Poéticas

Sobre tu cuerpo escribo con mi cuerpo

Una seried e poemas de Antonio Gracia.

/ poemas de Antonio Gracia /

En portada: Mujer desnuda acostada, de Franz von Stuck (1896)

Conoció Trovadorius —no sabía si en sueños o despierto— a una Dama; y en seguida su pluma empezó a destilar breves poemas de los que se desprende —como en un gran friso— una historia de amor. Son versos ajenos a las complejidades literarias, desnudos y sinceros como solo el sentir auténtico puede hilvanar, y tal como debían ser susurrados en la isla a la que se retiró su mente para que su vida junto a su amada fuese también desnudamente limpia, como un nuevo Adán que halló una nueva Eva. O mejor: imaginemos a Trovadorius (seudónimo de Miguel Heredia) como un Robinson Crusoe autoexiliado en un pequeño territorio descontaminado de la sociedad y sus convencionalismos, recorriendo las playas y sorbiendo la amorosa sal celeste en la piel y los labios de una mujer nativa que tampoco ha conocido el mal.

Como en las clásicas historias de poetas que olvidan su escritura una vez que esta ha servido para nombrar su vida, aquellos manuscritos quedaron arrumbados con una sola nota en el comienzo: «Puesto que me olvidaste, cuanto escribí yo olvido».

La fortuna hizo que yo encontrase esos legajos (quizá en letra de algún copista apresurado, puesto que los firma erróneamente como Golgotorius. Otra diferencia: aquí la nota dicta: «Solo mis versos dicen que aún existo…»). No sé decir cuándo fueron escritos ni a quién se dirigieron (probablemente, hacia 1970, a una mujer a quien llama Teluria). Y pareciéndome dignos de mejor destino, aquí empiezo a copiarlos para el lector curioso que decida seguir el curso de esa historia:

EL HIMNO

I.- En la isla

Anoche recorrimos nuestros cuerpos
y nos dormimos bajo las estrellas.
Qué placidez el ruido del amor
mientras el mar batía su oleaje.
Y qué fulgor el de tus ojos cuando
me has visto sonreír esta mañana.

II.- Roca viviente

Hemos cogido lapas, caracolas,
he ido esparciendo el mar sobre tu vientre
y briznándote de algas.
Un cangrejo corría por tu piel,
chocaba en tus pezones, descendía
por tu pubis, se alzaba
con su amorosa pinza, deslumbrado.
Y he decidido ser ese cangrejo.

III.- La lluvia

Ha llovido en la isla y ha dejado
la lluvia leves charcos de agua pura.
En ella abrevo yo mi sed del mundo
como en tu corazón abrevo el alma
de la felicidad que nos cobija.

IV.- La cabaña

Cuando viajamos hacia el sur, allí
donde el pequeño lago sacia
a animales y pájaros,
miramos la cabaña.
Y de regreso, llenos nuestros ojos
de colores, paisajes y alegría,
descansamos en ella, en la madera
que yo arranqué a los árboles
para que tú pudieras alumbrar
con tus ojos la mesa, el lecho donde,
después de vino y risas,
tú eres mi esperanza y yo tu anhelo.

V.- La frágil potestad

Triste de mí, que he pretendido siempre
salvar montañas y cruzar los mares,
elevarme a los cielos y convertirme en dios
solo por fuerza de mi voluntad:
pues ahora que te miro reconozco
que basta tu mirada cegadora
para rendirme sin alzar la espada
ante tu frágil potestad hermosa.

VI.- El abrazo

Mira cómo se estrellan en las rocas
las olas: de igual modo nuestros cuerpos
chocan y se golpean entre espumas
de esperma y de sudor. Bate la furia
del lujurioso mar en nuestra carne,
mientras en el ocaso las gaviotas
se despiden del sol y se sorprenden
al ver la majestad de nuestro abrazo.

VII.- Profecía cumplida

Mira la lluvia fecundar la tierra
y esta engendrar los árboles, los frutos;
ve el árbol extenderse en sus raíces
y convertirse en canto porque el pájaro
anida entre sus ramas; ve las flores
sembrar su polen por el universo
en una sinfonía interminable,
expansiva y perenne
hacia la perfección.
De igual modo nací, sentí, pensé
y acumulé paisajes, sensaciones
y pensamientos para que algún día
reconociese la criatura exacta
en la que la armonía hallase forma.
Y me bastó encontrarte y escucharte,
tocar tu mano y escrutar tus ojos
para saber que cuanto yo esperaba
se me entregaba en ti.

