06 Creación

Alessandro Raveggi

Alessandro Raveggi (Florencia, 1980) es autor de la primera aproximación italiana a David Foster Wallace y colabora habitualmente en las revistas culturales y web magazines más difundidas de Italia.

Alessandro Raveggi  nació en Florencia, Italia, en 1980. Vivió en México de 2009 a 2013, donde ejecrció como profesor en la UNAM y se dedicó a la literatura. Profesor de literatura en la New York University, es también director de la primera revista bilingüe italiana The FLR – The Florentine Literary Review.  Su trayectoria literaria abarca diversos registros como novelista, ensayista y poeta. Entre sus novelas, destacamos Nella vasca dei terribili piranha (Effigie, 2012) y su título más reciente: Il grande regno dell’emergenza (LiberAria, 2016). En el ámbito de la poesía su último libro es Nominazioni (Ladolfi, 2016). Como ensayista, es autor de la primera aproximación italiana a David Foster Wallace:  David Foster Wallace (Doppiozero, 2014). Colabora habitualmente en las revistas culturales y web magazines más difundidas de Italia.

Raveggi, acompañado del periodista Sergio Rodríguez Blanco y del escritor Luis Bugarini,  presentará el volumen Panamericana. Cartas de amor a México y a América Latina (La Nueva Frontiera, 2016) el lunes 26 de junio en el Istituto Italiano di Cultura de Ciudad de México. Coordinado por el propio Raveggi,  el libro supone un homenaje literario que nueve reconocidos escritores italianos dedicadan  a otros nueve clásicos de la literatura latinoamericana. Retratos ficticios, cartas de amor, encuentros imaginarios con autores como Arlt, Borges, Ocampo, Pacheco y Bioy Casares, entre otros.

[⇑] Foto de portada: © Francesco Natali


mascaras-africanas

Nuestros objetos paternos

/ por Alessandro Raveggi / Traducción en exclusiva para El Cuaderno: Sara Carini /

La máscara de lobo blanco me cae perfectamente, tanto por delante como por detrás. Demuestra la manía con la que nuestro padre ha tomado las medidas de mi cabeza. Con un truco, mientras dormía. Quizás gracias a la muchacha de cara esponjosa que me enviaba a costa suya por la mañana temprano, el sábado. Reordenaba furiosamente la horrible derrota que eran los fragmentos desemparejados de mi cuarto-oficina, sin poder distinguir entre objeto de arte y basura, circunspecta. En la operación, sin embargo, habría meticulosamente tomado las medidas de mi cráneo, mientras yo roncaba como un niñito.

La expresión del hocico de esta máscara, todo menos que famélica, es más, dormida, un poco abatida, no es sin embargo la que preferiría. Si hubiera podido elegir, claro. Debe de ser la expresión del lobo blanco después de que ha corrido, aullado mucho, desesperadamente en busca de comida, anhelando la conquista de una presa. Un lobo blanco desorientado, el equivalente de la oveja negra, pero significativamente lobo. Más que otra cosa resignado a la idea de hacerse rascar la barbilla por un amo nunca antes imaginado, en el límite de la estepa.

Si respiro en su interior, puedo oler el tratamiento utilizado para el esmaltado. Me da a entender, vista también la talladura aproximativa de los ojos, que la máscara fue producida hace poco, de prisa. La idea pudo haberle venido a mi padre, de repente, una clase de ictus – si no fuera desagradable pensarlo, hoy. Las encargó al primer artesano encontrado en las Páginas Amarillas la máscara, las máscaras. El lobo, ¡lo antes posible! Exclamó. Y la jirafa, ¡la jirafa!

La cabeza de jirafa marrón de nuestra hermana Sara, que se alarga en las orejas en pómulos radiantes y angulosos, y que ella debe de haber calibrado en los pasajes más estrechos y abarrotados, destaca en la multitud de personas que han llegado a saludar a nuestro padre por última vez. La jirafa exhibe los dientes grandes como medallas en un hocico presuntuoso e infantil. Sara, por debajo de la barbilla de ese pterodáctilo, está fajinada por completo en un jersey finísimo, unos vaqueros impresionantes. Pero uno se da cuenta de que con la cabeza de jirafa, sobre ese traje de mimo atractivo, se le quita de encima la picardía de siempre, esos sujetadores que guiznan, ombligos pintados de forma voluptuosa, esmaltes pastel en las uñas de los pies casi siempre descubiertas, en la constante agresividad femenina de la predadora. No obstante, hay que decirlo: las trasparencias de esa camiseta mejoran la visión de conjunto de una mujer cuarentona a estas alturas, la pobre, en «relajamiento».

Mi alegre hermana no puede dejar de entretenerse ahora, en la riada de políticos compungidos con mujeres e hijos con cataplexia como séquito, en ociosas relaciones públicas. Tendría que recordarle a Sara que el cuerpo de papá no es una casa a la venta que hay que soltar a algunos mocosos llegados de la ciudad para probar los maderámenes, los braseros, los espacios abiertos, el zaguán de las escaleras….

Quién sabe si un lobo blanco puede tenerle miedo a una jirafa gigante, o viceversa. Quién sabe cómo un lobo blanco, siberiano, podría hincar los dientes en una jirafa africana. ¿La atacaría? ¿Hundiría sus dientes en la carne marrón y estoposa?

Si Sara no fuera Sara, mi hermana biológica, mi misma carne incompleta y rechazada jamás masticada por mí como algo mío, la atacaría como una víctima cualquiera, pero con Sara, con Sara… tendría que inventarme una estrategia de la nada.

El lobo, la jirafa, el colibrí.

Para Riccardo nuestro padre no podía querer algo peor que asestarle una cabeza de colibrí desplumada. Con toda esa flojedad que lo lleva a vestirse como un misionero del Mato Grosso, los zapatitos de piel negra deformados, en los que se nota la hinchazón del pulgar que empuja el negro desgastado. Ahora, él ahí, con la cómica expresión medio loca del colibrí suramericano, esa cabellera reventada, de vocear reventado en el aire que deja su hórrido retumbo.

Él no parece habérselo tomado a mal. Digo lo de la máscara: ya que la fue combinando con una camisa de flores bien amplia, sin mangas, un fondo perfecto para su pajarito-insecto, una cartografía que permite a quien lo evalúa centrarse más en el paisaje que sobre la cantidad de adiposidad apenas eludible, entre el follaje estampado sobre el tejido ordinario. Un desvío para la desolación.

Digo, la máscara, las máscaras: no son una verdadera tragedia. Pero por cierto lo es el encontrase expuestos así, los tres, en las capillas del velatorio, después de años sin vernos.

