Creación

El gramófono

Un cuento de Pablo González.

El gramófono

/un relato de Pablo González/

Segaba, podaba, limpiaba, sembraba… y todo lo hacía con garbo, prestancia y buen ánimo. Pachín Benavides cuidaba La Palaciana con esmero y dedicación, en labor precisa y encomiable que poca o ninguna queja merecía. El recién estrenado veinteañero se daba en aplicar la máxima, tantas veces oída a su padre, de que cualquier faena, desde la más banal a la más llena de significancia, había de ser hecha a conciencia, sin escatimar esfuerzos, consagrándose uno en cuerpo y alma a demostrar valía, gana y determinación, que bien estaba lo que bien acababa y bien parecía. Así, cualquier obra del solícito mozo saltaba a la vista del que quisiese mirar, y como el dueño y patrón del predio tenía fama merecida de buen observador, contemplaba satisfecho tales empeños y correspondía al muchacho con un trato agradable, no mal sueldo y bastante estima y consideración. ​

Don Servando Álvarez era el tal señor, amo del lugar que nos ocupa, un tipo veterano, de natural afable, amable, y con algunas vivencias a sus espaldas dignas de ser contadas. Había sido indiano en Cuba, como tantos otros de comarca y generación y, por si a alguien interesa, podríamos decir que fue uno de los que regresara con cierta fortuna, uno de pocos. Ya en la vejez, su cada vez más renqueante memoria aún recordaba con asombrosa claridad a aquel casi niño que partía rumbo a La Habana, embarcando medroso en la tercera clase de un enorme vapor que lo separaba sin remedio de su mundo, de los que más quería y ya no más vería. Allí empezaban miles de días de melancolía, de añoranza inconsolable por lo atrás dejado, de la morriña indeleble cantada por Rosalía, ¡quién pudiera no dejar! Así y todo, tras muchas penas, no menos lloros, demasiado trabajar y poco disfrutar, se abrió camino en buenos negocios y mejores dineros, alcanzando aquel éxito material tan pretendido y envidiado por tantos, pero tan inútil a la hora de llenar los vacíos del alma; porque cuanto más aumentaban sus riquezas y caudales, más añoraba los olores y colores de su niñez, más anhelaba regresar al adorado y correteado campo de su infancia, y más fútiles se le parecían los asuntos del beneficio, del peculio y el tener. Y en estas disquisiciones internas estaba, navegando en mares de dudas e indecisiones, cuando arribó la temida carta que anunciaba el fallecimiento de su madre. La gota colmó el vaso de Servando, que abandonó para siempre aquella inercia que lo arrastraba sin destino ni razón y retornó a su Asturias del alma, tarde ya para mamá, pero a tiempo de envejecer en la tierra que tanto amaba. Regresó a La Palaciana, el prado donde tantas veces había llindiao las escasas vacas de su padre, y la hizo por fin el hogar tantas veces soñado. ​

Era ésta una finca, más grande que pequeña, situada al borde mismo de la rasa costera del oriente asturiano. Estaba cortada en su orilla por una frontera vertical, repentina, que la separaba del vertiginoso Cantábrico, tan comúnmente batido de olas y espumas que solía convencer hasta al más bravo visitante de las pequeñeces y debilidades humanas. El prado, de terciopelo verde, terminaba por asomarse a aquel inmenso mar de azules cambiantes, caprichosos a la veleidosa luz norteña, con la sumisión propia del que se aproxima al que todo lo puede. La propiedad estaba rodeada por un seto de milimétrica geometría, delineado repetidamente por Pachín, artista de corta y desmoche, siendo la entrada a la misma guardada por una puerta herrumbrosa, sufrida de óxido y salitre y requerida de acicalados frecuentes. Puestos a definir con la necesaria pulcritud, que de ley parece, debiera aclararse que La Palaciana no era tan solo el terreno mentado, y que tal nombre designaba también al todo que dicha parcela contenía; y esto era, a saber: una señorial casa, un huertecillo que era vergel, unos cuantos rosales, amén de otros florales, un diminuto caseto de aperos y herramientas y una elegante palmera, algo despistada en aquellos lares. Mención especial merecía la vivienda, alzada en mitad de la hacienda, y que como se ha dicho presumía de cierto señorío. Era una construcción de dos plantas, tejado terracota a cuatro aguas, paredes vestidas de azul celeste y grandes ventanales que semejaban enormes ojos llenos de vida. Así se presentaba, poco más o menos, La Palaciana, y en sus menesteres consumía la mayor parte de sus horas Pachín Benavides, dedicado con el brío ya aludido a dejar para postal aquel regalo del cielo en la tierra. ​

