Estudios literarios

Mario Vargas Llosa: un año sin el último boomer

Rodolfo Elías escribe sobre «un escritor consagrado a su oficio, literato con toda la barba, como los que hay muy pcoos, si aún los hay».

/ por Rodolfo Elías /

Aquel domingo del 12 de febrero de 1984, Mario Vargas Llosa acababa de instalarse en su escritorio para escribir un artículo cuando sonó el teléfono. Al contestar, se enteró que Julio Cortázar había muerto. Vargas Llosa estaba por cumplir 48 años de edad. Cuarentaiún años después nos dejó él, también en domingo; el 13 de abril de 2025. Y un año después de su muerte se siente dolorosamente su ausencia, porque fue el último de esa saga de verdaderos literatos, cultos, bien leídos, inteligentes, conocedores de su oficio y amantes del idioma.

Aunque muchos descreen del boom latinoamericano, incluidos los mismos escritores del boom, en verdad que sí fue un verdadero fenómeno literario, más allá de lo editorial. Caracterizado por una literatura sólida, fresca y novel; con personalidad y estilo muy propios a lo que cada autor contribuyó con el acervo de sus respectivos países de origen, ricos en matices culturales, sociales, políticos y lingüísticos. Fomentados por sus antecesores inmediatos, entre los cuales se cuentan Borges, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo, los escritores del boom exploraron nuevas formas de expresión y sirvieron de gran remanso en tiempos confusos de caos mundial.

Fueron cuatro los representantes e iniciadores formales del boom, como tal: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Eran estos, cuatro hombres con personalidades fuertes y estilos muy propios. Tres de ellos bien parecidos (García Márquez era el feo, en más de una forma). Y de los cuatro, fueron Cortázar y Vargas Llosa los más grandes, los más prolíficos. «La ciudad y los perros es el libro más emblemático, con el que se afirma y establece el boom», declaró la agente literaria Carmen Balcells, impulsora del boom junto con el editor Carlos Barral.

Muchos querrán alegar que García Márquez era superior a Vargas Llosa como literato, pero este aportó más a la literatura hispanoamericana, porque su obra fue más versátil y extensa. Simplemente con sus primeras seis novelas: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y La guerra del fin del mundo. Además, tiene sus ensayos. Y me atrevo a decir que, después de Octavio Paz, Mario Vargas Llosa es quizá el mejor ensayista latinoamericano de los últimos cincuenta años; de los más inteligentes, lúcidos y accesibles.

Respecto a su estilo, temática y el carácter documental de sus obras, Vargas Llosa fue un escritor que describió la violencia humana en sus novelas. La maldad en la sociedad y el lado perverso del poder; poder de varios tipos: político, religioso, sectario, de los grupos de resistencia y del crimen organizado. Lo horripilante y terrorífico inflingido por los humanos en raptos, torturas, mutilación y privación violenta de la libertad. Evocativo todo ello del pensamiento de uno de sus héroes literarios, Georges Bataille, y del mismo marqués de Sade. En su artículo «Bataille o el rescate del mal», Vargas Llosa habla de la «fascinación por lo prohibido y horrible» de Bataille, de quien dice, además: «En todo hombre buscaba, veía, con ansiedad apenas contenida, bajo las ropas elegantes y las ideas generosas, al animal dañino, a la bestia camuflada».

Esa influencia convirtió a Vargas Llosa en un escritor del infortunio y la calamidad. Acerca de lo cual él mismo dijo: «Son experiencias que de alguna manera expresan la infelicidad humana. Las que en mi caso han sido como puntos de partida para inventar, para crear, para fantasear, ¿no? En ese sentido me refería a que la felicidad es literariamente improductiva». Mas, en su caso, lo horripilante es recreado y articulado de una forma fluida en la trama de sus historias; como conductas de subgrupos sociales y políticos, no como una propuesta ideológica. Y lo hizo con el toque mágico del gran artífice, que además vino a obrar como una desafortunada prefiguración de lo que está pasando ahora en Latinoamérica, con los cárteles y su crueldad demoníaca.

Pero no es sólo la literatura de la maldad la que influyó la obra de Vargas Llosa. Sabido es su amor por Flaubert, Víctor Hugo, Balzac, Camus. Sobre todo Flaubert, con su Madame Bovary, novela que el escritor casi sacralizó, dedicándole un ensayo que abarcó un libro completo: La orgía perpetua. Dice ahí, acerca de una temprana experiencia en su primera noche de lectura de la novela: «Aturdido, dejé el libro y me dispuse a dormir… Cuando desperté, para retomar la lectura, es imposible que no haya tenido dos certidumbres como dos relámpagos: que ya sabía que escritor me hubiera gustado ser y que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Emma Bovary».

