Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (11)

Nuevas páginas de los cuadernos pálidos de Tomás Sánchez Santiago, que escribe sobre la humedad de la mañana, el regreso de las lilas, la liturgia del dormir o la revigorización de algunos vocablos y expresiones tras la pandemia.

/ texto de Tomás Sánchez Santiago / fotografías de Encarna Mozas /

«Dar por sentado». Teníamos a punto esa expresión llena de gracia y solvencia, como tantas con las que nos arreglamos las entendederas. Sí, dábamos todo por sentado. Vivíamos blindados por la seguridad, los hábitos del mundo civilizado no soportaban estado ninguno de incertidumbre: pólizas de seguro para todo; garantías en las mercancías recién compradas; tickets para recuperar el dinero de compras arrepentidas; medicamentos de probada eficacia inmediata; exigencia de exactitud en las previsiones meteorológicas… Pero ahora ¿dar por sentado qué… si lo hemos puesto todo en cuestión? Nada nos calma. Y ya todo está más allá de las certezas. Hacia ese allá incierto vamos sin rechistar. Sometidos y enmascarados, hemos entregado a otras manos nuestra iniciativa. Cuando en una nueva regulación del mundo se pretenda reponer el injusto orden anterior de la vida, solo nos pueden salvar los disidentes. A ellos habrá que ir a buscar. A ellos me agarraré.

Tamizado por los visillos, el exterior se hace nebuloso. Inaprensible. Todo lo que en él sucede no cuenta con nuestro concurso y eso lo convierte en una ajenidad autónoma. Crecen por su cuenta las raíces, vuelan las semillas, se atarean los insectos. Nadie perturba a la naturaleza, que hace provecho de la tregua. En el atardecer, gatos silenciosos cruzan sin recelo las autopistas como si hubieran oído una llamada inapelable.

Exige el aforismo brevedad y agudeza. Desde hace algún tiempo parece recobrarse su vigencia entre nosotros (Valente, siempre tan tajante, dejó dicho que en el aforismo confluyen pensamiento y poesía, y si no se daba entre nosotros era porque no había ninguna de las dos cosas). A esta época del vértigo, del clic para que comparezca lo inmediato, le conviene la brevedad del aforismo, que se puede leer como un chispazo; y eso podría explicar su resurrección. Lo que no siempre se da es la agudeza o la gracia, el relámpago súbito que desmelena las capas del pensamiento previsible. Por eso, cuando aparecen aforismos de Elías Moro me voy siempre a ellos con ganas. Su última entrega (Sevilla, Ed. Apeadero de Aforistas) se titula Lo inseguro, un discurso entrecortado de fogonazos que arden y se van. Fogonazos así: «Será la poesía la que explique el mundo alguna vez. Si es que tiene explicación». «Aquella musa era tan educada que  encontraba al poeta trabajando y se iba sin decirle nada para no interrumpirle». «Lo que se escribe en el agua, en el océano permanece». «El poeta construye su casa con palabras, un frágil andamiaje sobre tablones, ligero palafito sobre las aguas a merced siempre de maremotos y seísmos, cueva ignota taponada por la nieve y las ventiscas». «La palabra es la sombra de la música, otra manera de hacer sonar las cosas del mundo». Admirable y discreto siempre Elías Moro. A él me agarro en esta hora. A lo inseguro, para encontrar firmeza.

Las rebanadas de una cebolla abierta ¿tendrán que ver con esos ríos de lágrimas que se arrastran cristal abajo por la ventana, verticales y firmes como los barrotes de una celda? Teatro de la cocina. Útero de la casa.

Pero cuánta amargura desordenada en las caras. Las mascarillas pueden mostrar las lágrimas pero no la risa. Quedan nada más los ojos a salvo. Y todos nos miramos largamente así, con desconcierto y prevención, mientras guardamos cola diaria para comprar pan. Como si fuese la mirada una prolongación del tacto, como si también pudiese intervenir en el siniestro tráfico de los contagios.

Enclavadas en sus posiciones, las fotografías nos interpelan dentro de las casas. ¿Qué queda de esto que fuiste? ¿Qué resiste en ti aún? Mirarlas tanto, una y otra vez, en estos días monográficos y domiciliarios es tomar conciencia de la sustancia temporal de la que estamos hechos. El tiempo nos roe los gestos y nos va desdibujando las facciones. Imparablemente. Pero también estas fotografías que nos salen al paso sobre muebles y en paredes nos dicen que hemos vivido, que nos iremos de esta fiesta con la tajada entre las manos de esa experiencia tanteante que fue atravesar el fuego de cada día. A eso me agarro.

Los cuerpos callados de las cosas nos aguardan ahora pacientes en las habitaciones. Las combas amorosas de los pliegues del cortinaje, la presencia mollar de una toalla quieta… Nada violenta esas sombras de azules. Los ojos se conforman con el estallido de la contemplación. Más allá de los hombres, más allá de los perros, más allá de los árboles. Esta gran compasión por las cosas. A ellas me agarro.

