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Antigüedad clásica, poder y extrema derecha: algunas notas

Un artículo de David Sierra sobre cómo en el siglo pasado las Clásicas fueron constitutivas de buena parte del discurso e imaginario fascista y nazi, y si observamos con perspectiva el hilo de la memoria, puede que lo vuelvan a ser en el siglo XXI. ¿Son posibles unas Clásicas diferentes y no propiedad de unas élites reaccionarias?

Antigüedad clásica, poder y extrema derecha: algunas notas

/por David Sierra/

Cuando el por entonces primer ministro griego Konstantinos Karamanlís firmó la integración de Grecia en la Comunidad Económica Europea, declaró a un corresponsal: «Nuestra entrada pone fin a un aislamiento que ha durado más de tres mil años. Si Grecia fue en tiempos conquistada por los romanos, los godos y los turcos fue porque siempre estuvimos solos». No son unas declaraciones fuera de lo común en Grecia. El Estado heleno, que no ha cumplido aún dos centurias, necesitó dotarse de una naturaleza arqueolátrica —culto y veneración a las antigüedades— para sobrevivir. La arqueología y, en general, lo antiguo, gozan de un gran potencial simbólico y performativo en la política griega del día a día: desde anunciar la salida del mecanismo de rescate de la Troika desde Ítaca a exigir el cambio de nombre del aeropuerto de Skopie —Alejandro Magno— para negociar el reconocimiento oficial del país vecino. Cuando hace dos años los griegos asistieron al renombramiento de la Antigua República Yugoslava de Macedonia como Macedonia del Norte, el ex premier heleno, Alexis Tsipras, se cuidó mucho de asegurar, vía discurso institucional, que «el país vecino no tiene nada que ver con la cultura griega antigua».

Con todo, la fructífera relación entre Antigüedad clásica y poder no se limita solamente a los Estados-nación que basan sus mitos originarios en el esplendor clásico, como Grecia o Italia —cuya unificación fue vista como un revival de la supuesta unidad política romana de Italia en regiones, pese a que Sicilia no estaba incluida—. La comunión entre ideal clásico y modernidad burguesa está presente también en buena parte de los procesos de construcción nacional acaecidos en Europa y Estados Unidos desde finales del siglo XVIII. En lugares como Alemania, la temprana prominencia de los estudios de letras clásicas tuvo mucho que ver con la identificación racial con la Grecia antigua. El centro urbano de Berlín se convirtió en una mímesis neoclásica de Atenas y Roma, hasta el punto de que todavía hoy se accede a él a través de una copia de los Propíleos de la Acrópolis, la Puerta de Branderburgo. Francia encontró en el neoclasicismo un medio para expresar los valores y símbolos de la República, así como desde Londres se adoptó a Atenea como encarnación del país. En Austria, el Parlamento nacional está directamente custodiado por Palas Atenea. Al otro lado del Atlántico, la República romana y sus contrapesos políticos tuvieron mucha influencia política en los padres fundadores a la hora de diseñar la Constitución. No en vano, tiempo después, el Memorial de la nación estadounidense tomó, sintomáticamente, cuerpo neoclásico en Washington. Siguiendo este hilo, el símbolo con el que Estados Unidos se reconoce más fácilmente aún hoy, la Estatua de la Libertad, es una actualización de la diosa romana Libertas. La tardía monumentalización, en fin, de Madrid, a finales del siglo XIX y principios del XX, con algunos precedentes en el XVIII, arrojó como resultado que la representación física de algunas de las instituciones más importantes de este país esté inspirada en la Antigüedad: el Congreso de los Diputados, la Bolsa, las cariátides del Instituto Cervantes, el Museo del Prado o el Ministerio de Agricultura, otrora de Fomento, son ejemplos remarcables de arquitectura neoclásica. Estos paisajes monumentales que pueblan nuestras ciudades son, para resumir, fieles testigos de la elección consciente de las élites por apuntalar su legitimidad mediante el mundo clásico.

Hace unas semanas tuvo cierta repercusión un vídeo del primer ministro británico, Boris Johnson, recitando los primeros versos de La Ilíada de Homero en griego antiguo.  Independientemente de la capacidad métrica o memorística de Johnson, o incluso de su cuestionable utilidad, es interesante notar cómo los estudios clásicos (Classical Studies) siguen en buena parte vinculados a las élites anglosajonas, del que Johnson es un egresado más, pero no el único: baste mencionar al editor del Financial Times, Martin Wolf, al cofundador de Adobe, Charles Geschke, o al actor Tom Hiddleston. Es un remanente de una disciplina tradicionalmente elitista y donde las lenguas clásicas formaban una parte indispensable del currículo escolar y académico de las élites económicas, políticas e intelectuales. Cuando Johnson exhibe orgulloso su conocimiento del griego clásico, realmente está expresando un pedigrí, una marca de identidad y de clase que los estudios clásicos secularmente han otorgado, desde la Edad Media, a los cuadros biempensantes de la sociedad. Es el mismo regusto que se produce al leer cómo algunos sectores de la Casa Blanca han bautizado al incipiente choque entre China y Estados Unidos como la trampa de Tucídides. Esta patrimonialización de las Clásicas en manos de unos pocos ha tenido como resultado la producción y perpetuación de una imagen del pasado clásico de cariz burgués, blanco, imperialista y nacionalista, que descansa en las supuestas glorias políticas y militares de Atenas y Roma y en los grandes hombres (blancos). En Estados Unidos esta realidad elitista y tradicionalista de las Clásicas, agudizada por los precios prohibitivos de las tasas universitarias, ha despertado incluso un sano y necesario debate en las redes.

