De rerum natura

Pedro, el lobo, descreencias y generalizaciones

Pedro Luis Menéndez escribe sobre el clasismo intelectual.

De rerum natura

Pedro, el lobo, descreencias y generalizaciones

/por Pedro Luis Menéndez/

De cualquiera es sabido que el engaño continuado mina la credibilidad y provoca nuestra descreencia con respecto a la fuente emisora de ese engaño: sea lo que sea, ya no es de fiar. En la línea confusa entre la confianza y la desconfianza nos movemos en relación con personas, creencias, conocimientos y hasta emociones. Y a nuestra psicología más primaria le apasionan las líneas claras y le generan ansiedad las líneas no definidas o de definición variable.

La periodista Mamen Mendizábal declaraba en una entrevista reciente que los políticos (era ella misma quien plasmaba la generalización) mienten a sabiendas al menos en un 60% de sus declaraciones. Al no discriminar entre nombres ni ideologías, no hace sino aplicar el rasero que permite a los ciudadanos afirmar que todos los políticos mienten y, en consecuencia, no resultan fiables en su conjunto. Reconocer de una manera tan directa que no son personas fiables genera una desconfianza absoluta que va más allá de las promesas de las campañas electorales. Ya no son de fiar, y esto es quizás lo que provoca que los votantes se agarren como a un clavo ardiendo a cada nueva figura que aparece en el panorama político, para ver si esta vez sí puede restablecer ese pacto de confianza imprescindible para creer en quienes nos gobiernan (y si no, como afirma Pablo Batalla en un artículo también reciente, nuestro deber ciudadano de acudir a las urnas deberá realizarse con la nariz tapada, para disminuir el hedor).

¿Y quienes no somos políticos? ¿En qué grado mentimos? ¿En qué porcentaje? ¿Con qué frecuencia acudimos (me pongo optimista) a las medias verdades en nuestra vida personal, laboral o social? ¿O es posible que pidamos a la clase política un comportamiento ejemplar del que estamos muy lejos nosotros mismos?

Algo parecido ocurre con las grandes figuras del deporte, admiradas en masa por una sociedad hambrienta de héroes reales, que representan los más altos valores de entrega y sacrificio personal que esa misma sociedad entroniza como valores absolutos, con esa misma confianza con que los niños pequeños adoran a sus padres. Pero la necesidad de adoración, el deseo de convertir en ídolos a mortales como nosotros que, sin embargo, nos superan en todo cuanto hacen, se desmorona en los casos flagrantes de dopaje que, cuando aparecen, casi parecen ser deseados por las multitudes porque así justifican la sospecha siempre latente: es imposible que un ser humano como yo sea capaz de proezas semejantes de una manera natural; ya me parecía a mí que tenía que haber algo oculto. Y una vez que nace la descreencia, resulta inevitable la generalización, como ocurre con el ciclismo, del que nadie ya cree que sea honrado (no se destapa la olla del fútbol, ni en cuestiones de dopaje, ni en ventas de partidos amañados porque mueve tanto dinero que la burbuja salpicaría de tal modo que pocos quedarían a salvo; por eso los aficionados prefieren pensar que se trata de casos aislados y poco significativos, como ocurre cuando se descubren los amaños con las Haciendas públicas).

¿Y quienes no somos deportistas profesionales? ¿Cuánto nos dopamos con sustancias legales e ilegales para hacer deporte, ir al trabajo, divertirnos, convertirnos en atletas sexuales, o cualquier otra circunstancia que se nos pueda ocurrir? Y en cuanto a los asuntos de la Hacienda pública, tampoco se trata de reproducir sus tejemanejes financieros pero conviene no olvidar que vivimos en un país que defrauda el IVA siempre que puede, a la mínima oportunidad, lo que incluye la última vez que pintaste tu casa o llevaste el coche a ese taller de confianza.

Pues bien, tengo la impresión de que también de modo similar un fenómeno creciente empieza a generar un altísimo grado de desconfianza hacia el mundo científico. No son éstos los tiempos del padre Feijoo en lucha contra la ignorancia y, sin embargo, aparecen en nuestra sociedad opciones individuales que parten del conocimiento y de la desconfianza generada por el propio mundo científico. El movimiento antivacunas tiene en consideración los beneficios abusivos de las grandes corporaciones farmacéuticas, sus experimentos con humanos y sus fraudes conocidos. Todo ello conduce al receptor posible de esos beneficios médicos a la desconfianza y de nuevo a la generalización: ningún científico es fiable y preferimos refugiarnos en conocimientos pseudocientíficos que no necesitan demostrar nada, porque preferimos creer en supuestos conocimientos milenarios que en los vendidos al dinero de las farmacéuticas.

Todo esto sería aplicable también a las dietas bio y a unos cuantos asuntos más. Siempre me ha parecido extraordinario el éxito en Asturias de tomates de aldea, producidos en huertas cercanas a nuestras mayores industrias, frente a tomates de procedencia desconocida que garantizan todo tipo de control sanitario (del que, por supuesto, con todo lo antedicho, no nos fiamos).

De este cúmulo de descreencias a las creencias en conspiraciones internacionales quedaba un paso que ya hemos dado, al menos en una parte de nuestra sociedad: el hombre no estuvo en la Luna, los terraplanistas, etcétera. Si todo es una inmensa performance en la que el común de los mortales somos hormiguitas laboriosas, dejo de creer en los intelectuales (a quienes parezco despreciar porque en el fondo temo) para regresar a un estado de pensamiento mítico, fácilmente manejable por los gurús que se erigen en los nuevos guías del camino hacia la felicidad (no me permito ninguna ironía sobre el tema por lo trágico de muchas de sus consecuencias).

Pero, con todo esto, puede que haya llegado el momento de no reírnos ni mirar con soberbia la ignorancia de los incautos que caen en las redes de los charlatanes contemporáneos (chamanes que obtienen enormes beneficios de su engaño pero que, por su cercanía a las víctimas, rara vez entran en esa cadena de la desconfianza, descreencia, generalización: este es de los míos, no me va a engañar), y pararnos a pensar cómo los profesionales de lo intelectual (medicina, abogacía, enseñanza, y el etcétera que usted quiera) hemos tratado con lejanía, displicencia y hasta con desprecio a cuantos, alejados de nuestras estructuras gremiales, no pertenecían a nuestra clase intelectual.

Por esto, no vendría nada mal permitirnos una revisión al menos de la soberbia intelectual, que no deja de ser una soberbia de clase, sustentada en el privilegio de unos estudios superiores. No vaya a ser que cuando Pedro (su médico) le recrimine porque viene el lobo y usted no parece prestar atención, lo que ocurra en realidad es que lo que más recuerda usted de Pedro sea la última factura abusiva de su consulta privada. Cada cual puede añadir los ejemplos que se le ocurran (seguro que abundantes) de los profesionales del saber y de quienes desconfían de ellos, precisamente de su saber.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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