VIII.- La ofrenda del océano

He rociado tu cuerpo con uvas y cerezas
y mordido en tu boca naranjas y limones,
rojas fresas y besos.
El mar tempestuoso bramaba en sus espumas
golpeando las rocas, salpicando la tarde.
Tu cabello gorgónico me ha envuelto
en la fascinación de un dulce látigo
y me ha atrapado en su húmedo chasquido
rutilante y feroz. Ha sido como
si me invadiese el mar con sus tormentas
al penetrar tu cuévano profundo.
Y en el hueco de piedra, donde los arrecifes
moldearon un lecho tal vez para sirenas,
has hundido tu carne dorada y has surgido
desnuda como un cielo despejado,
de nuevo transparente, igual que si una diosa,
al salir de su baño, arrastrase el océano
tras de sí para mí.

IX.- La ofrenda de los dioses

Amarrado a tu cuerpo, ¿quién podrá
decirme que la tierra no es de carne,
que el cielo no está en tus labios,
y la felicidad en tu sonrisa?
Miro pasar las aves como olas
diciéndonos adiós
y se van los crepúsculos, dejando
en tus ojos la luz de otra mañana.
¿No he de sentir que el mundo es el regalo
de un caprichoso dios que me ha escogido
para ensayar en mí su omnipotencia?

X.-Ofrenda

Han caído esta noche las estrellas
en el fondo del lago
y las has recogido con tus ojos.
Ahora me las ofreces en tus labios.

XI.- Bajo la luna

Como en un ritual has hechizado
mi sexo, lo has blandido con tus manos
y le has hablado lentamente,
con palabras tan húmedas y dulces
que ha estallado, dejando
su blanca sangre ardiente entre tus ojos,
antes
de la copulación interminable.

XII.- Amanecer

Mira
mi
sexo
anclado
entre
tus
ingles
y dime que no escuchas el fragor
del
cosmos
renaciendo
en
tus
entrañas.

XIII.- La esfinge

Como una estatua líquida, sonríes,
carámbano de cielo, frente al mar.
Pareces de coral y carmesí,
devanación de esfinge alborozada,
y brillas como un chorro de alegría.
Triste melancolía la del mar,
que se acerca y se aleja igual que un sísifo
precipitado a la desolación:
pues no te alcanza, y deja entre la arena
su corazón como un dibujo muerto.

XIV.- La gaviota

Un mascarón de proa eres, asomada
al abismo de los acantilados,
donde los arrecifes convierten nuestra isla
en un barco rendido por las olas.
Yo te miro, bañada por la espuma,
alzar los brazos y ofrendar tu cuerpo,
y siento que si caes será como si el cielo
cayese sobre el mar para robar su pócima
de agua transfigurada en paraíso.
Pero saltas, levitas en el aire
en un vuelo veloz, igual que una gaviota,
y te sumerges en el hueco azul,
exacta a un dardo leve o un arpón incrustándose
en la dicha profunda que me das cuando surges,
sirena moteada por algas y reflejos.

XIV.- La pregunta

Amada mía: ¿sientes
tú, como yo, cuando te beso
o entro en ti, que hay un Dios,
que una divinidad nos acompaña
y se estremece y brinca el Universo?

XV.- El viento

Innumerablemente, hemos contado
olas y estrellas
en el mar y en el cielo.
El fantasma del viento amenazaba
como un saurio encendido: parecía
un gigante de bruma.
He recorrido el mapa de tu cuerpo
y,
lejos de fatigarme, se han sumado
en mi brazo
las fuerzas de los brazos de los héroes
de cuentos y epopeyas,
haciéndome invencible. Y el gigante,
tal vez enamorado
o priápico de ti,
se ha ido diluyendo hasta quedar
muerto en el alba.

XVI.- Carpe diem

¿Sabes por qué quienes se aman
fracasan en su amor?
Se aman en el tiempo, obsesionados
con que nunca termine su ventura.
No devoran sus besos
como si fuera cada instante el último,
sino el primero de una larga historia.
Aman la sucesividad de lo que sienten,
no lo que sienten.
Yo, sin embargo, sé
que el instante lo maravilla todo
con su fugacidad interminable
y su estallido inextinguible.
Por eso yo te amo en este aquí
que es todos los lugares
y los tiempos.
Quien se ata al instante no puede abandonarlo.
Y si acaso mañana
dijéramos adiós a nuestro amor,
yo me diré por siempre:
nadie puede matar lo que he vivido.

