Poéticas

Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren

Karmelo C. Iribarren ha sabido dar una vuelta de tuerca a la efusión lírica de la intimidad gracias a un distanciamiento irónico, en la mayoría de los casos, del suceso versificado y la ausencia de retórica, una ausencia en la que la actitud reflexiva se escamotea y se deja en manos del lector la continuidad argumental.

Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren

/una reseña de Carlos Alcorta/

Karmelo C. Iribarren (1959- )

Es sabido que en la poesía de la llamada generación de los ochenta convivieron diferentes estéticas no siempre en armonía. El predominio que sobre todas ellas ejerció la poesía de la experiencia provocó un aluvión de críticas hacia esta tendencia y fue objeto de una enconada diatriba que en muchas ocasiones estaba sustentada en la exaltación más que en justificaciones teóricas; diatriba de la que, afortunadamente, apenas queda algún rescoldo. A propósito de este término tan controvertido, el profesor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula ha escrito lo que sigue: «El sintagma referido, “poesía de la experiencia”, no ha de concebirse necesariamente como una forma literaria de índole teatral —esto es, ficticia— caracterizada por el monólogo dramático; sino, sobre todo y a veces exclusivamente, como una canalización poética de la intimidad, salteada de aconteceres biográficos —poesía como una modalidad del relato—, con una pretensión comunicativa en la que el vuelo de las imágenes y los resortes del lenguaje se ponen al servicio de la intelección argumental».

Si traigo a colación este párrafo de la introducción a su antología de poesía Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia es porque lo creo oportuno para definir la poesía de Iribarren, ya que la crítica lo ha encasillado en una de estas tendencias, afines a lo que se ha dado en llamar neorrealismo o realismo sucio —y que podemos considerar una de las variantes que integran la poesía de la experiencia—, aunque su obra apenas haya sido antologada en las antologías epocales que se han realizado hasta la fecha (ya hemos hablado en otra ocasión del reajuste que se está produciendo en los últimos años y de cómo poetas —los nombres están en la mente de todo lector de poesía— que fueron ignorados por los distinto antólogos en su momento, con el paso de los años se han convertido en referentes de sus respectivas generaciones).

La tardía fecha de aparición del que podemos considerar su primer libro, La condición urbana (1995) fue, por entonces, un factor determinante para justificar dichas exclusiones. De hecho, cuando se menciona su nombre, se le considera un epígono de Roger Wolf, la figura, por entonces, más representativa de la corriente que se denominó realismo sucio (por las similitudes en cuanto al lenguaje y también por la atmósfera atormentada, en el caso de Wolfe, con autores como Carver o Fante), a la que la crítica ha adscrito también a poetas tan distintos como David González, de dicción torrencial y de temática marginal, o Pablo García Casado, que aúna minuciosidad descriptiva con reflexión íntima y que, desde mi punto de vista, poco tienen que ver con la poesía de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), poeta que ha sabido dar una vuelta de tuerca a la efusión lírica de la intimidad gracias a un distanciamiento irónico, en la mayoría de los casos, del suceso versificado y la ausencia de retórica, una ausencia en la que la actitud reflexiva se escamotea y se deja en manos del lector la continuidad argumental.

Iribarren utiliza magistralmente un lenguaje comprensible, plagado de giros coloquiales, con una notable carga nostálgica, que tiene al decurso amoroso con poderoso núcleo aglutinador, aunque no falten otros asuntos, como el paisajístico (conviene recordar que estamos hablando de una poesía urbana que tiene como escenario a la ciudad de San Sebastián, sus playas y sus calles, pero también sus bares y la lluvia omnipresente, como compañera habitual), el amical o el metapoético, como podemos comprobar en el poema «Poesía y tú», del que reproducimos estos versos: «Aún te visita a veces, como le gusta/ hacerlo siempre: por sorpresa./ Sabes que es ella/ por el rimo especial con que se mueve,/ ese ritmo que hace/ que aunque no diga nada de interés/ lo diga de una forma interesante». Ese ritmo especial al que se refiere Iribarren tiene mucho que ver con la peculiar factura de sus versos, elípticos, sincopados, lo que contribuye a aumentar el misterio de lo narrado (recordemos que Prieto de Paula hablaba de esta poesía como una modalidad de teatro) y a trasmitir al lector una envolvente sensación de desolada nostalgia.

