Gastronomía

Alimentación naturista: ¿confluencia? de antítesis

Francisco Abad escribe sobre algunos paralelismos entre el naturismo anarquista y el nazi.

/ por Francisco Abad Alegría /

Un año extraño, repleto de virus esquivos y legislaciones inexplicables en tal contexto, da para dormir mucho como modo de evasión, útil exclusivamente para conjurar la autoagresión como forma practicable de revancha, y en los intervalos de vigilia, para pensar en cosas disparatadas o al menos chocantes. En el segundo caso me asaltó la cogitación sobre la confluencia de praxis básicamente alimentaria —aunque no exclusiva— naturista en dos sistemas políticamente antitéticos (aunque hay mentes por ahí que no asumen tal oposición en la práctica): el nacionalsocialismo alemán y el sociolibertarismo español.

La maraña de referencias que se pueden encontrar sobre estos temas, con profusión de notas cruzadas, plagios desmesurados y falsificaciones históricas interesadas, me aconseja centrar la sucinta exposición sobre la base de algunas pocas referencias, sin constituir un aparato crítico académico convencional y utilizando meramente algunas citas que a alguna otra alma le sirvan de solaz en el actual piélago de hostilidad hacia cualquier forma de cultura.[1]

El pensamiento naturista

Son bases del naturismo la adhesión a la existencia de un orden natural del que todos formamos parte, la urgencia por retornar a tal orden eliminando todo género de artificialismo y la fe en que ello conducirá al perfeccionamiento progresivo de las personas, distintas entre sí pero integradas en un orden no únicamente social sino ampliamente natural, espontáneo (¡!).

Recuerda mucho esto a las teorías, que la historia se ha encargado de corregir, en general a sangre, fuego y dominio de todo tipo, del buen salvaje y la candidez, que prepararon una Revolución francesa que progresó, como suele ocurrir casi siempre, pisoteando los principios igualitaristas y universalistas, del mismo modo que en los siglos IV-III a.C. el rey Asoka impuso en la India el budismo de paz y compasión por todas las criaturas a sangre y fuego y con legislaciones coercitivas y violentas.

La existencia de un orden natural es la idea fundamental del naturismo; un orden en equilibrio que se perpetúa a sí mismo y que tiene como principal elemento la equidad. El falso progreso nos aparta de tal orden mediante una ficción, el artificialismo, causa de todos los odios, guerras o epidemias, según los naturistas. Estos olvidan los agentes infecciosos incontrolables, las grandes afecciones telúricas y climatológicas y la inevitable competencia por la supervivencia de los seres vivos, incluidos los humanos. El conjunto de leyes naturales que constituyen el orden natural serían las mismas para la naturaleza, la sociedad y la humanidad. De ahí nacería la necesidad del retorno del humano hacia el orden pretendidamente natural, cuya armonía restablecida sería un reflujo de la vida. Hay una sola cosa más estúpida que la ignorancia simple y es la ignorancia dogmatizante que se enfrenta a la evidencia.

Para alcanzar tal retorno son necesarios caminos de regeneración: la alimentación natural (somos lo que comemos), la abolición de estructuras sociales opresivas (las jerarquías, habitualmente impuestas, están presentes hasta en seres tan poco evolucionados como la mayoría de los insectos) y la desnudez física que conduce a la psicológica (fuente de diferencias personales escandalosas y biológicamente impuestas: ¿qué haríamos algunos en Sitges o Ibiza, aparte de provocar risa o repulsión?).

La tendencia vegetariana en el naturismo aparenta respetar la comunidad del humano con el resto de seres animales, pero yerra en un detalle elemental hasta para un estudiante de ESO actual: ¿acaso los vegetales no son seres vivos? Porque lo son, adaptables, sensibles al medio y al tiempo constituyentes de comunidades, si no móviles, agrupadas al medio, e interconectadas, como la reproducción sexuadamente diferenciada de nuestros queridos pistachos, por ejemplo.

La abolición de las estructuras sociales y jerárquicas es pura idiotez. Ni el mismo Rousseau podría mantener tal tesis, sencillamente porque su posición social privilegiada y abusiva fue lo que le permitió escribir majaderías como El contrato social, imposibles para un ciudadano no parasitario como él, por ejemplo. Respecto a la desnudez, parece que aparte de las imposiciones climatológicas, la ocultación del cuerpo liberaría de las obsesiones sexuales y evitaría el contacto directo con los elementos naturales (sol, viento, agua, atmósfera) impidiendo la belleza natural. Los esquimales están muy equivocados, los provectos decadentes erramos y los poco agraciados por la naturaleza con sus dones celestes estamos en un lamentable error. La majadería de que el vestido ausente sirve básicamente para favorecer el igualitarismo social y psicológico solo es cierta en contados casos. Dice Confucio en la recopilación del Lun-Yu que «mandar es mirar con superioridad, sentarse en lugar distinguido y vestir elegantemente», omitiendo, supongo que con toda intención, la capacidad de dirigir u ordenar la sociedad. El culmen del naturismo es el libertario, anarquista, cuyo apóstol destacado es Eliseo Reclús (siglo XIX).

