> Creación

La amenaza

«Camila estaba nerviosa. Llevaba días deseando que este momento no llegase. Pero la desesperación, el desempleo, la inseguridad, el abandono de su esposo fueron un dominó de azotes que empujaron, más bien obligaron a Camila a dar ese salto y no perder la oportunidad que la vida le había dado. Todo por ella; por su única hija, a la que había bautizado con su mismo nombre». Un relato de Jaime Tovar, parte de una novela inédita.

/ un relato de Jaime Tovar Iglesias /

Camilita estaba dormida. No quiso despertarla. Ya al llevarla a dormir la apretó con sus labios y le había estampado lo menos veinte besos. Ahora era de su madre, doña Gertrudis de quien se despedía. La abrazó implorando por todos los santos que se hiciese cargo de la niña mientras ella hacía plata en el extranjero. Las lágrimas eran tan sinceras que doña Gertrudis tuvo que tomar la iniciativa:

—Dios me la bendiga, mija. La niña estará conmigo y con su abuelo hasta que usted regrese.

Camila estaba nerviosa. Llevaba días deseando que este momento no llegase. Pero la desesperación, el desempleo, la inseguridad, el abandono de su esposo fueron un dominó de azotes que empujaron, más bien obligaron a Camila a dar ese salto y no perder la oportunidad que la vida le había dado. Todo por ella; por su única hija, a la que había bautizado con su mismo nombre.

 —Sólo serán unos meses —decía su madre, acariciándole el rostro—. La virgencita del Carmen te acompañará, mi niña.

No emprendería sola ese viaje, Kimberly iba con ella. A ambas se les presentó esa suerte, y al menos, se tenían la una a la otra en ese atrevimiento misterioso que suponía atravesar el océano.

Se encontraron en el aeropuerto internacional El Dorado, y era la primera vez que ambas salían del país. Mirar el número de vuelo, esperar en la cola, estar atentas a las puertas de embarque, pasar el control de seguridad, sería una odisea que ella por suerte no haría sola. Ambas tenían trabajo al fin, y con sus permisos en orden, podían ahorrar para sus familias, aunque fuese en un lugar tan lejano como España. Según les habían avisado, irían a recogerlas al aeropuerto de Barajas, y tendrían que, al menos durante el primer mes, compartir dormitorio, cosa que a ellas, lejos de resultarles una incomodidad, las hacía sentirse más seguras. El viaje fue largo, amenazado por turbulencias funestas, y a ratos, algo aburrido. Pero al contrario de lo que ella pensaba, no se mareó, ni sintió vértigos ni ansiedad, y se sintió feliz al ver superado ese miedo pendiente, el de algún lejano día, aunque fuese en esas circunstancias, montar en un avión.

Era de madrugada en España cuando aterrizaron, y el frío de la noche atería a los pasajeros del vuelo de Avianca que bajaban las escaleras en la pista de aterrizaje. Camila y Kimberly estaban cansadas. Todo fue muy confuso. ¿Esto era Europa? Se preguntaban, apenas llevamos quince minutos, se respondían. La Terminal 4 de Barajas era un caos; un tropel de pasajeros que revoloteaban apresurados, caras soñolientas en largas colas de espera, gente durmiendo en el suelo pegados a sus teléfonos móviles, el personal de limpieza… ¿Hacia donde debemos salir? ¿Donde nos esperan? Las dos amigas lograron atravesar el primer túnel de esa historia, sin saber lo que les deparaba el porvenir. Contactaron con sus empleadores, un hombre y una mujer de mediana edad que las recogieron en la salida. Ella esperaba al volante de un Peugeot 206, y su compañero se encargaría de guiarlas al automóvil, llevarles las maletas, darles la bienvenida, y transmitirles esa calma necesaria, ese apoyo de que todo estaría bien, ahora sólo era momento de descansar y al día siguiente tanto Camila como Kimberly recibirían los pormenores de los empleos que les habían buscado como camarera en un hotel de Madrid. ¿Te das cuenta Kimberly? Ya estamos acá. No puedo creerlo Camila. Se entretenían con sus fabulaciones mientras los esperaban. Todo salió chévere, le dirían a sus familias días después, parapetadas tras el biombo de la mentira y del miedo. A primeros del próximo mes les envío la plata. Dirían. Pero nada salió como ellas pensaban.

