/ por Nicholas Grossman /
Artículo originalmente publicado en Arc Digital el 17 de julio de 2023, y traducido al castellano por Pablo Batalla
En una aguda columna en el New York Times, David French argumenta que los problemas de Elon Musk en Twitter evidencian el fracaso de la «teoría del poder de la nueva derecha». Esta —concentrada en la guerra cultural, sobre todo en su frente online, y que rechaza como débil el conservadurismo adepto al Gobierno pequeño— pensaba que la compra de Twitter por parte de Musk serviría para imponer sus preferencias culturales a Estados Unidos, como creían que habían hecho los antiguos propietarios con los valores de izquierda. Pero la cultura estadounidense tiene demasiado de proceso de abajo arriba. Las preferencias individuales y el mercado son fuerzas más vastas, como estamos viendo ahora a medida que los anunciantes huyen y las compañías lanzan competidores de Twitter que concitan cierto interés, tales como Threads.
Es un buen razonamiento, pero voy a llevarlo más allá. Esta teoría del poder no solo es errónea, sino disparatada; una chifladura; una distorsión de la realidad con más de teoría de la conspiración que de evaluación empírica, fundamentada en una premisa falsa que aviva los sentimientos de victimización.
He aquí cómo explica French su teoría: «En el relato de la nueva derecha, la historia de la cultura estadounidense contemporánea es la de una captura, por parte de la élite progresista, de las instituciones más importantes de la nación, de la academia a las grandes empresas, pasando por la cultura pop y el Estado profundo, seguida de la instrumentalización implacable de ese poder institucional a fin de deformar y distorsionar los valores estadounidenses». French argumenta que la contraestrategia de «dominación e imposición» de la nueva derecha no está funcionando y no va a hacerlo, pero en realidad no pone en cuestión la premisa.
La idea de que los izquierdistas han ejecutado una toma hostil de todas las instituciones importantes y ahora las usan para perseguir a los conservadores es considerada una perogrullada por la nueva derecha, fundada a partir de ella. Sentirse víctima de tal persecución, y emplearlo para justificar medidas drásticas a modo de respuesta, es quizá el factor principal de unión del movimiento. Por ejemplo, he aquí un ejemplo típico de la retórica de Christopher Rufo, a quien el gobernador de Florida, Ron DeSantis, autorizó recientemente a emprender una remodelación profunda de la educación superior en el estado: «Los radicales de izquierda se han pasado los últimos cincuenta años en una “larga marcha a través de las instituciones”. Vamos a revertir ese proceso a partir de ahora. El gobernador DeSantis ha presentado un proyecto para reconquistar las instituciones y restituírselas a los principios estadounidenses. Hagámoslo».

Rufo no dice nada concreto relacionado con su campo, como «reformar la educación superior»; pero tampoco propone algo genérico, como «quitarse de en medio al Gobierno». Emplea, en cambio, un lenguaje arrollador, con metáforas marciales como «reconquistar las instituciones» (todas ellas). En otro momento y lugar describía su plan como un «asedio a las instituciones» y anunciaba su entrada en la junta de fideicomisarios de la universidad New College de Florida proclamando: «Ya hemos saltado las murallas». ¿Por qué tanto dramatismo? Porque los «radicales de izquierda» lo hicieron primero. Y el caso es que no lo hicieron, pero fingir que eso sí ocurrió proporciona una justificación fácil de lo que la nueva derecha tenía en mente desde el principio —en el caso de Rufo, utilizar el poder del Estado para purgar las universidades de «progres» y otras ideas que le desagradan— y posibilita el llamarlo «defensa propia».
Binarismo forzado: izquierda o derecha
Para poder afirmar que las élites progresistas controlan todas las instituciones importantes de Estados Unidos, primero hay que considerar impotente todo lo que sigue: el Tribunal Supremo, muchos tribunales inferiores, a los senadores, el Colegio Electoral, a los estados (incluidos dos de los más grandes: Texas y Florida), la cadena de noticias más vista, algunos de los sitios web más leídos y de los podcasts más importantes, los más populares gurúes de Facebook, un montón de instituciones religiosas (exentas de pagar impuestos), buena parte del mundo de los negocios (energía, finanzas, agricultura, etcétera), los sindicatos policiales, etcétera. También es preciso ignorar cualquier distinción entre la izquierda y el establishment centrista ridiculizado por aquella, y definir la izquierda y la derecha al modo del socialconservadurismo más pedestre.
