Crónica

El mito de Cleopatra

La profesora Rosa Cid desentraña la evolución del mito de Cleopatra en la literatura y el arte a lo largo de los siglos.

El mito de Cleopatra

/por Rosa María Cid/

El nombre de Cleopatra evoca la figura de una reina, pero sobre todo un mito femenino tan inquietante como atractivo. Así ha sido desde que se convirtió en soberana de Egipto, en el año 51 a. C., pero más aún tras su muerte, acaecida en el año 30 a. C. Su biografía nunca ha perdido interés, pero conviene destacar que ha sido construida casi siempre por sus enemigos, sobre todo políticos, como sucedió con su gran rival Augusto.

La imagen de una mujer que reta a los hombres de su tiempo, que simboliza el lujo de Oriente y que gobierna un reino preocupó en su época, pero también inquietó a otras sociedades muy posteriores en el tiempo. Aun hoy seguimos identificando a Cleopatra con esa poderosa y exótica mujer egipcia que subyugó a dos líderes romanos, César y Marco Antonio, pero que finalmente fue vencida por Augusto. Su muerte se ha visto como reconfortante, porque su desaparición, trágicamente escenificada, en el fondo representa el triunfo de Occidente sobre Oriente. Como muestra de su influencia en la cultura occidental, merece la pena recordar de qué modo la pintura, la literatura o el cine, incluso la música, han consolidado el mito de Cleopatra, que deforma, magnifica o dramatiza episodios de su vida, de la que se conoce mucho menos de lo que el gran público pudiera pensar.

Cleopatra, una reina en la encrucijada

Entre los historiadores de la Antigüedad es bien sabido que Cleopatra pertenece a una dinastía que poco tiene que ver con la herencia faraónica, sino más bien con el círculo macedonio de Alejandro Magno. En efecto, Ptolomeo Lagos se apropió del país del Nilo cuando se produjo el reparto del imperio que había ayudado a conquistar como general de Alejandro. La capital del nuevo Estado la fijó en el delta del Nilo y la llamó Alejandría en homenaje al genial macedonio. Sin duda, por las descripciones de la época, se trataba de una ciudad dotada con hermosa arquitectura, con una magnífica biblioteca o el emblemático faro. Se dice que el mármol cubría la mayor parte de los edificios que bordeaban las grandes avenidas y fue una de las ciudades más bellas y cosmopolitas del Mediterráneo durante mucho tiempo.

En esta extraordinaria ciudad transcurrió la vida de Cleopatra, donde nació en el año 69 a. C. En su infancia, convivió en el palacio regio con sus cinco hermanos, dos varones, con quienes compartiría el trono de Egipto con los nombres de Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV, y tres mujeres, que ya habían muerto cuando ella llegó a la edad adulta, conocidas como Cleopatra VI, Berenice y Arsinoe. Se ignora quién era su madre, pero sí se conoce bien el nombre de su padre, Ptolomeo XII, apodado Auletes o «el Flautista», porque le gustaba la música, pero aún más el culto dionisíaco, sobre todo en lo que suponía de atracción por el consumo del vino querido por el dios. Parece que, entre todos sus descendientes, el padre siempre prefirió a Cleopatra, entre otras cosas porque sus hijas mayores conspiraron contra él y pretendieron arrebatarle el trono. Bien es cierto que, frente al esplendor y el poder inequívoco de Egipto que exhiben los primeros reyes ptolemaicos, bajo el reinado de Ptolomeo XII, el reino se había convertido en un títere de Roma. Para mantener su independencia, este rey se veía obligado a sobornar a los principales generales romanos, frenando así las ansias de control de este territorio. Ello suponía la imposición de gravosas cargas impositivas al pueblo, lo que seguramente provocaría descontentos. A pesar de que la dinastía ptolemaica gobernó un país africano orgulloso del legado faraónico, es curioso que ninguno de sus integrantes se molestase en aprender la lengua local: siguieron aferrados a su origen macedonio y hablaban en griego. Sólo de Cleopatra se dice que se dirigía a sus súbditos en egipcio; como hecho singular se resalta su facilidad para expresarse en diferentes idiomas, en total siete, ya que le gustaba exhibir tales conocimientos ante las embajadas extranjeras.