No tendrían que hacerse cargo por el momento del coste de la comida, ni del dormitorio el primer mes que la supuesta agencia de empleo con la que contactaron les había prometido. ¿Cómo fuimos tan estúpidas, Kimberly?

—Sentaos —las saludó Pilar con un fuerte acento madrileño—. Tenéis que estar muy cansadas después del viaje.

El Peugeot tomó una dirección desconocida para ellas. Se tenían la una a la otra. Juntas desde chiquitas. Muchas lunas habían pasado desde aquellas fiestas del pueblo en que Kimberly y Camila se atrevieron a aceptar a sus novios a bailar en las retretas de las fiestas, y luego Camila a los pocos meses tuvo al bebé, y muy juiciosa dejaba a la niña con los abuelos para irse a la ciudad a trabajar de lunes a viernes y regresar los fines de semana ¿Tan poco tiempo había disfrutado de Camilita? Y ahora, que al fin estaban juntas ¿Otra nueva aventura? Volverse a separar de ella era un infierno, pero si lo hiciste fue por ella. ¡Dios Santo, qué horror! Como ibas a salir de esta ¿Cómo contactamos ahorita con la policía? se dirían semanas después de su llegada. Y lo peor de todo, tanto una como la otra, ¿Cómo contarían esa historia? ¿Quién iba a creerlas? ¿Acaso no íbamos a trabajar como meseras? Cómo iban a contarles la realidad a la familia, a sus papás y lo peor de todo ¿Cómo ibas a contarle a tu hijita que estabas de puta, Camila?

El coche las condujo hasta Coslada. Cuando ya habían transcurrido varios minutos, cuando ya estaban lo suficientemente cansadas que la cabeza de Kimberly caía sobre el hombro de su amiga y sus ojos se nublaban desplomándose en un sueño saqueador, sus acompañantes, aquellos españoles que habían prometido llevarlas a la habitación del hostal en el que se hospedarían, guardaron un silencio sospechoso. Camila sintió un mal presagio; estaban siendo engañadas. El sueño y el cansancio que la rodeaban se esfumaron, alejados por la alerta tronante de una ominosa amenaza. Miraba con desconfianza los ojos de la conductora reflejados en el retrovisor. Muy atentos miraban a la carretera. Intentó despertar a Kimberly que, lejana al miedo de su amiga, emitía discretos ronquidos. 

—¿A donde nos llevan? —se atrevió a preguntar Camila.

El Peugeot aceleraba cada vez más rápido. Pilar conducía en silencio atenta a a carretera, intentando no distraerse por los nervios. No lograron engañarlas. Podían salir corriendo si paraban, avisar a la policía. Su compañero también guardó silencio, nervioso observaba a Pilar desconcertado.

—¡Les digo que adonde nos llevan! —repitió asustada.

—Calmaos —intervino él—, vamos a llevaros al hotel.

—¿Qué ocurre, Camila? —preguntó Kimberly.

—Tenemos que salir de acá —dijo agitada—; tengo miedo Kimberly.

—¡Tranquilizaos! —gritó él.

Kimberly se agarró a su amiga y se miraron aterradas ¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto miedo?

El coche continuó por la carretera nacional. Con el vehículo en marcha Camila intentó abrir la puerta y Pilar aceleró.

—Claro que vamos a daros lo que os prometimos —ironizó con aversión.

El coche se metió por un camino antes de llegar a la localidad de Coslada. Estaba amaneciendo y el resplandor de alba se divisaba tras los congelados troncos de los árboles. Los pájaros celebraban la mañana, y el frío se incrustaba en el desaliento como un arma de doble filo. Camila y Kimberly tiritaban en los asientos traseros, abrazadas.

—Déjenos marchar —se arriesgó a gritar Kimberly.