Esta sí que es una tragedia. Sara, Riccardo y yo: los hemos enfrentado igualmente, estos años. Años árticos, en los que nos hemos empujado evitándonos como la peste, cada uno en el extremo de una isla helada, más allá de la indiferencia de una amistad sosa, como un polo chupado de una vez, que se queda frío y sin sabor, como la isla misma. Ahora nos arrojamos más allá de esa, en el mar de cubitos helados de las formalidades y en las, llamémoslas así, “prácticas” de despedida para nuestro padre.

Mírennos aquí a los tres, más una silla demasiado vacía, días atrás, delante de un notario más joven e incapaz de lo previsto, quien abría los documentos y nos entregaba las instrucciones con un gesto amanerado. Uno preocupado más que el otro de manifestar pero no demasiado su proprio interés acaparador por la memoria de nuestro padre. Uno más que el otro en el codicioso desinterés disimulado por el largo frasear de su testamento, que en lo absoluto no iba al grano. Grano, claro, económico, del discurso. Yo de un lado, arreglando y desplazando las piernas de la silla vacía a mi lado. Desconcertándome junto a los otros por las condiciones particulares del testamento. ¿Nuestro padre se iba por las ramas como siempre? En este mismo momento ¿se había convertido en un charlatán?

11/4/2003

Federico,

por suerte he podido recuperar tu correo electrónico. Sólo espero que tu ordenador no haga putadas con los caracteres latinos, que no convierta todo en horribles ideogramas.

Me imagino que ya sabrás. Nuestro papá falleció. Se deshizo en una profusión de vómitos en su habitación, la cabeza reclinada hasta detrás del cojín, entre el cojín y la cabecera.

Podría describirte su gesto arqueado hacia lo imposible, para nada implorante, casi imperioso… Perdona, por este asqueroso vicio mío de ponerme a escudriñar la libertad a través de la que la forma abre de par en par su sintaxis en la vida… aunque en el momento de la muerte, la muerte de nuestro padre. Perdóname si ahora, esta teoría mía de la escultura: la pongo toda dentro de esta carta, esta tinta, y la esparzo por el cuerpo de nuestro padre. Perdóname, de verdad, perdóname, joder.

El notario te llamaría, cosa que hace inútil y vano todo este preámbulo. O puede ser que no te haya encontrado, o por lo menos así nos dirá en tu ausencia, mientras en cambio sólo quiso ahorrarse una llamada internacional. Él nos ha invitado a encontrarnos los cuatro en Novoli, en la Avenida Guidoni, 37. Mientras nuestro padre ha muerto en la casa de Fiesole. ¿Recuerdas la casa de Fiesole? ¿Esa con los pequeños Bacos y los amorcillos en las paredes? ¿Esa con el fregadero exterior y el olor a estiércol, sin que ni siquiera hubiese un caballo? Claro que sí, que te acuerdas. El estatuario espasmo de nuestro padre, en el medio de esos amorcillos, y nuestras caras ausentes, de la pared, ni siquiera en trampantojo.

Sí, quiero decir, no es que importe mucho, pero a nosotros, ¿a nosotros qué nos ha pasado? ¿Cuándo ha sido el momento exacto en el que nos han borrado de aquellas paredes? ¿Nos equivocábamos de pequeños, a ser tan unidos, alrededor de sus piernas, alrededor de las articulaciones de su cuerpo, como los amorcillos ante la presencia del dios Pan? ¿Nos hemos equivocado, en rebelarnos, poco más que niños, a nuestro padre?

Él, en el fondo, se ha revelado el único aglutinante que nos juntaba. Ahora, como simples medio hermanos, somos bolas tiradas en las antípodas.

Te ruego por lo menos de que vengas tú también, para entregar delante de su memoria todo lo que tienes que entregar, como es justo que sea.

Pienso que sería justo para todos.

Tuyo, J.

 

Estoy subiendo la cuesta, cuando Sara con la cabeza de jirafa se me aproxima titubeando. Nos entendimos, incluso detrás de las máscaras, sin asombrarnos: he leído bien mi cartita donde había las instrucciones para encontrar la máscara, y ella también lo ha hecho. Somos nosotros los elegidos, por el momento, de este juego. Se esclarece la voz, me dice que ya ha hablado con Riccardo, que lo que hay que hacer, en su opinión, hay que hacerlo así, y punto.

“Por lo menos, por una vez, favoreceremos su voluntad”, le digo.

“Cómo si no nos hubiese arrastrado siempre, de alguna manera, hacia su voluntad”.

“Esto también es verdad”.

“Yo ya no puedo más con esta máscara. Tengo que recibir a gente, tengo que hacer un montón de cosas de aquí a la eternidad, vaya mierda…”.

“Cómo están los niños, Sara?”

“Uno ya es grande y, tú piensa…”

“Eres toda una mamá, Saritita mía”.

“Qué dices, me pones de los nervios. ¿Qué quiere decir ese toda?”

“Quiero decir: Uno ya es grande, va a la universidad y tiene la muchachita, lo de siempre. Dicho así, en apuros con la cabeza, como una mamá”.

“Te parece que yo soy toda una mamá? En efecto, ya no sé donde tirar estas caderas”.

“Decíamos bien: ya desde pequeña, Sara, llamaría la atención. A fuerza de coleccionar objetos, y otras cosas…, a fuerza de hacer la metódica en cada rompiente, alcanzaría un estatus…”.

“No me parece el caso de ofender, ahora. De virar hacia…”

“Ya desde pequeña, digamos que has sido una coleccionista, además de prepotente. Papá, en tu opinión, ¿sufría por esto?”

“¿Por yo ser un poco puta?

“No he dicho esto, eh. He dicho que ponías cierto método de coleccionista, nunca una cosa fuera de su lugar, para alcanzar un estatus, aunque solo un estatus sentimental”.

“Lo has insinuado, el puta. En ese ser coleccionista. Conozco tu sarcasmo”.

“Conversación conveniente número uno, cerrada, ¿verdad?”

“Sí, aquí, si llega a estos términos está cerrada. Hasta pronto, mi querido”.

“Querrás decir hasta luego, Sara”.

 

14/4/2003

Querido Fede,

siento no haberte visto en Novoli. Incluso el notario lo lamentó, no obstante no se encuentre ninguna referencia a ti en el testamento, o mejor dicho, en las instrucciones de nuestro padre.

Te preguntarás por qué te escribo en lugar de llamarte.

Porque así me cuesta trabajo, y doy más valor a esta escritura. No, no me malinterpretes, no he perdido manualidad. Todavía soy un buen escultor, aunque las primeras señas del tiempo llamen a la puerta. Sólo que estoy acostumbrado a escribir con el teclado. Pequeños insignificantes mensajes electrónicos, lanzamientos promocionales de mis exposiciones. Y una carta internacional a mano, en papel, enviada, ¡sería para mí un compromiso demasiado desequilibrado entre mi hábito artístico y mi cartera!

¿Por qué no has venido?

