Creación Narrativa

La vida traducida

Publicamos un adelanto de 'Después nos hicimos grandes', de Elena Alonso Frayle, libro de relatos de próxima publicación en Ediciones Trea, galardonada con el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa «Camilo José Cela 2023».

/ adelanto de Después nos hicimos grandes, de Elena Alonso Frayle, libro de relatos de próxima publicación en Ediciones Trea, galardonada con el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa «Camilo José Cela 2023» /

Cuando mi hermana me dio la noticia de su diagnóstico, hubo muchas cosas que me vinieron a la cabeza de golpe. Casi todas ellas negativas: la preocupación, el temor, la tristeza, la compasión. Creo que no supe reaccionar, pero quién sabe reaccionar ante la noticia de la muerte más o menos inminente de un ser querido. Aurora, en cambio, no parecía demasiado angustiada. Hablaba con naturalidad del mal que llevaba dentro, nombrándolo, usando las palabras precisas, empleando los términos más contundentes, sin rodeos, sin subterfugios. Palabras y términos que yo me resistía a utilizar, no solo en nuestra conversación al teléfono, sino incluso en mi mente. Como si el hecho de otorgar nombres a la realidad tuviera la capacidad de moldearla de alguna manera, de decidir su curso. De definirla como una certeza incontestable.

Pero Aurora siempre había sido así: experta en verbalizar. Por algo aprendió varios idiomas, estudió Filología y dedicó su vida al lenguaje. Su precisión al teléfono, su rigor a la hora de encarar la adversidad, delataban una vez más el tipo de persona que era. Yo, en cambio, ni siquiera era capaz de traducir en un discurso coherente la avalancha de emociones que me había provocado la noticia de su enfermedad. Así había sido siempre con Aurora cuando fuimos pequeñas: era ella quien se encargaba de abrir el terreno, de desmochar la espesura a golpe de machetazos. Y de encontrar el camino por el que transitaríamos las dos.

Mientras sujetaba el teléfono tratando de encontrar la frase idónea, la frase que resumiera con exactitud todo lo que en ese momento quería decirle a mi hermana, me vino a la cabeza, no sé bien por qué, un episodio remoto de nuestra infancia. Fue como un relámpago, una llamarada iluminando de golpe la memoria. Hacía mucho que no recordaba aquello.

Ocurrió durante unas vacaciones en Mallorca. Yo tendría ocho o nueve años; Aurora ya habría cumplido los once. Fue la primera vez que ambas viajamos en avión, lo que creo que otorgaba a aquel veraneo una decidida vocación de estreno, de descubrimiento. Nada más llegar al hotel donde nos alojaríamos, mamá nos dijo que había una sorpresa, que aquel no era un hotel como los demás. Se agachó hasta ponerse a nuestra altura y entonces nos lo anunció con tono triunfal: aquel hotel tenía su propia sala de cine. Mi hermana y yo nos miramos, y fue como si un fogonazo hubiera encendido el aire del lobby. ¡Una sala de cine! De pronto, los toboganes del parquecito que habíamos visto a la entrada, la piscina con una palmera iluminada que se distinguía al otro lado de la cristalera, el mini-golf… todo aquello palidecía frente a ese anuncio y se nos revelaba como lo que era en realidad: diversiones propias de niñas cursis y aburridas, majaderías que nos habían entretenido en los veraneos anteriores, cuando aún éramos unas crías. Ahora era distinto. Ahora habíamos crecido y la prueba estaba en esa sala de cine que nos ofrecía mamá. Pasaríamos las veladas como reinas apoltronadas en sus mullidos tronos, viendo películas en lugar de sudando en torno a una mesa de ping-pong o jugando al escondite entre los setos, ensuciándonos miserablemente las rodillas. Los quince días de vacaciones en ese hotel se convertían de golpe en una promesa palpitante que nos arañaba la garganta. Cine. Gratis. Todas las noches. Y sin papá y mamá, que se quedarían jugando a las cartas en la terraza de su habitación, como hacían siempre.

Estábamos ansiosas por comprobar que aquello era cierto, pero primero hubo que instalarse en la habitación, deshacer las maletas, bajar a cenar. Aún era temprano cuando terminamos la cena y, sin apenas pedir permiso ni solicitar la ayuda de nadie, Aurora hizo que me levantara de la mesa y me arrastró en busca de la famosa sala de cine. Me guio por un laberinto interminable de corredores, hasta que dimos con una puerta de doble hoja tras la que pendía una pesada cortina de terciopelo, negra y opaca, que apartamos con unción, como arqueólogos penetrando en la cámara del tesoro faraónico.