A pesar de las excelentes relaciones paterno-filiales, las diferencias con la política de Ptolomeo XII se pusieron de manifiesto en cuanto Cleopatra tomó el poder. Según las leyes de Egipto, se vio obligada a reinar con su hermano menor, Ptolomeo XIII, con quien pronto surgieron disputas que condujeron a una guerra civil. Es cierto que, por la edad de este personaje, que contaba diez años cuando accedió al trono, sus decisiones las tomaban sus consejeros, claramente enfrentados a Cleopatra. En el momento de la contienda, César hizo su aparición en Egipto y medió en el conflicto; claramente, desde el principio tomó partido por Cleopatra. El general romano había llegado hasta el país de los egipcios persiguiendo a su enemigo Pompeyo, quien fue asesinado en las tierras del Nilo. Finalmente intervino en asuntos internos del reino, conoció sus riquezas y le impresionó su cultura, gracias a la eficaz labor de Cleopatra. No hay duda de la relación amorosa entre ambos, de la que nació el primogénito de la reina, llamado Cesarión. Con esta unión, sin duda, la reina pretendió un acercamiento a Roma y al hombre más poderoso del momento. Igualmente, a César, Cleopatra debió de causarle una notable impresión, además de alumbrar un hijo suyo, porque la invitó a visitar Roma, acogiéndola en una de sus casas. Cierto es que también lo hacía con otros reyes o jefes de Estado. Se sabe que en el año 46 a. C. Cleopatra viajó a Roma y que estaba en la ciudad cuando asesinaron a César el 15 de marzo del año 44 a. C., un hecho que precipitó su regreso a Egipto. No se sabe si permaneció tanto tiempo en Roma o simplemente había hecho dos viajes a la capital de Occidente. En cualquier caso, la estrategia política de acercamiento a Roma por parte de la reina egipcia resulta evidente.

Desaparecido César, buscó luego la alianza con Marco Antonio, estableciendo una relación que estuvo marcada por las ausencias de Egipto y las humillaciones a la reina. Al margen de estos hechos, finalmente acabaron sellando una firme alianza de trascendencia política, a pesar del tinte amoroso que habría marcado la unión entre el romano y la egipcia. En realidad, la pasión que supuestamente enloqueció a uno y a otra empieza en el año 41 a. d. C., cuando la reina se presenta de manera espectacular en un barco, ataviada como Afrodita que va al encuentro de Dioniso, tan del gusto de Marco Antonio según describe Plutarco en la biografía del político romano. Los hechos sucedían en la ciudad siria de Tarso, en Oriente, desde donde se marcharon a Egipto para dedicarse a una vida frívola, marcada por la búsqueda de los placeres. De este primer encuentro nacieron los gemelos Cleopatra Selene y Alejandro Helios. Pero esta agradable existencia se interrumpió cuando Marco Antonio regresó a Roma y se vio obligado a casarse con Octavia para reanudar la alianza política con Octavio, antes rival y ahora cuñado.

Según testimonios de la época, que se han reproducido hasta la saciedad, Marco Antonio no podía evitar la pasión que le inspiraba Cleopatra. Por ello, promovió un reencuentro que se produjo en los años 37-36 a. C. Ciertamente, también precisaba la riqueza y las tropas de Egipto para su proyecto político y militar, que no era otro que disputarle el control de Roma a su pariente Augusto. Tras esta fecha, él ya nunca regresaría con su esposa romana y acabó casándose con Cleopatra, compartiendo el suicidio en el año 30 a. C. En estos años, continuaron su relación amorosa y nació su tercer hijo, Ptolomeo Filadelfo. Pero sobre todo Cleopatra y Marco Antonio concibieron una estrategia de control del Mediterráneo desde Oriente en la que Egipto seguía siendo un país libre y no supeditado a Roma. Este plan inquietó a los círculos dirigentes romanos y desencadenó finalmente la guerra, cuyo final es de sobra conocido. Derrotado Marco Antonio, lo fue también Egipto, que pasó a ser tierra romana. Ante tal fracaso, el que había sido lugarteniente de César se dio muerte y la reina egipcia siguió su ejemplo. Antes de ser llevada a Roma para que la exhibieran y humillaran como prisionera, eligió igualmente el suicidio, pero preparando cuidadosamente su final. Murió imponiendo que se la colocara el atuendo de reina, con símbolos egipcios y macedonios.

