Creación

El jugador de damas, 4: «En el parque»

Continuamos la publicación por entregas de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 3

En el parque

Nuestros pasos nos han llevado hasta la entrada del parque, mundo vegetal que contiene multitud de secretos guardados en el cofre de la palabra árbol. Franqueándolo, siete gigantes se miden con el edificio de enfrente. El edificio tiene ocho plantas de viviendas y amplios bajos comerciales. La última hoja de la última rama de los árboles, gemelos en estatura, es un palmo más baja que la torre de ladrillos. La vanidad humana se burla de la vanidad vegetal mirándola por encima del hombro. Pero los árboles tenazmente, día a día, se alimentan. Con un esfuerzo que viola la ley hacen subir la savia hasta la copa y, milímetro a milímetro, confían en ganar a la construcción muerta. A la luz de las farolas los troncos de esos siete magníficos se ven desconchados, grandes trozos de su caduca corteza desprendida o a punto de desprenderse. Parecen serpientes cambiando la piel. Algunas de sus hojas, de grandes lóbulos dentados, liberadas como el lastre de un globo, van a arropar a los coches que duermen debajo.

Decid nuestros nombres ¡oh mortales! y pasad o dad la vuelta y bordead el jardín.

—Son plátanos orientales —le digo a Chitina—. Provienen del Asia Menor.

Un día me cansé de llamar árbol a todo lo que tuviera tronco, ramas y hojas. Eso es como confundir a un gato con un caballo, como no distinguir un águila de un gorrión. He pasado muchas horas estudiando este jardín y por fin ha llegado el tiempo del examen.

En la entrada sur, el inconfundible olor del eucalipto delata su presencia en la oscuridad. Es un árbol propio de Australia que no se conoció en Europa (ni en el resto del mundo) hasta que un compañero del capitán Cook, Tobias Furneaux, lo trajo al volver de un viaje a Australia en 1774. Crece muy rápido hasta los cien metros en algunas especies, y resiste muy bien las enfermedades, a lo mejor porque sus hojas, lanceoladas y colgantes, cocidas son febrífugas. Eucalipto significa en griego bien cubierto y realmente lo está (como lleno de cintas) aunque los griegos no pudieran saberlo. Cosas de los científicos que les da por ponerle a todo lo que encuentran nombres en latín o en griego. Supongo que los aborígenes australianos tendrían una palabra para nombrar al árbol. ¿Hubiera sido mucho pedir que los europeos la trajeran con él? Por lo visto no era tan fácil. Cuentan que cuando los exploradores vieron canguros por primera vez le preguntaron a los nativos cómo se llamaban y estos respondieron: no entiendo. Parece ser que «no entiendo» en aquella lengua sonaba algo así como canguro. Después de eso, o llamaban a todo lo de allí canguro, o escogían buenos nombres griegos.

También de origen australiano, la casuarina de ramas cilíndricas busca la compañía del eucalipto. Quizá en este herbolario donde conviven más de cincuenta especies de árboles y plantas arbustivas se den muchas agrupaciones invisibles y el eucalipto haya sido plantado junto a la casuarina para que ambos puedan hablar de su tierra. A simple vista hay agrupaciones muy definidas que se salvan del aparente caos que supone, por ejemplo, dos olmos aislados separados por un ciprés, un solitario laurel junto a un hibisco o una morera hermanada con una pseudoacacia.

La morera está al final de la avenida de los jacarandás y los jacarandás tienen las flores moradas como los frutos de las moreras. ¿No se ve ahí la mano experta de un diseñador de parques sutil? La glorieta es un rectángulo con un anexo en el extremo Este en forma de triángulo. En esa protuberancia añadida se encuentra esa avenida, dos hileras de once ejemplares cada una que se ponen morados de flores. Los más elegantes de entre los nazarenos de nuestras procesiones de Semana Santa visten de morado. Nuestro Padre Jesús, patrono de la ciudad, viste de morado. A ese color se le tiene aquí mucha devoción. Los jacarandás, bien alineados en dos hileras, guardando la distancia entre ellos, con esas hojas vaporosas que parecen de terciopelo, asemejan filas de penitentes. Sería por excelencia la zona espiritual del parque, un sitio donde uno se podría recoger para rezar o para pasear, arriba y abajo (desde los olmos hasta la fuente de las ranas, desde la fuente de las ranas hasta los olmos) hablando de filosofía, de Dios, del misterio de las líneas paralelas (los árboles de la avenida) que por mucho que se prolongan nunca se encuentran, como amantes condenados a no alcanzar la plenitud del otro, prisioneros de su solipsismo trascendental, del misterio del círculo (la fuente de las ranas), la inconmensurabilidad del número pi, si no fuera porque toda la espiritualidad posible de los jacarandás se ahoga en el pestilente olor de los mingitorios del bar que hace esquina junto a los olmos.

Muertos de asco tendríamos que llegar a los cipreses que rodean la fuente de las ranas y doblar a la izquierda buscando el alimenticio olor del laurel.

