Mitos y flautas

Bola de espejos

«Entrábamos en el Trianón o la Tropicana como quien franquea las puertas del cielo, sin sospechar que el cielo no eran ni la Tropicana ni el Trianón, sino nuestros quince años». Una evocación discotequera de Sergio Fernández Salvador para su sección «Mitos y flautas».

/ Mitos y flautas / Sergio Fernández Salvador /

Entrábamos en el Trianón o la Tropicana como quien franquea las puertas del cielo, sin sospechar que el cielo no eran ni la Tropicana ni el Trianón, sino nuestros quince años. La entrada, 300 pesetas, daba derecho a una consumición, aunque para las copas de importación había que pagar. Como no estaba en el ánimo de ninguno de nosotros gastarse una peseta más de las 300, guardábamos el tique como oro en paño en una de esas carteras grandes con velcro que se usaban entonces. Lo primero era dar una vuelta de reconocimiento para ver los grupos de chicas, con miradas de soslayo a los reservados, y una vez asentados en la ubicación más prometedora empezábamos a bailar. Eran los primeros noventa y en las discotecas sonaban Snap, Technotronic o C+C Music Factory, grupos pioneros del hip hop a los que no se les ocurría sacar los pies del tiesto de la pista de baile: bajos envolventes con mucho groove, a menudo sintetizados, y seductoras cajas de ritmos que en nada hacían presagiar la cencerrada que se avecinaba en nuestros predios con Chimo Bayo y otros maquineros. Pero esa es otra historia que, como diría Unamuno, «me llevaría lejos». Las luces, que invitaban a dejar la mirada perdida o a ponerla borrosa, alimentaban la ilusión de que nos veían como veíamos a los demás, más deseables y guapos. Una vez se rompía a sudar y se establecían acaso los primeros contactos (aunque hablar, lo que se dice hablar, se hablaba poco), íbamos a la barra a por el martini, que al no considerarse combinado entraba en la consumición. Era el momento de intercambiar impresiones y decidir si volvíamos al mismo sitio o echábamos las redes en nuevos caladeros. Y aquí cabe decir que si alguno del grupo tenía plan, o medio plan, se volvía donde antes. A todo esto, la música se iba poniendo cósmica, y con suerte sonaban Guru Josh o The KLF. Habría, seguro, pasteladas y canciones de moda, como en cualquier época, pero a qué bar o discoteca iríamos hoy para disfrutar de una pinchada como aquellas, aunque ya sólo meneáramos el cogote. Se acercaba la hora de las lentas y había que ir concretando. Magnífico signo de los tiempos este de las canciones lentas, no menos prehistóricas que los guateques. Un insólito silencio al finalizar un tema era la tácita señal a la que nos olvidábamos del grupo y pedíamos bailar a la chica que nos gustaba. Los que no tenían pareja todavía daban una vuelta a la desesperada, y era penosillo verlos así solos sin poder hacer otra cosa que retirarse hacia la pared a mirar a las apabardas. Claro que también se podía pedir bailar a alguna chica que estuviera en las mismas porque sí, mitad por uno, mitad por ella, y ya abrazados soportar acaso un silencio peor que las más tópicas palabras, o apoyar la barbilla en su hombro, cerrar los ojos y pensar en la chica que nos gustaba, a la que no podríamos ver hasta el lunes en el recreo. 


Sergio Fernández Salvador (León, 1975) es autor de los libros de poesía Quietud (2011), Lo breve eterno (2012) e Hilo de nada (2020), así como de la miscelánea Mitos y flautas (2013), selección de textos de su blog homónimo. Desde 1996 reside en Valladolid, de cuyo conservatorio de música es profesor.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

1 comment on “Bola de espejos

  1. ANTONIO TORIBIOS

    Interesante descripción de una época. Quedo a la espera de las experiencias en el Trianon, donde también había «fila de los mancos».

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo