Diarios de cuarentena

Notas de Jordi Doce para una cuarentena (34, 35 y 36)

Nuevas páginas del diario de cuarentena de Jordi Doce, que escribe sobre la siega de la hierba delante de su casa, lo cierta que se ha vuelto aquella frase de Hartley sobre el pasado como un país extranjero o lo que la película 'Pájaros', de Hitchcock, nos enseña sobre nuestra reacción ante el coronavirus.

Sábado, 2 de mayo. El sistema de franjas horarias es una manera como cualquier otra de simplificar la complejidad social, de clasificarnos y hacer que cada cual vaya por su carril: niños, ancianos, deportistas, personas dependientes, adultos que viven bajo un mismo techo… todos con nuestro horario asignado y nuestras normas concretas. Algo así como los pasajeros que se cruzan en las cintas mecánicas de los aeropuertos. Pero esta primera mañana lo más difícil ha sido, justamente, caminar en línea recta. Íbamos todos en zigzag, manteniendo la distancia de seguridad y oteando el horizonte inmediato para evitar el más mínimo roce (tuve incluso que pararme un par de veces para dejar que el tramo de calle que tenía delante se despejara). El resultado fue una coreografía indecisa, atomizada, que más parecía un baile de abejas que el desfile de hormigas habitual. No cambiaba tanto de acera desde que tenía catorce años y los quinquis patrullaban el barrio.

Escribo la palabra desescalar en un mensaje de correo y el corrector del programa me la sustituye automáticamente por desencallar. Está bien. Y se agradece el cambio de metáfora, quizá engañosa, pero menos esforzada y peligrosa que la del neologismo oficial. Ahora solo falta que suba la marea.

Tarde de teléfono, de puestas al día y boletines cotillas. Como si antes del chupinazo (así lo llama un amigo en un mensaje) quisiéramos dejar la casa de la amistad en orden. Nos contamos las novedades y casi no nos damos cuenta de que lo extraño es eso: tener algo nuevo que contar. Hoy, encima, luce un día espléndido, y ya se sabe (Canetti) que al sol todo son buenos propósitos.

TCM ha programado un especial Hitchcock para conmemorar el 40.º aniversario de su muerte y casi no hay día en que hayamos faltado a la cita (aunque no siempre cuando la cadena quiere): el martes, Vértigo; el miércoles, Los pájaros; ayer viernes, Psicosis. Son películas que me sé prácticamente de memoria, pero no me canso de ellas. Y luego está el gusto de ver a Paula descubrirlas por primera vez (compruebo con intriga que todo lo que ha visto de cine francés o italiano clásico parece haber desterrado al espacio exterior la edad dorada de Hollywood). Acabo de leer un artículo de Carlos Boyero en el que viene a decir que la mejor representación visual de estos días es la escena final de Los pájaros, esa en la que «la familia […] abandona la casa donde ha sido acorralada por los pájaros. Ocurre al amanecer, sus pasos casi van a cámara lenta y las aves asesinas milagrosamente se limitan a observarles y les dejan pasar». Es muy posible. Pero yo me quedaría con otra, mucho menos efectista pero igual de aterradora. Es la escena de la cafetería que sigue a la salida de los niños de la escuela, cuando corren camino abajo perseguidos y hostigados por los cuervos. Es una escena teatral, si se quiere, en la que la cámara va siguiendo el movimiento de los personajes mientras hablan y dan su opinión. Y es turbadora porque nosotros, los espectadores, acabamos de ver el ataque feroz de los cuervos, no tenemos dudas, y, sin embargo, en el diner del pueblo muchos clientes siguen sin creerse lo ocurrido. Hay incluso quien niega la mayor: una anciana robusta con aire de sufragista que descarta rotundamente que las aves sean capaces de organizarse y atacar al ser humano. Ya puede Tippi Hedren insistir que es ignorada o, peor, tratada como una intrusa. La escena dura unos minutos y el escepticismo de los lugareños nos exaspera porque sabemos lo que ha pasado. Y sabemos también que algo va a pasar, y muy pronto. Es ahí, en ese breve paréntesis dramático, donde quedan expuestos los mecanismos del autoengaño social, el impulso cobarde con que buscamos seguridad o alivio en las palabras de los demás, lo difícil que nos resulta ponernos en lo peor. Ese negacionismo congénito de la especie. Y Hitchcock lo revela con un humor torcido que no se hace muchas ilusiones sobre nada, y mucho menos sobre nuestra capacidad para entender o hallar soluciones. Salvo los protagonistas, la mayor parte de los personajes bordea la estupidez, en especial el sheriff, que es un perfecto inútil. Así que los pájaros de la película dan miedo, desde luego. Pero no mucho más que la fauna humana de Bodega Bay.