También tiene cierto sentido que sólo haya un laurel en todo el parque porque en la cima no hay sitio más que para uno, nadie celebra al que llega segundo, la corona le es negada. Enorme corona la del laurel, laurus nobilis. ¿Y cuál es su mérito? Yo no le conozco otro que el de hacer buenos estofados. En fin… ¿No se dice de las mujeres que conquistan el corazón del hombre por el estómago? El laurel ha sido de antiguo el símbolo del triunfo, y no sólo en lo deportivo y lo militar. También del triunfo de la sabiduría. En la baja Edad Media los doctores recibían una corona adornada con bayas de laurel. En latín, bayas de laurel se dice: «baccae lauri», de donde viene la palabra bachillerato.

Pero afortunadamente no hemos entrado por la avenida de los jacarandás sino por la calle que queda a su izquierda según la marcha y, tras el eucalipto y el grupo rezagado de washintonias, encontramos a la derecha una larga fila de alheñas florecidas. Pequeñas flores blancas se agrupan en racimos al extremo de finas ramas cuajadas de hojas opuestas, ovaladas, enterísimas, hojas del tamaño y la forma de los ojos. Se les llama opuestas porque el pecíolo de una se une al tallo en el mismo lugar que el pecíolo de la otra. Así serían opuestas las alas de una mariposa. Aunque en realidad parecen hermanas más que enemigas. Hay veintidós alheñas, entre las cuales el demiurgo jardinero, con el propósito ¿quién sabe? de mantenerlas limpias, ha plantado tres callistenon speciosus llamados vulgarmente cepillos rojos. A la derecha cinco grevilleas de hojas alternas, como los ojos separados de un cuadro abstracto, uno más alto que otro, y flores amarillas y ocho lagunarias, de la familia de la jara.

Junto a lo que propiamente es la glorieta, cenador con una base de obra de más de tres metros cuyo suelo y techo de madera están separados por afiligranadas columnas de hierro verde y desde donde, en ocasiones festivas, bandas de música amenizan (¿o amenazan?) a los paseantes y a las indigentes palomas que viven de la caridad del arroz que se les echa a puñados por ir vestidas de blanco como las novias, nos encontramos al arce. Probablemente lo han plantado allí para que aplauda pues sus hojas tienen cinco puntas como los dedos de una mano. Si no encontráramos ninguna por el suelo para verificar esto las podríamos contar en la bandera de Canadá que, como todo el mundo sabe, está adornada con una hoja de arce. El arce tiene las hojas verdes por el haz y blanquecinas por el envés, parecidas a las del plátano de oriente, por lo que a veces se le denomina falso plátano.

Doblamos para atravesar el parque de Este a Oeste y en un lugar indeterminado de esa travesía deberemos encontrarnos con su centro geométrico.

Ahora estamos en el centro y lo que vemos desde allí son bancos y magnolios. Los bancos bajo los magnolios intentan recoger sus hojas pero, como los papeles tirados descuidadamente se acumulan alrededor de una papelera y nunca dentro, las hojas caídas, originariamente verdes por el haz y algo rojizas por el envés, que al secarse van adoptando el color rojizo de su parte inferior en detrimento del verde, como si una vez muertas quisieran parecerse por entero a la tierra que las acoge más que al árbol que las expulsa, se amontonan alrededor de ellos. En mi niñez, cuando los niños no teníamos videoconsolas para jugar y pasábamos el día al aire libre, expuestos a las inclemencias del tiempo, al sol con sus perniciosos y cancerígenos rayos, a los infartos que podía provocarnos las continuas carreras unos en pos de otros, recurríamos para entretenernos a lo que teníamos más a mano, y eso era las acartonadas hojas de los magnolios. Unidas por su mismo pecíolo, que previamente cortábamos, formábamos coronas de todo tipo, con hojas alzadas como plumas de indios, con cola como gorros de tramperos, con puntas como coronas de rey.

Al creador de este parque le gustaban los magnolios pues los escogió para forrar con ellos el centro y todo el lado Oeste. Quizá se llamara Pedro y poner tantos magnolios fuera una forma de firmar su obra, conociendo que el gran Linneo dio el nombre de magnolio a este árbol en honor de Pedro Magnol, botánico francés nacido en Montpellier en 1638. Sea como sea, para nosotros, que jugábamos en el parque, las magnolias eran como las paredes de una casa, lo que se ve desde dentro. Cuando formábamos coronas con sus hojas ignorábamos que este árbol, la magnolia común o, técnicamente, magnolia grandiflora por sus grandes flores blancas y carnosas de seis hojas dobles, algo parecidas al tulipán silvestre, se llama también laurel tulipán y por lo tanto esas coronas de laurel eran también símbolo de victoria y sabiduría.

La entrada principal, la norte, está guardada por una docena de magníficos ficus retusa. Precisamente Pedro Magnol fue quien concibió la idea de agrupar las plantas por familias. El ficus es de la familia de las moráceas, por lo tanto primo de la morera y de la higuera. Con treinta ejemplares es el segundo árbol más numeroso del parque después de los magnolios.

El parque está lleno de emigrantes sin dinero para acudir a los bares, de nativos demasiado jóvenes para temerlos y de perros sueltos a pesar de los carteles que prohíben su presencia. Los perros han estado todo el día encerrados en pisos pequeños y ahora desentumecen sus patas galopando inquietos de aquí para allá, jugando a oler las cosas, oler y correr, o cogiendo con la boca algo que nadie le ha tirado. Imaginan un amo que juega con ellos, les tira cosas y ellos las cogen. Aspiran oxígeno y expiran anhídrido carbónico. También los árboles hacen ahora eso, un poco animalizados por las sombras. No se mueven pero el que más y el que menos ha recorrido una gran distancia.