Naturismo nacionalsocialista alemán

Realmente engendrado por el Tratado de Versalles que aplastó el soberanismo alemán de la Gran Guerra en 1919, es fruto tanto de la expansión leninista de Rusia, también favorecida por Alemania, la depresión económica consecuente y la inhibición cómplice de Daladier y Chamberlain. El partido nazi surge de pensadores previos a Hitler, que en una cervecería bávara se rebela contra las pulsiones secesionistas locales y al tiempo se muestra como un orador fogoso y convincente que lleva a muchos de los circunstantes a engrosar un partido naciente y escuálido, inicialmente aplastado en la revuelta anticomunista y nacionalista del Putsch muniqués de 1929 y luego triunfante, tras un gobierno inicial de coalición y un segundo hegemónico, definitivo (¡vaya que lo fue!). Aparte las insufribles reflexiones de Mein Kampf de Hitler —encarcelado como consecuencia de la revuelta—, que requieren paciencia benedictina para ser leídas, ya existía un movimiento germanófilo estricto y regeneracionista de pensadores más o menos ilustrados, que dieron respaldo al orador de palabra encendida y bigotillo recortado para que cupiera en la máscara antigás bélica, que conservó hasta el fin. En el campo de la alimentación, además de otros predecesores, destacó el médico Werner Kollath, que abogaba por una alimentación natural y germánica sintetizada en tres pretendidos efectos: favorecer una alimentación auténticamente germánica, mantener en óptimos niveles la salud del pueblo y no depender en su abasto de potencias extranjeras. Luego vino lo del Plan Marshall, pero eso ya es otra historia.

Hitler representado como gran protector de la Nueva Alemania (poderosa jamona que probablemente sería capaz de autoprotegerse eficazmente…) con las consignas de «Un Pueblo, una Patria, un Jefe» y «Exterminemos el cáncer parásito de los judíos de nuestra gran patria»

A diferencia del naturismo alimentario libertario, el énfasis nazi se ponía en la producción de alimentos tradicionales y de origen local y de ningún modo rechazaba los productos de origen animal. Sin embargo, hacía hincapié en una clara preferencia vegetariana, en parte por motivos económicos (es más barata la producción masiva de alimentos vegetales) y en parte sanitarios. El propio Hitler era vegetariano e incluso tenía un pequeño equipo de mujeres de probada fidelidad que le hacían la salva de los alimentos que se habían preparado para el Führer, como si de un magnate medieval se tratase. Desde luego, la carne preferida era el cerdo, por los mismos motivos que en la China tradicional: se cría rápidamente, es omnívoro y acepta elementos que para el humano serían desperdicios, se aprovecha casi en su integridad y además está prohibido entre los judíos, lo que genera un empobrecimiento adicional de la ingesta proteica de la odiada etnia.

Una obsesión de los teóricos del nazismo era que el pueblo estuviera adecuadamente nutrido, ya que la escasez y el hambre, como se había demostrado prácticamente en el periodo del Segundo Reich, es semillero de revueltas, desórdenes sociales y mal rendimiento laboral, terreno abonado para el crecimiento del segundo gran enemigo del nazismo: el bolchevismo. Además, el nazismo insistía en la alimentación sencilla y sana preferentemente hecha y consumida en los hogares, lo que mantenía vivas las tradiciones arias más arraigadas, reforzaba la jerarquización social y al tiempo era fuente nada desdeñable de información sobre los criterios sociopolíticos parentales, cuidadosamente informados a las autoridades en caso de desviacionismo por los vástagos, de las Hitlerjugend universalmente implantadas, como las juventudes comunistas rusas de las que el nazismo tanto aprendió. A la adecuada alimentación del pueblo se unía una auténtica obsesión por el mantenimiento de la limpieza personal y general y la denodada lucha contra todo tipo de contaminación del medio ambiente. El deterioro ambiental contribuiría poderosamente, junto a la alimentación deficiente, al empobrecimiento de la raza pura aria, superior por naturaleza, y su alteración no se contrarrestaría con una serie de ordenadas tablas de gimnasia colectiva.

