Desde la antesala

Los toreros tuertos

Un artículo de José Manuel Vilabella para su columna 'Desde la antesala', segunda entrega de una subserie titulada 'Tauromakias', sobre toreros que perdieron ojos.

Desde la antesala

Tauromakias (2): Los toreros tuertos

/por José Manuel Vilabella/

Entre los toreros vivos y los toreros muertos están los toreros tuertos. Nunca ningún tuerto, como tampoco ningún cojo, manco o paralítico ha pedido una oportunidad para formar parte del escalafón de matadores de los espectáculos taurinos. Pero siempre hubo en la fiesta algún torero que habiendo perdido un ojo en el ruedo decide quedarse para formar parte de los paseíllos singulares y surrealistas. La fiesta nacional lo admite todo; periódicamente aparecen señoras con vocación taurina, llegan a los ruedos chinos, japoneses o coreanos, algún arriesgado quiere hacer de don Tancredo y se queda inmóvil ante la fiera y siempre hubo algún bombero que hacía de las suyas en espectáculos bufos con una docena de enanos que se enfrentaban valientemente a las vaquillas. Como hay gente pa to el bombero torero tenía en nómina a un diestro serió, el torero fúnebre, que salía con ínfulas artísticas para ganarse los aplausos del respetable. El torero artista solía fracasar porque los enanos toreaban mejor que él y le dejaban en ridículo. Y es que los enanos, y sobre todo los enanos toreros tenían muy mala leche. En estos tiempos en que la fiesta languidece y se acerca a los penúltimos estertores hay que fijarse más que nunca en la liturgia del vasito de plata, que el diestro besa con unción religiosa y distinguir entre las cuadrillas de botijo o de agua mineral. Estos detalles aparentemente nimios son muy importantes. El sublime Cayetano es el único figurón del torero que no usa vasito de plata; lo lleva de duralex como mudo reproche a la Pantoja que se quedó con los trastos del oficio y no reparte trajes de luces entre los vástagos de Paquirri. Cayetano trabaja el duralex y le lanza a la segunda esposa de su padre un mensaje sin palabras que este cronista interpreta como mudo reproche a la tonadillera. Le dice el cuitado: «Devuélveme el  vasito de mi padre y quédate con todo lo demás».

El más famoso de los toreros tuertos fue Manuel Domínguez, apodado Desperdicios, inventor del pase de farol y artista valeroso que triunfó más en las plazas americanas que en las nacionales. Un toro llamado Barrabás le saltó un ojo en la plaza de Sevilla y el hombre se arrancó los restos del globo ocular y dijo, mirando al tendido pero sin verlo: «¡Dejarme, coño, que no son más que desperdicios!». Domínguez murió, después de una carrera irregular, en su cama rodeado de sus familiares y de sus deudos. Siempre hay un torero tuerto que concita la admiración y el fervor de los tendidos. Hasta el año pasado el tuerto por antonomasia era Juan José Padilla que ejerció el cargo con vistosidad y simpatía. Fue un tuerto espectacular, sin prótesis, con parche en el ojo y mirada de pirata. Espero a retirarse a que un colega sufriese la misma desgracia que él porque no quería dejar el escalafón sin tuerto ejerciente. Francisco José Ureña ocupa ahora el cargo. Ureña, torero bragado y discreto se puso un ojo de cristal y levanta pasiones en las plazas de España. Triunfador en Madrid y en los cosos más importantes se ha revestido, con la desgracia, de un estilo sutil, desmayado, intimista. Los pliegues de su capa han adquirido otros vuelos y sus naturales (su mano buena es la izquierda) pasma a una legión de aficionados que le siguen en procesión. El antaño torero de valor que se enfrentaba con victorinos, miuras y encastes duros es ahora requerido por empresarios que le contratan como un claro exponente del toreo artístico. Paco Ureña, con su único ojo, ve más claro y más hondo que la mayoría de sus colegas y cuenta con nuestra profunda admiración y respeto. Desde estas tauromaquias le enviamos un fuerte abrazo y le decimos, al borde de la lágrima: ¡Bravo, maestro!


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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