/ por Javier Pérez Escohotado /
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevara el blanco día…
Quevedo
¿Hay por ahí algún sefardí que no haya visto, tras la masacre, el Éxodo palestino y no haya podido Cerrar los ojos?
Esto no va de cine ni de política, porque va de cine y de política. Me gustaría compartir con quienes entren en estas líneas algunos momentos de la película Cerrar los ojos, de Víctor Erice, que se ha salvado de ser premiada en los últimos tostones Goya; quiero decir, que se ha ido sin otro premio que el que justifica el título de la película: José Coronado, Gardel, al que han coronado por esa caída de ojos, ojoplático ante lo que acaba de ver en la pantalla: el final de La mirada del adiós, la película en que actuó y cambió su vida. Con lo que diré no revelo el final, que ya estaba en el principio; simplemente digo que el final exige ver el desarrollo de todo lo anterior, desde el principio. La vida dura 169 minutos y pocos más si nos quedamos a los créditos.
Es lo mejor que le ha podido pasar a Cerrar los ojos: no le han concedido ningún otro premio y espero que no estuviera mencionada en ninguna otra categoría porque, de puro aburrimiento, me fui a la cama a leer Diálogo en laude de las mujeres, de Juan de Espinosa, a ver si me pongo al corriente de la tasa de feminismo y otros ismos que, como individuo, me tocan.1 Felicito sin reticencias a todos los premiados, pero Urtasun, guapo, descoloniza el tema, porfa, que está últimamente muy rural, y, como insinuó Sigourney Weaver, sugiere introducir para el próximo festival un premio al doblaje.
Pero ¿qué es lo que acaba de ver y oír Gardel, el alias adoptado por Julio Arenas, para cerrar los ojos? En la última secuencia que rodó, Julio Arenas, cuando interpreta a Monsieur Franch, presencia la muerte del judío sefardí Levy que, además de haber tenido también hasta cuatro nombres distintos, al final se acabará encontrando con la mirada de su hija, de la que se separó cuando la niña tenía catorce años. Recuperada por Monsieur Franch, hoy es una joven mujer que, bajo el maquillaje, conserva aquella mirada que Levy, su padre, recuerda y que no quiere morir sin contemplarla por última vez. Se llamaba Judith; él le cantaba las canciones que aprendió de niño, pero su madre, allá en Shanghai, la renombró Quiao Shu.
Caso cerrado. Todos han dado por muerto al actor Julio Arenas, que dejó los zapatos al borde de un acantilado antes de lanzarse a la búsqueda de Judith. A partir de este encargo, Julio Arenas decide desaparecer, aunque llegaremos a saber que estuvo embarcado durante años, enmascarado en alguno de sus mil nombres, atracando solo en los países que dieran al mar, allá donde acaban los ríos. Su nombre es lo de menos porque cuando le preguntan cómo se llama, cada vez responde con un nombre distinto, y a nadie parece extrañarle. Ulises optó por la ingeniosa fórmula de autonombrarse Nadie. Quizás Arenas ha desaparecido porque, al igual que Levy, él ha tenido también una hija a la que apenas ha conocido.
La vida imita al cine, ya se sabe, así como la realidad imita a la ficción. Un amigo de Julio, al que llaman Mikel, pero se llama Miguel Garay, autor de una novela titulada Raíces, se empeña en rescatar a su amigo Julio Arenas del negro pozo de la desmemoria, en el que parece que Arenas ha encontrado un personaje dentro del que sobrevivir: Gardel. Los tangos que le cantan parece que le mueven a recuperar la memoria de algo lejano y familiar. Aunque también parece que no le dijeran nada; en cambio, durante un momento, es capaz de recordar «Desde que se fue/ nunca más volvió./ Seguiré sus pasos…/ Caminito, adiós».
Al director Miquel Garay se le ocurre una solución, la solución; el final, ya se sabe, es lo más difícil. Los dos rollos que se conservan de La mirada del adiós los proyectará en la pantalla de un cine de pueblo, como siempre, para siete elegidos espectadores: dos monjitas; una trabajadora social y una presentadora de la tele; el gordo dueño del cine que masca un puro apagado; Gardel y su hija Ana Arenas, interpretada por Ana Torrent, que también busca que su padre la reconozca y regrese de su prolongado y distante olvido. Se van a proyectar las escenas iniciales —que son también las finales— de aquella película que nunca se acabó y de la que Julio Arenas huyó dejando sus zapatos sin lluvia al borde del acantilado. Pero de aquella escena, Julio Arenas ha conservado una fotografía sepia de Judith, que Julio todavía guarda en su cuaderno de caligrafía. Conocemos el principio: el encargo de Levy a Monsieur Franch, el actor Julio Arenas, para que busque y encuentre a su hija Judith, que ahora se llama Qiao Shu. Pero no conocíamos el final de La mirada del adiós, que el resignado espectador Julio Arenas Gardel, está contemplando por primera vez, pero que es también el final de Cerrar los ojos.

