dos siglos y probaban, así, el ensalmo portentoso de la resurrección de la carne. Fueron llevados entonces ante el emperador, tras lo cual fallecieron entre alabanzas a Dios.

Algo nos parecemos nosotros a los durmientes de Éfeso, abruzados, como ellos, con un milagro pasmoso al salir de la cueva sellada en que la cuarentena había convertido nuestras casas para llenar de nuevo las grandes alamedas, y las pequeñas. Uno más pasmoso aún que aquél, para más señas: el de que todo ha cambiado, pero sin cambiar; la armonía de contrarios de que lo viejo sea nuevo y hayamos de aprender de cero, sin haberla olvidado, la gramática archisabida de las alcantarillas y los portales, de las terrazas y las aceras, de las rotondas y los parterres. Dionisio se sorprendía de que hubiera cruces sobre las iglesias paganas: nosotros nos sorprendemos de que haya cruces sobre las iglesias católicas; de que siga siendo cristiano el mismo imperio del mismo emperador. Al revés que en la famosa sentencia de El gatopardo, todo ha seguido igual para que todo cambiara.

¿Y qué agricultura arar en la tierra removida de esta luna tardía del humano gusano? ¿Qué se ha de labrar en los surcos de la nueva normalidad? Seguramente no el final del capitalismo, como corrió a pronosticar algún que otro augur excesivamente optimista; y tal vez nada más, pero nada menos, que el renuevo de los afectos; un saber lo que se tenía y se había perdido como el del proverbio, que expurgue de rutina, de inercia, los besos y los abrazos a los queridos, convertidos estos meses en rostros encriptados; en píxeles desvaídos y voces lagueadas de videollamada de Skype o de WhatsApp. Admirarnos también de ellos, aprenderlos también a ellos, respirarlos pensando y rescatar de entre los muertos el desaparecido presente; lo que Tomás Sánchez Santiago llama «el tiempo ardiente del instante», sepultado hoy por «sus versiones en diferido: grabaciones de vídeos, mensajes de voz, abdicaciones y remedos», falso presente «dislocado y sin la gracia chorreante, viva y directa, como un salto mortal sin red, que tiene el verdadero presente, ese tiempo sin guion previo y en el que todo se fía a la ventura y al latido de la espontaneidad». Volver a vivir de veras, en suma. Y que con eso nos baste.


Alejandro Nafría es técnico superior de imagen y fotógrafo. Como tal, ha trabajado en diversos campos, siendo su favorito el fotoperiodismo. Ha colaborado con los diarios Le Monde y Asturias24 y con la revista Neville. Tiene editados tres libros —La hierba más verde, Gente de Nod y La rebelión empieza leyendo y ha dirigido el documental Lluz d’agostu en Xixón.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl, La Soga y Nortes; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro, Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’, y en 2019 el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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