Creación

Camille

Un relato de Fernando Prado Eirin.

Camille

/por Fernando Prado Eirin/

Camille se quedó sentada en el suelo, debajo de la ventana, con la espalda apoyada en la pared. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el cristal con fuerza empujadas por el viento. La luz cansada de las farolas se colaba en el salón cayendo en diagonal hasta tocar el suelo de parqué. Sus piernas desnudas estaban estiradas y ligeramente abiertas; sus brazos colgaban a los lados de su cuerpo menudo, de piel blanca y casi transparente, como ramas de un árbol moribundo. Tenía la mirada puesta en sus pies delgados, la mirada de un animal atrapado y rendido a la fatalidad.

Después de varios minutos de inmovilidad apartó con ambas manos el cabello ondulado y oscuro de su rostro afilado y lo colocó detrás de las orejas, pequeñas y redondas. No tenía ningún sentido continuar ahí sentada —pensó—, pero no podía levantarse. Todo había cambiado drásticamente en un abrir y cerrar de ojos; sin embargo, se negaba a aceptarlo porque, al fin y al cabo, ella siempre había encontrado una salida.

La lluvia no cesaba y caía irremediablemente sobre la ciudad trasnochada. Habitaba en la estancia una densa oscuridad atravesada por transparencias irreales. La sombra del marco de la ventana se proyectaba en una de las paredes del salón hasta desparecer entre los cojines del sofá. Camille respiraba de manera irregular y agitada; de vez en cuando un escalofrío recorría su espalda y la hacía temblar. De pronto sintió la necesidad de huir, así que se levantó con dificultad y se dirigió hacia la puerta. Una vez allí, giró la llave en la cerradura y ésta produjo un sonido espantoso, casi ensordecedor. Abrió la puerta, guardó las llaves en su puño izquierdo y salió del apartamento como quien cruza el umbral hacia una dimensión desconocida.

Camille caminó descalza y medio desnuda por las calles sucias y húmedas; una camiseta gris, grande y holgada, cubría su cuerpo traslúcido. Sentía el suelo mojado bajo sus pies, frío y húmedo; era una sensación agradable que le recordaba una infancia que comenzaba a ser lejana, cuando salía de la piscina municipal y caminaba de puntillas entre el gentío hasta llegar a la toalla de su madre, que yacía tumbada boca arriba, tomando el sol y fumando sin parar.

Mientras caminaba bajo la lluvia sonaban los primeros compases de la Gran Fuga de Beethoven. Era una composición de la que no había podido librarse en ningún momento de su vida. De manera irremediable, el tema la asaltaba sin previo aviso, aparecía sin más y Camille no tenía otra opción que rendirse pues los resultados que provocaba la música sobre su cuerpo eran de sumisión; de alguna manera, perdía el control sobre sus músculos, sus movimientos se volvían torpes y espasmódicos y, de vez en cuando, sentía el impulso imparable de salir corriendo, de dejar lo que estaba haciendo y simplemente huir, desbocada y sin rumbo, hacia la nada.

Se detuvo en una esquina olvidada de la ciudad desierta justo en el momento en que la música cesó. Después de unos segundos de inmovilidad volvió a tomar conciencia de su cuerpo. Las gotas de lluvia se filtraban por su pelo hasta llegar al cuero cabelludo y resbalaban por su rostro inexpresivo. La camiseta se había ceñido a su torso de pechos pequeños y pezones erectos. Miró a su alrededor. Estaba rodeada de edificios viejos; fachadas oscuras de piedra, arquitectura opresiva, contenedores de vidas desesperanzadas, habitantes excluidos de todo privilegio y condenados al hacinamiento en la geografía de la degradación.

Se acercó al borde de la acera, mirada al frente, los pies juntos y los dedos sobresaliendo del bordillo. Medía las distancias con todo su cuerpo como si estuviera a punto de saltar a la piscina desde un trampolín. Alzó lentamente los brazos describiendo un círculo hasta señalar el cielo encapotado con los dedos, cerró los ojos, tomó aire, lo retuvo unos segundos y luego lo soltó emitiendo un fuerte soplido mientras sus brazos bajaban rápidamente y quedaban de nuevo colgados a ambos lados de su cuerpo.

Abrió los ojos para contemplar el abismo ante el que se encontraba. Se sintió como un pez fuera del agua, como los peces que saltan de la pecera sin motivo aparente y luego se quedan en el suelo retorciéndose, abriendo y cerrando la boca. Apenas llovía. Comenzó a sentir frío y entonces supo que debía regresar.

Se fue caminando de prisa bajo la tétrica luz de las farolas, sumergiendo parcialmente sus pies en los charcos que se formaban en las aceras rotas. Notó que era observada por los pocos transeúntes que deambulaban por las oscuras calles como fantasmas o por algún que otro conductor que disminuía la velocidad al ver una mujer caminando descalza y vestida tan sólo con una camiseta; miradas que juzgan, que buscan, miradas de hienas, de desprecio, miradas de depredadores hambrientos conteniendo a duras penas un apetito voraz.

