Hikers and villagers gather beside a deep stone-lined opening in a rural village
> Creación

La bala

Tres amigos dispuestos a perder el tiempo acuden a una conferencia sobre un enigmático hoyo bajo un pino. El conferenciante aparece muerto con una bala en el corazón… y sin orificio de entrada. Un relato de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

—Hola, he venido para decirte que vendré el martes.

—Llevas meses viniendo para decirme que vendrás otro día.

—Es que no quiero causarte ninguna sorpresa desagradable.

—Ya va siendo hora de que lo hagas.

—¿Qué, molestarte?

—Sí, moléstame viniendo un día para decir que te quedas.

—¿Y si no te apetece?

—Te lo diré.

—Y me tendré que ir para no venir más; así, de esta manera, siempre tengo una excusa para venir.

—No te atreves a enfrentarte conmigo.

—No me atrevo a enfrentarme conmigo. Sé que sería cruel con mi ego. Me haría daño a mí mismo y me revolvería contra ti. Prefiero no enfrentarme contigo.

—Tienes miedo de mí.

—No.

—Pues quédate entonces.

—¿Para qué?

—Eso es lo de menos. Ya se nos ocurrirá algo.

—Vale, me quedo, ¿y ahora qué?

—Vete, estoy harta de verte.

—¿Eso es todo lo que se te ocurre?

—Sí, tu presencia me molesta.

—Entonces volveré otro día.

—No vuelvas o ya no te concederé ningún crédito.

Se fue de nuevo. Cuando regresaba a su casa, vio por casualidad a un amigo a quien no veía desde hacía mucho.

—Hola, cuánto tiempo, ¿dónde has estado?

—Fuera. He ido a ver mundo.

—¿Y qué has visto?

—Mundo.

—Comprendo. ¿Entonces ahora te sientes mejor?

—Me siento igual. El mundo solo te hace más mundano, pero nada más.

—¿Tienes algún problema serio? Te noto preocupado.

—Ninguno, solo tengo problemas estúpidos, como, por ejemplo, nunca me creo del todo que una puerta esté cerrada.

—Vaya, sí que es tonto el asunto.

—Como te digo. Y mira que he visto, a lo largo de todos mis viajes, todo tipo de puertas.

—Es lógico.

—Pues cada vez desconfío más de ellas. Solo sirven para dar problemas. Si entro en un lugar donde no se me espera, hago el ridículo, y si se me espera, termino por hacer el indio.

—Lástima. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Sí, podrías ayudarme, si no te importa ni tienes nada mejor que hacer. ¿Estás casado?

—No.

—Entonces dispones de tiempo para perder.

—Sí.

—Bien. Yo estoy dispuesto a perder el tiempo en cantidades cósmicas. Creo que solo así podré recobrar de nuevo la confianza en las puertas.

—¿Y cómo crees que puedo yo ayudarte a eso?

—Hombre, ¿no me digas que no sabes perder el tiempo?

—Nunca me lo había planteado así, de una manera tan cruda.

—Es que o se hace así o no sirve para nada.

—Está bien —dijo Silvio—. Dime qué hacemos para perder el tiempo.

—De momento, nada —dijo su amigo Pepe—. Es mejor esperar a verlas venir. Por cierto, ¿de dónde venías cuando me has visto?

—De hablar con una tal Lidia. Está conmigo hecha una furia.

—Algo le habrás hecho. Eres un poco botarate.

—No le he hecho nada aún. Después de meses intentando quedar con ella, me tiene tanto odio que no me tolera. No desea verme.

—No te preocupes. Podemos ir a perder el tiempo con ella y verás como no conseguimos nada.

—Me parece buena idea.

—Hola —dijo Pepe—. ¿Cómo va eso, Lidia querida?

—Hombre, Pepe, ya era hora de que te dejaras ver.

—He estado ocupado con cosas. —Estaban en un banco del parque.

—Veo que os conocéis —dijo Silvio.

—Claro, ¿no recuerdas el partido? Pedazo de hombre, fuimos amantes una noche antes de que se largara por ahí sin decir ni pío —dijo ella.

