/ por Luz Requejo Brita-Paja /
He tenido la oportunidad de acompañar durante un mes el trabajo de una organización no gubernamental que desarrolla su trabajo en El Salvador, dentro de un proyecto de cooperación al desarrollo financiado por la Junta de Castilla y León. Para mí, hasta ahora la «cooperación al desarrollo», era una de esas denominaciones sin un claro contenido, sin que en realidad comprendiera su alcance real. Me gustaría, a través de estas líneas, dotar de cuerpo y significado a la política de cooperación al desarrollo que financian algunas instituciones públicas de nuestro país, tanto ayuntamientos como diputaciones, la Junta de Castilla y León y el propio Estado, así como empresas y asociaciones, porque estos proyectos tienen un gran impacto positivo en la vida de muchas personas. Por otra parte, la cooperación para el desarrollo no puede considerarse un gasto, sino más bien una inversión estratégica que fortalece la posición global de España en América Latina y genera oportunidades económicas para nuestras empresas. No hay mejor embajada de nuestra sociedad y de nuestra cultura, en suma de la «Marca España», que la cooperación al desarrollo, como he podido comprobar.
La República de El Salvador es un pequeño país centroamericano, ubicado entre Guatemala, Honduras y el océano Pacífico. Su clima tropical y su abrupto relieve han dado forma a un paisaje de gran belleza, en el que la sucesión de lagos y volcanes, el follaje verde con mil matices diferentes y la profusión de flores hacen sentir al viajero que se encuentra inmerso en un jardín prodigioso. Pero este entorno privilegiado es el escenario de una vida muy dura. La población de El Salvador, especialmente del medio rural, vive en unas condiciones de absoluta precariedad. Las calles bulliciosas y las carreteras llenas de perros famélicos son el escenario principal en el que se desarrolla la vida del país. No hay un portal que no sea una pequeña tienda que ofrece cualquier tipo de producto, ya sean caramelos, pilas o detergentes; en las aceras, de la mañana a la noche, las mujeres, en pequeñas cocinas portátiles, fabrican tortas de maíz rellenas de frijoles, las ricas pupusas, o venden tamales, fruta o yuca frita. Cualquier rincón es bueno para poner un tenderete y ofrecer cocos, plátanos o cualquier otro tipo de comida. En los decrépitos autobuses, desechos de los trasportes escolares americanos, pero profusamente embellecidos, los vendedores suben y bajan continuamente ofreciendo una variada y pobre mercancía, sea las cinco de la mañana o las siete de la tarde. Porque sacar adelante a la familia en El Salvador es un trabajo de 24 horas, sin descanso ni desfallecimiento, y los salvadoreños son gentes muy trabajadoras.
Los campesinos labran la tierra con métodos artesanales porque la irregularidad del terreno, sus tierras siempre en laderas o en las cimas de la montaña, y su pobreza no les permite ningún tipo de mecanización. En contraste, en las llanuras de los valles y en la altiplanicie del interior, las grandes explotaciones de caña de azúcar, maíz o café, propiedad de las «familias de siempre» o de compañías americanas, se practica una agricultura industrial altamente tecnificada y poco respetuosa con el medioambiente.

La ausencia de trasporte público en muchos lugares obliga a las campesinas a recorrer grandes distancias a pie para llevar sus productos al mercado, o impide directamente su comercialización. Las carreteras en muy mal estado en gran parte del país, y un tráfico enloquecido de viejos coches que lanzan al espacio nubes negras de contaminación y caminan de atasco en atasco, son una de las mayores dificultades que arrostran los salvadoreños. Un viaje de 40 kilómetros puede consumir tranquilamente tres horas, y cualquier gestión que te obligue a acercarte a San Salvador te ocupará todo el día, de trabazón en trabazón, como se llaman allí los interminables atascos. Lógicamente, los accidentes de tráfico entre conductores que intentan sortear los hoyos de la calzada y a los perros que sestean sobre el asfalto son muy frecuentes.