Entró en el apartamento y atravesó el largo pasillo en penumbra hasta llegar al baño. Después de una ducha caliente se dirigió a la cocina y se preparó unos huevos con patatas fritas. Se sentó en la pequeña mesa que había en un rincón. Rompió la yema con un trozo de pan y esta se derramó por el plato; tras el primer bocado, suspiró emitiendo un gemido apenas audible. Eran las 03:37 de la madrugada.

Debía de hacer al menos un siglo que no comía huevos y patatas fritas. El paladar la llevó a su infancia en aquella remota aldea en la que la vida era siempre tan difícil. El invierno se hacía casi insoportable y duraba prácticamente seis meses; pocas cosas la hacían tan feliz como mojar pan en los huevos fritos que preparaba su madre. Cuando tenía once años abandonaron la aldea y se fueron a la ciudad. Su padre había encontrado trabajo en una fábrica textil. Allí, en la ciudad, vio por primera vez el mar. Ese encuentro fue enormemente significativo; el mar la atrapó para siempre, su fuerza,  el rugido de las olas rompiendo en la orilla los días de temporal, la vida contenida en sus aguas infinitas, los misterios de sus abismos insondables. Era un mundo primigenio que parecía permanecer intacto, un mundo que aparentemente había sobrevivido al espíritu de conquista y dominio del ser humano.

Recogió el plato y lo dejó en el fregadero, donde continuaban apilados los platos de la cena aún si lavar. Apagó la luz, salió de la cocina y caminó hasta el salón. Se dejó caer en el sofá, apoyó la cabeza en el reposabrazos y se quedó mirando hacia la esquina más oscura de la estancia.

Habían pasado once meses y diecisiete días de aquel tropezón en el andén. Camille salía del vagón cuando un desconocido chocó accidentalmente con ella; estuvo a punto de caerse, pero el joven la sujetó por el brazo en el último momento. Ella lo increpó verbalmente con violencia y él no pudo hacer otra casa que disculparse una y otra vez sin soltarle el brazo. Once meses que habían sido como una vida en la penumbra, encerrada y dominada, anulada, maltratada y vejada sistemáticamente.

Al otro lado del salón, cubierto parcialmente por las sombras, estaba el cuerpo de Mario, inerte. Yacía boca abajo y parecía flotar sobre un charco de sangre que se hacía cada vez más grande; un líquido oscuro y espeso, el símbolo de una vida derramada.

Matarlos. Matar esos recuerdos. Camille hundió el cuchillo lentamente, atravesó la piel, rasgó los músculos y hurgó en las entrañas, desgarrándolas. Empujó con fuerza tratando de profundizar al máximo, repitió el movimiento una y otra vez mientras miraba a Mario a los ojos. Escrutó en esa mirada de pánico que no entendía nada, era como ver un cuenco que se derramaba ante sus pies manchados de sangre.  Las manos de Mario intentaron impedir que la mano que sujetaba el puñal continuara adelante poseída por una sed de venganza que ninguno de los dos había podido imaginar, una sed que probablemente no se saciaría jamás. La sangre rodeaba los pies desnudos de Camille, salpicaba su mano y su antebrazo, goteaba sin cesar y se extendía sobre el suelo de parqué, libre y condenada a convertirse en una mancha difícil de limpiar. Pero eso carecía de importancia. Lo que verdaderamente importaba era que él estaba ahí tambaleándose, a punto de caerse al suelo, su vida esfumándose de prisa; ahí estaba Mario, despojado de la soberbia de macho, del placer y la seguridad que le otorgaban el dominio sobre ella, esa mujer que probablemente nunca dejó de ser niña porque se negó a creer que la inocencia había muerto, aunque lo  cierto es que hasta ese preciso instante todo había estado muerto en ella. Mario lo devoró todo diligentemente como un gusano, su dignidad, su autoestima, su voluntad y hasta su intimidad. Y ahí estaba ahora, a punto de poner las rodillas en el suelo, suplicando clemencia con un hilo de voz temblorosa, escupiendo sangre sobre su pecho que se hinchaba y deshinchaba agitadamente, escuchando los jadeos de Camille que eran la ira y la satisfacción, la frustración y la alegría. Ahí estaba Mario, tendido en el suelo sobre su propia sangre intentando aferrarse a la vida, animal abatido, sin un atisbo de arrepentimiento en sus ojos acuosos que se vaciaban despacio. «Apaga la luz, ríndete a la fatalidad y disfrútala porque nada ni nadie te privará de este momento que te regalo sin quererlo ni pretenderlo, sino por pura necesidad de supervivencia. La mía, claro. Tú o yo, así que tenía que intentarlo». Mario respiraba con dificultad, se ahogaba. «Déjate ir sin más, no te resistas. Te sorprenderías, aún más, si te dijera que volvería a hacerlo mil veces; empuñar el cuchillo, hundirlo en tu carne, sentir la sangre caliente brotando irremediablemente de tu vientre herido de muerte. No me temblaría el pulso. No te imaginas lo liberador que resulta».

Camille se quedó dormida en el sofá mirando el cadáver de Mario. Había llegado el momento de volver a soñar.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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