Y allí estaba, era verdad. Una sala enorme. Una pantalla gigantesca. El paraíso.

Nos escabullimos silenciosamente hasta dos asientos libres y nos acomodamos en las confortables butacas, que aún olían a nuevo. Mis piernas a duras penas alcanzaban a ocupar toda la extensión del asiento, y los pies me colgaban en el aire, pero a quién le importaba. El haz del proyector temblaba sobre nuestras cabezas, iluminando un cañón de humo azulado, que me pareció fantasmagórico. Frente a nosotras, en la pantalla, un caballero de pelo engominado besaba a una dama con tirabuzones, quien, a su vez, cerraba los ojos y enroscaba un brazo lánguido en torno al cuello del hombre, como desmayada. Aurora suspiró. Yo la imité. Creo que nos habíamos perdido el principio de la película, o la mitad o una buena parte, quién sabe, pero aquello no importaba. Teníamos todo el tiempo del mundo por delante, nada menos que quince días: una eternidad de noches para seguir suspirando sin interrupción.

Nos hundimos más aún en las butacas y nos dispusimos a convertirnos en aquella dama besada hasta el desmayo. Fue entonces cuando los personajes dejaron de besarse, sonidos articulados escapaban ahora de sus labios. Habían empezado a hablar, era obvio que se decían algo… algo que yo no entendí. Miré a mi hermana con alarma, pero a ella no parecía importarle que la película estuviera en inglés, y que ni siquiera tuviera subtítulos. ¿Tantos turistas extranjeros había en ese hotel? Eso parecía. Me revolví en la butaca sintiendo coletear en el estómago el gusano amargo del desencanto. En eso se iba a convertir la promesa de futuro que hasta hacía un momento esperaba anhelante: en un agitarse de escenas incomprensibles en que las personas iban y venían, se besaban o callaban, sonreían, pegaban puñetazos, lloraban o alzaban los brazos al cielo, como celebrando algo, algo que a mí se me escaparía una y otra vez, porque sería incapaz de entender sus frases.

Pero entonces Aurora se volvió hacia mí, apoyó una mano tutelar en mi hombro y, con esa autoridad que confiere la erudición sin límites de las hermanas mayores, comenzó a traducir. Ignoraba que mi hermana tuviera tal dominio del inglés y en esos momentos ni siquiera me detuve a cuestionar sus habilidades. Sin apartar los ojos de la pantalla, me limité a acercarme y ofrecer servilmente mi oreja.

Desde entonces, cada noche, tras la cena, se repitió el ritual: nos internábamos las dos solas por los pasadizos laberínticos del hotel, en los que pronto aprendimos a orientarnos con desenvoltura, hasta desembocar en la puerta de la sala de cine, siempre resguardada por su pesada cortina; al apartarla para franquear el umbral, creo que las dos sentíamos el mismo temblor reverencial del primer día, que no disminuyó a lo largo de las dos semanas de vacaciones. Todos los días ocupábamos los mismos asientos, que siempre estaban libres para nosotras, como si nos correspondieran por una especie de derecho propio. Había bastante público a nuestro alrededor, pero a nadie parecía molestar el cuchicheo constante con el que Aurora susurraba en mis oídos todos los subtítulos de la ilusión. Traducía las escenas de amor con palabras desbordadas y viscosas; acampanaba la boca para transmitir los giros inesperados de la trama y extendía la palma, como solicitando cautela, cuando salían a relucir las tretas arteras de los malvados. Descifró a su manera el mensaje inescrutable del mundo de los adultos, al que nosotras recién nos asomábamos. Y yo, sin vacilar, otorgué a sus explicaciones la rúbrica incuestionable de la veracidad.

Muchos años más tarde supe que los argumentos de las películas de ese verano eran en realidad muy distintos de aquellos guiones algo arrebatados y bastante incoherentes que mi hermana ideó para mí. Pero no me importó; creo que sentí más que nada gratitud. Después lo olvidé por completo, olvidé todo aquel episodio. Tal vez porque me distancié de mi hermana, de su vida y de los avatares diarios de su biografía. Ella siguió demostrando un talento destacado para el lenguaje, la sintaxis y los vocablos, siguió adelante con su carrera, su trabajo, su existencia, de la que me llegaban noticias cada vez más imprecisas y espaciadas, cuando nos comunicábamos por nuestros respectivos cumpleaños o al llegar la Navidad. Pasaron los años y yo nunca volví a pensar en la manera en que, durante aquel verano de nuestra infancia, ella me había abierto la puerta del mundo de los adultos, desentrañando para mí la lógica cerrada de sus palabras.