Este trajín continuo, de gentes laboriosas y creativas, configura el ritmo del país, que no tiene grandes monumentos arquitectónicos, pero posee un encanto inigualable: el de una gente amable, alegre y educada, con una belleza natural sin artificio. Sus gentes y esa naturaleza exuberante que lo envuelve todo convierten a El Salvador en un lugar inolvidable.

Si queremos hablar de El Salvador debemos referirnos también a su reciente guerra civil, que terminó con los acuerdos de 1992 y que aún lo impregna todo, pues no hay familia que no haya perdido a un ser querido o tenga varios desaparecidos (se contabilizaron más 75.000 muertos y 15.000 desaparecidos). En nuestro país, es tristemente recordado el asesinato de seis jesuitas en la Universidad Centroamericana, por ser cinco de ellos españoles, así como el asesinato de monseñor Óscar Romero, también a manos del ejército. Cientos de murales populares recuerdan sus vidas en las paredes de pueblos e iglesias. Los acuerdos del noventa y dos permitieron el regreso de los huidos, más de 500.000 personas desplazadas fuera del país, la desmilitarización de la guerrilla y la apertura de juicios contra los paramilitares, así como el reparto de tierras entre los campesinos, que al menos ahora disponen de pequeñas parcelas de terreno. Pero a la guerra le sucedieron las maras, que impusieron su ley en todo el país, con una violencia inusitada. Los relatos de sus inhumanos crímenes hielan la sangre.
En la actualidad el gobierno de Nayib Bukele ha acabado con la violencia callejera y se puede viajar tranquilamente por todo El Salvador. Tras la primera legislatura de Nuevas Ideas, el país afronta ahora con cierta inquietud el futuro, pues si bien es cierto que el Gobierno ha restablecido la paz y el orden, principio básico para poder desarrollar la vida, el estado de sitio se prolonga mes a mes y muchas personas inocentes permanecen en prisión sin garantías de un juicio justo, y el temor a una detención arbitraria está en el aire para cualquiera. La situación se ha agravado en el país con el cambio de la política de Estados Unidos en la zona y la utilización de El Salvador como «cárcel de alquiler» por el presidente Trump, incrementándose con diversos pretextos las detenciones de líderes de la oposición y de representantes de los movimientos ciudadanos.
Otra característica de El Salvador es el elevado porcentaje de su población que vive fuera del país, más del 25%, y la tremenda dependencia de su economía y de las familias de las remesas de los emigrantes. Se calcula que nueve de cada diez familias tienen a uno de sus miembros en el extranjero, principalmente en Estados Unidos, y que una de cada cinco depende para vivir de la «remesa». La mayoría de los salvadoreños que viven y trabajan en Estados Unidos son emigrantes «sin papeles» que han empeñado todos sus ahorros y los de sus familiares para poder llegar. Eso significa que estas personas que envían religiosamente dinero a casa no pueden, en la mayoría de los casos, volver a ver en muchos años a la familia a la que alimentan. Y para los familiares es prácticamente imposible ir de visita a Estados Unidos, aunque consigan el dinero, pues que te concedan un visado de turista siendo salvadoreño es casi un milagro.

Pero he conocido a una mujer, Rosa, que consiguió este milagro. La historia me parece muy representativa de la dureza de la situación. A Rosa le pagaba el viaje la novia de su hijo, también salvadoreña afincada en Estados Unidos, para darle una sorpresa el día en que se casaban. No se habían visto en dieciocho años, habían envejecido hablando por teléfono. Me enseñó el video de su llegada a la casa, grabado por su nuera. El desconcierto y la emoción de su hijo, de ella. Dos desconocidos que se abrazan y lloran.
Para los emigrantes sin papeles, según el dinero que consigan reunir, el viaje será más o menos arriesgado, pero siempre peligroso. Hasta en las pequeñas ciudades hay puestos de oenegés que ayudan a las personas en tránsito y a las familias que buscan a las que han desaparecido en el camino. La llegada al poder de Donald Trump ha sumido en la intranquilidad y el miedo a este pequeño país, tan bello y tan frágil.