¿No has conseguido encontrar una conexión que te permitiera llegar a tiempo desde Kioto hasta aquí, en un par de días? ¿Es así de imposible, lejano, y cansado, y todo lo demás, llegar a cierta ora en Novoli, en la Avenida Guidoni, 37, desde el profundo Japón, para honrar a nuestro padre?

Vas a pensar que son putadas. Que no considero la materialidad del espacio. Pero ¿qué pones tú en ese espacio? Cierta compensación emotiva, ¿dónde la pones?

Quizás me equivoco: estás ahí, que sufres como un perro, en el rincón de tu casa de madera y biombo, con el riachuelo por delante que lame las piedras y el junco, mientras tu mujer te alcanza con una reverencia un té verde en su kimono de casa, que huele a brote de soja. Y tú, entre escombros, porque sufres, con tu gorro de natación ajustado en la cabeza, la espalda todavía mojada por el cloro, el bulto del bañador sobre el que cae mi carta leída en tu palmar.

¿Tenemos que sufrir? ¿O tendríamos que sentirnos libres? De la enfermedad de nuestro padre, digo. Y no me refiero a esa de los últimos años. Que, vista la edad, ha sido como canela en un dulce que ya se había podrido. Volvió el cuerpo de nuestro padre… atractivo. Pornográfico. Todos querían ver el detalle, comentar el detalle, masturbarse con el detalle. Esto, a Sara, en los últimos tiempos, parece que le viene como agua de mayo.

Te diré más, toda esta atención, ha hecho que su cuerpo se aferrara a la realidad… Me lo explicó el medico forense. Yo no he entendido mucho, cuestiones de acústica y cuerdas vocales, de movimientos incondicionados post-mortem.

Son días que no veo el cuerpo de nuestro padre.

Ahora me dicen que molesta incluso a los perros, desde kilómetros.

Siempre tuyo, J.

 

Comienzo, otra vez, a subir la cuesta. Sara la jirafa se desmarca de mí, para bloquear la carrera de otros presentes, para introducirlos así a este tipo de adquisición del trocito mortuorio de nuestro padre. Bajo la máscara seguramente sienta contrición, más por el enmascaramiento que por otra cosa, pero en la realidad hace que su cara gordita se quede ahí a guiñar el ojo al venerado de turno. El que, en cambio, en un primer momento se asombra, pero no puede sonreír: estamos en las aproximaciones de un funeral, al borde del tormento, en el día anterior a la procesión, dos días antes del sepelio. Ellos se quedan petrificados, algunos se arreglan el cinturón, los niños se abrazan a los muslos de mamá, otros bromean sobre ello, queriendo tocar los pómulos evidentes y leñosos de la jirafa, mientras ella tiene que explicar que ha sido de alguna manera voluntad de papá si estamos así.

La cosa más divertida es que las reacciones hacia Riccardo y yo son completamente diferentes. Menos asombradas, menos parcas, casi cautelosas. Nos tienen miedo, se quedan lejos de nosotros. Quizás siempre lo hayan tenido: es decir, comprendieron muy bien quienes somos, pero sin la figura filtro protectora de nuestro padre nos ven como endemoniados. El lobo blanco, el colibrí azul, dos vagos excéntricos de la familia Pironti, listos para explotar como minas antipersonas olvidadas en la selva toscana. Vade retro.

El lobo blanco cansado en su estepa, lengua colgante, en cambio, va hacia Riccardo, el penacho extravagante. Tengo las manos doloridas. Desde mi última obra. Una obra que estoy arreglando para el ayuntamiento de Fiesole, pensada para Plaza Mino, ahí, cerca de la parada de los autobuses. Donde todos los autobuses naranja dan la vuelta y los turistas atiborrados en su interior se encuentran delante de la cara la apertura coja, porque cuesta arriba, de la plaza. Mejor, esta vez los turistas, después de la curva y de la liberación torcida, se van a encontrar delante de la cara esta estaca larga y bien pulida llamada… Zenital, una cosa pequeña – más cansancio en ponerla de pie que en pensarla intelectualmente – rodeada de todos modos por conceptos muy elegantes, redondos, escritos por un amigo filósofo como comentario – un filósofo que vende albóndigas suecas en Ikea, y desde hace dos años sigue terapias de gestáltica donde se golpean con cojines, para sobrevivir.

He ganado la convocatoria municipal del proyecto: gracias también al respeto que mi padre en el pasado se ha ganado por todo el Ayuntamiento con, digamos… sus obras de bien. Yo nunca he querido la ayuda de mi padre, solo que esta se me ha pegado encima con el apellido, haciendo quizás el efecto opuesto: Jay Pironti el Hijo de Pironti. La red de relaciones de mi padre ha ido mucho más allá de mis capacidades para deshacerme de ellas y volverme libre, de darme a entender como talento por mí mismo.

En efecto, es sabido, el poder siempre ha sido más fuerte que la forma, y mi padre, del poder, siempre ha sido el malabarista más hábil, dando por alto la necesidad de una forma. Incluso cuando, casi hace treinta años, ha conseguido quitarnos con la maña a los cuidados de nuestra madre, además de separarse de la misma, y hacernos criar por una chacha pantagruélica y polaca odiada por todo el valle florentino, su instrumentum regni. Pensándolo bien, mi padre siempre ha sido un abstractista radical: con poco lograba hacer de todo, incluso cosas terribles. Mis obras, en cambio, tienen el valor barroco de una nostalgia por las cosas perfectas. Con mucho esfuerzo no logran nada. Por esto mi Zenital mínimo es un cambio, una lápida, una tumba.

Me acerco a Riccardo, crujiendo los huesos de las manos y poniéndomelas en los bolsillos, deformando este vestido de swinger espigado que he juntado sobre la marcha. En la cabeza, donde la máscara deja expuesto el pelo, la goma aprieta y me produce casi una doble mollera de masa quebrada durísima, creada gracias a la contribución de la gomina. Puedo ver sus ojos, en esa máscara de colibrí, los ojos siempre hinchados de alergia de Riccardo, los ojos siempre hinchados por el polvo de la papelería decrépita de Rogoredo, donde el papel se amarillenta por el deterioro, como sus nudillos por la nicotina. Y sus ojos fijos al cenicero el lunes por la mañana, antes de la hora de entrar a la escuela, con las mamis todavía medio dormidas que balbucean con la boca amasada pedidos de cuadernos cuadriculados grandes y lápices 2B. Los chapuceros 2B, que Riccardo, antes de desactivarse, utilizaba para sus bocetos mujeriles, en ocasiones eróticos, involuntariamente baconianos por la poca destreza en el donar los matices del 2B. Esto cuando éramos dos, en el chalet de Fiesole, con los caballos balancines sueltos en el cerebro, pataleando en la carrera insensata del arte.