Abría su boca y le salían volando a la vez la sonrisa y las palabras. Sabía desprender uno por uno los estratos de la historia como si fueran capas de hojaldre fácil y nos obligaba a escuchar, allí debajo, el ruido de los hombres. Todo en él era vibración y música noble de nervios. Cuando nos hablaba de la vida, siempre nos invitaba a un vértigo. Déjanos todavía, ahora que te has ido, las brasas de tu nombre para vivir mejor esta primavera desconcertada, aunque sea agachados y en un confuso alquiler de restricciones. Juan Salvador Chico.

¿Volverá a estar la fruta esperando tranquila en los árboles a que lleguen las manos a recogerla? ¡Volverá a estar la fruta esperándonos! Alguien ha de ir a buscarla. Sin reservas, se entregará a la lengua. Al entrar en ella, retornará el crujido de la vida. A eso me agarro.

Habla bajito un vecino, con la suave pelusa de las confidencias: «Empiezo a estar cansado de la vida». Eso dice arrastrando mucho la bufanda de la voz. Y en mi cabeza aparecen sus palabras hiladas de otro modo:

Se me viene encima la vejez
con sus avisos
turbios

El cansancio, la dejadez, la debilidad, el miedo… ¡oh, los pequeños formatos de la muerte!

Liturgia de ir a dormir. ¿Y todavía más barrotes en la cama? También es un confinamiento el sueño. Pero sus troneras nos conducen a un territorio de libertad. A él nos entregamos igualmente sin rechistar para que, si es posible, nos saque a la fuerza hasta otras afueras locas y luminosas, a esas orillas desmadejadas. A ellas me agarro.

Como cada año en abril, lilas en casa. Está el ventanal abierto y tiembla en el florero el hojaldre espumoso, a punto de desenhebrarse de los tallos. Y así sucederá en breve. Dos, tres días y todo terminará entre rendida cascarilla morada. Pero, mientras, aquí están con su luz indecisa estas lilas, subrayando con su fragilidad el compás de estos días coagulados. Alegre, a ellas me agarro con toda el alma.

La palabra virus —uno de esos «vocablos con aspecto inofensivo/ con un puñal pequeño entre las manos», según decía aquel poema de Fonollosa— ha vuelto a recuperar el verdadero señorío siniestro de su nombre. Lo habíamos hecho mutar de su ámbito natural al mundo informático: «No te he podido escribir porque tengo un virus», decíamos. Y ya sabíamos de qué se trataba. Eran nuestros ordenadores los que tenían virus; o bien una noticia se hacía de pronto viral… Pero ahora la palabra virus, tan pequeña como si aún gastase calcetines largos, vuelve a asentarse donde estuvo al principio: en el reino de lo maligno. A veces tienen que suceder estas cosas para que los nombres vuelvan a acudir al territorio que los arrogantes les habían usurpado. Es que con los nombres no se juega.

Echo en falta las voces de los niños y los ademanes de los viejos. No se les oye; no se les ve. O es que se han convertido en pájaros.

Aquel disco de Bill Douglas vuelve a sonar. Memoria esponjosa, atravesada por el bisturí de los años. Suena la canción sobre aquel poema de Yeats en esa voz deshilachada de dulzura. Y por debajo emerge otra voz. A ella me agarro. Coseye Jomas.

Nadie recoge las cosechas pendientes en los campos. Por fin se sabe que los inmigrantes, aun ilegales, son necesarios, más necesarios que cargos políticos de relleno y directivos de empresa sin más alcance que poner su nombre en papeles incomprensibles. Así que ahora se impone hacer la vista gorda y permitir que hombres y mujeres colados de matute en el país trabajen sin objeción alguna y a las claras para que nuestras mesas no se resientan. Pero ¡atención!: nada de regularizar su situación. Deben seguir sin papeles. Hay que garantizar que cuando acabe esta pesadilla se les pueda volver a humillar, a maltratar, a explotar, a amenazar con la expulsión. Volverá un día el orden al mundo y se tratará de reponer eso: la brusca evidencia de la exclusión.

Entra en casa la humedad de la mañana. Alegría de recibir algo de afuera, ahora que el afuera está tan lejos. Contemplo el tejido veloz de la lluvia cayendo con su libertad sobre los exteriores vacíos. A su baile me agarro. Cuando se detiene el corazón para ver llover, ¿a quién se convoca? ¿A algo propio, para que salga de nosotros y se lave bajo la lluvia, o a algo desconocido que necesita encontrar aliento y suavidad? Me lo pregunto siempre.

DISCRETA

Oki

Llora sin avidez:

ha buscado en sigilo
las afueras del mundo

y llora allí quieta
de ese modo en que se quedan paradas
las criaturas sorprendidas.

Y no,
no enseña su herida. Nadie
la roza.
              Nadie
la pesa de cerca.
                          No suena
esa herida. No quema a nadie
más,
solo hace nido y escombros
en sus ojos…

Sobre la mesa
el orden de las cosas se desploma
bajo manteles turbios.

Pero ella termina de comer, dobla
las molestias, las guarda
con cuidado donde no llega
el estrépito del dolor.

Llora llena de calma
                                                                                   y basta.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

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