Crítica

«Trata de olvidarlas», Alberto R. Torices

El autor en "Trata de olvidarlas" parece hacerle un homenaje al realismo sucio incrustando en los preliminares un poema de Raymond Carver del que extrae el título, y recoge sus principios contando en el libro historias pequeñas de pequeños personajes, las de un galán “de andar por casa” y sus aparentemente insignificantes mujeres.

Lectura de Trata de olvidarlas

 / por Lourdes Zapico Alonso /

Casualmente, las historias de este donjuán que componen el libro del autor leonés Alberto R. Torices Trata de olvidarlas (Ediciones Trea, 2017) llegaron a mí la misma tarde en que estaba intentando «vestir» un poco más atractivo al señor Marqués de Bradomín, para que a mis alumnos se les hiciera algo cercano y se animaran a leer las andanzas de este «feo, católico y sentimental» seductor que, junto con los de Tirso y Zorrilla,  ha dado cuerpo a uno de nuestros grandes mitos literarios.

De la  apariencia física del donjuan sin nombre que transita este libro de Alberto R. Torices no se nos dan demasiadas noticias, pero parece que, como el de Valle-Inclán, también es feo: solamente describe su nariz haciendo un gracioso guiño a don Francisco de Quevedo y recalca la aspereza de sus manos. Lo que sí vamos sabiendo a medida que avanzamos en su historia es cómo se ha ido troquelando, tatuando su alma de amante, de eterno amante y las consecuencias que eso le acarrea.

Tampoco comparte al cien por cien con el gallego —aunque sí con los otros seductores de la literatura clásica— el descreimiento hacia lo religioso: el donjuan que aquí se nos presenta quizá ha sido católico, pero parece que ya no lo es a juzgar por algunos pequeños indicios: «que algún dios me perdone» pide; y un poco más adelante dice: «dados mis antecedentes en el penal salesiano de Astudillo, Palencia».

Ustedes juzgarán cuando lean el libro si es este un conquistador “sentimental”, tercera de las características que Valle adjudica a su marqués, entendiendo por ello, por sentimental, lo que apunta la RAE para este adjetivo. La manera en la que desgrana las historias —unas vividas y otras soñadas— de lo que en principio parece amor nos dejan en muchas ocasiones el corazón en carne viva, ya sea por la sutil ironía con la que está contada cada una de ellas, ya sea por lo canalla de su final.

Su historia de conquistas se cuenta en veinte cuadros, casi todos eróticos, que, a primera vista, podrían leerse por separado —uno cada noche, quizás—, pero que están atados por un sutil hilo —el hilo de la memoria— que hace del libro un todo unitario, la historia de un seductor más, que trata de salvarse con el recuento de sus múltiples conquistas pero que eso, ellas, o más bien la huella que ellas han dejado en él, es precisamente su tormento, lo que le condena en vida y le arrastra a la muerte, pues como ya vaticinaba el clásico Tirso: “no hay plazo que no llegue / ni deuda que no se pague”, aunque aquí el precio no sea arder en el fuego eterno.

Como el marqués de Bradomín, el protagonista que “trata de olvidarlas” va sacando de su memoria una a una a todas aquellas mujeres con las que ha tenido una relación amorosa —o sexual solo, no sé—. He ahí la trampa; o las dos trampas en las que cae aquí el mito: para tratar de olvidarlas ha de recordarlas. ¿O quizá lo hace solo para no morir?; y la otra: ¿van el sexo y el amor tan de la mano?,  y es eso, lo que él creía solo un juego, lo que le catapulta sin remedio a la destrucción más íntima.

Las primeras historias tienen un aire tierno, juguetón, irónico, hilarante alguna; sin embargo, a medida que avanzamos, el tono de los relatos se vuelve cada vez más amargo e incluso violento. Para mí, el momento de inflexión de su historia vital es el capítulo, el relato titulado “Su nombre es nadie y el mío no digamos”, en el que comienza el desmoronamiento del personaje; el momento en que el protagonista se da cuenta de que está solo.

El análisis que parece va haciendo, bien ante una mujer (querida, dice en vocativo en un relato), bien en la consulta del psiquiatra (en palabras de mi terapeuta, comenta en otro), o bien ante un jurado compuesto por señoras (respetables damas del jurado, las llama más allá) a propósito de sus conductas amorosas, o la reflexión en el último cuento acerca del desgaste del amor, del abandono y del olvido le devuelven su cruda identidad: la de un hombre que no ha sabido, que no ha podido amar, que no ha aprendido a pesar de las mil oportunidades que le ha dado la vida, que le han dado “ellas”, e incluso “ellos” como deja entrever fugazmente en algún momento de su recuento. Y, a diferencia del don Juan romántico —el de Zorrilla—, este de Trata de olvidarlas no se salva por el amor: “el amor, queridas, no es un bonito poema de Bécquer, lo siento. Y no lo es, insobornables damas del jurado, porque el amor para empezar no existe. Y por eso creemos en él desesperadamente. Igual que creemos en Dios”, concluye.

Desde aquel Yo el monstruo  (2002) o la Piel todavía tan blanca (2004) pasando por Los sueños apócrifos (2009) y Sacrificio (2015), la prosa de Alberto R. Torices se ha ido limando y consolidando hasta llegar a tener un estilo muy personal en el que el escritor no escatima la ironía ni la burla.

El autor en Trata de olvidarlas parece hacerle un homenaje al realismo sucio incrustando en los preliminares un poema de Raymond Carver del que extrae el título, y recoge sus principios contando en el libro historias pequeñas de pequeños personajes, las de un galán “de andar por casa” y sus aparentemente insignificantes mujeres: la camarera, la teleoperadora, la becaria, el ama de casa apurada porque no se le pegue el arroz…, sí, pero ese realismo se ve aquí enriquecido especialmente por el humor incisivo, sutil, confeccionado a base de no tan fáciles juegos con el doble sentido de las palabras utilizados con tanta naturalidad que a cualquier lector avisado le llamarán la atención por no habérsele ocurrido a él antes. Lo que creo que hace que estos cuentos se posen en nuestro cerebro y conquisten nuestra sensibilidad es, además, un puñado de recursos literarios que el autor maneja de manera extraordinaria: calculadas gradaciones, repeticiones intencionadas, algunos discretos pero expresivos juegos tipográficos, sagaces licencias ortográficas y las brevísimas onomatopeyas que de vez en cuando desliza pareciera sin querer.

En fin, que da gusto tener esta obra entre las manos: por lo trabajado de su lenguaje; por la mezcla magistral de lo cotidiano y lo no tanto; por la sutileza de sus juicios y por la destreza con la que con pocos, pero significativos trazos, pone en pie a los personajes. Se nota que Torices trabaja sus prosas: las deja reposar en su cerebro, en su escritorio, en su corazón. En cada uno de esos estadios las va esculpiendo, cincelando y luego las suelta al mundo perfectas, redondas, pulidas. Por eso lo atrapan a uno del mismo modo que han atrapado a su don Juan Virtudes, Amor, Caridad, Tina, Aurora…, esas mujeres que al fin y al cabo son una, poliédrica, compleja, perversa y tierna a la vez, como somos todas nosotras, como somos todos nosotros.


Trata de olvidarlas
Alberto R. Torices
Ediciones Trea, 2017
144 páginas, 12.00 €

 

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