Pero ahora, mientras escuchaba al teléfono la terminología con la que mi hermana resumía su suerte, era ese recuerdo traspapelado el que se imponía a las palabras a medio formar que circulaban por mi mente. Sabía que tarde o temprano tendría que dejar salir ese torrente de frases —de aliento, de cariño, de conmiseración— que se agitaban en mi interior sin encontrar su cauce. Sin embargo, seguía pensando en aquella sala de nuestra infancia, en el gesto sacramental de apartar la cortina para entrar, en los murmullos atropellados, en la expectación.

—Bueno —dijo Aurora por fin—. Pues me temo que esas son las noticias.

Siguió un breve silencio. Era mi turno de hablar.

—¿Te acuerdas de ese cine en el que solo daban películas en inglés?

—¿El del hotel de Mallorca?

En su tono no había sorpresa. Supe que lo recordaba perfectamente.

—Sí. Cuando traducías los diálogos para que yo los entendiera, ¿te acuerdas?

—Claro que me acuerdo.

Se quedó callada, como esperando una explicación por mi parte, que no llegó. Entonces fue ella quien siguió hablando. Como siempre, supo escoger la palabra más adecuada.

Rosebud —dijo en voz muy baja, con un tono íntimo y vulnerable.

Al principio la mención despertó tan solo un pálido eco en mi memoria, pero, de un golpe, rescaté también aquel recuerdo. Fue la última película que proyectaron aquellas vacaciones, con la que nos despedimos de todo aquello. Un film en blanco y negro que después supe que se considera una película de culto, una de las mejores de todos los tiempos. Contaba la historia de un magnate que moría tras una larga enfermedad y que, en su lecho de muerte, pronunciaba, con una mezcla de anhelo y nostalgia, una extraña palabra, una palabra que nadie comprendía, una palabra sin lógica. Rosebud, esa era la palabra.

En la película —según comprobé mucho más tarde, ya de adulta— se ofrecían suficientes pistas al espectador para descifrar el misterio que encierra el término. De una manera vaga e intuitiva, uno entendía que tras él se oculta agazapada la infancia perdida; en cualquier caso, se trataba de una palabra que desvelaba el sentido de toda una vida. Pero mi hermana, sentada en aquel cine a los once años, no podía estar al tanto de todas esas sesudas interpretaciones, que tampoco le hicieron falta. No vaciló al susurrarme su propia traducción al oído, del mismo modo en que me había susurrado todo lo demás durante aquel verano de nuestra infancia. Yo lo olvidé durante décadas, junto con todo aquel episodio. Lo olvidé, porque olvidé demasiado a mi hermana; su vida y la mía dejaron de transitar por los mismos caminos: por descuido, por desgana, por la inercia a menudo fortuita con que los días, los meses y los años van labrando sus afanes. Sin embargo, de pronto aquel lejano verano en Mallorca se me revelaba como esencial en el balance sentimental de mi vida y a mi memoria regresaba con portentosa nitidez lo que Aurora me dijo aquella última noche, lo que me dijo que significaba esa enigmática palabra.

Rosebud —repetí, y las dos nos echamos a reír, aunque yo tenía la sensación de estar llorando.

Me di cuenta de que no debía seguir buscando palabras de consuelo ni términos solemnes que transmitieran a Aurora mi apego y mi pesadumbre. Tampoco debía esforzarme por evitar esas otras palabras —malditas, inapelables— que se me imponían fatalmente. Ya había dicho todo cuanto era necesario. Y mi hermana, mi querida hermana, seguía teniendo ese insuperable talento para la traducción; aún no lo había perdido.


Elena Alonso Frayle (Bilbao, 1965) se licenció como abogado-economista y ha residido en Alemania, Francia, Senegal, Argentina, Tailandia, Mongolia, Bolivia y Venezuela. En la actualidad vive y escribe en Montevideo. Ha publicado novelas, libros de cuentos, literatura infantil y juvenil y literatura de viajes. Su obra ha recibido numerosos galardones y ha sido publicada en España, México, Argentina y Ecuador, y traducida a varios idiomas. Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa de la editorial Siglo XXI en México con la novela El silencio de los siglos, así como los premios Ala Delta y Alandar de la editorial Edelvives con las novelas juveniles Los niños cantores y La edad de la anestesia. Sus libros de relatos Llegados a este punto y La hora de los vencejos recibieron el premio Sor Juana Inés de la Cruz del estado de México. Geografía e historia fue galardonado con el Premio de la Feria del Libro de Buenos Aires. El volumen La mala entraña recibió el premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España. Con los relatos que constituyen Después nos hicimos grandes, de próxima publicación en Ediciones Trea, obtuvo el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa «Camilo José Cela 2023».


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