Lunes, 4 de mayo. Estábamos en el salón, jugando al Scrabble con las ventanas entornadas. Eran ya casi las nueve de la noche del sábado, pero seguíamos oyendo voces en la calle. Alguien se había detenido a altura del balcón y estaba hablando con nuestros vecinos del segundo B. Poniéndose al día, cortesía del calor y de las autoridades. Asombro de oír esas voces, como si rasgaran una membrana que no sabíamos ahí y que de pronto dejaba pasar el mundo. Sobresalto también, porque oírlas —me di cuenta luego— era como estar oyendo el pasado.

Noche difícil. Tardo una eternidad en dormirme y nunca tengo la sensación de llegar del todo al sueño. Es el calor, sin duda. La primera noche de bochorno de este veranillo anticipado. No hay forma de encontrar la postura y doy vueltas igual que hace semanas, cuando la extrañeza de la reclusión se colaba en los dormitorios. Un regreso a los viejos tiempos, sí. Pero con la diferencia de que esta vez conozco el motivo de mi insomnio y eso, al menos, me tranquiliza un poco.

Me dice José Luis que nos cortan el agua. Ha reventado una tubería en las oficinas del primero y el agua cae a chorros en los sótanos y el baño del garaje. Como si lo viera. Cuando las cosas se dan permiso a sí mismas para descomponerse, es que viajamos definitivamente hacia la normalidad.

Es evidente que estas notas ya no son ni pueden ser estrictamente de encierro. Dentro de una semana exacta entraremos en otra fase que se parecerá bastante a la que dejamos atrás el 13 de marzo, y este cuaderno habrá perdido su razón de ser. Tengo la sensación de que la pierde a marchas forzadas, como si estos días fueran el reflejo especular de aquella semana vertiginosa que precedió a la declaración del estado de alarma. Esta mañana la calle había vuelto a sus ruidos habituales: el tráfico (que ahora, eso sí, parece haber amainado un poco), la cortacésped de los jardineros, los martillos neumáticos de la obra de Bailén y, de vez en cuando, para que no haya olvido, la sirena racheada de una ambulancia. Más un trajín de peatones que suben y bajan las escaleras buscando el amparo del parque. Se van a llevar una decepción, porque el alcalde ha decidido cerrar hasta las zonas verdes que habían estado abiertas durante la cuarentena. Una medida difícil de entender, pero que hoy merecía la firma vigilante de una patrulla a caballo. En fin. Es la única disonancia en un tiempo que está impaciente por quitarse las telarañas. El sol no termina de abrirse paso, pero si lo hace no creo que la vecina del entresuelo se sienta con humor para sacar la esterilla al patio y hacer yoga.

Todo este tiempo nuestra imagen de ciencia-ficción era la ciudad vacía, las calles desiertas, la ausencia casi total de ruidos y gente. Pero ayer descubrí que mi imagen de novela fantástica podía ser otra. Paula y yo salimos por primera vez de paseo en horario de tarde (el sábado renunciamos a nuestro privilegio: ya había tenido mis breves salidas diarias con la perra y pensé que era mejor que otros disfrutaran de su turno). En vez de tirar por el parque, tomamos la dirección opuesta, hacia la Plaza de Oriente. Y ya en los alrededores del Senado y la calle de la Encarnación nos asaltó la visión turbadora de paseantes que vagábamos como pasmarotes por las calles de la ciudad. No había ningún sitio al que ir. Se trataba sencillamente de dar vueltas y reconocer una a una las calles, nuestras calles. Todos con el mismo empeño. No había turistas. No había terrazas ni cafeterías en las que tomar algo. No había tampoco tiendas abiertas, gestiones, recados, algo que justificara caminar de X a Y. Solo una multitud que deambulaba con aire levemente sonámbulo. Parecíamos una versión castiza de esas escenas de tinte épico donde los supervivientes salen de sus refugios subterráneos después del desastre. Las siete semanas de estabulación habían tenido su efecto y nos movíamos por la ciudad con el desorden despistado de un rebaño de ovejas. Exagero, sin duda, pero solo un poco, lo suficiente para entender el malestar que acabamos sintiendo; un malestar al que contribuyó también la sensación de promiscuidad, esa indiferencia de muchos a mantener la distancia. La culpa fue nuestra, por acercarnos al centro, pero no creo que fuera muy distinto en otros barrios. Y tampoco podíamos quejarnos: al fin y al cabo, hemos tenido el alivio de sacar a Layla todos los días. Paula, que había insistido tanto en salir, no podía ocultar su confusión. ¿Todo para esto? Creo que los dos sentimos que esta nueva normalidad (fea expresión) pinta muy poco normal, al menos de momento.