XVII.- Cántico onírico

Cómo golpea el viento tus caderas
desnudas junto al mar,
que guarda su fulgor bajo tus párpados;
arrecifes de luz rasgan tu piel
y te abrazan las olas
persiguiendo la cópula infinita.
Tus pies errantes trazan en la arena
huellas de antiguos peces,
medusas y madréporas,
fábulas de coral, astros de fuego.
Hay en tus labios pájaros,
frutos y laberintos.
Te persigue el océano amoroso,
la lluvia interminable te persigue.
En tus ojos la noche
se llena de caminos:
mientras gira la luna
—doblándose en tus senos—,
tu cabello derrama su azabache
sobre mi rostro: y nazco
cuando llega el amor desde tu sexo.

XVIII.-Perpetuación

¿Quién no me dará fuerzas para alzarme
por encima de la mortalidad,
bajar a los infiernos y volver
hasta tu corazón si muero antes
de que tus besos y mis besos fundan
la vida en otra arcilla
que perpetúe nuestro amor, Amada?

XIX.- El buscador

Si volviera a nacer
y tuviese memoria de tus besos,
buscaría en los montes y en los llanos
hasta dar con la estirpe que engendró tu sonrisa
y la tierra que dio la arcilla de tu cuerpo.
Tal vez allí los pájaros
cantan como tus ojos
y las palomas son como tus manos.
Tal vez allí los vientos
suenan como el rumor de tu alegría.
¿De qué estrella caíste o de qué mar remoto
fuiste luz o sirena,
manantial que ya eres donde sacio mi sed?
Dímelo, carne amada,
o seguiré rodando por el mundo
buscándote, perdiéndome
tus besos.

XX.- Piraterías

Tú eras el tesoro y yo el pirata
que navegó los mares para hallarlo.
Cien mil doblones de oro
no igualan el fulgor de tu cabello
ni tu dorada piel,
ni el canto de tu risa.
Yo me alejé del ruido de los hombres
persiguiendo la isla venturosa
llamada soledad.
También huías tú del mundo
en busca de otro edén.
Ahora somos piratas uno de otro
en esta mutua lucha
en la que nos robamos el amor.

XXI.- La maravilla

Si pudieras creerme te diría
que eres la más hermosa de las joyas
que engalanan el mundo. Sonreirías
al escuchar mi corazón mentirte
con palabras de púrpura y de hipérbole
porque te ama. Sin embargo siento
cómo ríes conmigo cuando río
porque nos ilumina la alegría,
y cómo lloras con mi mismo llanto
si la vida nos da sus inclemencias.
Ese abrazo feliz o desdichado
es como un dios moldeando nuestros cuerpos
y nuestras almas hasta convertirlos
en una misma yedra entrelazada
de vida y muerte. Entonces reconozco
que eres mi realidad y yo la tuya:
y no hay más maravilla en este mundo.

XXII.- El corazón tremante

Surca un cometa el cielo y lo seguimos
tendidos en la arena. Su fugaz
singladura por nuestros ojos deja
su larga cabellera
de fuego
y
celemín como un verso manuscrito
por la mano de un dios.
No es su fugacidad lo que me admira,
sino su fiero resplandor: pues vive
la belleza de su consumación
como una vida y no como una muerte.
Así tu corazón late en el mío
cuando estallamos en la noche lúbrica.

XXIII.- El fuego inextinguible

Choca mi cuerpo con el tuyo. Vibra
el Universo. Esplende
nuestra salacidad desde los átomos
primigenios. Estalla
un cuásar incesante en tus entrañas
en el que mi materia se transforma
en la cósmica amniosis.

XXIV.- La plenitud

Como una antorcha, el sol derrama el fuego
de su luz en la tarde. Canta el trino
de un pájaro y el mar susurra en vano
sus ansias de escapar de sus orillas
y levitar como otro firmamento.
Caen sobre tus ojos los crepúsculos
y te abrazan las sombras. Te recuestas
junto a mí, bajo el cielo embellecido
por los primeros astros de la noche.
Qué paz y suavidad esta delicia
de gozar el edén sin comprenderlo.