Yo con las manos secas de creta, las uñas obscenamente negras, Riccardo con los claroscuros del polvo 2B en los cortes y los meñiques de las manos, como a entristecer su complexión maciza. Y nuestro padre a mirarnos apoyado en la barandilla de la terraza, a dejarnos sueltos, a dejarnos ilusionar como ningún otro padre había hecho nunca, con la seguridad de su labio divertido, paralelo al frontón del chalet.

Se lo digo a Riccardo: puedo verte los ojos más allá de tu máscara de colibrí, como para preocuparme de eso.

Le pregunto si es su alergia, porque los tiene rojos.

Él me dice que no, moqueando. Y me dice que no es para nada un colibrí, sino, atención, una máscara de Trogón Resplandeciente, un pajarito de Centroamérica. Yo pienso: esa forma de ascesis-sacerdocio que lo ha vuelto el dueño de una papelería de la periferia milanesa con el letrero descolorido, los vestidos de misionero para ocultar la grasa, la América Central, el Mato Grosso, después todo tiene sentido. Como si las máscaras correspondieran a un sentido oculto, todavía por descubrir. Pero solo mirándose desde afuera, enseñándose cada uno a sus propios hermanos y hermanas. Forma impensable de dejarse ver, ahora, con los tres hermanos dispersos en el Ártico de las relaciones. Y otro, más pequeño, un hijo único al revés, tenido con otra mujer apenas conocida y de inmediato rehusada quien sabe donde, haciendo el pescadito verde en el cloro de las piscinas de Tokyo (un sólido matrimonio, un hijito zen, los calzoncillos húmedos, el brote de soja).

Le rozo la nuca a Riccardo, sin pensar, para ver si la tiene descubierta. Me aparta la mano.

“Eh. Tranquilo, Riccardo. Quería ver si a ti…”

“De todos modos, es mi alergia. Como la de Fede: la alergia inmensa al corpúsculo de la realidad, que él ha quemado con el cloro de sus meadas piscinas, y mierdosas…”

“¿Te cubre toda la cabeza? Quien sabe qué querrá decir. Quiero decir, tienes una bonita cabellera postiza y todo lo otro, y yo en cambio…”

“No pienses que nuestro padre haya querido ponerme en ridículo solo a mí”.

“No lo estoy pensando. Es más, la tuya es más definida. Es la más estéticamente bonita. Un premio de pasión y demasía.

“Qué coño te importa a ti de las máscaras. Nos estamos haciendo el ridículo ¡y punto!”, me ladra encima, con su acento florentino vulgarizado por el milanés, que deja rastros desagradables sobre las últimas letras.

Le toco con actitud provocadora la cabellera postiza, eléctrica, y casi me quedo pegado a ella, a esos hilos sintéticos que me pican las manos. Cuando la jirafa Sara me aparta. Nos pasa a ambos pequeños tapones amarillos.

“Y estos?”, digo yo, con la voz hosca por la madera de la máscara.

“¿Regalos de Fede en honor a su ausencia? ¿Tapones para los cien metros mariposa?”, le dice Riccardo irónico.

“Estos son por papá”.

Me doy cuenta de que la gente se va de la capilla al poco de entrar, con las orejas como deshechas entre las manos. Nosotros los tres, el lobo blanco, el trogón resplandeciente y la jirafa, ponemos los tapones en las orejas y seguimos hacia la construcción láctea de la Capilla, haciendo señas sumisas a la gente como rockeros colocados por los faros del pasillo de entrada de un concierto en el que no quisiéramos tocar, por apatía debida a prestación repetida. Son nuestros cien metros estilo mariposa, espinazos bien extendidos y nudosos, con tal decisión que el aire y el agua de nuestras braceadas son un indistinto soplo espumoso y ligero, una mancha virtuosa. Nuestro hermano estaría contento.

“Ayuda, ayuda. ¿Me ayudáis?”, se queja Riccardo, parándose en la mitad de la braceada, “no puedo ponerme los tapones. Socorro”.

Por un momento, Sara quiere como desvelar el ignoto un poco patente, enseñar la cara lloriqueante y alérgica de nuestro hermano Riccardo toda morada por el calor de los mocos y sudor y papelería estrecha y desarrollada en altura dentro de esa máscara de pájaro exótico. Pero luego se le insinúa con los dedos por debajo de la máscara, forzándola ligeramente, y aplica los tapones, como arreglando las mechas de pelo ceñidos, en una cortesía como entre monjas de convento. Estamos listos para entrar después de la vidriera, con la gente que todavía sale con las manos sujetándose las orejas. Solo pocos soportan el silbido, le brota el espasmo en la cara. Un terrier ladra afuera, quisiera escapar, da tirones a su dueño hacia el aparcamiento. Cuanto más nos acercamos más oímos casi nada, nos damos paso entre la gente, políticos y politiqueros, conserjes municipales y de escuelas de primaria, gente desesperada por el silbido que parece volverse cada vez más intenso. Podemos reconocer las modulaciones del sonido por las muecas de la gente, de los campesinos y de los jardineros municipales vestidos como en sacos de la basura, de las guardias de tráfico reconocibles por las botas blancas brillantes y las colas de caballo en desfile, todos que se dispersan como hormigas negras, desesperadas por el hecho de que no han podido hurtar su propia miga de padre muerto, entre sus fauces. Mientras nosotros, más avanzamos, más percibimos solo el neto olor a cloroformo, una losa afilada suspendida entre nuestras fosas nasales. Más allá de la perfección firme de ese cuerpo diapasón.

Impasible, emite su llamada a través de un pequeño rictus oval en la boca, instrumental, que vuelve anónimo e instrumental todo lo otro: la piel, las arrugas, el tórax de nuestro padre. Que suena.

Nadie ha preparado el cadáver, pienso yo.

Nadie lo tocó.

Tal vez habrían podido bloquearlo.

No han tenido la valentía de tocarlo, de bloquearlo.

Yo, que estoy entre Sara y Riccardo, hago el gesto instintivo de cogerlos bajo el brazo, a la relajada jirafa y al trogón alérgico y hosco, a la hermana que todo ordena y todo acapara, al hermano que se auto inflige latigazos entre los expositores en plástico de bolígrafos, transferibles numéricos e históricas minas 2B. Lo hago para enfatizar nuestra zancada hacia la fuente del sonido, en la que estamos sumergidos, ahogados, los tres, quizás para siempre, como onda radar de nuestro padre, como aprensión, protección, conquista. Por primera vez, vemos el efecto del sonido de fondo de nuestro padre en el ambiente alrededor.

Nos damos la vuelta hacia la gente enredados, con esa sensación de alivio momentáneo que yo influyo en los otros dos, como un albornoz caliente y aromatizado en los hombros, al que los nervios parecen entregarse de buena gana.