Ordenada manifestación naturista nazi (c. 1927) exaltando la consigna «Sangre y tierra», referida a la reconstrucción racial y nacional del pueblo alemán tras el desastre de la Gran Guerra (sangre) y el énfasis en volver a la alimentación natural de origen nacional (tierra), potenciando la producción local como tradicional y como forma de independencia de potencias exteriores

Naturismo libertario ibérico

Dicho con toda intención, ibérico, porque el lema ni dios, ni patria ni bandera se hace chillonamente explícito en el naturismo libertario español, hijo de teorías antipatrióticas, de las que huyen como de la peste, a diferencia del naturismo germánico, que asume el concepto nacionalsocialista de patria como uno de los ejes de su articulación conceptual. Aunque tiene en común con aquél la masa como elemento motor del criterio social; pero a diferencia del nacionalsocialismo estricto, en que la masa es estructurada, compelida por una ideología hegemónica y una eficaz policía o guardiana de ortodoxia, en la península ibérica, alias España (Portugal es otra cosa), solo la segunda parte, la represión policial-parapolicial, es eficaz. La propagandista Federica Montseny (autora de noveluchos sectarios para mentes ignorantes, de menor calidad aún que la recopilación de La novela proletaria [1932-1933], y ministra por un semestre del gobierno de Largo Caballero, rápidamente huida a Francia, es un claro ejemplo de la imposición de la no-imposición, por métodos expeditivos, de un peculiar modelo de libertad, sin criterios claros aparte la violencia; de una nueva sociedad.

Ficha policial francesa de Federica Montseny, tras su huída a Francia, en la que figura como médica (lo que nunca fue) y como ministra de Salud y Servicios Sociales del Gobierno de Largo Caballero (que desempeñó poco más de un semestre, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937), prolífica escritora de novelitas adoctrinadoras y presunta autora de la eficaz consigna preventiva «Matémoslos antes de que ellos acaben con nosotros»

Uno de los ejes de la nueva sociedad libertaria ibérica era el vegetarianismo, predicado hasta la saciedad por el venezolano Carlos Brandt (1875-1964), con peregrinas razones como que el consumo de carne atenta contra el hecho de que todos los animales somos de la misma familia (quizá él sí) y que la ley natural de velar por la vida, alejándonos de las cualidades morales, propias de la especie humana, de justicia, bondad, solidaridad y tolerancia, fomentadas por el vegetarianismo, parece excluir a seres vivos como los vegetales o los pobrecitos bacilos de Koch, agentes de la tuberculosis.

Otro camino, el de la desnudez, ve importante el desnudarse de nuestros vestidos por moralidad en contra de las obsesiones sexuales producidas por la ocultación del cuerpo, por salud por el contacto directo con los elementos naturales (tierra, aire, sol, agua), y por estética, por ser la desnudez la belleza natural. Pero aun así, a pesar de su interés, no es lo más importante. Para los decididamente partidarios de éste camino, la desnudez física es un paso hacia la desnudez psicológica, la decisiva en el momento de hacer desaparecer las barreras sociales que, separándonos por sexos o por roles sociales, imposibilitan la fraternidad entre humanos y de estos con la naturaleza. Algo he dicho al respecto más arriba.

La librecultura o libertarismo, tan amigo del humanismo, aparte de fomentar la destrucción del mayor número de bibliotecas de todo el septentrión español, en lo que solo fue aventajado por los seguidores de Mao Tse-Tung, generando la ley y Departamento de Regiones Devastadas, caso único en Europa, fue secundado por el asesino George Orwell, que tras matar a conciencia en la aragonesa sierra de Alcubierre regresó a Barcelona, donde se quejó en su panfleto Homenaje a Cataluña de la represión ejercida sobre los libertarios y militantes del POUM por sus hermanos comunistas. Por ejemplo, el naturismo libertario de clubes como el nnaturista Helios, de Zaragoza, que además de predicar las bondades del vegetarianismo y desarrollar una benéfica lucha contra la tuberculosis infantil, por el nudismo y la renuncia a todo tipo de artificialismo, incluida la jerarquización social, contaba entre sus integrantes a miembros que facilitaban activamente (alguno de ellos médico) detenciones ilegales, torturas y ejecuciones ilegales en tierra aragonesa. Seguían fielmente las consignas de Montseny y otros muchos que no menciono pero son de imborrable y nefasta memoria.

Nudismo mitigado en el Club Naturista Helios de Zaragoza, de inspiración libertaria (c. 1926)

Reliquias degradadas

Utilizo intencionadamente como referencia tardía la última edición edición (1974) de García Bellsola como síntesis de la resaca naturista en la alimentación y algunos otros rasgos de asilvestramiento que ahora nos invade, impregnada de una atmósfera de necedad ignorante (intencionada redundancia) al hablar de salud, de planetarismo incluso bendecido por ignorantes o ideologizados prelados y jovencitas que han adoptado el circo mercenario como profesión desde mucho antes de haber aprendido los rudimentos del pensamiento civilizado, aclamadas por mezquinas sanguijuelas del poder y la soldada.

