Narrativa

Más allá de la inteligencia conocida

Eduardo García Fernández comenta 'Solaris', la gran novela de Stanislaw Lem.

/ por Eduardo García Fernández /

A pesar de que no me considero un lector de ciencia ficción, he encontrado en Solaris muchos aspectos que la entroncan con, o son afines a, aquella literatura que no entiende de géneros (no en vano se hicieron dos versiones cinematográficas de ella, la de Andréi Tarkovski en 1973 y la de Steven Soderbergh de 2002), y que la emparentan  con lo que estimo es la auténtica literatura; la que aborda los problemas humanos desde nuestra condición más humana. Aunque  nos internamos en el cosmos preparados para todo, es decir, para la soledad, la lucha, la fatiga y la muerte, la vida en la tierra y fuera de la misma es igual, en tanto en cuanto lo que cambia es el entorno o contexto, como en este caso el del planeta con dos soles llamado Solaris, así como el tiempo, un futuro que no se llega a precisar.

Así Christiane Zschnirt, la autora de: Libros: todo lo que hay que leer (Taurus, 2004) llega a afirmar que «esta novela tiene tanto que ver con la ciencia-ficción como el capitán Kirk con Mefistófeles». A modo de pequeña síntesis avanzaré de qué trata la novela. Solaris es un planeta cubierto por un inmenso océano gelatinoso; un mar semejante a un gigantesco cerebro, a modo de inteligencia no humana. Los científicos terrestres están intentando desde hace tiempo, décadas, analizar a qué se enfrentan. En un momento dado, envían al psicólogo Kris Kelvin (protagonista principal) a la estación espacial para averiguar si tiene sentido continuar el proyecto de investigación. No pretendo desvelar más sobre los entresijos de la novela: sólo que el protagonista, a pesar de estudiar a fondo la montaña de documentos que se han ido acumulando con las décadas de exploración, se muestra incapaz para entender o averiguar algo sobre el misterioso océano Solaris.

Stanisław Lem (1921-2006)

El suspense que sustenta la narración permite al autor hablar de cuestiones como la soledad, que a veces busca el protagonista para poder ordenar sus ideas sobre lo que le acontece (una soledad que a mi me remitió a la que también sufre el personaje de la película de S. Kubrick en 2001 en Una odisea en el espacio; esa soledad cósmica). Evidentemente, el hecho de que sea enviado un científico (psicólogo)  a desvelar lo que realmente ocurre en la estación lo enriquece, ya que aquí se plantean cuestiones como las alucinaciones, lo que es real o no, lo que verdaderamente existe e incluso la locura, como cuando Kelvin dice: «Un cambio inesperado se operó en mi, el pensamiento de que me había vuelto loco me devolvió la calma». Se cita a Don Quijote en la página 55 (de la edición que manejé, la de Minotauro), y aunque no sea más que de pasada, es cuanto menos significativo, puesto que Kelvin tiene algo de Don Quijote, aunque evidentemente La Mancha no sea Solaris. Pero, sobre todo, lo que más prevalece es la pasión o emoción por descubrir la verdad, aunque en ciertos momentos fuera incomprensible, citando a Beethoven: «Hacer todo el bien posible, amar la libertad sobre todas las cosas y aún cuando fuera por un trono, nunca traicionar a la verdad».