—Os marcharéis —asentía.

El tipo se volteó en el asiento del copiloto y paladeando el regocijo que sentía ante aquella turbación, las apuntó con una pistola:

—Os marcharéis cuando hayáis recaudado todo el dinero que nos debéis por el viaje y la estancia. Hasta entonces, a trabajar.

*

Miguel Bohórquez estaba en la redacción. Me había llamado a su despacho para darme una noticia.

—Siéntese, Vallejo —me señaló la silla.

Observaba de manera adusta unos documentos que tenía sobre la mesa. Leía detenidamente, y fruncía el ceño tras unos anteojos que le hacían ver mucho más viejo de lo que era.

—Supongo que ya se habrá enterado —prosiguió, leyendo el dossier que tenía en las manos—. Lucho Walteros estará un tiempo sin venir por acá.

Me encogí de hombros y él retiró la mirada del documento.

—¿No conoce a Lucho Walteros, de judiciales? —me miró con severidad— ¿Cuántos meses lleva acá, seis, ocho? ¿Dónde tiene la cabeza, Vallejo?

—Disculpe, no lo conozco personalmente —repuse.

—Mire, si le he llamado a usted no es porque me apetezca ¿entiende? —se quitó los anteojos con soberbia—. Es el director quien me lo ha pedido. Así que limitémonos a cumplir con nuestro trabajo.

Cerró la carpeta y la guardó en un cajón.

—A propósito —me apuntó con con el dedo—. Tengo noticias de donde anda usted metido. Imagino que a estas alturas lo sabrá. Sé que usted, Daniela Lomas y el imbécil de Julio Briceño frecuentan ese lugar y que son amigos de Sinforoso. Pero no crea que voy a ser benevolente con usted, ¿oyó?

—No sé de qué me está hablando ahora Bohórquez —mentí, retándolo con la mirada.

—¡Huy, ya lo creo que lo sabe! —replicó— ¿No le suena la pluma directa?

Miré hacia otro lado, evitando sus indagaciones.

—También sé que entabla usted amistades con terroristas ¿No es así? —inquirió— ¿Acaso no es usted amigo de un exguerrillero del M-19 al que está entrevistando?

—¿Qué es lo que sabe de mi vida privada, Miguel Bohórquez? ¿Para qué me ha llamado? —pregunté.

—Le advierto algo, Andrés Vallejo —articuló amenazante—; va a tener serios problemas si frecuenta a esa gente. Y sí, también hablo de mi primo. No ha hecho más que traer desgracias a la familia. Acepte un consejo; aléjese de ese grupo de alborotadores. Sé de lo que hablo. Y ahora, vamos a lo que nos atañe.

Puso sobre la mesa un cartapacio color madera. Lo abrió y volviéndose a colocar los anteojos leía de nuevo, observando el expediente con un ademán académico.

—Hay algo sobre lo que me gustaría que escribiese —me anunció—. Me corrijo, sobre lo que le gustaría al director. Me ha encomendado que hable con usted; sus artículos han tenido éxito Vallejo, debo reconocer que escribe bastante bien, y de manera precisa.

—Gracias —murmuré— ¿A qué se está refiriendo, Miguel? ¿de qué asunto se trata?

—Vea —me alcanzó unas fotografías—. Hace unos años, Lucho Walteros escribió un artículo sobre una red de trata de personas; una banda que operaba desde Medellín y prostituía a mujeres.

Sacó un ejemplar de El Tiempo y me señaló la columna donde venía la noticia.

—Las engañaban —enfatizó Bohórquez—, las llamaban dándoles una oportunidad de trabajo en el extranjero, en España y otras partes de Europa. Allá, una vez que llegaban, los miembros del cártel, haciéndose pasar por los empleadores, las llevaban a departamentos, hoteles y locales donde las obligaban a prostituirse.

En las fotos aparecían mujeres jóvenes, en algunos casos chicas que estaban abandonando la adolescencia, auténticas niñas.

—¡Qué hijos de la gran puta! —proferí.