Hagan un experimento que está al alcance de cualquiera: ante un espejo, con buena iluminación, abran la boca y contemplen su propia dentadura. Una sucesión de incisivos, caninos, premolares y molares (con sus relativos empastes e incluso implantes, según la salud bucodental y los cuidados odontológicos) orlan la cúspide de encías superiores e inferiores. Y luego, si no les avergüenza, háganse la pregunta del motivo por el que la Naturaleza les ha metido una dentadura tan complicada en el hueco de decir necedades, tragar, chupar o deslizar el gastroscopio para diagnosticarle el cáncer de estómago, cuando podía haber fabricado un molinillo homogéneo y además de una sola pieza, con el que machacar la cotidiana pitanza de monótono sabor. Si se aventuran (no es un ejercicio peligroso, de modo que inténtenlo) a mirar algún libro que se refiera al tema, descubrirán que tienen la dentadura de un omnívoro, es decir, que come de todo, además de arreglar el mundo con el auxilio de las cuerdas vocales y el aparato resonador nasofaríngeo. En resumen, que lo natural no es el vegetarianismo, sino el omnivorismo.

De las 145 recetas que recoge el libro citado, empleado como ejemplo sencillo sin andar en distinciones naturistas, veganas, ovolactovegetarianas y otros inventos, no existe ni una sola en que se empleen productos animales (acuáticos o terrestres), se encuentra un 31 % que emplean leche y/o huevos (alimentos propios de la crianza de animales en desarrollo inicial o supuestos abortos de aves, según algunas elegantes y agraciadas naturófilas) y son puramente vegetales el 69 %. Los hallazgos de Atapuerca y Kenia no han conseguido penetrar en mentes cegadas por prejuicios naturófilos; y además, estas gentes acompañan su ignorancia biológica con un cortejo de preceptos (o dogmas, tanto da) ideológicos que embarullan más el discurso. La tendencia vegetariana dominante es epifenómeno de una actitud obviamente antinatural, que ignora el hecho de que la evolución tiene una marcha sencillamente ascendente. Quizá excesos, ya relegados desde muy antiguo, en la alimentación hiperproteizada (por cierto, siempre ligada a las clases dominantes) deben regularse sanitaria y culturalmente. Pero el regreso masivo aboca inevitablemente a la figura del rebaño dirigido por el pastor que devora a sus reses. Hay más que salud en todo ello: manejable rebaño.

La reflexión sobre el naturismo a partir de sus criterios alimentarios podría llevarnos a conclusiones muy distintas de las predicadas por los dos ejemplos extremos, nacionalsocialismo y libertarismo, que intencionadamente he comentado, para valorar cómo la desemantización intencionada transforma las palabras en conceptos líquidos de problemático significado. En los dos casos someramente valorados se dan las siguientes paradojas: la aspiración al cultivo máximo de los valores humanos en armonía con el universo vivo se transforma en un radical sometimiento humano a directrices totalitarias; el cuidado y preservación de la Naturaleza acaba en la utilización de los recursos naturales para fines políticamente dirigidos; el reverente respeto por la dignidad de la vida animal y humana acaba en el sojuzgamiento de la vida de las personas, ya solo individuos.


[1] Me referiré básicamente a las siguientes fuentes. Francisco Abad Alegría: «Cocina tradicional aragonesa: su demolición», Temas de Antropología Aragonesa, núm. 25, 2020, pp. 75-130. J. Conde Andreu: Naturismo y naturismo médico, Madrid: Guillén, 1925. D. García Bellsola: Cocina naturista (vegetariana y trofológica), Barcelona: Instituto Bellsola, 1973, 3.ª ed. Adolf Hitler: Mi lucha, Múnich-Berlín: Editora del Partido Nacionalsocialista, 1937, 2.ª ed. en español. A. Kesley-Sugg: «Organic food and the nazis: tracing the history of natural eating», Counterpoint-ABC.net, 14 de septiembre de 2018 [en línea], <http://www.abc.net.au/mws/2018-09-14/organic-food-and-nazis-fascism/10236768>. [Consulta: 14-9-2018]. M. Mur Mata: «Educación libertaria en Aragón, 1936-1938», Aula 1996, núm. 8, pp. 77-91. J. M. Roselló Castellá: «El naturismo libertario en la península ibérica (1890-1939) [extracto]», Ekintza Zuzena, 2 de noviembre de 2013 [en línea], <http://www.nodo50.org/ekintza/>. [Consulta: 2-4-2005]. P. Staudenmaier y J. Biehl: Ecofascismo: lecciones sobre la experiencia alemana, Barcelona: Virus, 2019.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra (con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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