Crónica

El impacto del colonialismo británico en la Gran Bretaña rural

Corinne Fowler presenta un libro de rutas para conocer mejor el impacto del colonialismo en la campiña británica, aludiendo también a las reacciones en contra que su trabajo ha recibido por parte de la Inglaterra conservadora, orgullosa del pasado imperial.

/ por Corinne Fowler /

Artículo publicado originalmente en Byline Times el 4 de mayo de 2024, traducido al castellano por Pablo Batalla

Una de las cosas que más me preguntan cuando doy charlas sobre el colonialismo británico es por qué no hablo más los sufrimientos de los trabajadores agrícolas y fabriles británicos durante nuestros cuatro siglos de dominio colonial. La pretensión, a veces, es cerrar debates incómodos sobre el imperialismo; en particular sobre nuestra larga participación en la esclavitud transatlántica, pero la pregunta me sirvió también para reflexionar sobre mi propia educación escolar escasa en torno a la historia laboral de Gran Bretaña. Así que decidí aprender más sobre el tema. Empecé por el estudio clásico de E. P. Thompson de 1963: La formación de la clase obrera en Inglaterra. Y leyendo este pesado volumen, me di cuenta de que las figuras y los acontecimientos coloniales aparecían una y otra vez, pero se mencionaban de pasada. Ello me inspiró para escribir un libro yo misma, que acaba de publicarse: Our island stories: country walks through colonial Britain («Historias de nuestra isla: paseos campestres por la Gran Bretaña colonial») . Allá propongo diez paseos que revelan muchas conexiones fascinantes entre la historia colonial y la vida rural británica. Por ejemplo, un paseo algodonero por el este de Lancashire, un paseo obrero por Dorset o un paseo del cobre por Cornualles. Todos ellos están pensados para rastrear vínculos diversos entre las distantes actividades coloniales y la vida de los británicos rurales durante los siglos XVIII y XIX, abarcando temas como la compra de tierras a gran escala con los beneficios de la esclavitud o los trabajos forzados en colonias penales a las que se enviaba a ladrones de caballos, líderes sindicales y presos políticos.

La historia colonial afectó a muchos ámbitos de la vida rural. Otro de los paseos que propongo, el paseo de la lana, recorre la senda de las laderas de la colina Foel Cynwch, con un enorme precipicio debajo e increíbles vistas de la región de Snowdonia. Cuesta creer ahora que las bastas prendas de lana que siguen produciéndose en estas comarcas repletas de ovejas tenga algo que ver con el Caribe. Y sin embargo, desde el siglo XVIII hasta la década de 1830, el tejido de lana de la región se compraba principalmente para vestir a la gente esclavizada en las plantaciones de las Indias Occidentales y Norteamérica. Combinando la historia local con estudios como Slave Wales («Gales esclavo»), de Chris Evans, me enteré de que lo producían los vecinos y también trabajadores de la lana que empezaron a venir de fuera al compás del incremento de la producción a mediados del siglo XVIII, que manufacturaban dos millones de yardas para vestir a 279.000 personas esclavizadas. La producción aumentó a ocho millones de yardas en 1812. Esquiladores, cardadores, hilanderos y tejedores locales contribuían a la producción de este tejido. No es que ello les hiciera ricos: el dinero iba a parar a gentes que ocupaban posiciones más altas en la escala económica, tales como los terratenientes que cobraban las rentas de los pastos de ovejas o los comerciantes de telas de Shrewsbury y, más tarde, de Liverpool.

También encontré vínculos importantes entre la riqueza colonial y el cercamiento de tierras comunales que habían sido utilizadas por la gente para apacentar el ganado, recolectar leña y atrapar conejos. Más del veintiún por ciento de Inglaterra fue cercado por decreto parlamentario entre 1750 y 1820, un período que coincide con la expansión colonial. No es una coincidencia: las compras de tierras se pagaban a menudo con las ganancias de la esclavitud transatlántica y las efectuaban funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales. Esta constatación inspira otro de los paseos que propongo: un paseo de los cercamientos a lo largo de la frontera entre Norfolk y Suffolk, partiendo de la pequeña ciudad de Bungay y con destino Earsham Hall, que fuera el hogar de sir William Windham Dalling. Este potentado había heredado de su padre la plantación del castillo de Donnington, en Jamaica. Una hacienda rentable: entre 1799 y 1840, rindió un beneficio de 150.000 libras esterlinas. Aquella fortuna jamaicana permitió a sir William ampliar su finca de Norfolk poco después de mudarse a Earsham Hall, en 1810. El aristócrata cercó tierras alrededor de su finca, incluyendo partes del hermoso paraje de Outney Common. Las protestas de la población local fueron vanas: se les asignaron pequeñas parcelas por las que ahora debían pagar un alquiler. Los viejos senderos fueron cercados también y reorganizados alrededor de la finca ampliada de sir William, atravesada hasta entonces por antiguos atajos que dejaron de existir. Todavía hoy, los excursionistas deben recorrer el camino más largo, tal como se veían obligados a hacer los lugareños del siglo XIX.

Aunque mi libro se basa en hechos verificados, preveo reacciones en contra. En 2020 fui coautora de un informe sobre la historia colonial de las casas de la Fundación Nacional para  los Lugares de Interés Histórico o de Belleza Natural; un repaso de las investigaciones académicas publicadas a lo largo de las últimas dos décadas en torno a esta cuestión. Su contenido no resultó sorprendente para los historiadores del colonialismo, pero abrió por primera vez estas investigaciones a audiencias más amplias. La acogida fue buena en universidades, museos y organizaciones patrimoniales, pero, en cambio, hubo protestas enérgicas de políticos destacados y columnistas influyentes. El conservador Jacob Rees Mogg dijo en un discurso parlamentario que la Fundación Nacional difamaba la historia británica auspiciando el informe y, de modo tal, este atrajo la atención de los medios de comunicación, que se centraron casi exclusivamente en el malestar generado, y no en la historia que en el propio informe se relataba. Se escribieron cientos de artículos periodísticos hostiles, y los autores recibimos muchísimos mensajes de odio. Por otro lado, al difundir la Fundación Nacional la historia colonial de sus casas de campo, animó al resto del sector a hacer lo propio. Poco después, veíamos a English Heritage publicar su propio informe:  «The impact of transatlantic slavery on England’s built environment: a research audit» («El impacto de la esclavitud transatlántica en el ambiente construido inglés: un estado de la cuestión»). Y el Fondo Nacional para Escocia auspiciaba su propia revisión de la investigación académica publicada en torno a las conexiones de sus sitios con la esclavitud.

Es difícil abordar, o incluso reconocer, nuestro pasado colonial a menos que lo estudiemos con más detalle. Yo tengo el objetivo de aventurarme cada vez más profundamente en este campo para continuar animando debates de calidad sobre las realidades coloniales de nuestro pasado rural.


Our island stories
Corinne Fowler
Allen Lane, 2024
432 páginas
30,37 €

Corinne Fowler es profesora de colonialismo y patrimonio en la Escuela de Estudios Museísticos de la Universidad de Leicester. Entre 2018 y 2022 dirigió un proyecto de historia y escritura dirigido por niños llamado «La campiña colonial: las casas de la Fundación Nacional reinterpretadas». También fue coautora del informe de 2020 de la Fundación Nacional sobre los vínculos históricos de sus casas de campo con el Imperio británico. Su libro más reciente antes de la publicación de Our island stories es Green unpleasant land: creative responses to rural England’s colonial connections.


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