 

17/4/2003

Federico, una aclaración: el notario nos entregó tres cartas, tres. Para ti no nos ha entregado nada. Ningún mensaje. Perdona. En mi carta solo había dos llaves, un número de casillero. En el casillero encontré una máscara de lobo blanco. Supongo que Sara y Riccardo han hecho lo mismo, y de ahí las otras dos máscaras: la jirafa y el colibrí/trogón. Encontré también un papel con el usuario y la contraseña del correo electrónico de nuestro padre, desde el que te estoy escribiendo.

Esta mañana el velatorio, mañana el funeral. Te pondré al día sobre nuestros desplazamientos, o más que otra cosa sobre los desplazamientos del cadáver, ya que es él que en la práctica nos desplaza. Hemos preferido no exponerlo en casa, porque su cadáver ya recibió demasiadas visitas, cuando todavía vivía, en la mayoría políticos impresionados por el deterioro causado por la enfermedad.

front-of-restaurant
Fiesole, Italia

¿Te acuerdas la fachada del ayuntamiento de Fiesole? En las reacciones de la gente que llegaba a ver a nuestro padre podías ver la reacción al derrumbe de la fachada del ayuntamiento, a partir de la escayola que se agrieta y se cae abajo. Está ocurriendo un terremoto aquí en la ciudad, muchos ciudadanos no se percatan, pero la política está perdiendo a uno de sus pilares. Quizás es por eso que me permiten poner el mío, de pilar, en el medio de la plaza, como un soporte que aguanta esta condición desarreglada.

Estoy trabajando en una obra nueva, y el ayuntamiento, a través de una convocatoria más o menos pilotada, me la hará poner en Plaza Mino. Pero quizás estoy produciendo involuntariamente la raíz del recuerdo de nuestro padre, el monumento fúnebre, el dedo malo en el que la comunidad de Fiesole sentirá sufrimiento.

Mi nueva obra se llamará Zenital: suena como genital en dialecto boloñés, dice Sara, pero no tiene nada que ver. No es nada de genital, de fálico, de obscenamente asombroso, como mucha escultura juvenil y como muchas de mis cosas postmodernas.

Habla de cómo el tiempo cambia las cosas y de cómo las cosas, cambiando, se extiendan mejor en su curso preestablecido, trazado por quien te precede. Aunque te revuelvas, aunque grites. “Habla de la seguridad, de la tibieza de la funda del tiempo”, mi Zenital (así escribe el curador del librito, un amigo filósofo descalificado Filippo Fantacci, 110 cum laude en 1999, 850 euros al mes, si todo le sale bien, en 2003).

Te abrazo hermano, anda, contesta

y dale recuerdos a mi sobrino japonés con las sandalias juaraches de tela.

P.s. ¿tu alergia ha desaparecido? En Riccardo vuelve tanto que da asco.

 

Y aquí estamos: el lobo blanco jadeante, la jirafa coleccionista inquieta y el trogón resplandeciente de Rogoredo, que resoplamos apretujados en el asiento de atrás de la vieja Rover impecable de familia, con los asientos de piel que chillan a cada una de nuestras pequeñas libertades de trasero. La Rover azul que precede el organillo de nuestro padre, el carro fúnebre BMW que nos precede, el lamento plano de nuestro padre que da saltos, se modula con los hoyos del asfalto.

Todavía recuerdo la ráfaga de golpazos a abanico de la muchacha después de que Riccardo entallara con un cuchillero sus iniciales, nombre y apellido, R.P., en el lado derecho de la piel marrón del Rover. Las tengo ahora bajo mis manos sus iniciales, R. y P., como ensuciadas de sangre y mocos de Riccardo, y como un RIP[1], que se firma con la R y la P separadas por el cosido del asiento. Es increíble como un coche pueda durar todos estos años, se habla de casi cuarenta años, entre lustres, cambios de carrocería y motor, descargas de tortazos polacos etcétera. Y esta entalladura de mi hermano sin embargo todavía está aquí, estampado por los golpazos de la muchacha enviada a encenderse de forma mecánica por nuestro padre: R.I.P.

A lo mejor es por esto que Riccardo y su cabeza exótica se ponen nerviosos ahora, más que yo y Sara, empinados aquí detrás, como crecidos años y años de repente, explosionados durante una de esas excursiones dominicales a la montaña hasta el Abetone. Nosotros los tres, papá y la muchacha con Fede en el regazo, delante, que íbamos a comer helado industrial en un refugio de baja cuota que olía a sotobosque sintético, con nuestro padre que nos contempla como fuéramos cuatro plantitas y él un jardinero que tiene que inventarse algo para no hacer que pudran, quizás hasta romper algunas ramas, para enderezarlas.

La caravana sigue, con los tres animales hinchados que codean dentro del Rover, que todos miran pasar y en el que se miran al espejo, como si desfilaran los Kennedy, y cada uno viera la esperanza de cambio quebrado en aquel vidrio oscurecido, la desdicha en sus lágrimas escurrirse sobre esa superficie perlada.

Esta ha sido la función irreal de nuestra familia irreal para Fiesole: sus Kennedy, sobre los que reír y llorar, apostar y perder. Con el simple carisma del cabeza de familia podrían volver a levantar el destino de un balance municipal en crisis. No obstante esos tres hijos… Nosotros, tres hijos, con máscara en la cabeza. Una que se dio a conocer en su juventud por sus amoríos metódicos, hasta merecerse ciertos epítetos. Y dos artistas inmaduros, es decir dos precoces desesperados un poco arrogantes: un pintor frustrado que vende latas de acuarelas y lápices para niños de la guardería pública de Rogoredo, un escultor tardón desenganchado de las políticas juveniles desde hace poco quien se ajetrea, como un satélite fuera de la órbita, entre las bienales más inútiles y apañadas de la península. Que no sabe hacerse la cama, y tiene que dejar que se la haga una muchacha pagada por su padre ahora muerto. La tipa que, una mañana, le toma de forma meticulosa con una cinta métrica de sastre las medidas del cráneo, de sien a sien. Menos mal, pensará la gente, ese otro, el cuarto, el joven, el deportista, el nadador: se ha eclipsado en las albercas olímpicas japonesas. El único mensaje que reserva a la crueldad de su propia familia es un boquear obscuro.

Veo a la jirafa Sara, que después de haberse arreglado el cuello por debajo de la máscara se toca con insistencia el muslo. Veo que tiene el bolsillo hinchado.

“Que te has traído?”

“Maquillaje”.

“¿Hm? ¿Para qué? ¿Para arreglarte las manchas marrones?

“Es maquillaje”.

“Yo encontré algunas hojas en el casillero”.

“¿Qué casillero?”

“Ese donde encontramos la máscara”.

“Yo encontré una caja escondida en un gran nido de pájaros en el parque de Villa Vogel. Con esta máscara adentro. ¿Recuerdas Villa Vogel?”

