Creación

La máquina que se murió

Un relato de ciencia-ficción de José Manuel Ferrández Verdú, sobre la muerte, en el año 2856, de un aparato llamado Aurora, capaz de sentir pena y de sentir gloria.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

En el año 2856 se murió una máquina llamada Aurora, que era capaz de sentir pena y gloria. Le habían ocultado que sus padres eran ambos alcohólicos y se atiborraban de malware de alta graduación hasta caer inconscientes al suelo. Cuando se enteró, cayó en una depresión de la que no volvió a salir hasta encriptarse bajo una configuración PRIJG de enlace alfabético TWOPRE que la condujo a una sincera descompilación UHP y le salieron granos por todo el cuerpo.

Los técnicos y las enfermeras del hospital donde fue ingresada le inyectaron programas de descompresión ILUSIOMER pero si quieres arroz catalina. Tenía el disco duro lleno de archivos podridos de código místico IPR que en un par de semanas se extendieron hasta las input-output de registros de saltos, y después de entrar en un caos de jerarquías EXOR, perdió los microcontroladores ESPON y SCI, que rodaron por el suelo como si fueran bolitas de chocolate, y todas las instrucciones SLOAD y FRF se fueron al carajo.

Un ingeniero desesperado intentó un FIFO de Mapas de Karnaugh con máscaras de editores en ciclo de máquina incompletamente especificada y todo parecía que iba a arreglarse, pero de pronto las LFSR y los LIFOS comenzaron a multiplexarse y todo se acabó en un santiamén.

Al funeral fueron unos cuantos informáticos locos, algún ingeniero y un montón de máquinas y robots que la habían conocido en algún momento de su corta vida. Apenas hacía treinta y dos años desde que vino al mundo. Pero había hecho de todo, desde acompañamiento de diseño para viejos ricos hasta ayudar a misa a curas robotizados, pasando por domadora de tigres urbanitas. También quiso hacerse monja cuando alguien le inoculó un troyano evangélico del séptimo día. Pero lo de no poder follar no le hacía gracia y se lo dejó.

Era la primera máquina de la historia que había muerto por lo que en su funeral las amigas y compañeras de juergas se miraban unas a otras sin comprender y con cara de preocupación

—Qué buena era la pobre. Mira que todo lo hacía según el protocolo SNIAC y aun así no la llegué a oír quejarse nunca —dijo una.

Los padres, que estaban en primera fila, intentando reprimir sus intensos impulsos infernales ZILOG-80 y WOMBA-379, daban respingos en sus asientos y trataban inútilmente de aparentar un sentimiento de culpa de secuencias asíncronas JWP, pero todos vieron a las claras que no tenían el más mínimo deseo de dejar las capas de pasivación UHM de las que habían estado ingiriendo dosis extremas en contra de todo sentido de la sensatez en bloques de estado de nivel UWAP.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes,  admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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