—Menudo pájaro estás hecho —le dijo a Pepe.

—No podía estar aquí más tiempo. Necesitaba respirar.

—¿Y has respirado bastante?

—Algo. Fui a Tarragona y de allí a las Montañas Rocosas, donde estuve mirando la soledad de algunos parajes hermosos.

—Me alegro por ti. Mañana precisamente pensaba ir a pescar. Podemos ir los tres.

Solo pescaron pececillos muy esmirriados, que devolvieron al río. Luego fueron a una aldea cercana para comer algo, ya que habían venido andando desde el pueblo y estaban cansados.

Después de comer fueron a pasear por los alrededores de la aldea, y a lo lejos divisaron un gran pino que no tendría menos de veinte metros de alto. Se dirigieron hacia él y al llegar vieron que debajo de la enorme sombra que proyectaba había excavado un gran agujero de forma cuadrada, de unos dos metros de profundidad, diez metros de lado, y recubierto de paredes y suelo de mármol. Contenía algunas sillas y una mesa con otra silla más. Parecía que allí se practicaba alguna actividad que bien podría ser didáctica o cultural. Pero el hecho de hallarse excavado al aire libre fue lo que más les llamó la atención, ya que este tipo de recintos suele situarse en locales a nivel de suelo, en el interior de edificios para protegerlos de la intemperie.

—Qué extraño —dijo Silvio—. No me imagino lo que pueda ser.

—Eso no es asunto nuestro. Si aquí quieren hacer las cosas a su manera, allá ellos —comentó Lidia.

—Eso está claro, pero no lo entiendo.

La curiosidad los llevó hasta la aldea de nuevo para preguntar qué era aquello. Una vez allí, solo vieron a un hombre que se hallaba sentado en un banco de una pequeña plaza.

—Caballero, ¿sería tan amable de explicarnos para qué han excavado debajo de aquel árbol —y señaló al pino que se divisaba desde allí— el extraño recinto que hay recubierto de mármol y lleno de sillas?

—Pues, si quiere que le diga la verdad, no tengo demasiadas ganas de decírselo, porque no lo sé, pero le diré algo. Creo que algunos vecinos querían tener un sitio donde reunirse para hablar de cosas sin importancia.

—Pero para eso ya tienen el bar y la plaza esta.

—Pero allí están a salvo de curiosos.

—¿Y quién va a venir a interesarse por esas cosas?

—Gente como ustedes, por ejemplo —dijo el hombre.

—Nosotros no hemos venido a husmear, pero hemos visto ese hoyo tan raro y nos ha llamado la atención —dijo Pepe.

—Pues peor me lo pone, porque en este pueblo no nos gusta que venga nadie a pasear.

—Eso es una barbaridad —dijo ella.

—¿Qué es una barbaridad?

—Que no les guste que venga nadie a pasear.

—Pues es así, sea barbaridad o no. No nos apetece tener que ver a forasteros merodeando y haciendo preguntas tontas. Nos hace perder el tiempo.

—Pero usted lo estaba perdiendo de todas formas ya que no estaba haciendo nada.

—Eso es lo que usted piensa.

—¿Qué hacía usted?

—Estaba pensando.

—Ah, bueno, si es así, le pedimos disculpas por no dejarle pensar, nos marchamos y puede usted seguir pensando todo lo que quiera.

—Ahora tendré que empezar de nuevo. Había iniciado la reflexión esta mañana a las seis, y ya llevaba más de cuatro horas y cuarenta razonamientos, pero he perdido el hilo de todas las deducciones que había realizado. Como tengo mala memoria no recuerdo lo que pensaba cuando ustedes me han interrumpido. Solo sé que comencé a pensar en el significado de esa construcción que ustedes han visto, y saqué numerosas conclusiones, que ahora tendré que volver a sacar, ya que, si pierdo el hilo, no puedo recobrar la ilación.

—O sea que usted tampoco tiene claro qué es aquello.

—Ya se lo he dicho, amigo, ¿o es que es usted sordo, o tonto tal vez?

—Pero ha hablado de que algunos vecinos desean hablar allí.

—Es una pura suposición. No está comprobado.