Pero como he señalado al inicio, el motivo de este artículo es hablar de la cooperación al desarrollo, y lo primero que quiero señalar, antes de entrar en más detalle, es la gran repercusión social que tiene el dinero invertido. Es un dinero —a veces importante, otras muy reducido dependiendo de la capacidad y voluntad de la administración donante— que cambia la vida de la gente, la vida de muchas familias salvadoreñas. Ha sido una grata sorpresa ver con qué eficiencia se emplea, con qué profesionalidad trabajan los miembros de la oenegé y el gran esfuerzo que realizan los beneficiarios de las ayudas, para que fructifique la inversión que reciben y pueda convertirse en una mejora de su economía, sostenible en el tiempo. Y por si hubiera alguna suspicacia, he de decir que además existe un elevado grado de control del empleo de estas subvenciones que se vehiculan a través de onegés españolas, y son auditadas por empresas independientes y por las propias administraciones.
Esta inversión es devuelta, a mi modo de ver, con creces en imagen de país, incluso de región, pues la profesionalidad de la cooperación al desarrollo de la Agencia Española de Cooperación Internacional, de la Junta de Castilla y León y de otras comunidades autónomas, diputaciones y ayuntamientos y su impacto en la vida de las personas se ha traducido en la espléndida imagen que se tiene en esta tierra de España y de los españoles, algo no tan usual en tierras latinoamericanas, como he podido comprobar en otros viajes por el continente.
Durante un mes he acompañado a una organización salvadoreña, CORDES, en sus trabajos cotidianos, y eso me ha permitido hacerme una idea de la situación del país, más allá de la imagen que pueda llevarse el turista o viajero. Antes de llegar a El Salvador sabía que me integraría en una organización que trabajaba en el eje de «soberanía alimentaria», algo que me era conocido, aunque en España esta «soberanía» se aborda principalmente como una estrategia de las ciudades o las regiones para acortar los circuitos de comercialización de los productos agrícolas, favoreciendo los productos de proximidad y reduciendo con ello la huella de carbono. Pero en El Salvador soberanía alimentaria significa otra cosa. Significa comer todos los días.
El trabajo de esta organización se orienta a conseguir que las familias tengan los medios necesarios para alimentarse a lo largo de todo el año. Eso es lo que en El Salvador significa soberanía alimentaria. Se trata de proporcionan a las mujeres participantes en los proyectos subvencionados por la cooperación de Castilla y León las herramientas necesarias —tanto de conocimientos como materiales— para garantizar a las familias una dieta permanente y más sana, al incluir otros productos (tomate, chile, calabacín, nabos, huevos) más allá del maíz y los frijoles, y de hacer que sean sostenibles económicamente las pequeñas explotaciones. En la medida de lo posible, también se intenta que puedan generar unos excedentes que les permitan no solo mantener los huertos y las granjas, sino también un dinero complementario.
La estrategia de CORDES pasa asimismo por fortalecer las redes personales y comunitarias para favorecer la sostenibilidad de los proyectos y la difusión de los efectos económicos y sociales de los mismos. Así, las participantes asumen un compromiso de compartir tanto los conocimientos adquiridos durante los cursos de capacitación, como los productos de las huertas y granjas con otras personas de su comunidad. Al cerrarse un ciclo de trabajo en una comunidad, cada mujer entrega a otra semillas, plantones, o pollitos y la ayuda y tutela para que pueda desarrollar su propia granja.