—A menudo las amenazaban con hacerles daño a sus familias —proseguía Miguel Bohórquez—; a sus hijitos, a sus mamás, a sus abuelitas. Sacaban plata y comisiones, se repartían las lucas, ya entiende. Después le pedían la plata por el viaje y la estancia, de modo que las endeudaban. Durante varios años una de las redes que operaba desde Medellín, primero las traían acá, a Bogotá. Una operación conjunta de la Policía de Colombia y la Guardia Civil de España desarticularon a esos canallas. Una mujer de Medellín organizaba la distribución de las peladas en los departamentos y clubes de Madrid, Barcelona y Alicante. La detuvieron allá, en España.

Yo estaba leyendo absorto el artículo, mientras me invadía la rabia.

—El otro hijueputa operaba desde acá —corroboró Bohórquez—. La policía nunca pudo dar con él. Pero, al cabo de unas semanas apareció muerto en un barrio a las afueras de Medellín, y un grupo de chicas salió liberado. Aún no se sabe cómo.

Volví a mirar a Miguel Bohórquez, pensativo.

—Eran muchas víctimas. La operación conjunta entre las autoridades de la República de Colombia y las españolas aún no han sido capaces de determinar el número de chicas. Cabe decir que, si bien no todas fueron obligadas, sí todas fueron explotadas sexualmente.

Miguel Bohórquez garabateaba con un bolígrafo sobre el papel, comprobando la tinta.

—Al parecer las llevaban a los departamentos, las obligaban a posar desnudas y las ofrecían en páginas de servicios sexuales —continuaba mientras escribía en un papel un número de teléfono—. Después las hacían estar disponibles a todas horas para los puteros. En fin, muchos fueron juzgados, unas veintisiete personas sólo en España,  allá desde varias ciudades hacían negocios con las chicas. Pero el peor de todos, el que creó todo ese entramado lo hacía desde acá, desde Colombia. Apareció muerto hace unos años.

—Me tendió el papel con un largo número de teléfono.

—¿Esto qué es?

—Es el celular de Lucho Walteros, póngase en contacto con él. Le indicará con detalle pormenores de la noticia y podrá ayudarle.

—¿Y qué más se sabe?

—Verá, al haberse cometido los delitos de trata de personas con fines de explotación sexual en España y otros países de Europa, es allá donde tienen competencia judicial para juzgarlos —tamborileaba con los dedos sobre la mesa del escritorio—. Usted debe saberlo, es abogado.

—Entiendo —mascullé.

Miguel Bohórquez jugueteaba con un bolígrafo entre los dedos mientras me miraba.

—Y si todo ya está publicado en la prensa, y juzgado en los tribunales ¿para qué me llama?

—La vaina no acabó acá —urdió.

Dobló el ejemplar de El Tiempo.

—Si le he contado todo esto, es para que se haga una idea del contexto —puntualizó—. Nomás para que sepa de qué va la vaina. Todo esto ya está escrito. Pero el hijo de ese cabrón anda suelto, y tenemos sospechas de que anda iniciando la misma empresa que su papá ¿entiende?

—¿El hijo del tipo que apareció muerto en Medellín?

—Ajá —asintió.

Se hizo entre nosotros un silencio.

—Bueno —dio una palmada en la mesa, dando por sentada mi ineludible misión—. Usted ya conoce el código de buenas prácticas, y los valores de la ética periodística de este medio. Imagino que conoce el Consejo editorial y los principios que rigen nuestro periódico.

Se levantó de la silla y empezó a caminar por la oficina, dictando preámbulos:

—No quiero rumores, ni cuenticos, ni nada que no sea oficial, probado o realmente cotejado, Andrés Vallejo.

Me di la vuelta observándolo mientras caminaba por el despacho dando órdenes.

—¿Me estás pidiendo que investigue sobre un posible entramado de tráfico de mujeres?

—Le estoy pidiendo que esté preparado —sostuvo con rotundidad—. De momento intente averiguar algo, nosotros no vamos a publicar nada que no sea seguro. Somos un periódico serio, el más prestigioso del país. ¿Acaso lo olvida?


Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.


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