Pensemos por ejemplo en Hollywood: la nueva derecha lo considera una institución poderosa y quintaesencialmente izquierdista, pero sus productos de entretenimiento nos presentan la riqueza y las armas como algo alucinante; y en sus películas, vemos a hombres ricos y talentosos que solamente siguen sus propias reglas (Bruce Wayne, Tony Stark…) salvar a la humanidad cuando la burocracia no se interpone, en plan Ayn Rand. Cuando los guionistas y los actores se ponen en huelga, los magnates de Hollywood devienen vanguardia del combate antisindical, y bregan por que los beneficios futuros de la inteligencia artificial no sean compartidos con los trabajadores. Pero Hollywood también propaga el mensaje de que el sexo es divertido y está bien practicarlo fuera del matrimonio, insiste en que las personas LGTB sean tratadas como iguales, ubica a veces a mujeres y personas no blancas en papeles heroicos, tiende a mofarse de, o menospreciar a, la gente no creyente, y su parte más visible (los actores) incluye a muchos simpatizantes ilustres del Partido Demócrata. En la taxonomía de la guerra cultural de la nueva derecha, con eso basta para colocar a esta institución en la izquierda. Pero incluso aceptando este marco todo esto resulta ridículo; el ridículo de que, por ejemplo, el influencer de derecha Benny Johnson, una de las veintitrés personas a las que Musk paga ahora para que generen contenido para Twitter, se burlara en una ocasión de lo que llamaba la «huelga de guionistas comunistas» —¡arriba los estudios de Hollywood!—, pero también aseverara que Estados Unidos es «una nación en declive» después de ver una foto del set de la nueva versión en vivo de Disney de Blancanieves, en la que se veía a unos Siete Enanitos multirraciales, en lugar de uniformemente blancos: ¡abajo los estudios de Hollywood! Que la industria del cine y la televisión haga cosas que la derecha aplaude y a las que los progresistas se oponen es difícil de cuadrar con la afirmación de que está dominada por cruzados de izquierda.
Tomemos ahora en consideración el mundo académico. El profesorado tiende a ser progresista, pero la administración no. Al igual que los magnates de Hollywood, los poseedores de poder real en este campo intentan a menudo explotar a los trabajadores; a los adjuntos, por ejemplo. El clamor de que la academia ha sido tomada ideológicamente por la izquierda se solapa en gran parte con la denuncia de la represión generalizada de la llamada cultura de la cancelación. Pero si examinamos los datos más allá de las anécdotas que se repiten una y otra vez, comprobamos que esas afirmaciones son muy exageradas. Parece razonable clasificar como culturalmente progresistas las iniciativas relacionadas con diversidad, equidad e inclusión, así como la mayoría de los programas de investigación en torno a la identidad, como los estudios de género. Pero eso no es todo el mundo académico. Los presidentes de universidades, los administradores y los programas de fútbol americano tienden a ser conservadores. La carrera más común es empresariales, seguida de las profesiones sanitarias. Todas las ciencias sociales juntas ocupan el tercer lugar, y eso incluye a más expertos en economía cuantitativa y politólogos que teóricos de la identidad. En cuarto lugar van las ingenierías.
El estudiante universitario promedio está, poco sorprendentemente, a la izquierda del estadounidense medio. Entre los profesores implicados en política, hay bastantes más donantes del Partido Demócrata que del republicano. La educación superior está firmemente a favor de la ciencia, y renegar de la ciencia en cuestiones como el clima o las vacunas —o de la autoridad de los expertos en general— es una característica prominente de la derecha actual. La academia celebra la diversidad, mientras que gran parte de la nueva derecha se organiza en torno a la oposición a ella. La cultura interna y la influencia externa de la academia son, en general, progresistas. Pero no puede decirse que esté dominada por radicales de izquierda, que prioricen despiadadamente su propia agenda activista. Las universidades públicas y privadas educan, emplean y forman a conservadores. Millones de licenciados votan por los republicanos (aunque no sean tantos como los que votan por los demócratas). Y aunque la academia en su conjunto se incline hacia la izquierda, hay instituciones destacadas, como la Universidad de Chicago, cuya contribución pública propende en general hacia la derecha. Cinco de los seis magistrados del Tribunal Supremo nombrados por los republicanos obtuvieron su título de derecho en Harvard o Yale (la única que no lo obtuvo allí, Amy Coney Barrett, fue a la Universidad de Notre Dame), al igual que muchos senadores republicanos. Ted Cruz se graduó en la Escuela de Derecho Harvard y luego trabajó para el presidente del Tribunal Supremo William Rehnquist (también de Harvard, nombrado por Richard Nixon). Y no puede hablarse de la ineficacia de la organización conservadora Federalist Society, cuyos jueces y secretarios tienen una presencia vigorosa en todo el poder judicial.