Hoy día esta situación no se ha desvanecido o directamente desaparecido, sino que ha mutado. Los nuevos movimientos derechistas conocidos como alt-right utilizan profusamente el capital cultural de la Antigüedad clásica para proyectar sobre el presente —y el futuro— un mundo masculinizado y militarista, regido por grandes hombres y de supremacismo blanco y occidental. Lo denuncia de forma excelente Donna Zuckerberg en su libro Not all dead white men. Los códigos culturales e identitarios que primero Frank Miller, y luego Zack Snyder, proporcionaron con 300, han pasado a ser la traducción visual de este programa no escrito, presente en numerosos fotos de perfil de Twitter y foros alt-right: los musculosos espartanos, defensores de los valores occidentales y regidos política y militarmente por un hombre fuerte, frente a la tiranía persa, de sabor orientalista e incluso protoislámico. El partido neonazi griego Amanecer Dorado directamente fundamentaba su ideología, al igual que durante la dictadura de Ioannis Metaxás, en Esparta. Poco importa que se intenten denunciar estos aspectos, que se repita que esa mentalidad no existía en la época y que incluso existían facciones propersas en la mayoría de póleis griegas, que a duras penas existían ciudades en régimen de demokratía a principios del siglo V a. C. o que Esparta, entre otras muchas cosas, es una de las cunas de la poesía griega. Esos códigos han sido ya asimilados por la derecha alternativa, al igual que la utilización en redes sociales de retratos de grandes personalidades griegas y romanas por parte de colectivos conservadores. El parisino Institut Iliade, la secta neofascista Nueva Acrópolis o el círculo próximo al filósofo Gustavo Bueno en España, entre otros, han apelado en repetidas ocasiones a esos códigos visuales y de valores para reivindicar una renacida identidad europea o nacional. Y qué decir de la justificación de las relaciones de género desiguales e invisibilizadas a través de la Antigüedad, pese a que la investigación académica lleva décadas produciendo discursos más matizados y que han alumbrado nuevos consensos sobre el (esencial) papel de las mujeres en las sociedades y ciudades antiguas. Aunque todo esto no debería cogernos por sorpresa: tal y como afirma el clasicista italiano Luciano Canfora en Ideología de los estudios clásicos, en el siglo pasado las Clásicas fueron constitutivas de buena parte del discurso e imaginario fascista y nazi. Si observamos con perspectiva el hilo de la memoria, puede que lo vuelvan a ser en el siglo XXI.

Colectivos de humanistas y clasicistas críticos con estos relatos, especialmente anglosajones, han empezado a saltar a la arena del debate ideológico, con resultados ciertamente esperanzadores, desde la inestimable labor divulgativa y de masas de la clasicista británica Mary Beard —quien afirma que las Clásicas albergan un poder subversivo— a la creación de páginas clasicistas de enfoque progresista como Eidolon, Pharos (que recopila las apropiaciones de la extrema derecha de elementos clásicos), Classics and Class u Oxford Classicists of Colour, todas muy activas, por cierto, en el Classics Twitter. En España, pese a la pasividad absoluta de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC) ante este problema, también se dan las buenas noticias: el filósofo José Luis Moreno Pestaña acaba de publicar Retorno a Atenas, donde propone un debate, en clave francesa, sobre el mecanismo del sorteo y la democracia directa frente a nuestras democracias representativas. Y no podemos olvidar el gran y comprometido diálogo entre la democracia ateniense y la actualidad que la helenista vasca Ana Iriarte lleva décadas realizando.

Si se me permite, se me antoja que, desde una perspectiva comprometida y honesta con el pasado, la superlativa helenista francesa Nicole Loraux no erraba el tiro cuando clamaba que había que repolitizar la ciudad estableciendo un diálogo histórico, a través de un «anacronismo controlado», entre la actualidad y el corazón social y político del mundo clásico, la Ciudad —pólis griega y civitas romana—; pues desde ella quizás podamos pensarnos de otras maneras y vislumbrar caminos para luchar por unas Clásicas diferentes y no propiedad de unas élites reaccionarias.


David Sierra es graduado en historia y doctor en clásicas por la Universidad de Granada (con Premio Extraordinario Fin de Carrera) y máster en historia y ciencias de la antigüedad por la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en los aspectos de género de las sociedades romana y griega antiguas, así como en la construcción de la memoria cívica y pública, las relaciones entre los relatos oficiales y los marginales, ha trabajado asimismo en la recepción clásica en la Grecia actual, de lo que han resultado varias actas de congresos. Ha participado, de igual modo, en varias excavaciones arqueológicas en España y Grecia y en congresos de divulgación científica nacionales e internacionales. Por lo demás, se describe como acratilla, rojo errático, isonómico e izquierda fucsia.

1 comment on “Antigüedad clásica, poder y extrema derecha: algunas notas

  1. Yo diría que los clasicistas deberíamos mantenernos al margen del uso político que se le da al imaginario clásico. Aprovecharlo a favor de cada uno, cuando se es clasicista, resulta un tanto injusto; pero no podrá juzgarse como injusto que se haga en favor de una corriente si ya se está haciendo en favor de la otra, ¿verdad?
    https://panampost.com/editor/2017/10/27/why-classicists-should-stay-out-of-the-alt-right-propaganda-dilemma/

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