Comenzaba así el mito de la terrible Cleopatra, gracias a los poetas fieles a las consignas de Augusto, como sucedió con Ovidio, Horacio o Lucano, entre otros. Según suele ocurrir con los vencidos, su historia se manipuló y sus imágenes se borraron; de ahí que apenas dispongamos de restos escultóricos o numismáticos de la reina. Lamentablemente sus hijos o murieron o desaparecieron de la escena pública. Se sabe que el primogénito fue degollado el mismo día de la muerte de su madre y que Cleopatra Selene se casó con el rey de Mauritania, pero nada se conoce de los otros dos varones. Supuestamente, si hacemos caso a lo que dicen autores de la época, como el mencionado Plutarco, Augusto los había acogido en su propia casa para que los cuidara su hermana Octavia, la penúltima esposa de Marco Antonio. Este gesto no hacía más que contribuir a forjar una imagen complaciente de la hermana honesta y honorable de Augusto, el nuevo dueño del Mediterráneo, encantado de presentarla como claro contrapunto de la funesta reina, ya desaparecida.

César y la reina de Egipto, de Tiépolo.

Cleopatra, mito femenino en Occidente

Estos hechos que representan los hitos más significativos de la biografía de la reina han alimentado la creación y pervivencia del mito de Cleopatra en la cultura de Occidente. La reina seductora y promiscua se convirtió en una imagen recurrente, aunque en realidad solo se le conocen dos amantes, y uno de ellos se convirtió en su esposo. Nada se dice de que fue madre de cuatro hijos y de que, antes de morir, su obsesión fue poner a salvo sus vidas, lo que no consiguió con su amado Cesarión. Por su estrepitoso fracaso en la guerra que, al lado de Marco Antonio, mantuvo con Augusto, se ha criticado su afán excesivo de poder. Es verdad que ella quería controlar el Mediterráneo —en un plan compartido plenamente con su esposo romano, por cierto—, pero no lo es menos que Augusto exhibía idénticas pretensiones y las llevó a la práctica cuando obtuvo la victoria final en el campo de batalla. En sus estrategias políticas, Cleopatra suele representarse como imagen icónica de los excesos y peligros del poder femenino, de modo que en sus aciertos se la masculiniza y en sus errores se resaltan los defectos convencionalmente considerados propios de las mujeres. En este sentido, Marco Antonio comparte también la misma suerte y, para descalificarlo, se feminiza su comportamiento, destacando siempre su debilidad de carácter o el hecho de dejarse llevar por las pasiones.

Suele presentarse a la reina como una oriental, de cabellos y piel oscura, aunque era de origen macedonio. Resulta impensable imaginarla como al personaje de Alejandro, rubio y de tez clara, al margen de su atractivo físico que le reconocen hasta sus más acérrimos detractores, que hablan de su «lasciva belleza», según afirmaba Lucano entre otros poetas de la corte de Augusto, aunque otros como Dión Casio se limitan a reconocerla dicha belleza y sobre todo su enorme atractivo ante sus interlocutores. Ante todo se la exhibe como oriental y de forma despectiva, cuando en la práctica fue una reina y la última representante de la dinastía macedonia, que reivindicaba incluso su ascendencia griega. Como soberana ptolemaica fue la que más promovió el acercamiento a la población local, y lo hacía apropiándose de los atributos de Isis, la poderosa diosa faraónica. Con tales comportamientos, quiso gobernar un Egipto independiente de Roma y pretendía legarlo a sus descendientes. Ante todo, con sus luces y sus sombras, actuó como se esperaba de una reina.