El ailantus altísima viene de la china. Allí se usa para dar de comer a un gusano de la seda. La seda no es de mucha calidad a pesar de su nombre. Las phormium tenax, de la familia de las liliaceas, esas de flores amarillas, vienen de Nueva Zelanda.  Y aquí están, no tienen coches ni barcos ni aviones y sin embargo se las han ingeniado para viajar. ¿No inventarían los árboles a los animales como medio de transporte? Además los utilizan para que los ayuden a reponer el CO2 que consumen de día. Y en lugar de reconocerlos y adorarlos como a nuestros creadores (dendrolatría se llama el culto a los árboles) como Frankenstein descastados nos volvemos contra ellos. Pronto no quedarán árboles.

El reloj

Dejamos atrás el parque. Me he quedado con la boca seca. Soy un orador a quien han olvidado poner un vaso de agua en su mesa. Y todo para impresionar a esta mujer regordeta y pasadita en un juego de seducción a la antigua usanza que aprendimos antes de que se descubriera que las mujeres tienen las mismas necesidades sexuales que los hombres y que si las condiciones son propicias basta con un «vamos» y un movimiento de cabeza; pero que una vez asumido como parte de nuestra educación se convierte en una necesidad. No aceptaría acostarme con una mujer con la que no hubiera intercambiado al menos diez mil palabras. Si la mujer es hermosa se podría rebajar hasta el «vamos», pero solo en casos muy muy extremos.

Miro mi reloj de oro. Marca las once del último viernes de mayo del año 2002. Pero no puedo darle crédito. ¿Qué confianza merece un reloj que no es exacto?

—Este reloj es un regalo de Herminia. Se lo vendieron, me dijo, como una máquina de extraordinaria precisión. No se deje engañar por la envoltura de oro, el verdadero oro de este reloj reside en su mecanismo. Dentro de doscientos cincuenta mil años marcará las horas justo como hoy, sin retrasarse ni adelantarse. Si para entonces aún tengo el negocio abierto y usted nota algún fallo no dude en venir, se lo cambiaremos por otro o le devolveremos el dinero. Como era un regalo fue ella a comprarlo y la engañaron. Si hubiera ido yo le hubiera sacado los colores al vendedor: falsario, este reloj es un timo.

Diariamente el roce del agua sobre los fondos marinos va, sin prisa pero sin pausa, frenando la Tierra. Los científicos calculan que la Tierra cada día tarda doscientas millonésimas de segundo más en dar la vuelta sobre su eje. Esto supone que el día es cada siglo unos trece segundos más largo. Dentro de doscientos cincuenta mil años el reloj que me ha vendido usted marcará imperturbable las horas, veinticuatro para cada día. Pero, señor mío, el día entonces durará nueve horas más. ¿Para qué quiero un reloj de veinticuatro horas en un día que dura treinta y tres?  Estimado cliente, repondrá el vendedor, es La Tierra la que retrasa, no el reloj. Reclame usted a quien le ha vendido La Tierra. Y, en cierto modo, tendrá razón. El reloj, desde luego, es una maravilla. Herminia tardó cinco años en pagarlo.

Ernesto

Chitina dice que entre sus dos maridos no le hicieron nunca un regalo que valiera ni la cuarta parte. Por pura educación me intereso por su familia y por su segundo divorcio y me entero de lo siguiente:

Chitina tiene un hijo de veinte años y una hija de dieciocho de su primer marido. Del segundo, mucho peor que el primero en casi todo, por lo que no se plantea volver a casarse, conserva un montón de recuerdos desagradables y una hija de ocho años encantadora. Si ella hubiera sido un hombre nunca se habría casado con él porque al presentarlos, en lugar de los embarazosos besos en la mejilla, se habrían dado la mano y ella habría podido apreciar con desagrado que la dejaba muerta, sudada, viscosa, como si le hubieran sacado todos los huesos. Una mano que no inspira confianza, que previene contra su dueño. Pero en lugar de esa mano delatora se fijó en su voz, y su voz era muy diferente. Cuando los demás componentes del coro de la Catedral donde cantaba los domingos, como una bandada de pájaros cansada, posaban en tierra sus voces, la suya se alzaba solitaria. Entonces parecía que las paredes de la iglesia se hinchaban como un globo, como el universo que se expande, porque el recinto, con ser enorme, no era bastante para contener su volumen. 

—Me casé básicamente con su voz. Lo malo es que el resto de Ernesto (perdona por la rima pero es que se llamaba así) entraba en el lote. Hombre, no era del todo malo. Beaturrón, flojo de carácter, más anticuado que mi abuela, moralista y un poco pedófilo. Impartía catequesis y aprovechaba para toquetear a los niños. Se armó un escándalo de aúpa. Cuando se desmoronó me lo confesó todo esperando mi comprensión y mi perdón. No podía evitarlo, le atraían los niños y luego le remordía la conciencia. El sentimiento de culpa era su penitencia. Debía acordarme de la parábola del hijo pródigo. Estaba arrepentido y me juraba que nunca más. Yo hubiera perdonado a Paul Newman, es el tipo de hombre del que hubiera creído que nunca más aunque después fuera de vez en cuando. De Ernesto no me creí ni la mitad.