José Luis Morante, el autor del prólogo de estos Cien mejores poemas, realiza un trabajo basado en la cronología de los respectivos libros de Karmelo C. Iribarren y nos brinda algunas claves de su poesía, como la normalidad, la presencia del cine negro, la adición al alcohol, la prematura muerte del padre, la conciencia de la inexorabilidad del paso del tiempo o la constatación del declive físico. Para ello, escribe Morante en su peculiar estilo, utiliza «estrategias enunciativas expresadas con una dicción coloquial, un léxico sobrio y comedido alejado del sesgo irracional y de los fogonazos experimentales». Ese registro coloquial carece casi por completo de metáforas, pero está plagado de anáforas, de antítesis, de encabalgamientos y roturas violentas del ritmo del verso. El  poema titulado «Método» desenmascara la cocina del autor: «Este poema/ está escrito de un tirón,/ como no deben escribirse/ los poemas.// Sentado,/ viendo pasar sin voz/ ante los ojos/ imágenes de guerra,/ con un whisky en la mano,/ de repente,/ como salta la liebre,/ me ha venido la idea.// Y como veis,/ no hay mucha diferencia.// Para no decir nada/ cualquier método es bueno».

Iribarren maneja —lo acabamos de ver— como nadie la ironía y eso contribuye a que el «pacto autobiográfico entre autor y lector» (la expresión es de Prieto de Paula) se convierta en algo irrompible. Cualquier lector es susceptible de identificarse con el personaje que habita en los poemas de Karmelo C. Iribarren y esta es una de sus grandes virtudes. Lo que Ricardo Menéndez Salmón ha llamado «fogonazos de un cronomapa sustantivo», refiriéndose a los eslabones de la biografía, está perfectamente estructurado en cada uno de los libros de nuestro autor. Por otra parte, el tono desesperanzado que abunda en sus poemas (sólo unos pocos trasmiten júbilo y/o optimismo) sería insufrible sin el bálsamo de la ironía, hasta del sarcasmo en ocasiones.

Karmelo C. Iribarren, lo ha escrito Rafael Morales Barba, es un poeta «de mirada realista, ácida y tierna que muestra en su evolución una espléndida capacidad, desde un aparente facilismo, para pulsar los registros existenciales». Ese aparente facilismo es el que puede confundir a los no versados poéticamente y hacerlos pensar que están ante un poeta mimando por la mercadotecnia. Nada más lejos de la realidad. La poesía de nuestro autor posee una personalidad propia, que la hace fácilmente identificable: por eso los imitadores son descubiertos de inmediato.

El año que acaba de finalizar, 2018, ha sido el annus mirabilis no solo de Karmelo C. Iribarren —galardonado con el Premio Euskadi  de Literatura, ha obtenido además el Premio de Poesía Ciudad de Melilla— sino también para el editor de esta antología, José Luis Morante, que ha entregado a imprenta, además de esta, una antología de aforismos de Juan Ramón Jiménez (Aforismos e ideas líricas, Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá) y otra del poeta y editor Javier Sánchez Menéndez (También vivir precisa de epitafio. Antología poética de Javier Sánchez Menéndez (1983-2017), Chamán Ediciones).  Deseamos que este 2019 que acaba de comenzar esté, cuando menos, a la misma altura.


Selección de poemas

Estas cosas siempre suceden de repente

No pasa nada. Ella está
en un expreso con dirección
a Barcelona, y yo aquí,
en mi mesa de trabajo, escribiendo
estos versos. Hace apenas dos horas
que se ha ido. Mañana
charlaremos por teléfono.
Sobre la tele, su espléndida sonrisa.
No pasa nada, como digo.
Y, de repente, no sé qué hacer
con tanta soledad.