“Sí, me acuerdo que tú le intentabas romper la cabeza a Fede con el algodón dulce. Que lo escondías de todos, es más, que nos lo escondiste. Y que ya no se encontraba y tuvimos que llamar a los Carabinieri. Enloqueciendo al robot polaco. Que después…”

“¿Has hablado con el sapito?”

“Le he escrito un par de correos electrónicos”.

“Dicen que se comunicaba con nuestro padre por correo electrónico”.

“Espera: ¿papá se escribía correos electrónicos con…?”

“O se los dictaba a la secretaria. Pero de todos modos así es demasiado simple. Gestionar nuestro padre desde la distancia, con algunas palabritas digitales, ¿que tontería, no?”

“Le habrá enviado una máscara?

“No creo”.

“¿Tu solo has encontrado una máscara?”

“Bueno, sí. ¿Qué más?”

Nos damos la vuelta, Riccardo está que mira desesperadamente afuera, lo intuimos desde la dirección de la máscara y la desesperación por la manera con la que está inclinada, apoyado el pico del trogón al cristal, golpea la cabeza sobre el cristal que está como rayado por las lágrimas del público, que son lluvia de abril, salada y atormentada. Después Riccardo aprieta el pulsante del auto elevalunas eléctrico y tiene que comenzar a mirar a todos mal, con esos ojos rojos alérgicos. Porque la muchedumbre se pone tensa como una empalizada, abre la boca en tajos entre la sorpresa y el disgusto. Después: él comienza a escupirle encima, él lo puede hacer porque su máscara abierta por debajo de la nariz se lo permite. Comienza a extenderse, y a gritar su cantinela, inflama todo el papel de la papelería de Rogoredo, en un holocausto. Dice, entre los escupitajos:

¡Soy el pájaro más loco!
¡Veis mis colores!
¡Me escondo bien!
¡Y en cambio estoy colgado!

“Ha explotado”, susurro a Sara, “pero tú, déjalo que haga”.

Y me doy cuenta de que le estoy apretando la mano.

Machacándola, literalmente.

Tengo miedo. Le tengo miedo a mi hermano el papelero milanés. Por lo menos miedo, de esa máscara desplumada y de todo lo otro, de su canto grajeado, de su escupitajo cargado sobre la gente, de la reacción de la gente: no divertida, no alarmada, horrorizada como frente a una avalancha producida por una risa en la hondonada. Ha explotado, repito para mis adentros. Ha necesitado de una máscara para hacerse oír, y darnos a oír su miedo. Rompió el hielo ártico. Ahora está cerca de nosotros, que se agarra voraz a una lápiz 2B entre los dientes, apenas apartada la máscara. Nuestro hermano, como nunca lo ha sido.

 

Fiesole, 18/4/2003

 Querido, hoy es el día del funeral y de la sepultura y tú, seguramente, no vendrás. También por esto te escribo a mano, con más cansancio.

Tu leerás mi carta con calma dentro de más o menos un mes.

Te cuento lo que pasará: antes, por voluntad del alcalde de Fiesole, pasaremos por las calles de la ciudad con el coche fúnebre. Una gran procesión sagrada.

No sé qué representa para toda esta gente nuestro padre, pero fue algo sagrado e intocable.

¿Sabes desde donde escribo? Desde nuestra habitación.

Esa cerca del cuarto de nuestro padre, con los amorcillos y los pequeños Bacos. ¿Recuerdas la nuestra? Los viñedos pintados a fresco sobre las paredes, a trampantojo, a romper una pared con el mundo que veíamos todavía firme, justo, en nuestra infancia, no obstante esa inquieta trasparencia: el mundo ahí fuera como la casa aquí dentro.

Esta noche he dormido en tu cama, con mi máscara. Tenías razón, tu cama da asco, y yo que no te creía. La mascara de lobo blanco, en cambio, está bien hecha, puedo dormir con ella muy bien. Me estoy acostumbrando. Te soñé esta noche, que venías a despertarme, pasando por los viñedos de los frescos, como un sátiro relampagueante. Venías, me alejabas de tu cama. Tenías una máscara, pero una de esas japonesas, sin forma de animal, pero que representaba solo un abanico de expresiones: disgusto, placer, duda. Se te trasformaba la cara, cambiaba de expresión. Hablabas solo con eso: un morro, una risa, una media boca desgarrada, como si me hablaras desde el interior. Querías advertirme de algo, con esa variedad. Del hecho de que la máscara de lobo cansado y desanimado se me estaba pegando a la piel y que no se despegaría. Yo te alejaba, con un golpecito doloroso entre barbilla y garganta, como a menudo hice. Y tu huías, hasta el fresco del pasillo y desaparecías, aclarándote como un pincel entre las tonalidades de verde de la pintura.

Despierto, después, casi buscándote en cambio entre las paredes del pasillo, he descubierto una cosa asombrosa. Una habitación medio abierta, nunca vista, o sea, que nunca hemos visto nosotros, de la que nunca nos percatamos, en el pasillo de la derecha, el más frío, al que llegas a través de una puerta secreta, de la que tan solo se nota el ojo de la cerradura confundido en un racimo de uvas en el fresco.

Una habitación nunca vista porque siempre cerrada. Ahora la encontré abierta. Así que entré. Una cómoda con un espejo. Algunos maquillajes dentro de la cómoda, vestidos en la cama, esmaltes esparcidos. Una nota en su interior: “Querida mamá, no te preocupes, de algún modo volverás, solo tengo que organizarme”. Escrita con lápiz de labios en el borde del espejo. Probablemente Sara, sí Sara. ¿Cómo es posible que nuestro padre nunca se haya dado cuenta? Nunca se enfadó. Piensa: hasta le compró la casa para fabricarse esos dos niños aburridos que tiene ahora, y ¡ella que quisiera más, del testamento! ¡Hasta se pone una máscara de jirafa, ¡porque quisiera más!

Hasta pronto, no tengo nada que añadir: me duelen las manos al escribir, y estoy bastante contento de dormir aquí, solo. Esta noche cerraré los postigos y me taparé la nariz por el olor a mierda. ¿Quién es, en tu opinión, que sigue cagando en los establos si los caballos no están desde hace cincuenta años, incluso antes de que naciéramos?

Tuyo, J.

 

La procesión ritual es lenta, estamos acicalados en corbatas puestas mal, con puntos exclamativos negros de tejido que se nos caen desde el cuello. No un respiro, o solo un único respiro, una corola neumática entre la gente alrededor, que por la primera vez pisotea el jardín de nuestro chalet con pasitos respetuosos, como si fueran el pecho jadeante de nuestro padre, el césped verde bien rapado que no muestra incuria ninguna, no obstante el paso del tiempo y el repente abandono de nuestro padre, nuestro guardián, ahora nuestro árbitro en este juego.