Mientras el judío Levy espera en el salón de su casa, a la que ha llamado Triste Le Roy, que parece la evocación de un interior de Fortuny, intenta arrancarle al piano una melodía que su hija Judith, que ahora se llama Qiao Shu, podría reconocer. Levy no puede evitar que, al ver a su hija, la emoción le cause el temido y esperado infarto mortal. En esos momentos, como cualquier emperador que se desploma en una obra de Shakespeare, Josep Maria Pou, o sea, el judío sefardita Levy, que ha tenido otros cuatro nombres más, se derrumba sin apenas estrépito y murmura unas palabras casi ininteligibles. Con mucha dificultad, el padre logra articular unas inaudibles palabras a las que su hija Judith le responde con otras. Entre padre e hija, se entabla así un diálogo que tiene una doble utilidad. Levy logra su propia redención diciendo la primera estrofa de la canción que le cantaba a su hija cuando era niña. Judith le responde con la segunda estrofa de la misma canción, lo que le permite reconocer a su padre y recuperar de inmediato la memoria de su propia infancia.
De esta forma, Erice recata una de las más enigmáticas canciones sefardíes españolas. No es una canción demasiado frecuentada. Françoise Atlan (Romances séfardies: entre la rose et le jasmin) tiene una versión más que sutil y edificante, que coincide con la versión que interpreta Joaquín Díaz en sus Romanzas y cantigas sefardíes. Ahí va la letra.2
Hija mia, mi querida,
amán, amán, amán,
no te eches a la mar
que la mar está en fortuna
mira que te va a llevar.
Que me lleve y que me traiga
amán, amán, amán,
siete puntos de hondor
que me engluta pexe preto
para salvar del amor.
La versión de Dafné Kritharas, incluida en Djoyas del Mar, añade una tercera estrofa que no responde exactamente a las dos primeras, pero le añade un toque exótico.
Manzanikas coloradas,
amán, amán, amán,
las ke vienen d’Estambol,
adientro ay un guzano
les buraka el korazon.
Estas «Manzanikas coloradas» y esta «Hija mía, mi kerida», que algunos consideran una canción de cuna, las recordaba yo mismo en este Cuaderno, al comentar varias canciones sefardíes que se usaban en la serie turca Café Estambul.3 Tal vez responda a una cantica amatoria (Kantika), mejor que a una nana. En cualquier caso responde a un diálogo entre un padre, o una madre, y su hija, perdidamente enamorada, a la que sus progenitores le advierten de los peligros del amor, pero la hija parece estar dispuesta a todo con tal de salvar el amor.
Todo indica que la tercera estrofa puede ser un añadido y que la versión de dos estrofas usada en Cierra los ojos habría sido hábilmente transformado en una trascendente conversación. Las «manzanicas coloradas» se han importado aquí, tal vez por el prestigio que les pudo proporcionar el Nobel Elias Canetti, quien, según él mismo cuenta en La lengua absuelta,4 recordaba este primer verso, procedente de una «cancioncilla de cocina».
En la despedida definitiva, una canción, una cantica, «Hija mía, mi querida», se ha convertido en una conversación de adiós hacia el sueño definitivo. Estar en el secreto.
1 A la mañana siguiente, he podido ver que Cerrar los ojos ha conseguido otros dos premios importantes. Curru Garabal se lo ha llevado por «la mejor dirección de arte» e Iván Marín, por el mejor sonido, que ha grabado el caprichoso sonido metálico de los fluorescentes en un trastero.
2 También la recoge, localizada en Sarajevo, Isaac Levy en sus Chants judéo-espagnols, Jerusalén, 1971, vol. III, núm. 48, pp. 41-42 y otros.
3 «Sefarad en el Club Estambul: dos canciones y unas “manzanicas”», El Cuaderno, febrero de 2022.
4 Elías Canetti: La lengua absuelta, Lola Díaz (trad.), Barcelona: Muchnik, 1981, pp. 64-66.

Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000), Papel japón (2002) y del experimento textual La vigilancia de los acantos (2017), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002); ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999) y ha editado Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010), sobre la vida trágica de don Santiago González Mateo. Recientemente ha prologado Los santos inocentes y El hereje, de Miguel Delibes. Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.
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