Andaba un día el buen mozo enredado en la huerta, mimando las buenas hierbas, arrancando las malas y saludando a la primavera que enderezaba aquellas cebollas recién plantadas, tumbadas al tenue sol mañanero, cuando, de repente, llegó a sus oídos una música sublime, de majestuosidad nunca antes escuchada, armonía extraordinaria y lindeza inigualable. Llamado por la melodía, la siguió cual si proviniese de la flauta mágica de Hamelin y, afinando su oído, fue a parar a la puerta del despacho de don Servando. Éste acudió a la llamada, sonriéndose e incluso agradeciendo la impertinencia del joven e impetuoso jardinero, tan ansioso por conocer la procedencia de aquellas maravillas sonoras. El viejo indiano acompañó al estupefacto oyente hasta su antiguo gramófono, una espléndida vitrola comprada en La Habana a principios de siglo, y que bien mirada tenía el aspecto de un refinado gabinete, de una elegante pieza de mobiliario que guardaba dentro la sorpresa de la música. Servando Álvarez poseía también una gran discografía, adquirida en su periplo americano, que mostraba orgulloso mientras rememoraba su pertinaz insistencia en trasladarla junto con la pesada vitrola en la hora del regreso a casa, trayéndose así consigo el más delicioso recuerdo de sus años cubanos. El infortunio, que pocas veces descansa, había hecho que el aparato sufriera más de la cuenta el trajín de la travesía, estropeándose de mala manera para desconsuelo del retornado, que se veía así en sensación agridulce de patria recobrada y música perdida. No obstante, tras largo tiempo buscando pericias y recambios que arreglasen el desaguisado, por fin alguien había dado con la tecla y el gramófono volvía a hablar, revolucionando de paso a media casa y medio vecindario, que nunca tal cosa habían visto ni oído. Comentaban unos que si era cosa del diablo, otros que más bien parecía obsequio celestial, y de la última opinión parecía Pachín Benavides, ensimismado ante la perfección regalada al oído mientras escuchaba, sin saberlo, la Novena sinfonía de Beethoven. ​

—¿Sabes que la compuso siendo ya sordo? —preguntó don Servando. ​

Pachín lo miró suspicaz, hambriento de saberes pero receloso de semejante afirmación, no pudiendo comprender cómo alguien iba a escribir semejantes sones sin oírlos siquiera. Aquello tenía pinta de tomadura de pelo, de cosa imposible de ser, aunque cualquiera se atrevía a tal o cual negación rotunda estando ante un armario que hacía música. Mejor dicho, y visto lo visto, desde hoy todo podía ser.

Así siguieron charlando un buen rato, con el viejo explicando el funcionamiento del gramófono, sus ingenierías, manivelas y cachivaches, mostrando satisfecho su repertorio y platicando de Bach, Schubert, Chopin y demás prodigios, y con el joven admirando boquiabierto aquellos artilugios que parecían fabricados por mano divina. Detrás de aquellos circuitos y botones, dentro de aquellos frágiles redondeles negros, con anillos de árbol viejo que giraban a velocidad uniforme de setenta y ocho revoluciones por minuto, se adivinaban utopías nunca imaginadas, sueños acaso ya factibles, tal vez al alcance de la mano a partir de ahora. Pachín, todavía medio desconcertado, apenas acertó a decir unas palabras en tanto se rascaba la cabeza:

—Por fin se inventó un ingenio para guardar la belleza del mundo.


Pablo González (Grau [Asturias], 1985) escribe sobre tecnología, sociedad y política y ha colaborado en diversos medios digitales. Entusiasta defensor del software libre, ha asesorado al Ayuntamiento de Grau en materia de nuevas tecnologías. Fue cocreador de Moshtown, una app buscadora de conciertos para dispositivos móviles. Ingeniero técnico de telecomunicaciones por la Universidad de Oviedo y máster en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, actualmente trabaja como consultor de sistemas y seguridad en el sector tecnológico. Además, es aprendiz de músico y gaitero y toca el bajo en la mundialmente desconocida banda de punk The New Ones.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “El gramófono

  1. Que buena historia!…

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