Laberinto con vistas

Ojos que no ven

«Hoy día vemos señalados con el dedo cuerpos extraños contra los que la sociedad, a decir de muchos, debe reaccionar. Pueden ser muy variados: inmigrantes o LGTBI, musulmanes o vagabundos, feministas o pobres de pedir. La iniquidad campa a sus anchas, y a la menor oportunidad se llama al linchamiento». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

Hoy día vemos señalados con el dedo cuerpos extraños contra los que la sociedad, a decir de muchos, debe reaccionar. Pueden ser muy variados: inmigrantes o LGTBI, musulmanes o vagabundos, feministas o pobres de pedir. La iniquidad campa a sus anchas, y a la menor oportunidad se llama al linchamiento. Algunos culpables se esconden bajo un manto de respetabilidad. En Chavs, Owen Jones suministra profusas muestras de barbaridades proferidas por políticos, empresarios o periodistas sobre grupos marginales. Aunque algo más finos, el hedor que exhalan es similar al que desprende el griterío de la jauría fascista.

Observemos un caso concreto en el que caminan juntas, abrazadas como dos borrachos que apenas se tienen en pie, la misoginia patológica y la aporofobia paranoica. Es un supuesto chiste publicado en el Daily Mail, uno de los diarios más vendidos —en todos los sentidos— del Reino Unido. «¿En qué se diferencia una chavette del gran duque de York? Pues en que el duque de York solo tenía diez mil hombres». Una chavette es una joven de los distritos degradados donde florecen el desempleo, la indigencia y la desestructuración. Estas repulsivas bromas no son un brindis al sol. Loin de là! Tienen objetivos muy precisos. Aquí se enmarcan en las campañas destinadas a reducir a la mínima expresión y, si es posible, eliminar las prestaciones públicas a las madres solteras. Por razones sociales, económicas, educativas y culturales, estas abundan mucho más en los barrios deprimidos. Pero en vez de centrarse en la necesidad de una adecuada instrucción sexual —y de todo tipo—, facilitar el acceso a elementales métodos anticonceptivos y a puestos de trabajo dignos, desarrollar programas que motiven a los jóvenes desfavorecidos para dedicarse a actividades gratificantes al margen del alcohol y del sexo, se prefiere anatemizarlos.

Ese tabloide es el portavoz de la merry Middle England, cuyo diagnóstico sobre las chicas de los suburbios y distritos pobres es diáfano: «todas unas zorras». Hala, asunto resuelto. Que periódicos y emisiones de radio y televisión enarbolen argumentos de esta calaña no es neutro. En el libro de Jones, un dato lo explica: «Más de la mitad de los cien periodistas más influyentes [del Reino Unido] se educaron en un colegio privado, una cifra incluso mayor que hace dos décadas. En marcado contraste, solo uno de cada catorce niños en Gran Bretaña comparte este origen». El periodismo de alcance masivo, al igual que la política, el poder judicial, los cargos directivos y demás instancias decisivas y decisorias, está hoy tomado por gente que nuncaha conocido privaciones ni a nadie que las haya padecido. Viven en una burbuja sin contacto alguno con la verdadera vida.

Las arengas hostiles, ofensivas y discriminatorias han sido normalizadas en Occidente a la velocidad de la luz. Líderes, personajes públicos, medios de comunicación y pseudointelectuales de gomaespuma han contribuido con creces a la entronización del Mal. En pleno Día Internacional contra la Violencia de Género, en el Ayuntamiento de Madrid, entre otros poco santos lugares, se asistió a la bochornosa puesta en escena de la refutación de su existencia. Una mujer inmigrante y musulmana de nombre Nadia Otmani, postrada en silla de ruedas por los disparos de su cuñado cuando defendía a su hermana, tuvo el coraje y la determinación de denunciar en voz alta tan infame discurso. En el mismo acto, ciertos políticos pasaban de puntillas ante esa retórica incendiaria, y tuvo que ser una particular quien pusiera en su sitio al vocero de esa impresentable ideología. El revuelo mediático obligó a reaccionar a algún partido habituado a ponerse de perfil ante el cúmulo de salvajadas enarboladas por esos aliados a los que le ata un funesto pacto diabólico.

La situación es aberrante. En toda clase de tribunas prolifera, sin diques de contención, una charlatanería criminal. Al grito de que son opiniones y por ende deben ser respetadas, se vomitan día y noche toneladas de bilis mortífera. Mientras, las víctimas van siendo abocadas al mutismo y la invisibilidad. Ojos que no ven, corazón que no siente. Ya no se habla de los miles de refugiados que malviven en campos o centros ignominiosos y atestados; por tanto, es como si no los hubiera. Los ataques motivados por el odio contra migrantes, homosexuales o pobres son despachados cual islotes excepcionales y sin importancia en un inmenso mar de amor y saludable convivencia. Bastaría, según quieren muchos, con dejar de llevar la contabilidad de las mujeres asesinadas por la violencia machista para que, con toda soltura, se procediera a refutar que existan. Cada vez con mayor descaro se tiende a ocultar el sufrimiento de los oprimidos. Pero el dolor está ahí, y el ninguneo al que se ven sometidos no puede sino incrementarlo.

«¿No tiene ojos un judío? ¿No tiene manos […], sentidos, pasiones, emociones? ¿No toma el mismo alimento, le hieren las mismas armas, le atacan las mismas enfermedades, se cura por los mismos métodos? ¿No le calienta el mismo estío que a un cristiano? ¿No le enfría el mismo invierno? ¿Es que no sangramos si nos hieren? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿No morimos si nos envenenan?» (Shakespeare: El mercader de Venecia).

Son quienes encienden y practican la aversión, el insulto, la difamación, la mentira y la agresividad hacia otros los que reniegan de su pertenencia a nuestra especie. No es que queden reducidos a la barbarie o el salvajismo; es que caen en el bestialismo, se transforman en alimañas con fachada humana. El deber de todo elemento sano de la sociedad es oponerse a ellos con decisión. Porque lo que el proverbio podría decir y no dice es «ojos que no ven, abismo por el que te despeñas».


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Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Ojos que no ven

  1. Agustín Villalba

    Artículo delirante. Yo no sé desde qué país lo escribe su autor (¿la Rusia de Putin?), ni por qué confunde de manera tan descarada la excepción con la regla. En Occidente existe desde hace 30 años por lo menos (en los Estados Unidos desde hace 40 o 50) y por todas partes (prensa, universidad, edición, internet – Youtube, Twitter -, etc) una dictadura de lo políticamente correcto, del wokismo más disparatado, del buenismo más estúpido, del ecologismo más radical, que está produciendo un auge muy peligroso de la extrema derecha en muchos países (Italia, Francia, España, Países Nórdicos, Hungría y Polonia, etc, etc). La libertad de expresión está incluso amenazada por la Censura (visible o invisible) en muchos lugares como hacía más de un siglo que no lo estaba. Tras la época de las ideologías políticas (fascismo, nazismo, comunismo, ultraliberalismo mundialista) estamos en una nueva época de fanatismos con fondo político y forma religiosa (con Inquisión incluida) que están idiotizando al ser humano de manera inquietante.

    O como decía Michel Serres: «El ser humano es cada día más angelical en una época cada día más diabólica.»

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