—Adiós. —Y se fueron hartos de aquel hombre antipático.

Se dirigieron al camino que salía del pueblo, cuando vieron un cartel pegado a un tronco de árbol. En letras bastante grandes se podía leer:

GRAN CONFERENCIA DE DON EUSTAQUIO ACERCA DEL SIGNIFICADO DEL HOYO CUADRADO QUE HAY BAJO EL PINO GORDO

SERÁ PRONUNCIADA EN EL HOYO CUADRADO QUE HAY BAJO EL PINO GORDO Y LA ASISTENCIA ES GRATUITA Y LIBRE.

TENDRÁ LUGAR ESTA MISMA MAÑANA DENTRO DE UN RATICO.

Al ver aquello escrito no sabían si tomarlo a broma o no.

—Puede ser interesante —dijo Silvio.

—Menuda estupidez —dijo Lidia.

—Cualquiera sabe. A veces estas cosas suelen dar sorpresas epistemológicas. Puede que ese Eustaquio sea una eminencia —dijo Pepe.

—Por muy eminencia que sea, ¿qué interés pueden tener las tonterías que se le ocurran acerca del propio agujero? Me parece una pérdida de tiempo —dijo Lidia.

—Eso lo hace aún más atractivo —dijo Pepe.

Al final convencieron a la joven de que los acompañara a la conferencia para ver si podían perder varias horas gratuitamente o por el contrario descubrían algún secreto que se les había escapado. Como era dentro de un ratico, se fueron yendo hacia el pino porque seguramente no tardaría en comenzar el acto. Sin embargo, una vez allí, comprobaron que todavía no había llegado nadie.

—No sé qué entenderán aquí por un ratico. Igual son varias horas —dijo ella.

—Hombre, en el lenguaje normal un ratico no pasa de media hora o así, vamos, digo yo —señaló Silvio.

—Esperemos que así sea.

Sin embargo, al cabo de una hora no había aparecido nadie. Estaban que no sabían qué hacer, si irse de una vez y olvidar aquel asunto tan estrafalario o aguantar un poco más.

Al cabo de dos horas todavía seguía el lugar desierto. Con mucho esfuerzo, igual que habían descendido hasta el recinto, volvieron a subir, ayudándose únicamente de una cuerda gruesa que se hallaba atada al árbol.

—En este pueblo deben de estar todos locos —dijo ella.

—Todo es posible.

Pero cuando habían salido los tres de aquel agujero, vieron a lo lejos acercarse a una persona. Era una mujer bien vestida, quien, al llegar junto a ellos, los saludó con amabilidad y cortesía.

—Hola, ¿son ustedes asistentes a la conferencia que va a dar mi padre?

—Esa era nuestra intención, pero estamos ya dos horas esperando y no ha aparecido nadie.

—Bueno, tal vez se hayan adelantado demasiado.

—Es que en el cartel que hay en el árbol decía que la conferencia iba a celebrarse dentro de un ratico.

—Claro, es que desconocen las costumbres habituales del pueblo. Aquí un ratico son dos horas y media.

—¿Exactas?

—Sí. Mi nombre es Jerónima y estoy encantada de que personas de apariencia culta como ustedes asistan a estas conferencias que mi padre suele dar acerca de este lugar.

Ellos se presentaron y le explicaron lo que les había pasado con el hombre del parque.

—No saben cómo lamento lo que les ha pasado. Es que mi padre es muy arisco y pocas veces suele tomarse bien la presencia de la gente. Es un solitario. Pero tiene un pensamiento brillante que es capaz de subyugar las mentes de sus oyentes.

—Esperemos que así sea —dijo Pepe—. No sabíamos que era su padre.

Poco a poco la gente comenzó a llegar, algunos venían con sus hijos pequeños. Cuando el recinto estuvo lleno y todo el mundo pensaba que el conferenciante aparecería de un momento a otro, alguien se asomó y dijo que habían encontrado muerto a Eustaquio y, por tanto, la conferencia no iba a tener lugar.

