Fotografía

Verano entre ríos

Los veranos en el río, una mirada de Alfonso Vila.

/Texto y fotografías de Alfonso Vila Francés/

Pasamos el verano entre el Millares y el Palancia. Son dos ríos cortos, de régimen pluvial mediterráneo. Son ríos rápidos. Con mucha pendiente. Nacen a mucha altura, en el Sistema Ibérico, y en pocos kilómetros llegan hasta el mar. Casi todo su recorrido lo forman valles estrechos y desfiladeros. Son ríos mediterráneos, ya lo he dicho, y eso significa que tienen mucha variación estacional. Pueden llevar mucha agua, tanta agua que se desborda y anega todo lo que pilla a su paso, o pueden quedarse con un caudal escuálido, como en los veranos más secos, cuando más que ríos parecen simples barrancos. Atraviesan tierras áridas, montañosas, muy calorosas en verano, con un calor sofocante que puede durar días y días, con un viento caliente que quema y reseca y que no da tregua, a veces, en los momentos más terribles, ni por la noche. En estas tardes de verano, largas y ardientes, en el verano de veraneantes de la gran ciudad que van a pasar un mes al pueblo, los baños en el río son una excursión obligada, casi mejor decir que son la única excursión posible.

Ahora cualquier pueblo, mientras tenga un tamaño adecuado para ser llamado pueblo y no pedanía o aldea (y aún así hay excepciones) ya dispone de una piscina municipal. Y esta piscina municipal es un buen lugar para pasar las peores horas del día, sobre todo si también tiene un bar o un merendero en condiciones. Nuestro pueblo, el pueblo que ya sólo es nuestro en agosto, el pueblo en el que aún se nos conoce por los apodos de nuestros padres, tiene una buena piscina municipal, desde luego, una piscina estupenda. Pero nosotros preferimos el río. O los ríos, mejor dicho, porque con uno no tenemos bastante. Por eso algunos días andamos hasta el Palancia, que supone una muy agradable excursión entre campos y pinares. O cogemos el coche, y hacemos algunos kilómetros hasta el Millares. No vamos solos. Otras familias con otros niños vienen con nosotros. Lo hacemos por ellos, nos decimos, lo hacemos por los niños, para que vean otros sitios, para sacarlos de la rutina, para que sepan lo que es bañarse en un río. Ellos son niños de ciudad. Saben mucho de piscinas, de toda clase de piscinas, pero no tienen idea de ríos, de las corrientes fuertes, de las aguas muy frías y oscuras que casi nunca se remansan, de las piedras del fondo, esas piedras que según el momento del verano, emergen o están ocultas peligrosamente bajo la superficie uniforme del agua, de los peces y los pájaros y las serpientes y las ranas, de las ardillas y los lagartos, de las orillas resbaladizas y de los troncos caídos que sirven de improvisados puentes y trampolines, de los prados y bosques de ribera donde pueden jugar libremente después de bañarse.

Lo hacemos por ellos, nos decimos, y es cierto. Pero también lo hacemos por nosotros. Porque nosotros fuimos esos niños. Y pasábamos el año en la ciudad, y deseábamos desesperadamente que terminara el curso y llegaran las vacaciones y pudiéramos volver al pueblo. A ver a los amigos del pueblo. A vivir las aventuras, con fecha de caducidad inexorable, del pueblo. Y por eso entendemos tan bien que nuestros hijos siempre estén dispuestos a bajar al río. Allí dejan de ser niños urbanos, cogen palos, tiran piedras, exploran cuevas y laderas recónditas, gritan, saltan, corren. Por unas horas parecen niños salvajes, niños vagabundos y temerarios que no conocen las normas y las limitaciones de la vida que les imponemos, que nos impone la ciudad. Es un pacto con la naturaleza que renovamos cada año. Sólo por unas semanas. Luego todo vuelve a ser como siempre. El pueblo, sin los veraneantes, se queda medio vacío. Y la ciudad se llena de niños silenciosos y educados que han dejado sus bicicletas aparcadas en la vieja casona de los abuelos. Cada año, al deshacer la maleta, algo hemos perdido. Algo se ha quedado en el pueblo. No importa. Ya tenemos excusa para volver, para hacer una excursión rápida de fin de semana. Y un último baño en el río. Hasta el año que viene.








Alfonso Vila Francés nació en 1970 en Valencia, donde reside. Ha vivido en Madrid, Bruselas, Alicante y Debrecen (Hungría). Colabora en diversas revistas, como “Cuadernos del matemático”, “Culturamas”, “Circe” y “Jot Down” . Compagina la fotografía y la escritura. A veces es un fotógrafo que escribe y otras veces un escritor que hace fotos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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