XXV.- Jongleur

Si mi pluma, juglar de la belleza
del mundo, consiguiera descubrir
la palabra que, como un talismán,
contiene el universo y sus enigmas,
florecería el mar, y los desiertos
se transfigurarían en océanos
de luz: el firmamento fulgiría
igual que nuestro amor fulge en la noche.
Pero mi pluma es frágil: solo sabe
decirte silenciosa:
déjame que te diga que te amo
a todas horas y en cualquier lugar:
tal vez así halle la palabra exacta
que exprese lo que siente
mi corazón turbado.

FUGACIDAD

XXVI.- La tormenta

El cielo de coral azul y plomo
parece una caverna en esta tarde
en que las nubes trazan
sus pinturas rupestres
en la pared del viento desatado.
Han huido los pájaros, las olas
se estrellan en la piedra.
La rama de aquel árbol
ha caído, tronchada, y el estrépito
pone en fuga a la ardilla.
La lluvia se disuelve en su cascada
de río vertical y cristalino.
¡Qué esfinge misteriosa el universo!
Yo te miro en silencio y todo me recuerda
la furia y vendaval con que te amo.

XXVII.- Una meditación

Mirando el horizonte, los vencejos
y las flores silvestres
siento que la existencia es tan sencilla
como las olas de la playa: dejan
su mensaje de vidrio constelado
y no tratan de comprender el mar.
Repiten su vaivén, lo desmemorian:
su momento es ahora y su lugar es siempre.
Tal vez sepan de barcos y naufragios,
de las orillas de otros continentes:
pero nada interrumpe su sosiego
porque saben ser agua sin preguntas,
ambiciones ni sueños.
Nacemos y morimos, y entretanto
se nos pasa la vida tratando de entenderla
en lugar de vivirla.
Somos peces conscientes
de que tal vez un cielo nos espera
y olvidamos que el mar es ese cielo.

XXVIII.- Bajo el buril del beso

Esta tarde llovida y penumbrosa
en la que el viento escribe garabatos
sobre el índigo cielo,
he tatuado en tu boca con la mía,
y en tu torso desnudo,
las palabras te quiero:
como si las robase de aquel árbol
donde las escribimos
o fueses tú ese árbol y yo el hacha
amorosa que lo tallaba.
Tú,
bajo el buril del beso,
sonreías, vibrabas
como yo; y cuando el filo del amor
ha hendido nuestros cuerpos
desenfrenadamente,
con su fiero estallido
hemos sentido
el aullido
del mar.

XXIX.- El tilo

Si alguna vez, al recordar el mundo
me fui de ti, siempre supiste
dónde encontrarme:
el tilo
es mi refugio: en él
escribiste tu nombre junto al mío,
su sombra cobijó mi corazón
e hizo sonar el tuyo como un mar.
Allí me encuentras siempre, cuando el mundo
arrasa mi memoria y necesito
que vayas a buscarme, a rescatarme
de mí
allí
donde tú eres más tú
y yo vuelvo a ser yo porque comprendes.

XXX.- El recuerdo

El tiempo es un caballo
que triza nuestros cuerpos:
míralo cómo corre
por la piel, por los ojos,
por las cosas que hacen
amable la existencia.
La montaña y el árbol
también sienten su herida.
El frío apaga el fuego,
el pájaro enmudece.
Pero cuando te miro
regreso a aquella infancia
inmaculada y frágil
en que éramos dos niños
y todo era posible.

XXXI.- La rosa inmarchitable

No volverás a contemplar la rosa
en todo su esplendor
como puedes mirarla en este instante,
ni gozar de su aroma, o cómo
encarna la belleza y lozanía
de la existencia. No podrás
creer que cualquier rosa es esta rosa
para darle un consuelo
a la mortalidad, que deja solas
a las criaturas en un mundo airado.
Pero yo tengo en ti
unidos los jardines
del cielo y de la tierra, condensados
la hermosura del tiempo y la memoria,
fundidos el recuerdo y el anhelo.
Tú eres la rosa de la vida,

me entregaste tus pétalos y sigues
perfumando mi corazón; y cuando
el ámbar de tu piel se seque
marchito por los años, yo
te abrazaré y seguiré viendo
en ti la misma rosa.