Se plantea cuáles son los límites del conocimiento científico humano; cómo al enfrentarnos con otra inteligencia no humana no somos capaces de superar las barreras del antropocentrismo; algo así como lo que en su día le sucedió a Sir William Hamilton,un inglés ilustrado del siglo XVIII, que pretendía en sus viajes a Nápoles ordenar el mundo, dominarlo, aspiración última de los viajeros occidentales en sus periplos por los nuevos mundos. Algo similar sucede a los que van a Solaris. Así, se dice: «Nadie podría pensar sino con su propio cerebro, nadie podría verse desde el exterior y verificar el adecuado funcionamiento de los procesos internos». Y al  hablar de procesos internos es inevitable que emerja la memoria, pero aquí lo curioso es que no se aprende nada acerca del océano, pero sí se aprende acerca de nosotros, ya que a los investigadores se les aparecen espectros de su pasado, y deben ser capaces de enfrentarse a ellos; a esas personas que formaron en algún momento de sus vidas parte de ellos y que son significativas e importantes o más bien lo fueron, aunque ahora solo sean recuerdos. Están muertas, pero a la vez cobran vida, y este enfrentamiento con el pasado que, a la vez, pudo haber sido de otra forma provoca en Kelvin todo un planteamiento de querer salvar a su amada.

Esta lucha por salvar a lo que más quiere le llevará a los límites del miedo, pero acudiendo a algo enteramente humano, el coraje: «Recordé cuánto me había asustado la víspera, la mirada vacía de la noche; mi miedo me hizo sonreír… Respiré hondo, saboreando la oscuridad. Estaba vacío, liberado de todo pensamiento». Más adelante señala Kelvin: «Pero ya nada me asombraba, ni siquiera mi propia indiferencia. Había traspuesto las fronteras del miedo y la desesperación. Había llegado muy lejos. Nadie jamás había llegado tan lejos».

Lo que en un principio podría parecer un viaje exterior hacia la comprensión de una inteligencia como la del mar Solaris llevará al viaje interior, y es aquí donde reside gran parte del encanto y misterio del planteamiento de la novela; esa idea original de lo que se da en llamar proyecciones cerebrales materializadas, es decir, cómo la propia materialización de nuestros recuerdos provoca en el lector la verdadera comprensión del funcionamiento de la memoria, no como un compartimento estanco, a modo de memoria a corto y largo plazo, sino como una tupida y extensa red que está engarzada en todos nuestros aprendizajes y experiencias a modo de la búsqueda del tiempo perdido de Proust, y que conforma nuestra biografía.

La descripción que el autor realiza de la biblioteca me resulta notable: «Situada en el centro mismo de la estación, la biblioteca no tenía ventana, era el sitio más aislado en el gran caparazón de acero, y yo me sentía relajado, pese al fracaso manifiesto de mis búsquedas». Aun cuando estamos en un futuro y esto resulta cuando menos curioso, la biblioteca sigue estando presente en un sentido tradicional como ese lugar de refugio y aislamiento pese a las decepciones y fracasos del personaje. Es uno de los lugares de reposo y reflexión del guerrero.

Existen ciertas semejanzas o concomitancias que es necesario señalar, ya que el océano de Solaris guarda ciertas semejanzas con los océanos de la tierra; esas enormes extensiones de mar que influyen con sus múltiples corrientes en el clima, según nos dicen los oceanógrafos, y de cuyos fondos abisales desconocemos mucho, según parece. Incluso es inevitable traer a colación la antigua hipótesis Gaia de Lovelock (creo recordar que de los años setenta, aproximadamente) sobre la Tierra entendida en su conjunto como un todo; como un organismo dotado de vida en toda su extensión, a semejanza de Solaris.

Una nueva comparación de la inteligencia humana con la de Solaris lleva al autor a decir: «La mente humana no puede absorber sino pocas cosas a la vez; vemos sólo lo que ocurre ante nosotros, aquí y ahora, no podemos concebir simultáneamente una sucesión de procesos, ni siquiera procesos concurrentes o complementarios». Sin embargo, somos capaces de captar el valor de un instante. Como diría Luis Landero, «la advertencia de que todo instante vivido es perdurable si se pone fe en el».