Eurídice

Hace cinco años que se separó. ¡Qué coincidencia! Hace cinco años que murió mi mujer y mi hijo. Los dos nos quedamos en silencio.

Pasamos por la puerta de un restaurante chino. Dragones dorados sobre fondo rojo, farolillos. La sonrisa de los camareros es tan perenne que, cuando falta, uno los cree enfadados. En el escaparate de una óptica se exponen multitud de modelos de gafas. Generoso, el dueño ha dejado pegar en el cristal un cartel que dificulta parcialmente la visión de sus productos. Quizá piensa que cualquier cosa que dificulte la visión le viene bien. En el cartel se anuncia una representación en el Teatro Circo para esta noche, el Orfeón Ilicitano, solista Ernesto Gutiérrez. Chitina no ha mirado el cartel.

—¿Tú segundo marido se llamaba Gutiérrez de apellido? —le pregunto a Chitina.

—¿Cómo lo has sabido?

Da la casualidad de que esta noche actúa su exmarido en Orihuela.

Otra coincidencia tonta, otro milagro malgastado. Los físicos modernos postulan que el mundo surgió de una ruptura espontánea de la simetría del vacío. Una coincidencia tonta, un milagro malgastado y aquí estamos, en este universo demasiado grande, en este mundo demasiado ácido, dónde de vez en cuando se producen casualidades insignificantes que festejan la insignificante casualidad originaria.

—¿De verdad se llamaba Ernesto Gutiérrez?

—No —se ríe—. Has vuelto a caer. Ernesto Gutiérrez es el solista del Orfeón Ilicitano. Se llama Ernesto como mi exmarido y tiene una voz parecida, por lo demás ahí se acaban las coincidencias, aunque, por si acaso, no le confiaría a mi hija pequeña.

—Fíjate qué estrechamente convivimos con los griegos —empiezo, tratando de vengarme de la nueva chanza con una ración doble de pedagogía—. Precisamente lo que la historia de Orfeo nos trata de enseñar nosotros lo desatendemos recordándolo y poniendo su nombre a un grupo de cantores: Orfeón. Orfeo es un personaje de la mitología griega que encantaba a las bestias con su canto. Además de inventar la lira, su acción más brillante fue descender a los infiernos para rescatar a su esposa muerta, Eurídice. Hades le permitió llevársela con la condición de no mirar atrás, la misma condición que puso Yahvé a Lot y a su familia cuando los evacuó de Sodoma; pero igual que la mujer de Lot quedó convertida en sal por contravenir la orden, también Orfeo miró para atrás y lo jodió todo. Eurídice volvió a desaparecer para siempre.

Mirar hacia delante, hacia el futuro, evolucionar, no quedarse anclado en los recuerdos ¿Es esa la moraleja del cuento? Pero si Orfeo bajó a los infiernos era porque quería a la Eurídice que él había conocido y amado, la Eurídice del pasado. ¿Cómo no habría de mirar atrás si precisamente su gesta era una gran mirada atrás? A no ser que todo sea una farsa, la gran farsa de las religiones. Quiero rescatarlos de la muerte aun sabiendo que eso es imposible. Yo lo haré. Me han dicho: tu mujer y tu hijo han resucitado. Han salido de entre los muertos. Van detrás de ti, pero si tratas de comprobarlo desaparecerán. Mientras que puedas creer que van detrás de ti irán detrás de ti, pero cuando vuelvas la cabeza se esfumarán en el aire, no vuelvas la cabeza, sigue pensando que su presencia ahí es real. Pura religión. Yo aleccioné a mi hijo para no creer en Dios. A los cinco años le enseñé a creer sólo en aquello que pudiera ver.

—Si yo te digo que hay un elefante blanco en el baño ¿me crees o no? —le pregunté.

—No

—Pues yo te digo que sí.

—Y yo te digo que no.

—¿Cómo podemos averiguar quién tiene razón?

—Yendo a mirar —me dijo—. Justo, dio en el blanco, esa es la respuesta que yo esperaba. Yendo a mirar.

—¿Y si te digo que el elefante está pero que si miras, por tu falta de fe, el elefante desaparecerá y no lo verás?

—¡Eso no vale!

Hasta un niño comprende que eso no vale. A Orfeo lo engañaron. Hades le dio una caja vacía y le dijo que su mujer estaba dentro, pero que si abría la caja su mujer desaparecería. Y la abrió. El viejo truco.

Hércules

Sí, convivimos con los griegos. En otro cartel se anuncia para el domingo un gran encuentro de fútbol entre el equipo local y el Hércules C.F. el equipo de Alicante.

—¿Tú sabes quién fue Hércules? —le pregunto a Chitina.

—Claro. Ese al que de pequeño le llamaban Herculito.

Tengo paciencia. Soy profesor en un Instituto. Antes a los chicos impertinentes se les abofeteaba, se les pegaba con la regla en las palmas de las manos, se les tiraba de las patillas, se les pateaba. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué edad dorada de la enseñanza! Ahora hay que aprender a tener paciencia, apuntarse la fechoría para comer frío el manjar de la venganza en forma de un redondo cero. Quizá esta noche, convertido en íncubo, le cuente en la oreja el chiste de Herculito.