XXXII.- Debajo de la noche

De bruces hacia el cielo contemplamos
la luna, y más allá
las estrellas lejanas, el final
sin principio del cosmos:
las fronteras sin límites del sueño.
Te abrazo y siento el universo amado
que fluye por tu cuerpo, cada célula
mordida, erotizada; y nos dormimos
dentro del firmamento de la cópula.
Amanece y miramos una nube
como una ola celeste
brillando en nuestros ojos.
¿Cómo puedes estar fuera de mí,
dentro de mí, ser parte
y todo, realidad y sueño,
metamorfosis, potestad y magia?

XXXIII.- Locus amoenus

Ha caído el invierno sobre el árbol
y florece la nieve en los senderos.
A lo lejos, los montes son azules
y el mar un río verde.
Qué pureza en el aire;
y, en el alma, qué pura mansedumbre
al calor de este fuego en el hogar,
sobre la mesa el pan, la fruta, el vino,
y el paisaje a través de la ventana
mientras tu corazón
late en el mío
al despertar.
Si hay algo que merece que la vida
sea vivida
es la contemplación de la belleza.

XXXIV.- El horizonte

Has pronunciado «ayer» y he oído «adiós»,
como si el pentagrama del crepúsculo
y el viento en las palmeras
entonaran un fúnebre epitafio.
No me digas «ayer»: no existe el tiempo
entre nosotros, y las despedidas
son para las gaviotas azoradas,
que van y vienen siempre de regreso
al mismo punto cardinal. No digas
«adiós»: entre nosotros
siempre es hoy porque vamos y volvemos
del amor al amor
interminablemente.

XXXV.- El beso

Me has besado, amor mío, frente al mar.
Yo miraba el azul del horizonte,
donde el cielo se adentra en el océano,
y la fascinación me distraía
de ti. Ha sido entonces
cuando tu boca me ha sorbido como
el mar absorbe el cielo.
Y he pasado de un paraíso a otro.
«Que este beso perdure», dices. Pero
un beso solamente dura
el instante en que dos bocas se unen,
y la nostalgia solo
demuestra que no hay vida en el presente.
La levedad del viento de la tarde
expande su fugaz melancolía,
y las olas reclinan su tristeza
tendidas a tus pies.
«No dejes de besarme nunca», he dicho;
pues la nostalgia mata lentamente.

XXXVI.- El faro

El faro es una torre en cuya cima
arde el fuego metálico.
Peldaños de azabache y abrasión
trepan el caracol marmóreo, giran
como un chorro de piedra megalítica.
El rocío del mar
al estrellarse en el acantilado
salpica el aire, deja
su salitre en el rostro.
El faro es una brújula varada
que orienta hacia los cielos. Cuántas veces
he subido en la noche, cuando alumbra
la oscuridad
por si al fin, algún día,
pudiese ver a Dios.

XXXVII.- Crisoles

Se preguntan los ojos
de aquellos que nos miran
por qué huimos del mundo y su alarido
y vagamos, salvajes, por las playas.
¿Acaso es que no saben
que dos cuerpos amantes y encendidos
necesitan fundirse
como se forja un hierro en otro hierro?

XXVIII.- Vestigio de los dioses

Escucha el corazón del mar: parece
el vagido del tiempo despertando
de alguna eternidad en que la nada
llenaba su vacío
con corales, estrellas y secretos.
De la sombra
brotó la luz, y de la luz la vida.
Como nave surgida
del firmamento y desde el horizonte,
el océano cósmico llegó
remando hasta esta playa: somos
vestigio de unos dioses
que construyeron la felicidad
con exorcismos. Mira
este grano de arena: fue el principio
y será el fin en el que, al cabo, todo
se origine de nuevo. No resulta
sencillo comprender
que en la Nada esté el Todo: pero siente
cómo todo el amor cabe en un beso
y acaso creerás
que nada hay imposible, y que te amo
con la fuerza del mar: mi corazón.