Pero, salvo excepciones, la imagen de la reina en la historia de Occidente casi nunca es complaciente. Así se evidencia, por ejemplo, ya en los textos medievales de Dante o Bocaccio, junto a Shakespeare y su conocida tragedia, Marco Antonio y Cleopatra, pasando por los textos de Corneille, Pushkin, Gauthier o Zorrilla hasta llegar a las obras del siglo XIX. Todos ellos hablan de una funesta y terrible mujer. Es llamativo que la novela romántica haya elegido a Cleopatra como protagonista y símbolo incluso de la femme fatale. Tal situación se observa en textos como los de Rider Haggard de 1899. Si la Europa decimonónica descubre Oriente y es seducida por su cultura diferente, paradójicamente acabará rechazando y criticando este mundo por el mismo hecho de ser distinto, y para afirmar la superioridad del civilizado Occidente. En este contexto, la reina del Nilo jugó un papel fundamental. Se elige Cleopatra como modelo indeseable del otro y de lo femenino, claramente perturbador: bella, seductora, poderosa, que trae la perdición de hombres y reinos, frente a lo que en su momento representó Augusto, el símbolo de Occidente. Por ello, aunque inimaginable que una reina se presentase casi desnuda ante su pueblo o en su palacio, sin embargo, se acaba aceptando con naturalidad que como reina, pero oriental, el exotismo podía implicar tales escenografías en ambientes públicos.

Ciertamente, hubo otros autores que se apiadaron de la reina, o cuya admiración por Egipto determinó la recreación de otras Cleopatras. Así sucedió con Anatole France o, en el caso español, con Terenci Moix como ejemplos significativos. En realidad, descubrir las versiones de la vida de Cleopatra en la historia de la literatura también ilustra sobre la imagen de lo femenino y cómo va cambiando a lo largo del tiempo. A veces, la vida de la reina no es más que un pretexto para recrearnos en imágenes detestables o admirativas de modelos femeninos: desde la crítica androcéntrica a una mujer que supuestamente fue poderosa, y qie, por tanto, cuestiona el modelo patriarcal, hasta la defensa de la que controló su existencia al margen de convencionalismos sociales, como se puede hacer cuando se reivindica una Cleopatra feminista, como hizo F. Xénaquis entre otras. Ambas visiones la alejan de lo que fue realmente cualquier personaje femenino de su tiempo, aunque sí llegó a hacer cosas extraordinarias, no permitidas a sus coetáneas.

Finalmente, quizá el retrato que intenta presentarnos a una auténtica reina, con el afán de reconstruir los episodios menos conocidos de su biografía y de comprender sus decisiones políticas, se encuentra en la novela pseudohistórica de Margaret George Memorias de Cleopatra, más útil que muchos de los trabajos firmados por prestigiosos historiadores, cuya lista es larga de enumerar, ya que las biografías empiezan a elaborarse en el siglo XIX y continúan hasta la actualidad. Por las páginas de historiadores como E. Braford, M. Clauss, M. Chauveu, M. Grant, M. Hamer, L. Hughes-Hallett, P. J. Jones, D. E. E. Kleiner, P.M. Martin, M. Peryramaure, C. Schäfer, J. Tieldesley, H. Volkmann u O. von Wertheimer, entre otros muchos, desfilan varias versiones de la vida de la reina que revelan la atracción por el personaje y la dificultad para plantear de forma rigurosa una recreación histórica de su biografía. En este sentido, ha de reconocerse que en la historiografía moderna los estudios realizados sobre la reina, salvo algunas excepciones, como pueden ser la de Michael Grant, rara vez se sustraen a visiones impregnadas de valoraciones subjetivas en los que los historiadores, en mayor número que las historiadoras, evidencian su temor al poder femenino simbolizado por la reina, como en su momento hizo el conocido y respetado Ronald Syme, magnífico investigador, sin duda, pero hombre impregnado de prejuicios patriarcales, como varón de su tiempo, que reconoció la manipulación de la biografía de la reina egipcia en los textos de los autores grecolatinos.