En el recuento de estos hechos bien conocidos no hemos abordado cuestiones como la tolerancia hacia puntos de vista alternativos, la eficacia de los enfoques DEI (diversidad, equidad e inclusión) o la distribución ideal de fondos para la educación. No permite concluir que la academia o Hollywood sean de derechas, y tampoco estrictamente neutrales. Pero es más que suficiente para refutar la pretensión de un control de las instituciones por una izquierda enfrascada en triturar a la derecha.
No es personal: son negocios
La afirmación de que las instituciones se han vuelto cortijos progresistas se hace aún más absurda cuando se va más allá del mundo académico y de Hollywood y se pone el foco en otros ámbitos influyentes. En el Congreso hemos llegado a ver a los republicanos sostener la grotesca especie de que el FBI es un grupo de izquierdistas que persigue a los conservadores. Fue durante una audiencia con el director de ese organismo, Christopher Wray, nombrado por Trump y confirmado por el Senado republicano.
No menos ridícula es la aplicación de esta teoría al mundo del deporte y al de los negocios. Pasa, por ejemplo, por considerar irrelevante el hecho de que la Liga Nacional de Fútbol Americano sofocara una protesta antirracista de Colin Kaepernick y otros jugadores —consistente en arrodillarse durante la retransmisión del himno nacional, en los días de las protestas antirracistas derivadas de la muerte de George Floyd a manos de la policíaen 2020—, pero un ultraje que uno de los equipos de la NFL, los Washington Commanders, llame Noche del Orgullo a un partido de un jueves de septiembre y espere, como de cualquier promo, que sus jugadores lo secunden. La mayoría de la gente verá estos dos acontecimientos como meras decisiones mercadotécnicas. (1) A muchos de nuestros clientes no les gusta que los jugadores se arrodillen durante la retransmisión del himno nacional, así que hay que detenerlo. (2) Tal vez consigamos que más gais compren nuestras cosas si hacemos una noche temática y merchandising con arcoíris. Pero para la derecha agraviada de la guerra cultural, la Noche del Orgullo es una prueba de que no ya el fútbol, sino el mismo deporte como institución, está colonizado por la izquierda.
O pensemos en una decisión empresarial reciente que la nueva derecha convirtió en una cause célèbre. Dylan Mulvaney, una influencer que había publicado vídeos documentando su transición de género, se asocia con Bud Light para una promoción durante el March Madness de la Asociación Nacional Deportiva Universitaria (NCAA). Le envían unas cuantas latas con su foto y ella habla de la cerveza en Instagram. En respuesta, varias figuras de la derecha llaman al boicot; y se llega a bramar que, «sencillamente, la gente no quiere que se la metan por el gañote». Por supuesto, no es así en absoluto. Desde luego, no son ni Bud, ni Mulvaney quienes le meten nada por el gañote a nadie. Parece una operación muy elemental de marketing en redes sociales: a mucha gente le gusta beber alcohol y la marca Bud Light tiene una imagen muy vinculada al estereotipo del fratbro, ese tosco miembro masculino de círculo estudiantil, concentrado en nada más que emborracharse, el sexo y la organización de novatadas. Así que Budweiser decide, durante un importante evento deportivo universitario, preparar una promo con una celebridad digital de la Generación Z que tiene una audiencia diferente (diez millones de seguidores en TikTok, dos millones en Instagram). Pero no convierte a Mulvaney en la estrella de sus anuncios de la Super Bowl, ni pone su foto en todas las latas. Incluso si uno considera que ello está mal por la razón que sea, se trata de una promoción muy de nicho, dirigida a los seguidores de Instagram de Muvlaney. La mayoría de los que se enteran, lo hacen porque las redes sociales y profesionales de la derecha amplifican la campaña publicitaria y azuzan la indignación al respecto. Si alguien se «mete» esto «por el gañote» se lo mete a sí mismo. Pero luego lo denuncia como un ejemplo de la persecución que sufre.
A medida que el boicot se agrava, y mientras Mulvaney sufre acoso online y offline y hasta recibe amenazas de muerte, la empresa matriz, Anheuser-Busch, publica una vacua declaración corporativa sobre «reunir a la gente en torno a una cerveza» en lugar de involucrarse en «una discusión que divide a la gente». Budweiser, por su parte, apoya genéricamente la promoción, pero toma distancia de Mulvaney. Una institución asaltada por activistas progresistas de género empeñados en impulsar su ideología cuasirreligiosa habría emitido declaraciones contundentes en apoyo de la influencer. Los cruzados de la izquierda habrían aprovechado la ocasión para retratarla como una víctima, habrían tratado de culpar al Partido Republicano y habrían estrechado la asociación pública de la marca con ella.Pero Anheuser-Busch no hizo nada de eso.
La supremacía perdida
¿A quién perjudica exactamente el contrato por una marca de cerveza de una mujer trans para una promo? No me refiero a si es una decisión mercadotécnica inteligente o tonta, sino a si alguien sufre un daño real por ello. Nadie está obligado a interesarse por el humor de Mulvaney (yo nunca he visto sus vídeos), una figura pública sujeta a crítica como cualquier otra. Pero esto fue mucho más allá. ¿Qué sentido tiene restregarle en los morros esta operación publicitaria a gente a la que no se dirige y sostener que su existencia, que de otro modo no conocerían, es un ataque personal contra ellos? La protesta parece ser contra el hecho de que Dylan Mulvaney se pasee en público feliz y orgullosa de ser trans y una marca estadounidense como Bud Light trate a la influencer y a sus fans como gente normal; como simplemente una celebridad de Internet más y un conjunto de clientes potenciales. La única forma de acallar esta protesta sería que Bud Light —que cualquier marca— rehuyera a las personas trans o, al menos, no les diera la misma bienvenida abierta que a otros muchos grupos demográficos. Eso no tiene pinta de persecución de los conservadores por los progresistas que dominan las instituciones: más bien la tiene de frustración por la supremacía perdida.
Los conservadores no se equivocan al pensar que sus creencias tienen hoy menos influencia en la sociedad estadounidense que la que tenían en épocas pasadas, pero eso no los convierte en víctimas. Simplemente han pasado de ser la fuerza abrumadoramente dominante en la cultura del país a una gran facción de la misma, con menos capacidad para imponer sus valores a los demás o dar por sentado que sus puntos de vista son los predeterminados. No hace mucho tiempo, era impensable que un profesor gay saliera del armario, al menos en la escuela. Ahora que algunos exhiben banderas arcoíris y una foto de su cónyuge del mismo sexo en clase, los gobiernos estatales republicanos aprueban leyes ambiguas y potencialmente onerosas para detener o revertir esa apertura. No hace mucho tiempo, prácticamente ninguna persona trans salía del armario y buscaba el reconocimiento general. Ahora sí lo hacen y piden que se utilicen sus pronombres, llaman intolerantes a aquellos que rechazan su identidad y obtienen acuerdos de patrocinio en Internet. Las personas LGTB no se han apoderado de las principales instituciones estadounidenses ni han comenzado a reprimir a sus enemigos, pero han logrado suficiente aceptación social como para que el intento de intimidarlos no sea tan eficaz como antaño. Sus adversarios, ahora, tienen que esforzarse, competir; y competir, al nivel nacional, requiere apelar a una amplia variedad de gente y no solo a los de la cofradía, especialmente si hablamos de la sociedad al completo y no solo de la interpelada por la política partidista (recordemos que toneladas de estadounidenses no votan: alrededor de ochenta millones incluso en 2020, año cuyas elecciones contaron con una participación de récord).
Sí: la teoría del poder de la nueva derecha, con sus imaginados dictados verticales de transformación cultural, es errónea. Los casos ilustrativos que esgrimen para construir su teoría y la forma en que miden la distribución del poder en la sociedad no responden a ningún estudio empírico, sino que son una fantasía que les permite presentarse a sí mismos como víctimas y justificar cualquier cosa que decidan hacer como respuesta. Cualquier teoría que de ahí emerja está viciada por principio. La razón por la que nadie tiene una buena explicación de cómo los radicales de izquierda se hicieron con el control de todas las instituciones importantes, ni de cómo puede la derecha contrarrestar la implacable aplicación del poder adquirido por parte de estos izquierdistas, es sencillamente que aquello no ocurrió, ni está cerca de ocurrir.
Nicholas Grossman es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Illinois.
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