XXXIX.- El bálsamo y la furia

Has llegado y has visto mi tristeza
rondándome los ojos, cuando,
como a veces ocurre,
ni siquiera consigo dominarla
mirando el mar. Tus ojos
han caído sobre los míos y
te has abrazado a mí; luego tus ropas
han volado: y de repente siento
junto a mi pecho el tuyo transparente:
y entro en el agua del olvido y veo
disiparse mi niebla,
y veo
el tiempo y el espacio trascenderse:
veo cuevas, bisontes, altamiras,
pirámides, iglesias, rascacielos,
taumaturgias y enigmas:
veo transfigurarse mi congoja
en la indefinición de un elixir
estelar y balsámico:
porque me llevas lejos
de mí, a la estancia errante
que hay en tu corazón,
hasta esa daga
que desenvainas cuando
luchas con mi melancolía
y rescatas la dicha
que alguien me roba, a veces,
imponiendo su látigo.

XL.- La redentora

No me digas que no puedo soñarte
tripulando una estrella, si eres tú
la nave que me salva del naufragio
cada vez que me pierdo
entre los laberintos de mi noche.
Tú me recoges y me resucitas
cuando el fantasma de los desencantos
se apodera de mí: allí tus manos
y tus ojos esparcen sortilegios
y surjo del infierno.
Tú me salvas de mí, de mis demonios.
No me digas que no puedo soñarte
como divinidad de mi universo.

XLI.- Marejada

Lleva el viento su furia hasta las dunas
y encrespa el mar sus olas en la tarde.
¿No has visto cómo pierden la esperanza
los pájaros que vuelven a la isla?
También llega la muerte al paraíso.
Pero tú no estés triste: ríe, canta:
todo aquello que sueña el corazón
existe en algún sitio
o acaba por crearse.

XLII.- La redención

Suena el viento en los árboles y suenan
las flautas y los pájaros: orquestas
de ramas y de lluvia.
¿Recuerdas los museos, bibliotecas,
las músicas, los cuadros y los versos?
Son las únicas cosas que redimen
la vida de los hombres.
Volveremos a ellos, a tallar
nuestra mente con sus sabidurías,
sus colores y cánticos.
Pero antes bebámonos la luz
de la naturaleza
para que no olvidemos que la vida
es tacto y corazón,
y no el fracaso
que el arte intenta hacernos olvidar.
Y déjame que taña una vez más
en tu cuerpo la música del cosmos.
Un cuadro, ¿nos devuelve algún paisaje?
Un poema de amor, ¿rescata un beso?
¿En qué violín escucharé tu risa?

XLIII.- Mensaje en una botella

Todos los días me sorprendo hablándote
no con mis labios, sino con mi pluma
cuando te veo hermosa como un astro
tatuado en el crepúsculo. Y estalla
un volcán interior que se derrama
en palabras y versos. Te aproximas,
gaviota de la tarde, y me distraes
trazando garabatos en el aire
mientras espías mis palabras. Yo
te empujo suavemente entre las rocas
salpicadas de mar. Luego, en la arena,
recojo mi escritura, la convierto
en un mensaje náufrago y lo lanzo
dentro de una botella. Tú, amor mío,
la encontrarás un día
junto a la orilla de tu corazón
y me reconstruirás cuando me leas.
Talismanes verbales, mis palabras
me resucitarán sobre tus ojos.

XLIV.- El castillo

Mira la espada y el puñal hundiéndose
en la garganta del guerrero, siente
el vino y el diamante enamorando
en noches de lascivia, escucha el pífano
clamando cetrerías. Todo es ya
ceniza devanándose en el tiempo.
Trovadores, juglares, reyes, besos:
también mueren las armas del amor,
la ajorca del poder.

XLV.- La caverna

Persiguiendo una ardilla descubrimos
la cueva. Cuánta roca esmerilada
desciende de su techo
como lanzas de hielo y cuarzo. Aquí,
hace miles de años, unos hombres
y mujeres y niños
hallaron un hogar, pintaron las paredes
y se amaron con ese antiguo amor
que ennoblece a quien ama,
pues no busca victorias ni derrotas,
sino solo entregarse en el abrazo.
Rúnicos caracteres se dibujan
en la piedra y los árboles semejan
menhires de topacio.
¿Quién ha escrito el pasado para que
lo leyesen presentes y futuros?
¿Qué hubiera sido de nosotros si
unos hombres antiguos no se hubiesen
preocupado por entender el mundo
copiando en las paredes y las ruinas
lo que ardía en su mente?
Tienen nuestras palabras
sabor de tiempo y lumbre:
son reverberaciones ancestrales.
Apoya aquí tus manos
y graba su deseo de atrapar
el tiempo, aquella vida.
En cavernas como esta,
con pinturas como estas y con fuegos
traídos desde lejos,
otros como nosotros
fundaron la existencia, germinaron
la vida y la expandieron
por el mundo desde el que hoy tú y yo
venimos como hijos que regresan
a su Ítaca impasible.