Es difícil trasmitir la dificultad del trabajo que desarrolla la oenegé y su entusiasmo e implicación personal con las campesinas beneficiarias de los proyectos. Hay una sensación de equipo, de camaradería. Los cursos teóricos se desarrollan sobre el propio terreno, en alguna de las parcelas de huerta. Se trabaja codo con codo, a pico y pala, se siembra, se abona (todo orgánico), se cavan zanjas para las tuberías de agua cuando se puede hacer un pozo. Todas juntas, con los maridos y compañeros cuando es necesario mover más tierra o trasportar las tuberías más lejos. Con los niños revoloteando a nuestro alrededor, pegados a sus madres. Compartiendo la comida que lleva la organización. Siempre se calcula de más, porque muchas mujeres la guardan para los hijos o los abuelos que han dejado en casa. En muchos casos las mujeres, aunque vecinas de la misma comunidad, no se conocían o a duras penas se saludaban por los caminos, pero tras meses trabajando juntas, unas veces en la parcela de una, otras en la de otra, o haciendo un huerto comunitario, se genera una sensación de comunidad, de amistad, que enriquece su vida y está ayudando a mejorar materialmente también las comunidades, facilitando los trabajos colectivos de mejora de caminos, alumbrados o limpieza de cauce.
Y para que todo esto sea posible es necesario algo de dinero: esa aportación que se ha hecho desde España, desde Castilla y León, que ha permitido comprar las tuberías que ellas ensamblan y entierran en las zanjas que han excavado manualmente, la malla del gallinero y los ladrillos que se adquieren y que ellas levantan con la ayuda de sus vecinas y parejas. Los pollitos que se engordan y se venden en Navidad, un momento que todas esperan con emoción, conteniendo la respiración para que crezcan sanos, porque representa la mayor aportación económica que obtendrán en todo el año. Porque el pollo es la comida nacional de Navidad. Un dinero, el de la cooperación, que aquí parecería escaso, pero allí se multiplica por el trabajo de las mujeres que lo reciben, de sus compañeros, de sus hijos. Mujeres que caminan horas para llevar las arepas que han cocinado de madrugada en sus cocinas de leña al mercado de la ciudad vecina. Que permanecerán horas en un puesto, una tabla con dos ladrillos, hasta vender sus existencias, para volver de anochecida, también andando o si tienen suerte apretujadas en la cajuela de una furgoneta. Mujeres alegres, animosas, con niños, con padres, a veces con maridos.
Como en tantos países de Latinoamérica, los salvadoreños aman su país, están orgullosos de su belleza, de su cultura y de sus costumbres. No quieren emigrar, aunque lo han tenido que hacer en masa durante años debido a la violencia y a la pobreza. La cooperación al desarrollo es una inversión tremendamente efectiva para favorecer que estas familias puedan permanecer en su tierra y mejorar su vida. Desde otra perspectiva más egoísta, la cooperación al desarrollo refuerza la influencia geopolítica y diplomática de nuestro país, abriendo oportunidades económicas y comerciales a las empresas españolas y de nuestra región, y al contribuir a mitigar la crisis económica de los países en los que actúa, ayuda a reducir los flujos migratorios irregulares. Por todo ello, estos proyectos de educación, salud, empleo, que mejoran las condiciones de vida locales deben ser un orgullo para España y para Castilla y León.

Luz María Requejo Brita-Paja (Valladolid, 1956) es geógrafa, especialista en ordenación del territorio y medioambiente. Ha desarrollado su carrera profesional tanto en la empresa privada como en la administración pública, lo que le ha permitido tener una visión amplia de los mecanismos de intervención en el territorio y de los problemas inherentes al desarrollo económico y su coste humano y ambiental. Ha participado en la redacción de normas y estrategias de ordenación del territorio y urbanismo, en la evaluación del impacto ambiental de proyectos industriales, urbanísticos y de energías renovables en todo el territorio nacional y, en los últimos años, en la planificación de las normas de ordenación y gestión de los espacios naturales de Castilla y León. En todos estos trabajos ha prestado especial atención a los mecanismos de participación ciudadana, propiciando en la medida de sus posibilidades la inclusión de la voz de los habitantes del territorio en la toma de decisiones sobre la ordenación y gestión de sus recursos.
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