Y escribió también literatura de género (erótica y policíaca —con Elogio de la madrastra y ¿Quién mató a Palomino Molero?, respectivamente— por dar dos ejemplos), sin confinarse o sujetarse a ella. Usándola como vehículo para transmitir un mensaje más amplio, para proyectar otras ideas más generales y de más resonancia. Que fue lo mismo que hizo Cervantes al utilizar la novela de caballería para transmitir un mensaje más humano, totalizador y universal. 

De sus obras, la que Vargas Llosa más quiso fue Conversación en La Catedral, por ser la que más trabajo le costó. «Si me pone una pistola y me dice, «elija una entre sus obras», elegiría Conversación en La Catedral», dijo en una presentación. Esa novela ilustra también lo certera y significativa que fue la descripción del poder —con sus manifestaciones tan peculiares en Latinoamérica— en la obra del escritor. Porque, directa o indirectamente, la literatura de Mario Vargas Llosa siempre tuvo un enfoque político.

Varias veces fue criticado por su forma de tratar a la mujer en algunos de sus personajes femeninos; que si tenían una intención sexista o misógina. Prostitutas, lenonas, amantes sometidas y sometedoras. Pero, hay que ver que, como todo artista que hace arte por el arte, el escritor simplemente plasma visiones e impresiones, sin dar necesariamente un punto de vista personal. En su caso particular, Vargas Llosa nos lo presenta como un retrato de la realidad (o en todo caso, habría también que reprocharles a Flaubert y a Zola por sus retratos de mujeres decadentes) retocada o magnificada. Que puede incluso estar mas apegado a un realismo social que trasciende el propósito literario, por su carácter documental, heredado de Flaubert.

A Luis Buñuel también se le criticó algunas veces por lo que hacía con algunos de sus personajes. Los mendigos bribones de Viridiana, por ejemplo; o el ciego de Los olvidados, que son de esos seres marginales de la sociedad que a la gente le da por idealizar. Y de esta última película, los amigos comunistas de Buñuel en París también criticaron la forma —de sospechada ideología burguesa— en que Buñuel presenta a las autoridades, al ponerlas, según ellos, como bienhechores sociales.

Una rara virtud de Mario Vargas Llosa fue que, aun cuando era confrontado o criticado, sabía mantener su cool. Aparte de su talento literario, tenía la asombrosa capacidad de conservar cierta ecuanimidad cuando lo entrevistaban y le hacían preguntas incomodas, maliciosas o comprometedoras. Sus respuestas eran muy naturales, sin sofismos de ninguna clase; sin la labia politiquera de un García Márquez, por ejemplo, y sin las rabietas de Octavio Paz.

Con la muerte de Vargas Llosa, las alabanzas y panegíricos a su obra vinieron mezclados con expresiones de distanciamiento hacia su persona, por no ser de izquierda. Nuestros grandes íconos literarios y culturales han sido de izquierda. Por ende, nosotros hemos sido influidos por eso. Y nos enseñaron a ver la derecha —o la no-izquierda— como algo demoníaco o perverso. A Vargas Llosa se le satanizó mucho de esa forma. Pero, por lo general, él mostró congruencia, honestidad y madurez ideológica en sus posturas. Mientras otros escritores e intelectuales se solidarizaban con causas y regimenes nefastos, nada más por ser de izquierda, él estaba llamándoles a las cosas por su nombre. Y hablaba con conocimiento de causa, porque siempre estaba muy bien documentado.

Hay que considerar que una de las razones principales por las que no comulgaba con la izquierda latinoamericana, fue porque era realista. Alguna vez él también tuvo ilusiones en la Revolución cubana, y la apoyó, pero no tardó en darse cuenta de la realidad, porque era realista. Además, el régimen castrista mostró desde muy temprano el pie por donde iba a cojear, hasta la fecha. Incluso eso fue señalado en su tiempo por algún autor militante de izquierda de hueso colorado, como el recalcitrante José Revueltas. Ahora ya ni los de izquierda consideran que sea muy defendible el régimen de Fidel Castro.      

Mario Vargas Llosa fue él el primer escritor latinoamericano de renombre en distanciarse de la dictadura de Fidel, y el único que mantuvo su postura de una forma consistente, mientras que otros le prendían una vela a Dios y otra al diablo. Y hablaba abiertamente de sus divergencias políticas con sus contemporáneos —legendario su discurso en defensa de Guillermo Cabrera Infante, cuando éste recibió el Premio Cervantes—, como cuando habló de la adhesión de García Márquez, Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Julio Cortázar a la causa de Castro y otras causas igual de nefastas. En el prólogo a los cuentos completos de Cortázar hace mención de cómo, tras su muerte, Aurora Bernárdez se encargó de su entierro protegiéndolo de «las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios, que tanto se habían aprovechado de él en los últimos años».

Decía, pues, lo que pensaba acerca de la política y de las ideologías. Criticaba a la izquierda, pero también a la derecha; por eso su libro La fiesta del chivo es tan remarcable. Muy sobresaliente fue su comentario en aquel programa de televisión mexicano, cuando declaró que México era la dictadura perfecta. Por ese comentario se ganó muchos enemigos y, aun en tiempos recientes, el que fuera flamante presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quiso resucitar esa querella, a raíz de las declaraciones que hizo Vargas Llosa acerca de la carta que AMLO —en ridículo despliegue de populismo— envió en 2019 al rey de España, Felipe VI, por los abusos de la conquista.

Ahora, de la misma forma que hablaba de política e ideologías, Vargas Llosa hablaba también de la fe y las creencias de la gente. Siendo de la generación del psicoanálisis y el socialismo; de Ionesco, Camus y Sartre; de los tiempos de la famosa portada de Time —«Is God dead?»—, cuando se estilaba proclamarse ateo, dijo: «Yo soy agnóstico, pero tengo respecto a este problema una cierta resistencia, un pronunciamiento categórico. Creo que la fe es algo fundamental —¿no es verdad?— en el ser humano. Es algo que respeto; en cierta forma, envidio, ¿no? No tengo una fe religiosa, creo que la perdí cuando era muy joven, casi un niño. Pero desde entonces, aunque no la tengo ni la practico, he tenido siempre un gran respeto y una gran curiosidad por la fe».

Eso lo dijo en 1982, en el programa Para Gente Grande de Ricardo Rocha. Y al respecto termina diciendo: «Le diría que todo tipo de fe que quiere imponerse, sí provoca en mí una gran resistencia. Pero, al mismo tiempo, la falta absoluta de fe me parece una gran desgracia para el ser humano». Y vaya si se necesita una cierta honestidad para emitir ese tipo de juicios, en tiempos que a la fe se le ve como algo simplón, retrógrada o inmaduro.

Desde luego que el haber dicho lo anterior no hace a Vargas Llosa un santo, ni mucho menos, porque distaba mucho de serlo. Tuvo una vida amorosa candente y controversial, que hablaba de una libido a flor de piel y que explica la sensualidad de algunas de sus obras. La separación de Julio Cortázar de Aurora Bernárdez no tuvo sentido para él. No sabía que eventualmente habría paralelos muy significativos en sus vidas, al divorciarse él también de su esposa ya muy entrado en edad, después de cincuenta años juntos.

De cualquier manera, las polémicas causadas por palabras dichas, actos cometidos, o algún libro que no estuvo a su altura, no deben empañar el legado literario de Mario Vargas Llosa y lo que hizo en defensa de la cultura. Fue, a su manera, uno de los últimos baluartes de la cultura y de las voces más sonoras que se pronunciaron contra la vulgarización del arte y la cultura en tiempos modernos. «Vivimos… en una especie de dictadura del papanatismo. Hay una confusión, digamos, hoy día. Que la función que antes tenía la crítica hoy día la tiene la publicidad. La publicidad, los galeristas. Hay unos intereses creados muy fuertes que trabajan en función de ciertos objetivos que no tienen nada que ver con la creatividad, con el arte. Y entonces, eso ha creado una confusión en el campo artístico que es muy dramática», declaró en el programa Las Noches Blancas, de Fernando Sánchez Dragó.

Y es por declaraciones como la anterior que algunos lo encontramos entrañable. Usaba su nombre para pronunciarse contra la dilapidación de la cultura, dando así voz a quienes no la teníamos. Aparte del hecho que Mario Vargas Llosa ha estado conmigo —a través de su obra, desde luego— en momentos significativos de mi vida. Por más de diez años tuve en mi posesión Conversación en La Catedral, y la dejé madurar. En 2019, coincidiendo con su 50 aniversario, decidí leerla, sin saber que ciertas dinámicas en la trama me traerían muy fuerte la figura de mi padre. Al año siguiente murió él. En junio de 2023, estaba en el hospital al pendiente de mi madre y salí a buscar algo de comer. En una librería compré mi último libro de Vargas Llosa, Un bárbaro en Paris. Al día siguiente murió ella y he conservado hasta el recibo del libro.   

A un año de su partida, a Mario Vargas Llosa se le extraña con gran entrañabilidad y con cierta congoja. Un escritor consagrado a su oficio; literato con toda la barba, como los que hay muy pocos, si aún los hay. Fue él del que alguna vez Carlos Fuentes dijo: «Es un escritor que nos ha dado lo mejor de dos tradiciones: la intensidad dramática de la novela latinoamericana y el rigor constructivo de la novela europea». Con eso me he quedado de Mario Vargas Llosa.


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


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