Creación

El jugador de damas, 5: «En casa de Chitina»

Continuamos la publicación por entregas de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 4

Hemos terminado de cenar. Hemos tomado café, lo que presupone la intención de no acostarnos pronto, por lo menos a dormir. Chitina se ha puesto todo lo seria que puede. Habla de su hija pequeña que está en casa de su exmarido, de su segundo exmarido, el padre de la niña. Ella adora a su padre. Y él a ella. Cree que el amor de su hija lo ha redimido. Como sus otros hijos también se encuentran fuera hoy está sola. Vive en El Pinar de Bonanza, detrás del cementerio. De noche las luces de la ciudad parecen una constelación. El paisaje artificial compite con ventaja con las estrellas, demasiado lejanas para esplender con más fuerza que las miles de bombillas cuya luz joven (la luz de las estrellas es vieja, tiene muchos años, llega arrugada y cansada) festeja la oscuridad y la empreña de misterio y belleza. Además tiene un telescopio para mirar La Luna. Nos ofrece la última copa y una ojeada a la luna con el telescopio. Yo me apunto. Marta también, hasta que una patada de Enrique por debajo de la mesa la hace cambiar de opinión.

Ahora somos dos porque Enrique y Marta se han quedado en casa. Nos introducirnos en el coche de Chitina, un Seat Ibiza color verde. Dicen que a las mujeres les gustan los coches pequeños, son amanosos, fáciles de aparcar, consumen poco. Para el hombre el coche es el reflejo de la virilidad que desea, grande y potente. La mujer no tiene ese problema. Le explico a Chitina esa idea para ir entrando en materia.

—Antes yo sí tenía un buen coche, pero un camión lo aplastó.

—A todo hay quien gane —dice ella consolándome.

Arranca el coche, enciende las luces, se pone el cinturón de seguridad. El cinturón como un sujetador extra multiplica su pecho. Pronto abandonamos la luminosidad de la ciudad y pisamos la oscuridad de fuera. Enseguida la gasolinera volverá a deslumbrarnos con un fogonazo.

Bienes

Conduce con agilidad y precisión. Llegamos al cruce, subimos la cuesta, pasamos el túnel y bajamos la cuesta en un abrir y cerrar de ojos. Al costado del cementerio me deslizo un poco en el asiento tratando de esconderme. Es un acto inconsciente, enseguida me doy cuenta y me yergo. Es imposible que Herminia me vea con esta oscuridad.

Por un camino sin asfaltar llegamos a la casa. Si un botánico nombrara las hierbas que condimentan el aire creeríamos estar en una cocina: romero, tomillo, orégano, albahaca, ajedrea, mejorana, enebro, manzanilla. Y en el patio, que el perro custodia torpemente pues sólo levanta un párpado y sigue durmiendo, un intenso olor a jazmín.

 —Algún día esto lo asfaltarán y perderá su encanto  —me dice.

 —Es una maravilla. Sorprende que haya agua y luz eléctrica. Hará un siglo que no venía por aquí. Y está a un paso. Hace tiempo comimos en unas mesas de madera que hay más arriba, en una umbría de pinos con barbacoas.

 —Todo eso lo han quitado. Jóvenes descarriados subían allí a drogarse. Llenaban aquello de jeringuillas usadas y botellas de cerveza rotas. El vaso se colmó cuando prendieron fuego a las mesas. Se desmanteló todo. Una lástima, era una bonita zona recreativa.

 —¡Pequeños malvados!

 —Yo no considero malo a nadie, sino confundido. Si uno no considera a los malvados una especie de enfermos se volvería huraño, se le agriaría el carácter y odiaría a todo el mundo.

 —Es el segundo discurso moral más bello que he oído nunca. ¿No serás santa, verdad? Confío en que no te vayas a liberar de tu envoltura física y convertirte en espíritu. Como decía el padre Teilhard de Chardin: «El cosmos tiende naturalmente a vitalizarse, la vida a humanizarse, el hombre a ultra humanizarse y el espíritu, como última etapa, a liberarse de su matriz material». Espero que eso lleve tiempo y que no ocurra de sopetón esta noche.

 —Eso quisiera yo. Hombre… toda la carne, no. Pero dos o tres kilos por aquí —dice agarrándose la barriga— y por aquí —echándose mano a las cartucheras— ya me gustaría.