Pero junto al interés de la literatura o la historia, o pseudohistoria, es curioso de qué modo la pintura occidental recrea episodios de la vida de la reina egipcia. Salvo la Virgen María, ningún personaje femenino histórico adquirió tal protagonismo, si bien las escenas de su vida cotidiana, su labor de gobernante o su muerte nada tienen que ver con la realidad que pretenden recrear. La imagen de mujer apasionada, amante de los placeres y del lujo se plasma en obras muy distintas en el tiempo, si bien hacen su aparición en la llamada época moderna. En este sentido, son muy ilustrativos los tapices que aún hoy cuelgan de las paredes del palacio veneciano de Labia, que en su momento elaboró Giovanni Battista Tiepolo, concretamente en los años 1746-47. La despreocupación por el rigor histórico se muestra en la representación de una Cleopatra ataviada con los ropajes de una aristócrata europea del siglo XVIII, al igual que su compañero Marco Antonio. Ambos disfrutan de alegres y copiosos banquetes en ambientes dieciochescos, poco que ver con los palacios alejandrinos de la Antigüedad, cuyos restos hoy están sepultados bajo el mar. Más curiosos resultan aún los retratos del siglo XIX, vinculados a ese romanticismo atraído, a veces cautivado, por un Oriente que finalmente denigra para alimentar su identidad de sociedad civilizadora y civilizada. En estos casos, Cleopatra aparece semidesnuda o con velos transparentes que dejan entrever la belleza de un cuerpo que la identifica con las esclavas vendidas por mercaderes, presentados como viejos detestables. Así se refleja en las obras de Jean-Léon Gérôme, sobre todo en aquélla en la que figura una jovencísima Cleopatra presentándose ante César junto a la alfombra en la que se había escondido para burlar a sus enemigos. Esta obra se realizó en 1866. Se atisba el afán de mostrar de qué modo Occidente se impone sobre Oriente a través del control y la humillación sobre la imagen de la reina.

Cleopatra ante César, de Gérôme.

Desde este planteamiento, no extraña el gusto por representar la muerte de Cleopatra. En cálculos nunca definitivos pero que denotan tendencias evidentes, entre las decenas de pinturas protagonizadas por la reina destaca su suicidio como el hecho más representado a la hora de recrear su vida. De nuevo, suele representarse a una mujer desnuda, a veces con restos de ropa que la asocian con lo oriental. Nada que ver con lo que dice Plutarco y decidió Cleopatra sobre el acto de su muerte, perfectamente diseñado por ella. En este sentido, y nadie lo discute, la reina egipcia eligió la mordedura del áspid para que le provocara un sufrimiento menor y pidió a sus fieles sirvientas que la ataviaran como a una reina. Sin vida, Cleopatra debería simbolizar ante todo a la reina de un Estado poderoso, que exhibía las herencias faraónica y ptolemaica. El último acto dirigido por la reina suponía claramente un reconocimiento de su origen macedonio, pero también de su compromiso con la población egipcia. Ante la portentosa representación de su trágico final, que decide y organiza la propia Cleopatra, en casi todas las pinturas occidentales se evoca a una mujer vencida por la muerte, como se observa por el color de la piel. Entre otras, así se detecta en las obras de Jean-André Rixens, de 1874, que se exhibe en el Musée des Aquitains en Toulouse, o de Achille Glisenti, de 1878, que puede verse en el Museo de la Cittá de Santa Giulia, en Brescia, por citar solo algún ejemplo. Oriente ha sido derrotado cuando se exhibe el cuerpo inerte de una mujer que poco se vincula con un personaje poderoso, pero que aún muerta recuerda que fue atractiva.