—Hércules es el nombre latino de Heracles, al que de pequeño llamaban como a un famoso filósofo, también griego. Ese que decía cosas como: no te bañarás dos veces en el mismo río, el sol es del tamaño de mi pie o todo está compuesto de fuego —creo que malgasto mi ingenio. Aunque comprendiera que el diminutivo de Heracles es Heráclito dudo de que haya oído hablar del sabio de Éfeso—. Hércules era un semidiós al que la vida matrimonial volvió loco. En un arranque de furia mató a su mujer y a sus hijos. Luego se arrepintió y para purgar su crimen tuvo que realizar los doce trabajos que le dieron fama. O sea que la violencia doméstica también nos viene de Grecia. Si los uxoricidas fueran más listos, que no lo son (tampoco, por cierto, los periodistas, que desconocen la palabra) alegarían en su defensa que han actuado a semejanza de Hércules, el prototipo del héroe en la cultura de la que somos deudos.

Quiquiriquí

—¡Madre mía! ¿Tú cómo sabes tanto? —exclama Chitina, mezclando en el torno de sorna un dejo de admiración auténtica—. ¡No debes hacer otra cosa en todo el día que leer!

—No te creas. No he leído mucho. Las aventuras de Tintín, Asterix y Obelix y poco más. Si un libro es interesante seguro que han hecho la película, si no han hecho la película es que no merece la pena; en uno u otro caso es una pérdida de tiempo leerlo. Todas estas cosas me las cuenta Aurora, la profesora de lengua y literatura del Instituto. Yo sospecho que me ama y no precisamente en silencio. Diariamente se prepara dos clases, una para impresionar a sus alumnos y otra para impresionarme a mí. Creo que nunca ningún hombre la ha escuchado porque nadie escucha a una mujer sin atractivo y Aurora no lo tiene. No es que sea exactamente fea, es que no tiene atractivo. No sé cómo explicarlo.

—Lo entiendo. Debe ser molestísimo ser una de esa mujeres diez a las que todos los hombres desean, pero mucho peor una de esas mujeres cero que nunca han despertado un pensamiento lascivo…

—¡Un pensamiento lascivo Aurora! ¿Estás loca?

—…yo me siento cómoda en la medianía. ¿Tú me aprobarías, aunque fuera por los pelos?

—Te seré sincero. Si me dieran a escoger entre naufragar en una isla con un mono o contigo te escogería a ti. Si me dieran a escoger entre naufragar con un mono o con Aurora escogería al mono.

Chitina se ríe con esa risa franca (de ballena franca para ser más exactos) que utiliza para reírse de sus chistes. A mí, sin embargo, me han dolido mis propias palabras una vez dichas. Llevado por la comicidad de nuestra charla he ido demasiado lejos. Aurora es una de las profesoras más estimadas por los alumnos y eso que una solterona de cuarenta, probablemente virgen y con seguridad solitaria sería sin duda una presa perfecta para las bromas de los adolescentes. Pero habla y en eso es buena. Los hombres que van buscando un polvo cierran los oídos y miran a otras, pero sus alumnos la escuchan y la respetan. Yo también la escucho y la respeto aunque esta noche vaya buscando un polvo y la haya negado.

De repente canta un gallo. ¿Una casualidad tonta, un milagro desaprovechado? Miro a mí alrededor. Debe haber sido el sentimiento de culpa el que ha creado ese canto dentro de mi cabeza. Pero no, suena otra vez. Por fin, aliviado, descubro su origen. Es un asador de pollos. El dueño ha instalado un quiquiriquí de aviso que suena cada vez que se abre la puerta. Podrías haberte ahorrado el canto, ya me sentía bastante mal. Y sin embargo, como el discurso tiene sus propias leyes, continúo así:

—Aurora habla mucho, no para de hablar. Alguna vez he pensado cortarle la cabeza y tirarla al río. Pero seguiría hablando, igual que pasó con Orfeo. Después del intento fallido de rescatar a su mujer del Hades lo atacaron las Ménades por orden de Dionisio. Le cortaron la cabeza y la tiraron al río Hebro, no al que pasa por Zaragoza, sino a un río Hebro con hache que corre por la Tracia, y la cabeza, como era de esperar, siguió cantando. Luego la metieron en una cueva y allí profetizaba día y noche, hasta que Apolo, que también tenía un negocio de pitoniso y estaba perdiendo clientes, se le colocó encima y le ordenó que se callara de una vez.

—¿Y se calló?

—Sí.

—A lo mejor es lo que le hace falta a tu amiga Aurora, que alguien se le ponga encima.

—Ahora que lo mencionas —aprovecho la coyuntura—. ¿Lo hacemos en tu casa o en la mía?

—Otro piropo como el del mono y en los servicios del próximo bar.