XLVI.- Grabado en la corteza

La noche deja entre nosotros vértigos,
huellas de estrellas, lumbres
y sortilegios en el corazón.
Nos envuelve la miel del tacto, caen
fragmentos de la luna,
y el ruido del amor se eleva y canta
entre arpegios de sombras.
En la caverna de la noche alzamos
un himno en el que suenan
todos los besos de cuantos se aman.

XLVII.- La respuesta

Todos los días mueren nuestros besos.
Todos los días
nacen pájaros, árboles y rosas
para morir. Transforma
el mar su diapasón de vida
en olas que agonizan en la playa.
Todos los días nace un nuevo día
atado al equipaje de su muerte.
¿Qué puedo yo decirte
para que se apacigüe esa verdad?
Déjame que mi cuerpo
te aplaste una vez mas contra aquel árbol
y sobre esta cascada vegetal;
permíteme que mire
en tus ojos los astros
y que sacie en tu cuerpo
la lujuria del cosmos. La existencia
es el instante que se vive pleno,
sin ayer ni mañana.
Vivir es amar hoy.

XLVIII.- Lo inesperado

Amada mía, luz
que me deja en la sombra:
si un día has de marcharte llévate
lo bueno que hay en mí: mi amor, mis ansias
de que encuentres quien te ame como yo,
el edén con que sueñas,
los cielos más azules
y las aguas más puras. No te lleves
el dolor que me causes: la existencia
no trata con justicia a quienes aman,
pues no mata su amor al mismo tiempo.
El corazón está diciendo siempre
«quiéreme»: pues no sabe
dejar de amar
cuando se acaba el enamoramiento
y la fascinación desaparece.

XLIX.- Prueba de amor

La vida es el lugar donde morimos.
Acaso hayas pensado alguna vez
que no quieres sobrevivirme. Yo
reclamo esa agonía y pido al Dios
de la Nada y el Todo
que me conceda esta oración
que a ti dirijo: muere
antes que yo; no quiero que me sufras
como a un fantasma dulce que te acose
en los palacios de la gris nostalgia
o en el dosel de la melancolía.
Quiéreme ahora, dame
tu alegría, tu risa, el animal
lujurioso de vida
que alborota tu pecho y muerde el mío.
Soy más fuerte que tú: déjame a mí
el dolor de perder a quien se ama.

L.- La despedida

Mis últimas palabras no serán
de adiós definitivo,
ni un eco de mi vida,
ni un dolor en la noche.
Para morir quiero tus ojos
mirándose en los míos,
tu palabra diciendo que me amaste
y tu mano en mi mano.
Recorreré un camino oscuro
y pudiera perderme
si tú no me conduces.
Luego te irás de mí,
regresarás al mundo de los vivos
y volverás a amarme en otros cuerpos:
hasta que yo desaparezca
y tú seas tan solamente tuya.

EL DESENCUENTRO

LI.- Adamar

Mi sexo entra en tu cuerpo igual que entró
en tu anillo mi dedo: inseparables
son ya el uno del otro, y solamente
la sombra de la muerte romperá
la unión que nos convierte en uno. Dime:
¿Acaso no eres tú la hermosa vaina
donde rindo mi espada, y no eres tú
quien se abreva en su furia y quien la forja
para que la batalla sea constante?
Adamémonos hoy, mañana y siempre,
antes que nuestra carne sufra el luto
de la mortalidad.

LII.- Amar en otro cuerpo

Se fueron nuestros cuerpos, cada uno
buscando a cada uno en otro cuerpo.
«Es ley de vida separarse, irse
por el propio camino», nos decíamos.
Pero no era verdad, nunca es verdad
que dos cuerpos que se aman con el alma
puedan hallar su alma en otros cuerpos.
Pueden clamar pasión, pero no amor.
No lo olvides jamás:
cuando te unes con el otro cuerpo
te estás uniendo al mío, como yo
sigo uniéndome al tuyo en otro cuerpo.