A lo largo del libro se emplean términos científicos y técnicos. Sin embargo me ha llamado poderosamente la atención que en la fecha del libro (1961) se emplee el término ordenador cuántico, algo que se conseguirá según los expertos en un plazo de tiempo no muy largo. Es ese hablar de determinados avances de la ciencia que más tarde se llegarán a conseguir algo parecido al Viaje a la Luna de Julio Verne. Y ya que vamos estableciendo ciertas semejanzas o similitudes, quisiera señalar la que existe entre el personaje principal Kelvin y el científico y dos veces premio Nobel de física Richard Philips Feynman en su permanente búsqueda de la verdad y la belleza (en esas maravillosas y poéticas descripciones que el personaje realiza del océano). Feynman, como amante de la verdad, así como Kelvin, establece un proceso lleno de imaginación y creatividad para descubrir cómo funciona supuestamente el océano, pero seguido en todo momento por una honradez intelectual y ética que proporcionan las herramientas del pensamiento crítico y de la revisión constante y racional de los sistemas de creencias propios y ajenos.

Tengamos en cuenta las múltiples lecturas y el repaso de las mismas que realiza Kelvin de toda la historia del descubrimiento de Solaris, con hipótesis lanzadas desde el inicio del estudio del planeta hasta el momento presente en el cual él se halla inmerso. En las aportaciones de Kelvin, así como las de Feynman en la física, predominan más la agudeza de sus observaciones y su intuición que las deducciones para interpretar los procesos físicos del planeta. Matar o destruir aquello que no comprendemos, como se plantea a modo de solución con el enigma de Solaris, puede ser comparado con lo que actualmente se realiza con los océanos aquí en la tierra, con la selva amazónica o con el deterioro en general del medio ambiente.

La cadena de contingencias a las que se ve sometido Kelvin le lleva a ciertas reflexiones, una de las cuáles bien merece la pena ser citada: «desde anoche he vivido horas que valen años. Años que no se olvidan»; «donde no hay hombres no hay motivos humanos». Es como si lo auténticamente humano (y Kelvin es descrito como humano demasiado humano, que diría Nietzsche) se enfrentara ante lo desconocido y para ello debiera, llegado a un determinado momento de los acontecimientos, decidir que «si deseamos continuar investigando tenemos que destruir nuestros propios pensamientos». Es aquí donde nuevamente vuelvo a ver ciertas similitudes con el físico Feynman, que clasificaba a los científicos en babilónicos o griegos a la hora de hacer ciencia. Kelvin es babilónico, ya que en su forma de ir descubriendo la verdad prima su libertad de imaginación y su instinto o intuición de los fenómenos físicos del océano misterioso.

Remontándonos a las múltiples reflexiones filosóficas que abundan a lo largo de la novela acerca de nuestra condición, humana escogería una que a mi modo de ver resume el núcleo central: «El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizacione, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas; sin haber penetrado en el misterio de las puertas que él mismo ha condenado».

La valentía y decisión con la que está trazado el protagonista le lleva a escoger caminos por donde sabe que no hay retorno posible, algo que también (puestos a buscar similitudes) ocurre en la Tierra. Aunque cambie el escenario, el atrezo, sea este Solaris o la Tierra, al final el hombre debe decidir el camino. «Toda generación de hombres cuentan con un número aproximadamente constante de hombres inteligentes y decididos, y que se distinguen solo porque toman caminos diferentes».

 Solaris es un eterno desafío que vive y actúa a través de Kelvin, buscando la revelación que explique el sentido del destino del hombre. Aquí es a resaltar un capítulo dedicado al sueño, situación propicia para que el océano acceda a estados de conciencia alterados de la tripulación de la estación, como si aquí el hombre tuviera la guardia baja o estuviera indefenso y Solaris se aprovechara para filtrarse en el cerebro a modo de una vampirización. Sobre todo, se busca encontrar una voluntad o finalidad de ese inmenso océano, ya que trasladar patrones humanos al océano no había servido.

El cierre de la narración recuerda al recurso narrativo de dejar un final con una interpretación abierta, puesto que el misterioso planeta está interesado en el Hombre y sobre todo en el protagonista, quien a partir de cierto momento de la novela vivirá de la esperanza después de haber pasado a modo de Dante por múltiples y variadas pruebas.


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.

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