Lucífaga luna

Viernes, día dedicado a Venus. Chitina ya sabe lo que quiero y yo sé que está dispuesta. Hemos cerrado el trato. Aun falta la letra menuda, pero no habrá demasiados engaños. Ahora que está todo claro vuelve a las andadas. La cabeza de Orfeo le ha recordado el chiste del loro que llamaba a un tuerto «tuerto cabrón» sin que nada fuera capaz de hacerlo callar. El chiste ya lo conozco. Existe cierta decrepitud cuando un contador de chistes cuenta un chiste que ya conoces. Si te has reído con los chistes nuevos ahora empiezas a sentir vergüenza por ella y un poco de pena, como si de repente se hiciera vieja, vulnerable y triste. Como un payaso sin gracia, acabado.

La luna ha comido muchos bocadillos de luz y se ha puesto terriblemente gorda. Luna lucífaga. ¿Cuántas veces, como un chiste repetido, se habrá dicho o escrito esto? Aurora, respondiendo a mi pregunta, ejerce de cabeza cortada en la cueva de mi mente.

—Es imposible saber con exactitud cuántas veces se ha empleado una imagen en literatura. ¡Que la luna come luz y por eso engorda! No sé. ¿Mil veces? Se debería leer todos los libros para saberlo. De todas formas es significativo que en el diccionario de la Real Academia no exista el adjetivo lucífago. Lucífero, que lleva la luz, sí. Lucífugo, que huye de la luz, sí. Pero no lucífago. Sin embargo todas las plantas son lucífagas, todas se alimentan de luz. La ausencia del adjetivo en el diccionario demuestra que no debe estar muy extendido en español. A lo mejor es porque lucífero y lucífugo son términos poéticos y a los poetas les resulta demasiado grosero el acto de comer. De todas formas es raro el libro que no menciona una o varias veces a la luna diciendo algo sobre ella. La posibilidad de que en toda la literatura universal, a lo largo de toda la historia, se haya tachado a la luna de lucífaga es un número superior a mil cuatrocientos veinte. No hay que ser tan duro con Chitina, todos repetimos todo constantemente.

Así es Aurora, nos acabamos de mofar de ella y ahora disculpa a Chitina que termina el chiste del loro componiendo un gesto ridículo que a pesar de todo me hace gracia.

—Entonces abre el congelador y se encuentra al loro congelado con una mano tapándose un ojo y la otra haciendo los cuernos —se ríe que da gusto.

El palafito

La calle de José Antonio termina en la glorieta donde hay un monumento a Franco que se llena de flores el 20 de noviembre, el día del aniversario de sus muertes. Los dos, José Antonio y Franco, murieron en la misma fecha, aunque, claro, de años distintos. Extraña coincidencia. Nosotros, como salmones, remontamos el curso de la calle. Grandes farolas negras a la deriva, naranjos de fruto amargo. Desde el convento de Jesús María convertido en colegio hasta la glorieta los números van creciendo. También en esa dirección fluyen los coches. Todo indica que la calle se hunde bajo la atracción gravitatoria del monolito y todas las cosas (excepto nosotros que con un esfuerzo enorme hemos caminado hasta embudarnos por las estrechas callejuelas construidas sobre acequias) caen hacia él.

Los habitantes de esas calles peatonales por las que ahora pasamos prolongan sus casas bajas sin balcones en el asfalto público sacando sillas a la puerta en verano. Como ya es casi verano una mujer mayor en una mecedora y un hombre en una silla baja de enea, él con camiseta blanca de tirantes y ella con una bata de algodón liguero estampada con profusión de policromismo geométrico, rombos y cuadrados principalmente, una bata demasiado alegre para una vieja quizá regalo de sus hijas al gusto más moderno de éstas y que ahora la mujer se pone sintiéndose rejuvenecer, toman el fresco.

Deberían de ser ellos, descarados usurpadores de una vía de paso, quienes se sintieran fuera de lugar y, no obstante, somos nosotros quienes nos sentimos violentos, como si violásemos su intimidad cruzando por el salón de casa.

—Buenas noches —nos vemos obligados a decir. Y tratamos por pudor de no mirar los rulos con que la señora ha enrollado su pelo ni el trozo de tocino que el hombre corta con una navaja afilada apoyándolo en un rebojo de pan. Sin embargo nuestros ojos se van a esas cosas. Y a las zapatillas azules con un gato, todavía de invierno, que lleva la mujer, y a la bragueta del hombre que por un descuido se ha quedado abierta.

—Buenas noches —contestan los dos, la voz masculina llena de migajas. Espero un ofrecimiento (¿ustedes gustan?) que no llega. Bien le hincaría el diente a ese tocino. Hace siglos que no lo como. Mi madre lo hacía así. Lo compraba fresco y lo salaba. Era la época en que también en nuestra calle se sacaban las sillas. Yo nací cerca de aquí, al otro lado del jardín.

Hemos desembocado en el lago que forma la plaza de San Pascual y en medio de ese lago, ocupándolo casi por entero, el palafito del Jardín. La metáfora viene arrastrándose desde que remontamos como salmones la corriente de la calle de José Antonio y seguimos nadando por las estrechas acequias hasta el lago. Si tildo al jardín de palafito es porque se alza casi un metro por encima del nivel de la plaza. Sin embargo, esa metáfora accidental debía convertirse en realidad cuando, a causa de las cíclicas avenidas del río Segura situado al otro lado del murallón de casas, el agua desbordada del cauce anegaba el terreno. Por su proximidad al río y lo hondo de su suelo era el primer lugar donde se hacía riada. Yo he visto fotos antiguas con la superficie del jardín a ras. Debieron subirlo precisamente para protegerlo del agua.