El revuelo fue enorme. Todo el mundo quería subir por la cuerda al mismo tiempo, hasta que Jerónima organizó un poco la cosa y se fue vaciando el local. Los visitantes y ella fueron los últimos en salir. La acompañaron hasta su casa, donde encontraron el cadáver del padre a medio vestir. Pero no había señales de violencia que explicaran la muerte del hombre, el cual se hallaba muerto del todo, como se pudo comprobar por parte del médico que había llegado desde el pueblo vecino.

Se dio parte a las autoridades. Parecía que su muerte podría deberse a un fallo cardíaco o algo así; sin embargo, el médico tenía sus dudas, ya que lo conocía desde hacía mucho tiempo y sabía que disfrutaba de un estado de salud magnífico a pesar de tener casi ochenta años.

Como no pudo establecerse la causa de la muerte, las autoridades decidieron hacerle la autopsia, y la sorpresa fue que encontraron una bala instalada en su corazón, la cual, probablemente, le había ocasionado la muerte. Sin embargo, no había orificio de entrada de la bala en todo su cuerpo.

El forense no pudo establecer cuál fue la causa con certeza, pero expuso en su informe todos los detalles.

Jerónima, sin embargo, les explicó a los tres visitantes algunos pormenores sobre su padre.

Durante su juventud Eustaquio se había hecho famoso en la comarca debido a la calidad de los huevos que ponían sus gallinas. Un día pasó por allí un cirujano cardiólogo y le compró una docena de huevos.

Pero al poco tiempo regresó de nuevo y quiso que le vendiera diez docenas, a lo que Eustaquio se negó en redondo, alegando que no podía vendérselos todos a él o de lo contrario perdería su fama de vendedor de huevos.

Pero el médico insistió tanto que al final le propuso un quid pro quo:

—Si me opera y me aloja una bala en el corazón, le prometo venderle cinco docenas cada quince días.

—Está usted loco al pedirme eso. Es imposible. Nadie en su sano juicio querría tener una bala en el corazón.

—Yo sí.

Después de pensarlo bien, el prestigioso cirujano le dijo que de acuerdo. Quedó en el hospital y al cabo de un mes ya tenía la bala en el corazón. No hubo problema con el equipo, pues los demás también ansiaban aquellos huevos.

—Ya está —le dijo—, pero sigo sin entender qué mierda es la que lo ha empujado a tomar esa decisión.

—Eso es cosa mía.

Desde entonces cada quince días el cirujano pasaba por su casa para adquirir cinco docenas de huevos frescos, ya que en el hospital donde ejercía sabían que aquellos huevos eran muy buenos para las arterias y todo el sistema linfático y cardiovascular, etc., de manera que el doctor, llamado Arístides, los vendía a sus colegas a unos precios desorbitados y pronto se hizo muy rico.

Como su ambición no tenía límites, decidió hacerse con todos los huevos de Eustaquio, y alquiló los servicios de dos matones que lo acompañaron a la casa del recovero.

Le arrebató todas las gallinas y les construyó un gallinero de lujo en unos terrenos que tenía, de manera que en poco tiempo ganó dinero suficiente para levantar una torre en recuerdo de su mujer fallecida hacía veinte años.

Algún tiempo después se tropezó con Eustaquio en la calle:

—Tú me arrebataste a mis gallinas, maldito matasanos.

—Viven como reinas y vendo unos huevos terriblemente buenos. Pero te merecías que te las robara. Estás loco y un loco no debe vender huevos en una sociedad moderna y democrática.

Eustaquio se vio acorralado y le contó los motivos que lo habían inducido a incrustarse una bala en el corazón.

Fue durante su época de estudiante cuando se enamoró de una compañera. Pero no era el único. También había un poeta detrás de ella. La chica al principio se inclinó por Eustaquio. Luego el poeta le leyó versos y la engatusó. Como además el poeta llevaba siempre una bala entre dos dedos de su mano izquierda para, llegado el momento, quitarse la vida, la joven no pudo resistirse a tanta emoción. A veces le preguntaba cómo sabía que iba a suicidarse, y el otro le contestaba que él no tenía salida. Otras veces le cantaba canciones a la guitarra sin quitarse la bala de entre los dedos, lo cual la llevaba al éxtasis amoroso y lloraba sin saber por qué.