Nos hemos sentado en un sofá viejo pero cómodo, con experiencia. Sus muchos años le han enseñado el hueco que precisa cada cuerpo. El salón es demasiado grande. Las paredes parecen peleadas unas con otras. Algunas cosas no están en su sitio y otras muchas faltan. En general da la sensación de provisionalidad asentada, como si nunca fuera a concluirse. La chimenea no contiene el más mínimo resto de hollín y la piel de oso blanco que invita a revolcarse en ella brilla por su ausencia. Pero con todo lo peor es la luz. En la lámpara del techo, las pocas bombillas supervivientes no han podido o no han querido asumir el trabajo de las fundidas y ver cuesta tanto como respirar en un sitio lleno de humo. A oscuras, sólo con la luz de la luna llena, se estaría mejor. Con ese propósito le recuerdo la promesa del telescopio.

Chitina va por él. Lo tiene escondido en el trastero. Ella no lo usa. Fue un regalo absurdo que no cuajó. Una de esas cosas que se utilizan una vez y ya no se vuelven a utilizar nunca.

Vuelve con un telescopio mucho más grande de lo que yo esperaba.

 —¿Cuál es el primero?  —me pregunta.

 —¿El primer qué?

 —El primer discurso moral más bello que has oído.

 —Creí que no me lo preguntarías nunca. Lo leí en La vida de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio. Se le atribuye a Epicuro o a Zenón, no estoy seguro. Puedo reproducir a bulto lo esencial. Se preguntaba el filósofo qué es un bien. Proponía un ejemplo: ¿La riqueza es un bien? No, contestaba, pues hay hombres buenos que son ricos y hombres malos que también lo son. Si la riqueza fuera un bien esto supondría que los dioses dan un bien tanto a los buenos como a los malos, de lo que se deduciría que los dioses son injustos. Dado que los dioses no pueden ser injustos la riqueza no puede ser un bien. ¿Es un bien la belleza? ¿La salud? Hay hombres bellos y sanos que son malos y otros que son buenos. Por el mismo razonamiento la belleza y la salud no pueden ser bienes. ¿Qué justicia habría en un mundo donde los buenos son feos y están enfermos y los malos son guapos y sanos? Esas cosas deben necesariamente carecer de valor. No, la belleza y la salud no pueden ser bienes. Tampoco la gloria pues hay malvados que alcanza los honores y la fama. Un bien debe ser algo que los dioses, justos como son, den sólo a los buenos y priven de ello a los malos. Tal cosa únicamente es la bondad. Sólo los hombres buenos tienen bondad. Los malos tienen que resignarse a carecer del único bien auténtico que existe. El razonamiento es precioso. Como diría Jesús Mayoral: es bello luego es cierto.

 —¿Podrías repetir? Me he quedado en cuando has dicho que lo leíste en no sé qué libro.

 —Claro. Lo leí en La Vida de los Filósofos más Ilustres de Diógenes Laercio. Se le atribuye a Epicuro o a Zenón. Puedo reproducir a bulto lo esencial. Se preguntaba el filósofo qué es un bien. Proponía un ejemplo: ¿La riqueza es un bien? No, contestaba, pues hay hombres…

 —¡Vale! ¡Era broma! Lo he cogido.

El telescopio

Apagamos la luz. La habitación en penumbra, despojada del maquillaje barato de la electricidad, se vuelve más hermosa. También Chitina ha salido favorecida.

 —Mi segundo marido miraba de vez en cuando por este telescopio. Una noche lo acompañé. Me aburrí mortalmente.

 —Es que no basta con tener un telescopio grande, hay que saber usarlo.

 —Claro. La erótica de la observación astronómica ¿no?

 —Sí. El cielo es puro erotismo. Mira los cráteres. Cada uno de esos cráteres se formó en un encuentro amoroso de La Luna con cada uno de sus amantes. ¿Ves ese grande que hay a la derecha? Debe medir doscientos kilómetros de diámetro. Era una noche oscura. Dejó aparcado el carro con sus dos caballos en el balcón, como los camellos de los Reyes Magos, y lo hicimos. ¿No me crees? ¿Por qué no? Los griegos sí creían estas cosas. Atribuían a Selene una buena cantidad de amantes. Con Zeus tuvo una hija llamada Pandia. De ahí para abajo parece que probó de todo. Incluso dicen que tuvo amores con un calé.

 —De esos he oído hablar  —interviene Chitina.

Un disco

Chitina ha ido al baño. Tarda. Llega al fin con el pelo seco y el mismo vestido, como si quisiera borrar las huellas de una ducha rápida o más bien su motivo. Por si hubiera alguna duda, cuando voy yo mismo el baño está lleno de vapor de agua, el espejo empañado.

Salgo envalentonado, dispuesto a no perder el tiempo, como al que llaman a la mesa y no quiere que se le enfríe la sopa.

 —¿Pongo música?  —me dice al verme aparecer.

Yo miro el reloj de la pared. Es la una y cuarto. La miro a ella, la huelo. Huele igual que su cuarto de baño, un olor suave a lavanda. Digo lo contrario de lo que pienso.

 —Bueno.

 —¿Qué prefieres: Ella baila sola, La oreja de Van Gogh?

No soy aficionado a la música. A veces pongo un CD de música clásica para variar el ruido que hace el silencio. No he oído (ni quiero) a ninguno de los dos grupos que me propone.

 —La Oreja de Van Gogh…  —reflexiono en voz alta mientras me siento. Como no espera a que acabe el pensamiento lo toma como una elección y pone el disco—. Me recuerda a ese chiste que has contado esta noche. El del hombre que tiene un hijo que es solo una oreja. A mi primera novia le pasaba lo mismo.

El primer amor

Yo tenía dieciséis años y ella catorce, casi quince. Sus ojos eran irisados, sobre todo cuando les daba el sol. No se si eso es normal o una extraña mutación. Después he visto ojos azules, verdes, castaños, grises, negros, incluso rojos, pero nunca una mezcla homogénea de todos ellos. Y cada uno de los colores, como si compitiera en un campeonato, trataba de brillar más que los otros. Esa mutación había afectado también a su pelo. Aunque menos exageradamente porque, si bien en ciertas circunstancias su pelo era tan abigarrado como sus ojos, a grosso modo se podía considerar castaño.

Un sueño de niña, ahora me doy cuenta; pero entonces, en lugar de quedarme embobado mirándola, alimentándome de su belleza, como debería de haber hecho, lo que quería urgentemente era meterle mano.

Ella iba a Jesús María. Salía del colegio con su uniforme gris claro de falda plisada y me buscaba con su arco iris. Las tardes eran largas. El sol iluminaba su cara. Cuando me descubría, su sonrisa conseguía el más difícil todavía, volverla más bella aún. Yo me la llevaba a la estación. Allí, en la soledad de las vías muertas, sentados en la parte de atrás del almacén abandonado, esperaba a que anocheciera hablándole de los planetas o de otra cosa por el estilo. Todo para hacer tiempo. Cuando ya no se podía pasar un hilo por el ojo de una aguja era mi momento.

Insatisfecho con sus sosos besos sin lengua, mis manos trataban de acariciar sus muslos; pero ella enseguida las espantaba. Yo llegué a la conclusión de una niña de Jesús María no tenía muslos. En un descuido mis cinco dedos, como una patrulla compuesta por cuatro soldados y un cabo, atacaban la cima del monte llamado de Venus (esto ocurría sobre todo los viernes), pero era rápidamente interceptada y abortada la operación. Gracias podía dar si no salía alguno herido. Una niña de Jesús María no debía tener una vulva y mucho menos clítoris. Volvía pues mi objetivo hacia donde la espalda pierde su buen nombre. Tenía para su edad un culo hermoso, respingón. Un proyectil lanzado hacia un objetivo tan extenso difícilmente podría errar. Pero el escudo antimisiles que los americanos quieren desplegar sobre su espacio aéreo no será, seguro, tan eficaz como sus manos derribando las mías. Quería que pensara, contra toda evidencia, que una niña de Jesús María no tenía culo. ¿Y las tetas? Como tenía dos, y creciditas para su edad, pensaba que serían, como casa con dos puestas, difíciles de guardar. Craso error. En el colegio, las monjas debían de haberle dado clases de defensa personal. Tocarle las tetas era tan imposible de llegué a dudar de su propia existencia.

Desesperado, como un perro hambriento al que niegan los manjares de la mesa y le echan un triste hueso para roer, me lanzaba a morderle el lóbulo de la oreja. Bueno, por fin. Una niña de Jesús María sí tenía orejas, era básicamente una oreja. Así, chupándole y mordiéndole las orejas, me pasaba buena parte de la noche, hasta que nos teníamos que ir cada uno a nuestra casa.

 —¿Y no pasó la cosa de ahí?

 —No. Al cabo de algún tiempo cortamos porque los remordimientos no la dejaban vivir.

Una pregunta tonta

 —Antes de conocer a mi mujer tuve varias novias. Cada una me dejaba avanzar un poco más que la otra y de esa manera fui descubriendo el cuerpo femenino por entregas, como el que empieza un coleccionable y cada semana espera ansioso en el quiosco el siguiente fascículo. Recuerdo con especial fascinación el capítulo titulado glándulas mamarias. Lo ilustraba una muchacha con un par de ellas como no he visto ni en las películas. Ella me dejaba tocarlas, besarlas. El resto del cuerpo también era perfecto, pero prohibido. La placa tectónica de la espalda al tropezar con la placa tectónica de los muslos había levantado una hermosa cordillera. Sus piernas largas, de una delicadísima robustez, invitaban a la caricia. Un día traté de aceptar esa invitación de sus muslos. Y ante mi sorpresa salió el anfitrión a detenerme en el umbral de su falda preguntándome qué quería. Trataba de meterle la mano debajo de la falda y ella me preguntaba qué quería. ¿Te imaginas la situación? ¿Qué podía contestar? ¿Medirte los muslos a palmos para regalarte una medias?

 —Hubiera sido una buena contestación.

 —Sí, pero no se me ocurrió en ese momento. ¡Qué quería! ¿Cómo puede una mujer preguntarle a un hombre que le trata de meter mano qué es lo que quiere? Fue tal mi desconcierto que no supe qué contestar. Incluso llegué a decir, creo, nada. Y era verdad. De repente no quería nada. La distancia que esa pregunta suya había puesto entre nosotros enfrió mi pasión bruscamente.

Desde los quince años, si bien durante el día era un lector empedernido, devoraba a clásicos y modernos, resolvía acertijos lógicos, jugaba al ajedrez con habilidad y estudiaba para ser el primero de mi clase, al llegar la noche, cuando caía en la cama, mi único pensamiento eran las mujeres. Mujeres jóvenes, maduras, a veces casi niñas, pero siempre hermosas. Ya que me ponía a imaginar hubiera sido tonto imaginármelas feas. Dedicaba dos o tres horas antes de dormir a pensar en mujeres, y no siempre salía impoluto del asunto. Yo no había hecho nada especial para que me pusieran esos pensamientos en el coco, por lo tanto daba por hecho que a todos mis amigos y amigas les pasaba lo mismo. Todos respirábamos, todos comíamos y bebíamos, a todos nos latía el corazón, todos dormíamos y soñábamos, todos, por tanto, debíamos de pasarnos dos o tres horas todas las noches pensando en el sexo. Eso era algo indudable para mí hasta que Mari Paz, así se llamaba, esa noche me preguntó qué quería. La niña que te he contado que iba al colegio de Jesús María sólo sería una oreja, pero no era tonta, sabía perfectamente que es lo que yo quería, seguro que se pasaba las horas antes de dormir pensando en el sexo. Pero la otra va y me pregunta qué es lo que quieres. ¿Sería extraterrestre? ¿Y si cuando Mari Paz se acostaba por las noches antes de dormirse pensaba en sus estudios, en la ropa que tenía que comprarse, en Dios que la miraba con aprobación desde lo alto? ¿Podría ser así? Me costaba creerlo. Podría estar fingiendo, ser todo una estrategia. Si a mi primera novia le habían enseñado a interceptar las manos a Mari Paz le habían enseñado a interceptar la mente. ¡Con que no sabía qué es lo que yo quería, eh! Bueno, pues se iba a enterar.

Esa misma noche me puse a escribirle una carta con todo lo que quería. La verdad es que me pasé. Estaba enfadado y cargué un poco las tintas. Naturalmente cortó inmediatamente nuestra relación y cada vez que nos tropezábamos por la calle cambiaba de acera espantada. Me miraba como al mayor de los pervertidos. Ahora tendrá cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años y supongo que de una u otra forma habrá hecho todo lo que yo decía en mi carta.

 —¿Te acuerdas de la carta?  —me pregunta Chitina.

 —Ya lo creo, como si la tuviese delante de los ojos. Empezaba metiéndole un rollo filosófico. Yo antes era muy rollero.

 —¿Antes?

 —Decía más o menos esto:

Prescindamos del perro

Mi querida amiga. Mi amor. Beso tus manos y tus pies. El otro día me preguntabas si el Universo es infinito.

 —No —contesté—. Es finito pero ilimitado y tiene la forma de una silla de montar.

No lo dudé ni rehuí la pregunta. Presumo, o presumía, de tener respuesta para todo.

Luego me preguntaste si Dios existe.

 —No —volví a decir—. Todo lo que vemos es fruto del azar.

 —Y ¿quién creo el mundo?

 —El mundo se creó por una ruptura espontánea de la simetría del vacío cuántico. El vacío es eterno e increado. En este último punto doy la respuesta clásica de toda religión. Si les preguntas quién ha hecho el mundo te dicen que Dios, si les preguntas quien ha hecho a Dios te responden que Dios es eterno e increado. Dios es el vacío y el vacío es Dios.

¿Me viste titubear en algún momento? Pues así creía que podía contestar a cualquier pregunta tuya o de otro cualquiera.

Hasta esta noche.

Esta noche, cuando he metido la mano debajo de tu falda, me has preguntado qué quería y, como un imbécil, no he sabido contestar.

Ahora que examino la cuestión con más calma comprendo tu pregunta y comprendo mi silencio.

Es lógico que cuando van a manipular nuestro cuerpo queramos saber qué van a hacernos. Si el médico nos manda una cistografía preguntamos en qué consiste.

 —Nada. Te meten una sonda por la uretra hasta llenar de contraste la vejiga.

 —¿Y eso duele?

 —Pues sí. Está bien, por supuesto, que te expliquen lo que quieren hacerte, así ya lo sabes y no te pilla de sorpresa. En el otro extremo está mi silencio. ¿Por qué no te contesté como un médico: quiero hacerte esto y aquello? A lo mejor tú hubieras aceptado y hubieras abierto las piernas. No lo hice porque hasta ahora he pensado que hablar de sexo es obsceno, que el deseo es algo inefable. Los contenidos eróticos del deseo son arquetípicos. En ningún otro tema como en este se ve tan a las claras que no empezamos ni terminamos en nosotros mismos. Te puedo enumerar las cosas que deseo hacerte, esta carta pretende ser el inventario de ello, pero no puedo ni siquiera imaginar por qué quiero hacértelas. Es para mí un misterio. Alguien ha metido en mi cabeza el deseo del cuerpo femenino. No deberías preguntarme qué quiero yo, sino que quiere la vida (por llamarlo de alguna manera) a través de mí. Porque yo soy un pelele, un juguete en sus manos.

»Como verás estoy filosofando. Parezco un buitre que se mantiene majestuoso en el aire retardando el momento de bajar a tierra a comer carroña. Y es que en tal de empezar a decir lo que quiero inevitablemente me mancharé. Seré obsceno sin escapatoria. Todas las palabras que se refieren a los centros erógenos suenan mal. Y si utilizas los nombres científicos es peor, parece como si te hubieras puesto una máscara y disimularas. Por qué ocurre esto puedo sospecharlo. Creo que la sociedad ha tabulado fuertemente el sexo para hacerlo atractivo, pues el mayor patrimonio de una sociedad secreta es precisamente su secreto. Si guardas en secreto cualquier tontería la magnificas. En ciertas sociedades africanas en las que van todo el día desnudos la forma de excitación convencional entre sexos consiste en ponerse ropa. ¿Qué sería del sexo si no existiera el pudor y la vergüenza? Sus acciones caerían en picado.

»Yo quería ser solamente obsceno con mis actos y tú me exiges también la obscenidad de la palabra. Está bien. Si necesitas que te diga qué quiero hacerte lo voy a hacer.

 —Ahora es cuando la carta empieza a ponerse auténticamente verde. ¿Qué te parece si nos vamos a la cama, nos desnudamos y te la voy contando con ejemplos?

 —Me parece bien. Tengo curiosidad.

 —Necesitaremos algunas cosas… ¡Ah! Y un pastor alemán para las escenas de bestialismo. ¿Qué tal tu perro?

 —Tiene malas pulgas cuando lo despiertan a las dos de la mañana.

 —Prescindamos del perro.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “El jugador de damas, 5: «En casa de Chitina»

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