En el jardín los árboles gozan de buena salud. A nadie se le ha ocurrido enlosar el suelo, que sigue siendo de tierra. El agua de la lluvia se filtra hasta las raíces de los árboles, que se mantienen idénticos a como los recuerdo. Árboles que entonces solamente eran árboles. Ahora conozco sus nombres en latín. Pero no les sientan bien esos nombres y los olvido. Siguen siendo árboles, en cuyas ramas millones de invisibles pájaros (realmente nunca vi a ninguno) chillaban al atardecer como si jugaran o pelearan, hablaran o rezaran, antes de acostarse. Es tan increíble el griterío que recuerdo que no me doy crédito a mí mismo y sospecho haberlo soñado. A juzgar por el sonido que producían, con que sólo a cada voz le correspondiera un cuerpecito de un gramo de peso, hubiera sido bastante para romper las ramas. A estas horas están dormidos. Si fuera más temprano me estremecería al oírlos como me estremezco cada vez que, pasando por aquí, me golpean sus piadas y mi niñez vuelve. No es que mi niñez haya sido demasiado feliz, pero ha sido mía. 

Al menos eso creo. Creo que esos recuerdos son míos, que yo jugué aquí durante mi infancia. También es posible que yo sea un replicante, como en la película Blade Runer, alguien a quien se le han implantado recuerdos de otros. Pero entonces esos recuerdos me pertenecen, como pertenece un corazón trasplantado al que lo recibe. El corazón lleva la sangre hasta la última célula del cuerpo y la alimenta ¿Qué importa de quién fuera antes el corazón?

El amigo del cuadro

De todos los niños que jugábamos aquí, Juan José era el mayor, apenas un año, pero suficiente para ganarnos en rapidez y astucia. Si él corría detrás de ti estabas perdido, podías fintar, hacer quiebros, cambios de sentido bruscos que prolongaban inútilmente la caza, pero al final te convertías en estatua, te quedabas parado en medio del jardín esperando que uno de tus compañeros te rescatara. Asunto complicado porque ellos bastante tenían con protegerse a sí mismos.

Esa silueta de hombre con un cuadro que sube al jardín por el extremo opuesto me lo ha recordado. El cuadro es grande. Lo lleva cogido con la mano izquierda y tiene que alzarla para que no arrastre. Juan José dominó nuestros juegos durante nuestra infancia. A él le gustaba jugar a pelear porque siempre ganaba. Tampoco perdía corriendo o saltando, así que no desaprovechaba la ocasión de demostrar su hegemonía. A mí no me gustaba porque sin igualdad no hay competencia y sin competencia no hay diversión. A los demás tampoco, por eso nos sentimos aliviados cuando su familia se compró un piso en la zona nueva y cambió de barrio. No sé mucho de él en la actualidad. No hemos llegado a introducirnos en la costumbre del saludo, como si los cambios de nuestros rostros nos hubieran dado la excusa perfecta para olvidarnos. Aunque yo lo reconozco cuando lo veo (ese hombre del cuadro se le parece más y más). Distingo los rasgos del niño dominante bajo los del hombre fracasado que ahora pasea su presencia incómoda por la ciudad. Padece alguna enfermedad psíquica, alguna drogodependencia, no estoy seguro.

Ahora lo veo delante de mí, un fantasma que el jardín materializa, y me asusto. Va pulcramente afeitado y está delgado en extremo, sus pómulos picudos necesitan urgentemente un riego para no secarse. Su cuerpo debería declarar a su cara zona catastrófica y mandarle ayuda, pero a juzgar por las partes de éste que no oculta la ropa, cuello, brazos y manos, la idea no parece viable.

—Te quiero regalar un cuadro —se ha parado delante de mí. Sus ojos brillan como los de un loco o un genio—. Me conoces ¿verdad?

—Sí —le digo—. Lo conozco.

Algo dentro de mí se complace. La vida no es tan mala después de todo. Juan José, mi viejo amigo, es un artista. Y además me recuerda. Emerge del pasado para regalarme a mí, no a otro, el fruto de su arte; un arte que, ahora lo comprendo, lo ha llevado a las consultas de los psiquiatras. Me dijeron que tenía esquizofrenia, que se drogaba, que bebía. Nada de eso. Lo creía fracasado y de repente se me presenta triunfante, como un dios resucitado. El arte nos redime. No sólo lo redime a él, el elegido, sino de paso a mí, el elegido por el elegido. Toda la vida que le imagino, una vida de lucha incesante por conseguir alcanzar la belleza, me hace mejor.

Ahora tengo el cuadro en mis manos. Yo no entiendo mucho de cuadros. Es un lienzo grande, enmarcado con finas tablas de madera. Los colores se distribuyen por él sin orden ni concierto para mis torpes ojos, pero sin duda una mirada experta vería allí la armonía. Dentro del cuadro hay otro semejante, también abstracto. Un cuadro pequeño dentro de uno grande como en un sistema de cajas chinas o muñecas rusas. Y en el centro del cuadro pequeño la foto de un niño. No soy tan tonto para no comprender esto: la evolución por etapas del caos desde la materia primitiva a la complejidad estructural del ser humano. Brillante. Repaso mentalmente las paredes de mi casa buscándole un hueco. De pequeño jugaba con un genio y hasta ahora no le he sabido. Gracias amigo.