Las cosas no se derrumban, esperan como amasadas en la plastilina más dolorida, después de su muerte.

Persiste el sonido como vedántico del Nuestro, un ohm paciente, que idealmente escolta la andadura de nuestro pies en su pecho.

Un ruido que ya no es ni agudo ni grotesco como en el velatorio, ni discordante por eso de los hoyos como en el desfile, pero igual de urgente, santero, que viene del ataúd sin resultar cavernoso, que supera las rígidas paredes entalladas.

El ataúd va un poco cojo, falta la fuerza de nadador de Federico para ayudar, nos estamos agotando, se nota su ausencia.

Somos yo, el alcalde, el asesor a la cultura, el cura con vestido laico, el aparejador encargado del ayuntamiento, que nos ponemos los nudillos blancuzcos por los soportes de latón no demasiado funcionales. Mi trabajo es doble: los dedos me dolían antes de que me entregaran el bulto del cadáver, cuando ceñía las espaldas de mis hermanos en el velatorio, cuando rozaba el entallo síquico R. P. (o RIP.) en los asientos de piel del Rover, cuando molía la mano de Sara mientras el trogón distribuía su saliva mixta a razón, en una mortal ráfaga.

La jirafa y el trogón resplandeciente miran desde lejos al lobo blanco mohíno y los otros funcionarios con cara lávica por el esfuerzo, como discrepantes de la realidad, que se acercan a la fosa rectangular abierta en el medio del jardín de nuestra casa, cerca de los establos de la mierda fantasma y de la galería. Esa es la galería, ahora un poco descolorida, y depósito de pequeñas gavillas de hojas marchitas, donde Sara cada noche hacía con la lengua piruetas sin parar en la boca de algún forastero muerto de frío en el aire fresca del invierno, o donde Riccardo esbozaba sus bocetos de mujeres altivas, orgullosas, de narices encorvadas, como perfiles macedónicos, casi rizados.

La está haciendo ahora, su cara de trogón resplandeciente doblada sobre un pequeño bloc de notas de hojas que ha sacado del bolsillo, el mechón de pelo sintético que sobresale. Tanto Riccardo como Sara visten los mismos vestidos desde hace días, el llamativo de flores y el negro minimalista bien estrechado en las caderas. Tienen que oler a viejo, tiesos como una corteza.

Ellos están perdidos en un tiempo extraño, yo actúo en un espacio limitado, pero con más voluntad: soy el lobo que corre en la estepa.

Las nubes manchan el sol, el césped de verde se hace gris, se incinera, y algunos mechones desaparecen hasta la fosa todavía fresca, con la tierra revuelta en los lados, que contiene piedras, gusanos y raíces, y la polea que nos ayudará a sumergir nuestro padre en las vetas y tuberáceas que se entrevén en sección. Al mismo tiempo que nuestro ataúd empieza a bajar, algunos kleenex suben a las caras de los presentes, más que otra cosa nomenclatura de Fiesole, encargados de los encargados, delegados con la habitual pestaña a media asta de quien hace el delegado, cubiertos por esos pañuelos blancos, de cuadros, rojos, a tablero de ajedrez, caras que podrían haber puesto una firma de aprobación sobre ese proyecto mío de escultura, el ya histórico Zenital.

Sara se aleja de la logia, se pone por un segundo entre nosotros y la corola de gente que respira, se arregla la camiseta de mimo sobre el pecho y hace un extraño giro: da una vuelta entre los presentes, casi militar, a quitarles de las manos los pañuelos abigarrados, a coleccionarlos luego uno por uno, a recogerlos y anudarlos entre las palmas, algunos quizás húmedos, asquerosamente blanduzcos. Y hace así su escena, se dobla en dos, se parte por el llanto, como si hubiese recogido a través de esos pañuelos todas las lágrimas soltadas por el mundo.

¿Qué estoy mirando?, me pregunto. ¿A qué estoy asistiendo?

Casi en el borde del báratro, casi cayendo sobre el ataúd que baja con el persistente silbido que se agarra a los lados de la vorágine, el sonido de espera de nuestro padre, está Sara que hace su show histérico. Los hipos ridículos de ella, que se parte en dos y después se levanta alargando el cuello, se han mezclado a la sonorización de nuestro padre, han creado juntos un ritmo nuevo, mientras los otros de Fiesole se aprietan el cuello en sus abrigos en el último frío de primavera y sacuden la tierra de los zapatos, dándose la vuelta con pudor.

Sara se parte en dos, después vuelve a subir, salta a lo bajo y a lo alto, tanto que voy a calmarla. Ella se niega, se cae por el suelo para que no la agarre. Se quita el polvo toda, todavía peligrosamente en el borde. Sara ahora basta ya, esto es demasiado. Sara estás exagerando, basta ya. Basta. No nos satisfacía el escándalo de Riccardo, ¿eh? Sara, ¿que es esto? Sara, ¿no estarás imitando la llamada torpe de la jirafa?

Un tartamudeo, un gruño. Se levanta de aquel abaritonado interrumpido, hace una reverencia respetuosa, se pone las manos detrás de la espalda, cruzándolas quizá por la vergüenza, mirándose alrededor, esperando algo que no llega, una incursión salvífica (¿o un aplauso?).

Queda tiesa, perdida, cortando severa con esa máscara de jirafa la yerma explanada, una hendidura en el medio de la columna sonora granítica de nuestro padre. La agarro por la espalda, la llevo de nuevo a la sombra de la logia, ella se deja abandonar, exfoliando una gavilla de hojas con el culo. La agarro de nuevo, la acomodo en la silla donde ella se acomodaba sobre las rodillas de sus pretendientes. Pliega y descarga el hocico de jirafa sobre el vientre. Quizás, ponga en marcha un recuerdo reparador.

“Pensaba que fuera tan simple poner en escena la farsa”, refunfuña Riccardo a mi oído, sin dejar de picotear su 2B como una regaliz.

“No hay recompensa, en esta farsa, solo hay instrucciones”, digo.

Mi hermana está atrapada en sí misma. Por lo que a mí se refiere, el corazón late dispersándose en la estepa, desde una coordenada hasta la otra, del centro a la periferia, porque el lobo blanco fatigado no recibió instrucciones tan detalladas. Se balancea y luego desaparece, se lo curra, a lo mejor para nada, quema tiempo y espacio. Aunque el lobo blanco traiga el valor de su precioso pelaje, y esté bien visible en la estepa antes de que caiga la niebla. Entonces ha traído visiblemente las cosas a su propio dueño, consintiéndole su retorno.

Con el poder de la forma, el poder en la forma.

El valor del lobo blanco mohíno es ese rayo blanco zumbando de un lado a otro, llevando mensajes de su dueño, con la lengua colgante, la sed ardiente. Este valor está en su rastro, en las uñas ennegrecidas, en las patas llenas de callos y excoriaciones.