Supervivencia

Uno siempre espera
que suceda algo,
que algo bueno suceda,
algo que le dé un giro brusco,
un empujón, un bandazo
de suerte a su vida
de repente, porque sí,
en el momento más inesperado.

Pero no pasa nada, claro,
nunca pasa nada.
Porque uno no es más que un pobre
diablo (qué te creías, pues),
un número, una fecha,
un papel olvidado en un sótano
tétrico, traspapelado
entre millones de papeles.

Y al final, uno, qué remedio,
acaba aceptando que es así,
asume su fracaso,
se mira en el espejo y se da risa
(o llora, pero muy bajo),
se dice que la vida…, en fin,
que no hay nada que hacer,
y ni siquiera se queja, para qué.

Uno ya sólo quiere llegar
al día siguiente, sin
sobresaltos, poder ver a su
equipo por la tele el sábado, fumar
menos, dormir bien, echar
de vez en cuando un
trago, cumplir años,
seguir vivo…, sin más.

Dos extraños

Cruzar cuatro palabras en un bar
y percibir al instante
que nada queda
de aquella vieja historia.
Que somos dos extraños, nada más.
Dos extraños
a los que la vida puso
en una esquina
el tiempo justo para engañarse un poco,
gozar también a veces
e incluso prometerse irrealidades.
Dos extraños que esta noche se miran
con indiferencia,
o apenas si se miran.
Que tienen prisa,
ganas de despedirse,
de volver a su mundo.
Y que ya ni se molestan en fingir.

La frontera

Para mi madre, Juani

Era un lugar siniestro,
peligroso, un lugar
donde podía pasarte
cualquier cosa. Los trenes
iban lentos: al otro lado
estaba Francia, nada menos,
y más lejos aún, pero mucho más
lejos, Pekín. Una vez fui
con mi madre hasta Bayona.
Estaba todo limpio y quieto,
como muerto, como si no pasase
nada. Luego lo supe: ser libre
no es igual que ser feliz.

VISTA CANSADA

Tengo
vista cansada.
Las letras
se me emborronan
sobre la página.
Curiosamente ahora
que empiezo a ver
con tanta
claridad
tantas cosas…
Pero no hay gafas
para esto.

Las ciudades

Me gustan las ciudades, sus plazas,
sus calles, sus esquinas,
sentarme en la terraza de un bar
con un café delante
y dejar que pase el tiempo,
sin hacer nada, sin prisa,
observando esto y aquello,
y luego ir a alguna librería y revolver
un poco en los estantes,
y si hay río cruzar el puente
y repetir la misma operación al otro lado.
Me gusta estar solo entre la gente,
no ser nadie, no tener que ir a ningún sitio
pero poder ir a todos.
Me gusta la primera vez que me asomo
al espejo del baño del hotel,
ese momento de suspense,
recién llegado, cuando
no sabes si va a aparecer tu rostro
o el del último huésped, atrapado aún
en la memoria del azogue.
Me gustan los parques y los ríos
urbanos, pasear por ellos, a su lado,
especialmente en otoño.
Me gustan las ciudades, sí: andar,
mirar, vivir, enamorarme
de esa mujer del vestido rojo…

Domingo, tarde

Qué hago
mirando la lluvia
si no llueve.

Una mañana de miércoles

Hace una mañana gris,
opaca, triste. Estoy
en un bar, con un café, sentado
junto al cristal que da a la calle.
La música –suave, lejana, indiscernible–
acompaña sin pedirte nada
a cambio, ni siquiera que la escuches.
Cae una llovizna suave
–y un poco torcida– que hace
que algunos de los viandantes
no se la tomen muy en serio
y se resistan a abrir el paraguas.
Aquí dentro solo estamos el camarero y yo,
y ahora mismo esto es lo más cercano
a un pequeño paraíso en la tierra.
Me siento casi como en el compartimento
de un tren. Si lo fuera
yo tendría un billete
hasta la última estación.


Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren
Edición y prólogo de José Luis Morante
Siltolá Poesía, 2018
200 páginas
15€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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