—¿Me puedes dar diez euros? —me dice.

—Claro —saco diez euros de mi cartera y se los doy.

—Gracias. Te has portado como un caballero. El cuadro no vale nada.

Se aleja. Como él anda a largas zancadas y yo me he quedado petrificado enseguida desaparece de mi vista.

Mis amigos comentan con sorna mi magnífica adquisición. Una verdadera ganga, se ríen.

He tirado el cuadro a un contenedor de basura y con él los recuerdos de mi niñez. Esa niñez mía o de algún otro ya no existe. En ciertas culturas africanas el individuo cambia de nombre cuando tiene un hijo como demostración palpable de que el niño que era ha quedado atrás. Y no se puede mirar atrás si uno no quiere llevarse alguna sorpresa.

—¿Quién era ése que te ha vendido el cuadro? —me preguntan mis amigos.

—No tengo ni la menor idea —les respondo. Y no miento.

Suicidio

Viernes por la noche. En mi dedo hay una luna de mentira. Selenismo se llama a esas manchas blancas de las uñas. Me reflejo al pasar en la luna de los escaparates. Es viernes, día dedicado a Venus, no lunes, día de la Luna. Mas me persigue la Luna como un ave de presa, una curuja. Me persigue desde esa noche en que perdí la costa y ella subía las aguas para facilitarme el tránsito. En un momento de delirio la vi bajar hasta mí. Cara redonda y blanquecina, ojos amarillos. Y escapé de sus garras. En el último momento esquivé su anhelante pico. Alguien que no era yo dijo de vivir un poco más. ¿Qué prisa hay? ¿Es que vas a ser inmortal? En cada día hay un mar en el que puedes ahogarte. Si te mueres vivo lo verás todo, no te perderás detalle, como en una película. Si te mueres muerto no verás nada. ¿Qué interés tiene no ver nada? Un cadáver que anda, un cadáver que escucha, un cadáver que habla. Así es mejor. Pero ahora es tarde. La tierra está muy lejos. Y la luna cerca. No podré desnadar lo nadado. No encontraré el hilo. Me perderé en el laberinto del mar. Yo te llevaré como un delfín a un náufrago. Agárrate a mi lomo. Perdí la consciencia. Cuando abrí los ojos estaba en la playa, tendido. Y la luna roja y colérica en el cielo. Lunas en las uñas, en los brazos. Me alimento del cuerpo de mi enemigo como un guerrero.

Transplantes

—Su mujer y su hijo han muerto —me dijeron—. Eso no tiene remedio. Ojalá pudiéramos cambiarlo. Pero podemos arrebatar de las garras de la muerte a otras mujeres y a otros niños. Podemos hacer que la muerte no gane siempre. Piénselo. La muerte se ha llevado a su mujer, se ha llevado a su hijo. Se frota las manos y se ríe. Y viene por más. Son niños que tienen una morbidez incurable en el corazón, en el hígado, en los riñones. Mujeres a punto de sucumbir. Con un trasplante podemos frustrar a la indecente muerte. Ha hecho por hoy suficiente daño. Piénselo. Si dona los órganos de su hijo otros niños le deberán la vida, gracias a él podrán jugar y aprender, crecer y hacerse hombres de bien.

—O asesinos. Cuando tuve a mi hijo me preguntaba qué haría si fuera una auténtica inmundicia. No sé. Pero quería dedicar mi vida a que eso no pasara. No iba mal. Era un trabajo duro, fatigante. Pero no iba mal. Esta noche no quiero tener más hijos ni más mujeres. Si tienen que morir no es culpa mía. Además, con lo que vale practicar un transplante de hígado o de corazón a uno de nuestros hijos podríamos salvar mil niños en África. ¿De qué me están hablando? ¿Conocen la palabra griega ananké? Es el fatum latino, la fatalidad, lo que ocurre necesariamente y no puede dejar de ocurrir. Lo siento. Esta noche háblenme sólo de muerte y de fatalidad. No me digan: la muerte nos ha marcado un gol, hay que marcarle ahora a ella otro. Por favor, váyanse con su espíritu deportivo a convencer a alguien que esté menos triste que yo.

A los pocos días de eso tiré los órganos de mi mujer y de mi hijo a la basura. Señores doctores, he cambiado de idea. El hígado, los riñones, el corazón, todo está empaquetado en bolsas de basura, llévenselo, no los quiero ya. Estaba equivocado y ustedes no supieron convencerme. ¿A quién se le ocurre mostrarle a un padre que ha perdido a su hijo la visión de los hijos sanados de otros corriendo y riendo por el parque? Tenían que haberme dicho que los egipcios, cuando preparaban a sus muertos para la vida eterna, les extraían los órganos y los tiraban porque esa es materia extremadamente corruptible, basura. Sí, quitad la basura de dentro de sus cuerpos y dejadlos limpios. Eso es hablarme de muerte y de fatalidad. Habladme como hombres.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas

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