El alcalde y el cura, que mientras tanto se ha quitado un abrigo laico para desvelar la túnica más ortodoxa, dan orden a los otros de bajar por completo el ataúd dentro de la vorágine, como en una ejecución capital, mientras la tierra crepita y se desmorona cuchicheando en los lados del descenso. El viento crece, crece como desde ese agujero, y los presentes casi parece que se inclinan, se doblan sobre un lado para contrastarlo. Terminan casi paralelos al ataúd que baja. El jardín se ha retorcido en un descenso.

“Te gusta ¿eh?”

Riccardo tiene las mismas manos irreales, estropeadas por la 2B que está utilizando, mordisqueada en el final, imprimido el mordisco de los dientes. El bloc de notas es refinado, tiene una cubierta metálica, dibujada en relieve, a lo mejor de un metal valioso.

“Debe de haberte costado un ojo de la cara”, le digo, como hablándole a un niño.

El alcalde mientras tanto se da la vuelta hacia mí, no tiene el coraje de ordenar que recubran la tierra en la apertura. El Dios de todo consuelo, que por su bondad infinita creó al hombre y por la Resurrección de su Hijo, concedió a los creyentes la esperanza en la resurrección los bendiga … dice el cura, pero sigue parándose con contrición, en el rezo, porque el grito de nuestro padre vuelve a crecer blasfemamente.

“No me ha costado a mí. Regalo de papá. Y ¿sabes qué he dibujado en todos estos años de ausencia desde aquí? Bocetos de nuestra madre”.

“No puede ser. No tenías nada que imitar, Riccardo. Eras pequeñísimo, tú”.

El alcalde debe de haberme elegido como punto de referencia cruzado: se da la vuelta hacia el cura disculpándose, levantando las manos, después se da la vuelta hacia mí, como preguntándome qué hacer con ese sonido. Su expresión me pregunta claramente si es justo continuar y todo lo otro, después triangula otra vez hacia el cura, para entregarle certezas jamás claras.

“Tú que eres artista deberías de saberlo. El deseo de lo oculto es la más concreta de las revelaciones”.

No entiendo que quiera decir, pero doy el visto bueno a los obreros del ayuntamiento, que en honor a mi padre trabajan voluntarios para la inhumación en casa. Las layas mellan con facilidad la tierra friable y el lamento de nuestro padre crece en un vórtice como si le hubieran herido las cuerdas vocales. Los voluntarios obreros están molestos con eso. Toda la gente está nuevamente molesta, se llevan las manos a las orejas deshechas. El sonido mezcla el silbido del viento, como si el mismo viento fuera una onda expansiva del sonido en nuestros tímpanos. Miro a mis hermanos, ambos cabizbajos, ambos desilusionados.

Esta vez oímos claramente el sonido, pero hacemos como si no lo oyéramos. La jirafa Sara se masajea el muslo, saca una pequeña cajita, coge dos llaves del bolsillo, una la guarda dentro la cajita con cuidado, la otra la utiliza para cerrar la cajita misma, dejándola en la cerradura. Se levanta, arreglándose los vestidos arrugados y quizás terriblemente olorosos. Se acerca a la fosa. Tira el cofre. Se relaja, ya está.

“¿La encontraste al final la puerta secreta dibujada entre los racimos? El mundo detrás del mundo que al final se cierra”. Me bisbisea Riccardo, sin ni siquiera haber observado la escena geométrica y dolorosa. Pero la llamada de nuestro padre no se mitiga.

Se esperan las últimas instrucciones ¿de mí? ¿Soy yo la opción salvífica? Yo no tengo instrucciones. ¿Esperan a Federico? Mi hermano sigue con el boceto, despreocupado. La corola de presentes se mustia por el sonido, están doblados sobre las rodillas, implorantes, pero decididos en quedarse.

“La ultima instrucción, anda”, digo a Riccardo, agarrándole la muñeca y sin permitirle continuar. Está haciendo algunos profundos surcos sobre la última página del bloc de dibujo, desvelando en relieve una cara de mujer fruncida por los surcos, en los ojos, en la comisura de los labios, en las ojeras. Las otras páginas están atormentadas, obstinadas, incrustadas con lápiz de plomo.

“La última instrucción”, le repito.

Riccardo se escabulle, camina con pasos lentos, como restregando las puntas por el suelo, mientras un pasillo de luz se abre en el centro del jardín, él lo corta sin cuidado. Se agacha, cierra el refinado bloc de diseño, lo tira sin ganas en la fosa. El sonido de papá se amortigua poco a poco, hasta perderse en el zumbido de la tierra que se desliza sobre el ataúd. La jirafa y el trogón, la firmeza estúpida del mordisco de la jirafa y la explosión cansada del penacho del trogón, se dan la vuelta como agradeciendo el asombrado hocico del lobo blanco, que de forma instintiva recoge las manos sobre el vientre, como agradeciendo con paciencia a su vez. Las manos le duelen, un dolor absurdo.

Terminada la ceremonia, puedo ver la riada de gente que baja como riachuelos hacia Plaza Mino. Y mi obelisco, el Zenital, que se iza triunfante en el medio de ella. El alcalde le aplica una placa que no tendré el valor de leer. Afea la obra como el autobús repleto de turistas atónitos delante de tanta prepotencia idiota. Ya lo estarán interpretando, empuñada la cámara de fotos, como algo conceptualmente fálico.

 

Post data

El sonido se ha apagado, el cofre se ha cerrado, la habitación se ha cerrado. Los objetos de nuestro padre, últimos fragmentos de libertad del poder de nuestro padre, bailan como fuegos fatuos alrededor de su ataúd venerado por gusanos. Yo estoy aquí, que te escribo cartas a ti, a mano, para que se me caiga encima todo el cansancio del mundo, quien sabe si nunca las terminaré, para duplicar todo el cansancio de nuestro padre, que son años que se intercambiaba contigo cartas. Ahora lo sé. Ahora tengo que seguir cansándome, el poder sobre sí mismos es puro cansancio, todo el cansancio del mundo para reconquistar mi verdadera cara en la estepa rusa. He sido el custodio de los objetos de nuestro padre, ahora hago como que no se me escapen. Aferrarse a estas pocas líneas. Son forma y poder en la viña de nuestro padre, del mundo como tiene que ser, en nuestros frescos.

Esta máscara me gusta, Federico, hasta lo indistinguible.


Traducción para El Cuaderno: Sara Carini
[1] En italiano RIP es el acrónimo de Riposa in Pace, traducción del “Que En Paz Descanse” español.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Alessandro Raveggi

  1. Pingback: Esce oggi un racconto tradotto in Spagna sulla rivista “El Cuaderno” – ALESSANDRO RAVEGGI

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: