06 Opinión

Un tal Borges y la educación literaria en España

José Luis Gómez Toré plantea en este artículo la decadente situación de la literatura en el actual sistema educativo.

Este miércoles se realizan las nuevas pruebas de acceso a la universidad (EBAU) y con ellas la movilización de un buen montante de competencias, conceptos y contenidos que los recién titulados en Bachillerato han trabajado durante el último curso. Aunque los resultados son positivos en un porcentaje muy alto, el diseño de las pruebas no siempre resulta acorde con la forma de proceder en nuestro sistema educativo, sobre todo en lo que a metodologías se refiere. Las dificultades para llevar a cabo un pacto educativo han dado lugar a una procesión de leyes educativas a lo largo de los últimos años y el consecuente estado de confusión, cuando no de frustración, a lo largo y ancho de las comunidades educativas de este país, ya que los cambios de una ley a otra se basan fundamentalmente en criterios ideológicos.  Mientras, los alumnos y alumnas se ven condenados a repetir, curso a curso, unos mismos contenidos, la mayoría de las veces de difícil identificación con su entorno real.

José Luis Gómez Toré plantea en el siguiente artículo la decadente situación de la literatura en el actual sistema educativo, venida a menos progresivamente ya con las anteriores leyes, situación que comparte con las enseñanzas artísticas y las humanidades en general.


/ por José Luis Gómez Toré /

Decía Antonio Machado, en boca de Juan de Mairena, que nada es absolutamente «impeorable».  Las Humanidades parecen sobrevivir a duras penas en medio de un mundo que apenas valora todo lo que no tenga una utilidad (léase: rentabilidad económica) inmediata. Por todo ello se comprende el miedo a plantearse siquiera si estamos enfocando bien las enseñanzas humanísticas. Mejor quedarse como estamos, parece ser la conclusión más sensata. Y, sin embargo, tal vez la forma más eficaz de defender las Humanidades no es encastillarse en la nostalgia de un pasado idílico, que tal vez no existió. Asegurar la continuidad de los saberes humanísticos pasa por preguntarse si existen otras maneras de transmitir la pasión por la literatura, por la filosofía o por la historia.

El programa de Lengua y Literatura que se enseña en colegios e institutos es monótono y repetitivo hasta la saciedad, como constatan —y, a menudo, lamentan— tantos docentes que se ven en la obligación de defender una asignatura sobre la que nunca les han consultado, ni aún ahora, cuando se habla de un gran pacto educativo. Los contenidos vienen impuestos, sin discusión posible, por el Estado y la correspondiente comunidad autónoma. Como aquel San Manuel Bueno de Unamuno que hablaba a sus feligreses de un Dios en el que no creía, no pocos profesores se esfuerzan por transmitir entusiasmo por una materia que parece haber sido diseñada para matar en los alumnos toda curiosidad por su lengua. Un alumno del primer curso de Bachillerato volverá a estudiar los tipos de sustantivo, la conjugación verbal o los elementos de la comunicación que ya le explicaron tanto en Primaria como en los sucesivos cursos de la Educación Secundaria Obligatoria. Se me dirá que así puede profundizar en temas que ya le son familiares. Es cierto. Lo malo es que ello se hace a consta de otros contenidos. Además, me pregunto qué adulto se matricularía en una escuela en la que, curso tras curso, se le volviera a ofrecer lo mismo.

La realidad es que los jóvenes alumnos españoles pasan más tiempo buscando el complemento directo de una oración o analizando una subordinada sustantiva que leyendo o redactando (eso sí, se da por sentado que los niños, al iniciar la Primaria, ya tienen que saber leer y escribir, a pesar de que la enseñanza obligatoria comienza justo en ese momento). El estudio de la lengua y la literatura en nuestro país está en exceso escorado hacia la gramática. Personalmente, no abogo por una supresión de los contenidos gramaticales, en la medida en que estos sirvan de instrumento para mejorar la expresión en la propia lengua y el aprendizaje de otros idiomas. Pero la gramática tiene que ser un medio, no un fin en sí misma, como lamentablemente ocurre ahora. Nos hemos olvidado de algo tan obvio como de que el objetivo de la enseñanza de la lengua no es formar filólogos y lingüistas, sino ciudadanos y lectores.

Resulta especialmente preocupante la situación de la literatura, convertida a menudo en un apéndice de la asignatura y reducida, por lo general, a una visión historicista y nacionalista de la misma. En realidad, el problema no se limita a lo literario. Es obvio que los poderes públicos no ven la educación estética como una prioridad. Basta observar el raquítico papel que en la última reforma se asignan a materias como la Educación Plástica o la Música, por no hablar de la escasa presencia en nuestras aulas de Historia del Arte (algo chocante, incluso desde una perspectiva puramente económica, en un país en el que el turismo es una de las fuentes principales de ingresos y que cuenta con un patrimonio artístico tan importante). En cuanto al cine, ni está ni se le espera. Damos por sentado que nuestros jóvenes han crecido en una cultura audiovisual, pero no los preparamos para ella. Nuestras aulas no les proporcionan herramientas para ser espectadores críticos y bien informados. ¿Cuántos jóvenes serían capaces de citar diez títulos de películas estrenadas hace solo diez o veinte años?

Me he referido antes a la visión estrechamente nacionalista de la literatura. Si el objetivo básico de la enseñanza básica es —debería ser— ofrecer caminos, abrir mundos, la primera aproximación a la literatura solo puede venir desde lo universal. ¿Qué sentido tiene que nuestros alumnos oigan hablar del Rimado de Palacio o de Peñas arriba e ignoren la existencia de Crimen y castigo o del Decamerón? Un alumno español, a lo largo de toda la etapa de escolaridad obligatoria, tiene muchas posibilidades de no haber leído nunca un texto de Homero, de Shakespeare, de Chejov o Molière. Mucho me temo, sin embargo, que en este terreno vamos hacia atrás. La progresiva desaparición de la literatura hispanoamericana de nuestros programas es un signo más de que esa mirada provinciana sobre la literatura es la que está ganando terreno. Aunque escribieran en español (en un español prodigioso), no importa lo que hicieran Vallejo , Pizarnik, García Márquez, Cortázar. La mayoría de nuestros alumnos no saben —porque nadie se lo ha explicado, porque no cae en el examen— quién es Octavio Paz. O un tal Borges.


 

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