Han segado la hierba delante de casa. A la humedad y la sobrecarga de polen se le añade ahora la tierra seca que asoma entre las briznas recién cortadas, sin recoger. No quedan siquiera las cuatro amapolas rojas que habían brotado junto a la acera y daban un poco de color. Está el aire denso, enrarecido. Qué ganas tienen algunos de adelantar el verano.

«El pasado es un país extranjero. Allí las cosas se hacen de otra manera». Esta frase tan sobada de L. P. Hartley siempre me pareció algo efectista y retórica, pero ahora la leo con respeto, casi como una premonición. Porque así se me aparece el arranque de marzo, hace dos meses: más que extranjero, un país exótico, de otro continente.

Martes, 5 de mayo. A esto se dedica la policía nacional una tarde de diario a las siete menos veinte: un coche patrulla escoltado por un agente se dedica a barrer las zonas del parque que estaban abiertas hasta hace cuatro días. El coche avanza dando luces detrás de una madre con tres niños pequeños, que es todo el gentío que ha encontrado a su paso. A los paseadores de perros, que vemos la escena desde la banda, como quien dice, nos regalan también una bonita sesión de megafonía.

Algo bueno tenía que traer el calor. Ayer descubrí que este verano podremos llevar mascarilla sin que las gafas se empañen.

Para los que nunca hemos estado cerca del mundo, estas siete semanas de encierro no han sido tan difíciles. Salvando la conciencia del dolor ambiente y el miedo por el futuro —que es mucho salvar—, estas semanas de alejamiento y reclusión han sido también una forma de tomar aliento y quitarse agobios. También de hacer inventario. Me gusta el neologismo de mi amigo José María Castrillón: cuarentesma. Algo de eso ha habido (mientras se asuma, claro, que todo lo debemos al esfuerzo de trabajadores que han tirado del carro en condiciones adversas y hasta dañinas para ellos, y ahí siguen). El mundo estaba lejos, retirado, o lo bastante al menos para no ahogarse, y en el espacio abierto por esa retracción se ha colado otra imagen posible de nuestra vida. Esa lejanía es lo que muchos de nosotros solíamos entender por distancia social, pero la diferencia es que esta vez se ha dado a la fuerza, por imperativo legal. Reconozco mi buena suerte: el encierro me ha sorprendido con una hija mayor de edad y en una casa espaciosa, que nos permite cuidar la intimidad de cada cual (más de una vez he pensado con alarma qué habría sido de mí en aquel pisito de 35 metros cuadrados en el que vivía cuando Paula tenía diez años). Pero no voy a negar que hay aspectos de esta cuarentena que me han atraído. No puedo ser el único para quien el mundo de ahí fuera, y más en nuestro país, siempre tan ruidoso y enfático, puede ser una presencia cargante; abrumadora, incluso. Leo ahora que muchos escritores se han visto incapaces de concentrarse y seguir adelante con sus trabajos. Yo, en cambio, que nunca he tenido facilidad y soy todo menos prolífico, sentí desde un inicio que las palabras venían sin trabas, que me ayudaban. El parón ha hecho que las aguas del mundo se retiren y pueda escribir en la arena mojada. Veremos, eso sí, cuando suba la marea.

En punto a mascarillas, como diría Gil de Biedma, la cosa no está clara (al menos en mi barrio): sesentones empoderados y de buen tono que deben de sentirse inmunes y van casi a cuerpo gentil; ancianas enjutas que tampoco llevan mascarilla, quiero pensar que por un prurito libertario; corredores que agitan la cabeza sin complejos, a gusto con sus feromonas; padres despreocupados y jóvenes de barba poblada que no ven oportuno cubrirse; dos agentes que salen de una panadería con su mejor sonrisa. También se da alguna paradoja, como la de ese transportista robusto, él sí bien embozado, que iba enseñando el culo cada vez que se agachaba. Una cosa por otra, supongo. E la nave va. O, como dice el clásico, «la vida sigue igual».


Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, crítico y traductor. Sus libros más recientes son La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana (Saltadera, 2019) y la antología En la rueda de las apariciones: poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020). Coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

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