LIII.- El beso irrepetible

Cuánta dicha te debo, amada mía.
Yo sentía tan solo desolación y niebla.
El mundo era un océano en el que naufragaba
y tú fuiste la isla que salvó mi existencia.
Por ti mi corazón se llenó de canciones
y mi vida se fue transfigurando
en manantial de luz y mágico sosiego.
Dónde estarás ahora, sin saber
cuánta dicha te debo, amada mía.
¿En qué esquina del tiempo nuestras manos
dejaron de cruzarse y nos perdimos
el uno para el otro? ¿Acaso no sabemos
que solo una vez se ama y luego solo
ansiamos repetir aquel amor?
¿En qué otros nos buscamos sin hallarnos,
en qué hombre o qué mujer
volveremos a hallar a quienes fuimos,
si ni siquiera yo te encontraría
ni tú me encontrarías
aunque nos entregáramos de nuevo
los cuerpos y las almas
queriendo reanudar aquel embrujo?

LIV.- El desencanto

Sé que nunca podré dejar de amarte,
y tal vez tú también me quieras siempre.
Te he dado cuanto soy, y tú me has dado
cuanto eres tú. No hemos sabido
darnos lo que debemos ser:
lo inalcanzable.
No es el mundo un edén, sino un infierno
que los besos pretenden convertir
en fugaz o continuo paraíso.
¿Cómo transfigurarnos en estrellas?
Tú desapareciste, envuelta en truenos;
yo desaparecí, ascua y ceniza.
Sigue la vida y nuestros dos cadáveres
no volverán a amar: porque se ama
una vez nada más; el resto es solo
el espectro de una resurrección
que recuerda su muerte
y huye de repetirla.

LV.- Parábola

La luna descendía hasta tus ojos
y la brisa ondulaba el mar lejano.
Como un surco
mi sinrazón rielaste, y nos amamos
prendidos del dulzor de la tormenta
de nuestros corazones. Cuánta dicha
la invasión de las almas y los cuerpos.
Pero nada hay que exista y que no muera.
El águila nocturna iba afilando
su innoble cetrería: y de repente
engarfió nuestro amor. De aquella historia
solo queda el dolor de su extinción
y unos pocos poemas que lo alivian.

LVI.- Exhumación de la carne

La lujuria sajaba nuestros cuerpos
y el amor se hizo sexo en la alta noche.
Devoración, seísmo y mar furioso
eran los elementos del paisaje.
Las olas, como coitos encendidos,
penetraban en nuestra piel bullente,
y la luna abrasiva era una gota
de semen sobre el cielo. Cuánta noche
de aquel beso perdura en esta noche
de mi vida, ahora que el amor
y la lujuria se han quedado solas
como todas las ruinas, prisioneras
de la devastación y la memoria.

LVII.- El lobo

He visto un lobo hendir las sombras de la noche
y sus ojos brillaban igual que dos estrellas
perdidas y asustadas. Corría, detenía
su estevada carrera y ululaba a la luna
temiéndola y amándola. En medio de la niebla
el fantasma del vértigo parecía acosarlo:
unas hogueras densas de fuego galopante
trizaban crisantemos en su senda sin fin.
Y mientras lo veía correr, azacanado
por la persecución de su íntimo demonio,
he sabido que el lobo solitario
era yo, que encontraba mi nombre repetido
en el desnudo charco de la noche.

Epitafio en la arena

Encontrar un lugar apacible
junto a un lago, un ciprés, una luz
o una cóncava gruta translúcida
y morir en la tarde, tendido
sobre el lecho de la serenidad.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

2 comments on “Sobre tu cuerpo escribo con mi cuerpo

  1. FRANCISCO MAS-MAGRO MAGRO

    Si los poetas del siglo de oro pudieran leer lo que Gracia escribe, se sorprenderían. Gracia, a quien una vez califiqué como el último romántico, nunca dejará de sorprendernos con su ingenio. La misma poesía se ve sorprendida y siente que, en el lugar de la imaginación, de la inspiración, de las sugerencias, aun cabe originalidad elaborada con un profundo saber hacer -que es lo que tanto nos falta. Grande este poeta, que no corre por los caminos de la farándula, tan repleta de mediocridad y de engañoso adocenamiento. Y, por ello, debe ser, Antonio Gracia, tenido en cuenta para situarlo como culpable de ser la causa de que la poesía siga viva.

    • Antonio Gracia

      Gracias por la generosidad. Aunque, tristemente, debe haberme leído con excesivas dioptrías.

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