Con tales atributos, no resulta extraño que el personaje haya concitado poderosamente la atención de conocidos cineastas del siglo XX, si bien al parecer una primera película sobre Cleopatra se filmó en 1899 por Méliès. Las cintas protagonizadas por Theda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh o Elizabeth Taylor acercaron la biografía de la reina a sectores populares a los que fascinó la vida, muy alejada de la realidad, de la reina del Nilo. No por casualidad, las actrices que representaron a la reina parecen coincidir en sus comportamientos fuera de la norma, dada su promiscuidad: la pasión que unió a Taylor con Richard Burton no hizo más que alimentar la leyenda de mujeres seductoras y poco honorables. Bien es cierto que estas películas no ofrecen la misma imagen de la reina, que no siempre es criticada. Frente a la mujer frívola que nos ofrecieron Cecil B. de Mille en 1934, o G. Pascal en 1945, en el caso del personaje recreado por J. L. Mankiewicz, de 1963, y en una versión de cuatro horas, llama la atención la admiración del director hacia la reina, tratada tanto con respeto como incluso con cierto cariño. La Cleopatra de Mankiewicz., como se ha dicho, es un homenaje, en el fondo, a la mujer y nada tiene que ver con el peplum de la época, a pesar de que se la tendido a confundir. Con el paso del tiempo, esta cinta ha llegado a considerarse una de las mejores de la pasada centuria. Por último, como muestra del interés que ha suscitado este personaje, hasta el cómic ha versionado el tema de Cleopatra, protagonista de uno de los textos de la famosa colección de Astérix, luego llevado al cine. En este caso, para adaptarse a los tiempos, la reina es caprichosa, dominante y pizpireta, mientras que Egipto representa un país oriental cuyos arquitectos han perdido la sabiduría de antaño: es decir, Cleopatra reina sobre un país en decadencia. Gracias a este cómic, más aún por la película, el público infantil europeo llegó a saber que en el pasado, aunque fuese una excepción, hubo reinos como Egipto que fueron gobernados por una mujer.

Es cierto que otras películas, con otras actrices y directores, que se pueden calificar de segunda fila se han acercado al personaje, pero aún son más críticos con la reina, y no tienen la ingenuidad del cine mudo, el encanto de los primeros filmes con sonido o la supuesta calidad del color del cinemascope, como sucedía con los trabajos del pasado siglo. Desde hace tiempo se dice que Angelina Jolie protagonizará la siguiente Cleopatra. ¿Qué nos deparará la Cleopatra cinematográfica que se recree en el siglo XXI? ¿Será capaz de sorprendernos?

Es posible que através del cine se nos presente a una nueva Cleopatra apropiada para simbolizar los avances de las mujeres de los últimos tiempos y que anime a seguir persiguiendo los retos aún pendientes de este siglo, llamado de las mujeres. Desde la literatura, el cine, el cómic, la pintura o la música (también hubo óperas que se inspiraron en la reina) pueden emergen, y probablemente continuarán emergiendo, nuevos modelos inspirados en episodios de la convulsa vida de este personaje. Seguiremos recreando la biografía de alguien que reinó en Egipto, de algunos de cuyos episodios nos servimos interesadamente para defender o criticar nuevos modelos de lo femenino. Como historiadora debo reconocer que la batalla por reconstruir la verdadera historia de la reina quizá está perdida, porque no es fácil ir más allá de un mito intemporal de lo femenino. La antigua reina de Egipto fue derrotada inequívocamente, pero el personaje ha sobrevivido y su triunfo ha sido la permanencia a través del tiempo. En el pasado y en el presente, y quizá para bien, hemos sido incapaces de sustraernos a la carga simbólica de lo femenino o de determinado modelo de mujer que encubre el nombre de Cleopatra, la reina del Nilo.

Artículo publicado originalmente en papel en A Quemarropa, periódico de la Semana Negra de Gijón, en julio de 2018.


Rosa María Cid López (Gijón, Asturias, 1956) es una historiadora especialista en historia de las mujeres y género en la Antigüedad. Es profesora titular de historia antigua en la Universidad de Oviedo y está acreditada como catedrática desde 2011. Además, coordina el Grupo Deméter. Historia, Género y Familia de la misma universidad; dirige la colección del mismo nombre y ejerció la vicepresidencia de la Asociación Universitaria de Estudios de las Mujeres de 1999 a 2001 y la presidencia de la AEIHM (Asociación Española de Investigación Histórica sobre las Mujeres) de 2002 a 2004. De 2008 a 2011 participó en el comité que diseñó la exposición permanente del Museo Arqueológico de Asturias, y en la actualidad es  vicepresidenta de la Asociación de Historia Social.

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