Cuando ella le contó esto a Eustaquio, este no sabía qué hacer.

Llegó a comprarse un bote de cianuro, pero a ella esto no le pareció romántico ya que era un bote de plástico blanco, sin el glamour de la bala plateada.

Como consecuencia de todo esto perdió el cariño de la joven, la cual se entregó al poeta y futuro suicida, con una fe increíble.

Eustaquio pasó una mala racha. Dejó las clases. Comenzó a beber y a jugar a las máquinas tragaperras. Luego, tuvo un lío con una comunista, que le hizo olvidar a la otra. Pero no del todo. Acabados los estudios, se fue al extranjero solo, dejando a la comunista sola con el partido. Estuvo en algunos sitios. En Calahorra conoció a un buzo que sabía filosofía del lenguaje. Este lo obligó a interesarse por la teoría general del insulto. Luego conoció a Lucrecia. Se escribieron cartas incomprensibles por ambas partes.

—Pero eso no nos lleva al motivo para querer introducirse una bala en el corazón —dijo el médico.

Pasado el tiempo, Eustaquio recordó el asunto de la bala, según le dijo al médico. Se le metió entre ceja y ceja. Otro día se encontró en un bar con ella, y se quedaron mirándose sin saber qué decirse. Le dijo que se alegraba de verlo. Él le preguntó que cómo le iba la vida y si se había casado con el poeta baliente.

—Sí. Estamos casados. Pero no me quiere, ni yo a él. Y no puedo dejarlo, ni él a mí.

—¿Por qué?

—Porque me da miedo y lástima, y a él le da miedo y lástima.

—¿Lleva la bala todavía?

—Sí.

—¿Cuándo piensa suicidarse?

—Dice que ojalá lo supiera.

—¿Y por qué te casaste con él?

—Por la bala, supongo.

—Cuánto tiempo ha pasado, ¿no?

—Sí.

—He dejado de pensar en ti, pero no puedo dejar de pensar en ti.

—¿Para qué lo has hecho?

—Para nada. Porque si no pienso en ti, sueño contigo.

—No te creo.

—Voy a ponerme una bala en el corazón.

—Estás loco.

—Más de lo que piensas. Me he alegrado de verte.

—No te vayas aún. Tomemos algo.

—¿Por esa bala baladí te fuiste con él?

—Entonces yo era joven. Amaba el dolor sublime y poético. ¿Es eso malo?

—No lo sé.

—¿Y vas a seguir así siempre? —dijo ella.

—Mientras viva, luego ya veremos.

—Llévame contigo. Me aflige verlo sufrir tanto —dijo Flor.

—¿Y por qué sufre?

—No lo sé. Lo pasa mal todo el tiempo. Le encanta. Yo no entiendo nada.

—Si lo dejas tal vez te arrepientas, te hará pensar. Será un mal paso.

—Tienes razón. Pero no puedo vivir de este modo. Me estoy amargando cada día. Me gustaría que se suicidara para tener un orgasmo. Pero luego lo pienso muerto y tiemblo de terror.

—Tú decides.

—Vale, vete, no quiero verte.

Este fue más o menos el encuentro, según contó. Se despidieron. Eustaquio la esperó durante algún tiempo, pero no volvió a verla. Pensó que lo mejor que podría hacer era ponerse la bala. Se volvió loco.

—¿Y usted sabía lo de la bala? —dijo Lidia.

—Sí, me lo dijo años después. A él le habría gustado ser geógrafo, pero el desengaño amoroso lo hizo abandonarlo todo y dedicarse solo a las gallinas y los huevos. Era lo único que le hacía ilusión en el mundo.

Cuando regresaban a su pueblo los tres amigos iban charlando de la extraña historia.

—Por fin he perdido mi desconfianza en las puertas —dijo Pepe.

—Pues no sabes cuánto me alegro. Pero no entiendo la relación.

—Yo tampoco, pero me siento nuevo. Esto me ha dado una perspectiva diferente de la vida, que mis largos viajes no habían conseguido darme.

—Eres raro de cojones —dijo Silvio.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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